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A CONTRASANGRE

de Fernando zabala

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

A CONTRASANGRE

De Fernando Zabala

fer_z300@outlook.com.ar 

Obra de un solo acto y una sola escena.

Personas:

IRIS DIWINSKI

HERMAN DIWINSKI

NORMAN ADELIEVICH

RABINO PETROSKI

En un pueblo de Argentina, en el año 1955, en un viejo sótano, de donde solo hay polvo y algunas cajas metálicas, herrumbradas. Un pequeño foco ilumina el lugar con poca luz.

Herman Diwinski baja por una escalera que se halla hacia el foro del escenario, de donde se desciende al sótano desde la superficie, hasta que se encuentra frente a frente con Norman Adelievevich que lo espera en una silla, hacia el centro de aquel depósito. 

NORMAN ADELIEVICH: ¿Vas a hablar o no?

HERMAN DIWINSKI: Lo mira fijamente. Es extraño mirarte.

NORMAN ADELIEVICH: Riéndose en tono de burla. Me has mirado toda tu vida, si me querías pedir algún préstamo, no hacia falta que me trajeras hasta el sótano.

HERMAN DIWINSKI: No es dinero lo que he venido a pedirte, no he venido a pedirte nada de hecho.

NORMAN ADELIEVICH: Entonces quieres algún consejo, de esos que te he dado la semana pasada para que puedas tener un mejor encuentro con Gloria.

HERMAN DIWINSKI: Tampoco quiero un consejo.

NORMAN ADELIEVICH: Entonces habla de una buena vez, en dos horas debo pasar a buscar a Eva  por el colegio.

HERMAN DIWINSKI: ¿Hace ya cuantos años que nos conocemos?

NORMAN ADELIEVICH: Sinceramente no llevo la cuenta, pero desde hace ya más de...Se pone a pensar. Bueno cuando nació Eva, vos viniste de Estados Unidos, deben ser ya unos 5  años.

HERMAN DIWINSKI: Si, seguro que 5  años. Recuerdo haberte conocido sin bigotes.

NORMAN ADELIEVICH: Pero ¿a que viene todo esto?, no me digas que te has puesto nostálgico y quieres que nos emborrachemos como en año nuevo.

HERMAN DIWINSKI: Emborracharse seria lo mejor en este caso, es mejor que tomes una bebida fuerte Norman, a lo mejor un vodka.

NORMAN ADELIEVICH: Levantándose y buscando una botella de vino en una de las cajas metálicas. Pero hombre, hubieras dicho antes, solo que lo único que tengo es un vino, aunque sabes que tengo que ir por Eva e Iris, si me ven así no será una imagen muy agradable, ni de padre, ni de esposo. Riéndose.

HERMAN DIWINSKI: No te preocupes por tú imagen, tienes un buen traje ahora.

NORMAN ADELIEVICH: Abriendo la botella y sirviendo en unas copas. ¿Aque te refieres? Ya lo  se, ahora te reirás de mí, seguro que Iris te ha estado contando de aquel traje que me compro en la tienda del señor Abul. Me parece ridículo, es más, no es auténtica ceda Italiana, no como el que Iris me trajo de Buenos Aires.

HERMAN DIWKINSKI: Tomando una copa. Pues aquellos trajes te quedan mejor que los que en los últimos días he tenido que descubrir.

NORMAN ADELIEVICH: No me digas que Iris ya te mostró el saco que me ha traído el sastre, no importa, pienso lo mismo que vos, pero hay que darle tiempo, es a penas un esbozo, dentro de todo el pobre viejo se ha esforzado.

HERMAN DIWINSKI: Palmeándole en la espalda y pasando hacia el otro rincón, se queda de espaldas a el. Verdaderamente, querido cuñado, tú vida ha sido un esbozo.

NORMAN ADELIEVICH: La verdad que si, pero algunas cosas he concretado.

HERMAN DIWINSKI: Irónicamente. Ni que hablar.

NORMAN ADELIEVICH: Dándose cuenta del tono irónico. ¿Que te traes entre manos? Porque nunca nos juntamos a las diez de la mañana, en un sótano con olor a polvo y tomando vino, mayormente conversamos en el almuerzo, algo has venido a contarme y no te animas, quizá estás enojado conmigo, ya lo ce, no te preocupes, a vos también te invite a la cena que se organiza en  el Jockey Club.

HERMAN DIWINSKI: No pensaba en la cena, en absoluto, ni siquiera se me había pasado por la cabeza.

NORMAN ADELIEVICH: Que bárbaro, y yo que cuento las horas para reencontrarme con amigos.

HERMAN DIWINSKI: Si...Pensativo por un momento. Últimamente te has acercado mucho al señor Hanssen. Diría que hasta te he visto tomando café en el bar con el.

NORMAN ADELIEVICH: Seguramente querido Herman, son de suma importancia los negocios que estoy trazando con este hombre, pues fíjate, tiene una fábrica de zapatos, a lo mejor, podríamos ser socios con el, y hacer una fabrica de medias y calzados, es original, ¿no te parece?

HERMAN DIWINSKI: Es original ¿porque dudarlo? pero ¿Cómo lo conociste?

NORMAN ADELIEVICH: Vive en un pueblito del sur, llamado Villa Langostura, solo que anduvo por aquí por otros asuntos, por supuesto, relacionados con su demoledor emprendimiento.

HERMAN DIWINSKI: Seguramente que no solo los negocios te deben unir a el, a lo mejor una vieja amistad.

NORMAN ADELIEVICH: Es verdad, lo conocía desde antes, se me había pasado contarles  a ustedes, pero creo que, desde que vine a la Argentina, no recuero si habíamos hablado en el barco, es un alemán, pero jamás ha discriminado un judío, te lo puedo asegurar.

HERMAN DIWINSKI: Mirándolo fijamente a los ojos. Yo conozco ese hombre, es un viejo comandante nazi.

NORMAN ADELIEVICH: Pensativo y sorprendido después. Si pero yo no lo sabía, ¿Cómo lo sabes vos?

HERMAN DIWINSKI: Lo ce y nada mas. Uno recuerda a los torturadores, los tiene muy presentes para olvidárselos así nomás como si nada, me lo ha mostrado mi padre, cuando estábamos en Auswitch, me había dicho, que era el asesino de  mama, de mis abuelos, luego lo mató a el, y finalmente la supuesta guerra terminó, y con ella el desgraciado duelo para todo un pueblo.

Silencio prolongado.

NORMAN ADELIEVICH: Que se ha quedado mirando hacia el suelo. Ese hombre ya no es el mismo, te lo aseguro.

HERMAN DIWINSKI: Enojado y furioso. Patrañas, se afeitan, se dejan la barba, se cambian de país, de ciudad, de cultura, de religión, de vida, pero siguen siendo iguales, los mismos asesinos repugnantes disfrazados de seres morales y educados.

NORMAN ADELIEVICH: No lo discuto en absoluto, yo...

HERMAN DIWINSKI: Interrumpiéndolo. Vos nada, no tenes que decir nada, vos sos otro, uno que se dejó seducir por un sistema que privilegiaba el asesinato a sangre fría,  entregaste en bolsa a todos tus hermanos.

 NORMAN ADELIEVICH: Perdiendo el control. ¿De que estás hablando? Levantándose de la silla. Tengo que ir por Eva, me espera  en el colegio.

HERMAN DIWINSKI: Saca de su chaqueta un revolver. Vos no vas a ningún lado hijo de puta, sentate mierda, tenemos que hablar.

NORMAN ADELIEVICH: Sentándose. ¿Qué es todo esto?

HERMAN DIWINSKI: Tomando un diario de su otro bolsillo, se lo arroja al suelo. Lee basura.

NORMAN ADELIEVICH: Tomando el diario, muy despacio, lee en voz baja, luego agacha la cabeza. Se han equivocado.

HERMAN DIWINSKI: Te buscan en Chile, en el sur, en un pueblo pesquero, te van a encontrar, estamos a un paso de Chile.

NORMAN ADELIEVICH: Se han equivocado.

HERMAN DIWINSKI: Nosotros nos hemos equivocado, nosotros, Iris, y la pobre Eva que es una víctima como nosotros. ¿Qué te ofrecieron aquellos asesinos, porque nos cambiaste? Quiero saber.

NORMAN ADELIEVICH: Resignado. Cumplía ordenes, de ese modo no solo me mantenía con vida, aseguraba un lugar, un ser alguien en mí vida, pero eran otras épocas. Yo soy distinto, yo no soy el de antes, te lo juro.

HERMAN DIWINSKI: Los asesinos, son asesinos.

NORMAN ADELIEVICH: Yo jamás le apunte a nadie, jamás tome un arma entre mis manos.

HERMAN DIWINSKI: Si que lo hiciste, manipulaste un arma tan asquerosamente repugnante como la traición a tu propia sangre, a tus orígenes, a tu religión, a tu familia y a tu puta condición.

NORMAN ADELIEVICH: Me cambie de nombre cuando llegué a Buenos Aires, también quise cambiar mi vida.

HERMAN DIWINSKI: Y no tuviste mejor idea que casarte con una mujer judía, una de tantas que habrás entregado cuando eras un infiltrado matando por la boca para los nazis.

NORMAN ADELIEVICH: No es como vos pensas, eran tiempos difíciles, para todos los judíos, nos perseguían a todos, yo así pude sobrevivir, no fui el único.

HERMAN DIWINSKI: ¿Y como esperabas sobrevivir matando a tus hermanos?

NORMAN ADELIEVICH: No se sobrevive, uno se muere día a día.

HERMAN DIWINSKI: Y decidiste colocar el pasado en un nicho y sepultarlo en el cementerio de tus memorias fallidas, cuando la besabas a la pobre desgraciada de mi hermana, cuando comías con nosotros, o cuando acariciabas a tu amada hija Eva, ¿No te acordabas de aquellos miserables que murieron en la miseria? ¿No se te venían  a la cabeza, aquellos rostros, llenos de dolor y de angustia, de hambre, de sed y de muerte?

NORMAN ADELIEVICH: Una y otra vez, todo el maldito tiempo.

HERMAN DIWINSKI: Vienen por vos.

NORMAN ADELIEVICH: ¿Qué vas a hacer?

HERMAN DIWINSKI: ¿Qué se supone que debo hacer?

NORMAN ADELIEVICH: Soy tu cuñado, somos como hermanos, juro que...

HERMAN DIWINSKI: Interrumpiéndolo. Somos lo que somos, somos dos desconocidos, porque tengo vergüenza de salir a la  calle, imagínate el daño que nos has causado, a tu pobre mujer que te ha cuidado como si fuera tu madre, tu hija que lleva tu sangre de mierda, y yo, que cuantas noches he llorado en tu hombro, acordándome de mis padres, y de todos mis amigos cuando en Auswitch les hacían cantar el himno Alemán  en medio de la nieve, azotándolos como si fueran animales.

NORMAN ADELIEVICH: Podemos irnos todos juntos a Turquía, puedo conseguir los pasajes, puedo vender todo y esto se acaba.

HERMAN DIWINSKI: Acercándose con furia. ¿Pretendes que olvide que fuiste un judío perro de los nazis?

NORMAN ADELIEVICH: Yo no mate a tu padre, tampoco fue a el que lo delate, ni a tus amigos.

HERMAN DIWINSKI: Tu no mataste solo a mis padres, terminaste con la vida de tu propio pueblo y eso debe doler aquí, en el pecho, como si te explotara el corazón.

Silencio prolongado.

NORMAN ADELIEVICH: No me entregues por favor.

HERMAN DIWINSKI: Entregaste a centenares de judíos y ahora pretendes que no lo haga con vos, resulta que tengo al animal acorralado y lo debo dejar ir, luego que se devoró mi mundo. Cuantos judíos quieren estar en mí lugar, cuantos de ellos pagarían fortunas para escupirte sus años de impotencia, de silencio que se les ha vuelto un tumor que los consume con el tiempo.

NORMAN ADELIEVICH: Imagínate a Iris, a Eva, lo dejemos entre nosotros, mira nada más a tu lado, está el padre de Eva, vos sos el tío, como la van a criar sin su padre, se burlaran de ella, la humillaran hasta en la Universidad, no dejes que eso ocurra, es el futuro de mí hija el que está en juego.

HERMAN DIWINSKI: La verdad, es ante todo, una verdad, y ante ella, aunque no crea en las verdades, porque siempre son a medias, como tu vida que ha sido toda una mentira inventada, no se puede mirar para otro lado, prefiero criarla yo, pero nunca, jamás que lo haga un hombre que mató a los de su sangre.

NORMAN ADELIEVICH: Parándose de pronto. Ella es mi hija.

HERMAN DIWINSKI: Enfrentándolo. Ya no lo es, por fortuna no.

NORMAN ADELIEVICH: Sentándose nuevamente.  Solo los tengo a ustedes.

HERMAN DIWINSKI: Si supiese tú hija que mataste a su propio abuelo.

NORMAN ADELIEVICH: Sabes que yo no estaba en la ciudad en donde residía tú padre y tú madre  por esos años. ¿Qué harás conmigo? ¿colgarme de algún árbol y sentirte héroe por haber matado a un judío perro nazi? ¿La comunidad judía te ofrecerá un premio por haber cazado a un hombre sin alternativas?

HERMAN DIWINSKI: Esa no seria una actitud noble y heroica de un judío que cree en la justicia. Yo nunca mataría como mataron a los de mi condición, no utilizaría aquellos métodos salvajes como los de tú amigo Hanssen, que bien lo conocías, porque vos trabajabas para el, y el hijo de puta se vino a la Argentina porque vos le devolviste el favor que te hizo, el de dejarte ser alguien, hasta salvó tú vida y por eso te sentiste en deuda con ese hurón. Le abriste una fabrica y luego nos dirías que el se uniría a la gran sociedad Adelievich, como en los viejos tiempos de casería Judía, los dos amigos volverían a estar juntos al fin de cuentas.

NORMAN ADELIEVICH: No es así, no es un amigo, nunca lo fue ¿Cómo puedo ser amigo de un hombre que me quería mandar a los campos de concentración.

HERMAN DIVINSKI: Ni siquiera pensaste en sumarme a la fábrica, pero el maldito nazi que no es ni siquiera era de tú familia, le ibas a dar hasta tú apellido si era necesario para ocultarlo de la naturaleza que descubre los rostros de los cobardes.

NORMAN ADELIEVICH: No tenía otra opción, el había amenazado con matar a Iris, no podía dejar que eso ocurriese.

HERMAN DIVINSKI: No es momento para mostrar una conmovedora imagen paternal. Bien sabias que el tenía muchas acciones, que la fábrica se duplicaría sin tener que invertir nada de tú bolsillo, eso fue la verdad.

NORMAN ADELIEVICH: Estás juzgándome sin saber nada de nuestras conversaciones.

HERMAN DIVINSKI: En sus cartas nunca enunció que mataría a Iris si no lo convocabas para la sociedad, por el contrario, te rogaba participar en ella y te tentaba con ofertas millonarias.

NORMAN ADELIEVICH: Nunca  me lo escribiría en una carta, el tipo no es ningún tonto, me lo dijo por teléfono, me llamaba a la fábrica en reiteradas ocasiones.

HERMAN DIVINSKI: Enojado. Basta de mentiras. Sacando un papel de un sobre, se lo arroja a la falda.

NORMAN ADELIEVICH: ¿Qué es esto?

HERMAN DIVINSKI: Un testamento.

NORMAN ADELIEVICH: Entonces, ¿me vas a matar?

HERMAN DINISKI: Abajo tenes que firmar, toma la lapicera.

NORMAN ADELIEVICH: Lo mira resignado unos instantes y luego firma. No me has contestado, entonces, ¿me vas a entregar?

HERMAN DIVINSKI: Tomando el testamento y guardándolo. No hay nada que yo pueda contestarte.

NORMAN ADELIEVICH: Te estás llevando mí vida, son años de trabajo.

HERMAN DIVINSKI: El dinero que tienes en el banco será para Eva, no te preocupes, solo para ella, la fábrica la administraremos con Iris.

NORMAN ADELIEVICH: Cuando se entere Iris ¿crees que te va a perdonar?

HERMAN DIWINISKI: Riéndose irónicamente. ¿A mí me tiene que perdonar?

NORMAN ADELIEVICH: No dejará que el padre de su hija quede en la ruina.

De pronto, reaparece detrás de unos tambores, Iris Divinski, tiene anteojos negros y un pañuelo, lleva una diminuta cartera.

IRIS DIWINSKI: No creo que sea así.

NORMAN ADELIEVICH: Sorprendido, se levanta de la silla. ¿Qué haces aquí?

IRIS DIWINSKI: Siéntate mejor, hace rato que escucho la conversación, Herman me mostró el diario en el que aparece una fotografía tuya, pero al principio no le creí, pensé que se había confundido, pero cuando me enseñó el artículo que decía que se trataba de un judío nazi, quede en la más plena incertidumbre. Cuando lo asumiste hace pocos minutos, se me oscureció la vista, pensé que me moría, te juro que se me derrumbó el mundo Norman. Al borde de las lágrimas, mientras que Herman Divinski se retira lentamente, doblando su saco. Todos estos años vivíamos con tanto amor, y los proyectos que teníamos. Hubiese preferido enterarme que tenías una amante otra mujer no ce, pero nunca esto.

NORMAN ADELIEVICH: Puedo explicarte...

IRIS DIWINSKI: Interrumpiéndolo de un grito. ¿Qué vas a explicar? ¿Que defendías tú vida haciendo correr la sangre de otros?

NORMAN ADELIEVICH: No era Jesucristo Iris, estaba presionado, piensa que si no lo hacia me mataban, me liquidaban, tú también lo hubieses hecho.

IRIS DIWINSKI: Sacando un revolver de la cartera. No hables por mí basura, no me nombres más, no con esa boca llena de gusanos, la de todos esos muertos que te rondan, esas son las voces que escuchas, las que siempre me dices a media noche que te acosan, son ellos los que te buscan.

NORMAN ADELIEVICH: Guarda ese revolver por favor, discutamos como adultos, te lo ruego por nuestra pequeña hija.

IRIS DIWINSKI: No la metas a ella en todo esto, no intentes salvarte usándola en contra mío porque no lo lograras.

NORMAN ADELIEVICH: No es eso lo que quiero, pretendo que no vea todo esto, seguro que está arriba...

IRIS DIWINSKI: Interrumpiéndolo. No está, la dejé en el colegio. Nos vamos del pueblo, nos das vergüenza, nos has humillado a todos.

NORMAN ADELIEVICH: ¿Qué harás? ¿me vas a matar? ¿Qué le dirás a nuestra hija? ¿Qué mataste a su padre porque salvaba su vida, sin quedarle otra opción que ser un delator a punta de pistola?

IRIS DIWINSKI: Sacando un papel de su cartera. Firma esto ahora.

NORMAN ADELIEVICH: Lee el documento. No puedo hacerlo Iris, es nuestra hija, no puedo renunciar a ella.

IRIS DIWINSKI: Apuntándole de más cerca. Tú eliges, además yo soy la madre.

NORMAN ADELIEVICH: ¿Cómo pretendes criar a nuestra hija sin su padre?

IRIS DIWINSKI: No estaré sola, Herman me ayudará, siempre ha sido un buen hermano.

NORMAN ADELIEVICH: Herman que nunca supo ni como cambiar un pañal, como cuando nos íbamos a las reuniones de los Hartevis y teníamos que llevar con nosotros a la pequeña Eva.

IRIS DIWINSKI: Nuestra hija ya está grande y cuando sea adulta entenderá una sola cosa, que su madre y su tío la sacaron de un infierno.

NORMAN ADELIEVICH: ¿Qué le dirás?

IRIS DIWINSKI: Que su padre ya no está, que no lo busque tampoco.

NORMAN ADELIEVICH: Destruyes todo lo que tengo.

IRIS DIWINSKI: ¿Y cuantas familias enteras has destruido tú? ¿Te falta el aire? ¿Sientes que te asfixias?

NORMAN ADELIEVICH: Desabrochándose la camisa. No he tomado mí remedio para el asma, hay mucho polvillo aquí, no seas cínica por favor. Iris, eres mi esposa, olvidemos todo, ya tienes la casa, la fábrica, el dinero en el banco y lo más importante, te llevas a mí hija, todo, ¿Qué más quieres de mi?

IRIS DIWINSKI: Poniéndole el revolver en la cabeza, jalando del seguro, todo el parlamento lo dirá apretando los dientes con mucha ira. Quiero mí venganza, aunque me tiemble la mano, deseo lo peor, te maldigo con toda mí alma, quiero destrozarte, quebrarte los huesos, sacudirte de un lado hacia el otro, quiero envenenarte una y mil veces, este es tú naufragio no el mío, no el de nuestra hija, es solo tuyo.

NORMAN ADELIEVICH: Que ha caído arrodillado, poniendo sus manos en su rostro. No por favor, no me mates, no lo hagas, te lo suplico, no mates a un fracasado, admito mí culpa, no me quedaba más remedio, no me mates.

IRIS DIWINSKI: Jalando el gatillo en falso. Ya estás muerto. Iris que ha tirado el revolver, se retira llorando, mientras que Herman Divinski ingresa al sótano con un rabino, el hombre lleva un pequeño bolso que lo abraza contra su pecho, Norman lo mira tratando de reconocerlo pero no logra divisarlo con tanto acierto.

NORMAN ADELIEVICH: ¿Usted quien es?

HERMAN DIWINSKI: No lo conoces, pero el te conoce a vos.

RABINO PETROSKI: Es así señor, como dice su cuñado, ya hemos estado hablando con el hace unos minutos sobre el tema que ha convulsionado a toda la comunidad judía del país.

HERMAN DIWINSKI: Intuía que Iris no se atrevería a disparar sobre tú cabeza querido Norman, has tenido una esposa que no te merecías. Yo, por mí parte, tengo asuntos que atender, los dejo caballeros, me retiro.

RABINO PETROSKI: Lo hacía mas avejentado, se ve que la buena vida lo tiene a usted muy bien.

NORMAN ADELIEVICH: Pensativo. Era octubre cuando la conocí a Iris, toda la nostalgia de un hombre abandonado está sobrevolándome, juro que veo esos pájaros de mal augurio sobre mí cabeza. Pero, ¿usted no me dijo quien era?

RABINO PETROSKI: Pues bien, le paso a contar, mi nombre es Dante Petroski, soy hijo de Eliseo Petroski y Nadina Erlinch.

NORMAN ADELIEVICH: No entiendo.

RABINO PETROSKI: Lo comprendo, usted no recuerda a mí padre, porque fue uno de los muchos judíos que mando a los campos de concentración de Auswitch, yo si lo recuerdo a usted, porque caminaba con el coronel Hanssen en esos días de frío, en donde nos tiraban agua a baldazos mientras la nieve caía sobre nuestros cuerpos congelados, también tengo presente su pulgar, señalando a mí padre.

NORMAN ADELIEVICH: No ha sido nunca mi intención, yo estaba amenazado se lo he dicho a mí esposa y a mí cuñado. El comandante Hanssen era muy joven cuando me conoció, me sacó de una fila, yo iba directo a los campos de concentración, el me dijo: Servirás para algo, servirás para la patria y para el Furer. Me tomó del brazo y me llevó a su oficina, me hizo sentar, y dejó que yo durmiese en su despacho, ese hombre salvó mí vida, y por todo ello estas consecuencias terribles. Me sentaba a escuchar a donde se ocultarían aquellas familias, algunos eran Rumanos, otros eran Rusos y así, cuando me acostaba de noche, apagaba rápido la luz, no quería pensar en lo que estaba haciendo, solo cumplía con mí deber, así me mantenía con vida. Entonces yo me iba hasta las oficinas de Hanssen y le decía a donde, en que casa o galpón se escondían de los soldados Alemanes. Cuando la guerra terminó, sentí que no había hecho lo correcto, creí que no lo toleraría, que me llegaría tarde o temprano la depresión y me suicidaría. Los nazis me tenían atado, no podía hacer otra cosa, usted sabe como eran, como actuaban.

RABINO PETROSKI: Usted los conoció mejor que yo. Deja el pequeño bolso sobre una caja, se saca el sobre todo. Es usted el que se ha quedado sin casa, sin fábrica, sin su hija, en definitiva, sin nadie.

NORMAN ADELIEVICH: Usted se equivoca, aún tengo a alguien.

RABINO PETROSKI: Abriendo el bolso y revolviendo dentro de el como buscando algo. ¿A quien si se puede saber?

NORMAN ADELIEVICH: Aún lo tengo a Dios.

El sótano empieza a oscurecer Norman queda pensativo con una mirada perdida, mientras que el rabino lo mira fijamente unos instantes y cuando vuelve la vista a su bolso, la luz ya no estará encendida.

TELÓN FINAL

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