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HISTORIA DE UN SECUESTRO

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

 HISTORIA DE UN SECUESTRO

 De: Raimundo Francés

Número R.P.I.  Expte: CA-49/2006
 

 bea45azul@yahoo.com

Obra dramática en dos actos.

 

   PERSONAJES :

 

1)    Don Lucio. Así se le llama en la obra, por tratarse de un poderoso y muy conocido

 

empresario del norte del  país. Tiene aproximadamente sesenta años. De muy joven, por ser de

 

espíritu emprendedor, creó una pequeña empresa con talleres, dedicada a la reparación de

 

vehículos pesados.

 

Con el tiempo, prosperó y llegó a convertirse en un fabricante y  exportador de esos vehículos,

 

con una plantilla numerosa; su empresa obtiene cada año, enormes beneficios.  Es una persona

 

recta, organizada, disciplinada; un trabajador incansable, firme en su negocio y abierto a la

 

innovación, por lo que el éxito nunca le abandona. Su único fallo fue casarse con la hija de un

 

oficial del ejército, que hábilmente lo cazó para consolidar su status social y económico;  ella es

 

una mujer vanidosa, ambiciosa, preocupada solo de suimagen, de su presencia en la vida

 

ociosa de la alta sociedad, de sus largos viajes de placer y derroche,  pero nunca de acompañar

 

a su esposo en sus problemas y mucho menos de hacer de él un hombre feliz.

 

        2)    Doña Vitoria, su esposa.

 

        3)   Hay un hijo, Mario, pero es un personaje imaginario que no             

 

        aparece en escena.

 

       4)   Begoña: Una miembro de un comando activista que se dedica  con su banda a extorsionar a                              

 

        los grandes empresarios y a los ricos, bajo amenaza de muerte, llegando a veces al secuestro.            

 

        Tiene aproximadamente  treinta años de edad. En escena aparece como una falsa enfermera, 

 

        que hábilmente ha logrado ser contratada al servicio de don Lucio, para así poder preparar y

 

        perpetrar su golpe.

 

 

 ESCENARIO

 

Simula una sala de una buena casa. Alfombra, mesa elegante con mantel, jarrón con flores

 

  y candelabros. Al fondo, algún mueble tipo aparador con reloj antiguo y un objeto de

 

  decoración, como puede ser una talla de ladró o similar. Algún cuadro enmarcado y un

 

        espejo de pared. De ser posible, debe aparecer una lámpara de techo. Hay uno o dos

 

        butacones de orejeras con cabeceros protectores blancos, y alguna que otra silla de

 

        estilo.

 

 

       VESTUARIO

 

        Don Lucio, viste de traje, con chaleco y corbata. Encima, una bata elegante con escudo en

 

         el bolsillo y un pañuelo blanco. Lleva puestas unas gafas muy negras de las que usan

 

         muchos invidentes. De la mano derecha, un bonito bastón, que suele agitar cuando

 

         necesita dar énfasis a sus expresiones de enfado u órdenes, pero casi siempre con la cabeza

 

         en la misma dirección. Aunque esté sentado casi todo el tiempo de la obra, debe simular que  

 

         está ciego, y un hombre así, no suelta nunca su bastón. Puede llevar zapatos o zapatillas de

 

        paño.

 

        Doña Vitoria, lleva un traje muy elegante, cual si volviera de una fiesta.

 

        Su peinado y el maquillaje serán los  apropiados de una señora distinguida, así como su bolso,       

 

         su pañuelo de cuello y sus zapatos. No deben faltarle algunas alhajas llamativas. Aparecerá en

 

         el escenario con un abrigo de piel con cuello de pelo que parezca de firma.

 

         Begoña, llegará con vestimenta vaquera. Sin adornos ni complementos.

 

         Abajo, un yérsey de cuello alto. Aparecerá con un peinado normal y femenino. No         

 

         obstante, al comenzar el drama, se cambiará la forma del peinado y se pondrá una cinta de

 

        guerrillero sobre la frente. Soltará bruscamente sus zapatos de medio tacón y  calzará unos

 

        ‘’tenis’’ que lleva en una enorme bolsa de deportes.

 

 

 

PRIMER ACTO

 

        (Duración Aproximada: 45 minutos)

 

        (Aparece en escena doña Vitoria muy resuelta. Don Lucio ya está sentado en su sillón. Ella,

 

        saluda fríamente a su esposo sin escatimar la oportunidad de  mirarse al espejo que cuelga a un

 

        lado de la sala. Su actitud es frívola, carente incluso de la mínima muestra de afecto que 

 

        debería sentir por su marido)

 

 

         VITORIA -  ¡Hola, Lucio! ¡Ya estoy de vuelta! Disculpa porque no te bese. Es que hoy

 

         tengo un maquillaje nuevo que se desprende con el  menor roce. Solo lo usan algunas

 

         estrellas del cine norteamericano y las esposas de algunos gobernantes. ¿Qué te

 

         parece el abriguito que me he comprado en Montecarlo? ¿Verdad que es muy mono? 

 

         No puedes imaginarte el ambiente que hay en Mónaco en  esta época del año. ¡Qué

 

          alumbrado! ¡Qué tiendas! ¡Qué coches! ¡Qué lujo! ¡Qué glamour!

 

         Comprendo que allí solo tenemos sitio algunas personas, porque a Mónaco no puede

 

         viajar cualquiera. Solo una noche en un hotel le costaría a un encargado de tu fábrica              

 

          su paga extraordinaria completa.

 

         Es mejor así, porque hay lugares donde la ordinariez no debe tener acceso, para no      

 

         estropearse. También me he comprado algunas cositas de la última moda en París,  

 

         pero están en mis maletas. Ya te las enseñaré.  

 

        ¡Mira! También me he comprado esta sortijita; fue solo verla en el escaparate y

 

        quedarme prendada. Tiene un valor de diez mil euros pero me han asegurado los

 

         expertos de la joyería, que en pocos años, su valor aumentará, cuando menos tres

 

         veces, o quizás más. Para que luego digas, que tu esposa no sabe invertir. ¡Oh! 

 

         ¡Perdona! Que siempre me olvido de que no ves bien las cosas pequeñas.

 

         DON LUCIO -  Ya, ni las pequeñas ni las grandes. No te veo ni a ti siquiera. En este

 

          tiempo que has estado en Mónaco, mi vista ha empeorado bastante, y me estoy

 

          quedando prácticamente ciego. ¡Esta maldita diabetes! ¡Bien que se ha ensañado

 

          conmigo!

 

          VITORIA(Soltando el abrigo y tomando asiento) ¡Es cierto! ¡Y no sabes cuánto lo

 

          lamento! Pero, Julián, el marido de mi amiga Marta, que es catedrático de

 

          oftalmología, nos comentaba en el club de golf, que la ciencia médica, y sobre todo,

 

          la cirugía,  avanza a pasos agigantados, y que pronto podrán ayudarte a recuperar tu

 

          visión, al menos en gran parte. Y, hablando de cirugía, estoy pensando que a lo

 

          mejor, la semana próxima me voy a esa clínica famosa de Marbella, a ver si me

 

          quitan unos cuantos años de encima. La verdad, es que me estoy viendo unas

 

          arruguitas que no me gustan nada.  ¡Y mira, que uso unos productos de maquillaje 

 

          de lo más caro que hay en el mercado!

 

          ¡Oye! ¡Por cierto! No me he encontrado a tu chofer esperándome en el aeropuerto

 

          como de costumbre, y he tenido que tomar un taxi. Le dije al taxista que me espere,

 

          porque no tardaré mucho.  Tampoco he visto a nadie del servicio de la casa. ¿Es que

 

          los has despedido a todos en mi ausencia?

 

          DON LUCIO – No. Aunque ya me gustaría. No he visto un personal que gane tanto

 

          y que trabaje tan poco. ¡Cómo cambian los tiempos!  Es que hoy, me pidieron el día

 

          libre, y como les debemos varios, pues no pude negarme. Supongo que alguno de

 

          ellos celebra su cumpleaños y pretende reunir a sus compañeros en la fiesta. De

 

          todos modos, ahora vendrá mi cuidadora que se encargará de todo.

 

          VITORIA - ¡Ah! ¡Ya! Pues, sabiendo que Magdalena cuidará de ti todo el día, puedo

 

           irme tranquila al club, a comer. Ya veo la cara de mis amigas cuando me vean

 

           aparecer con este abrigo de diseño único. ¡Y no te digo, cuando Amalita me vea la

 

           sortija de diamantes! ¡Se le pondrá la cara amarilla de envidia! Tú sabes ya como son

 

           las del club.

 

         DON LUCIO –  ¡Por supuesto!  Pero, debes saber que ya no es Magdalena, mi

 

          enfermera. La compañía la ha sustituido por una chica nueva.

 

         VITORIA - ¡Vaya! ¡Cuánto cambio! Y eso que solo he estado fuera veintiocho días,

 

         que si me paso tres meses en el Caribe, a la vuelta, me encuentro cambiado hasta mi

 

         cuarto de baño. ¡Bueno! Como veo que estás bien, y que quedas en buenas manos,    

 

         y ya que aquí no puedo hacer gran cosa, pues me iré preparando para marcharme,

 

         porque supongo que tu nueva enfermera será puntual, y llegará a las doce, es decir,

 

         dentro de dos minutos exactamente. Porque el horario de servicio de tu asistenta

 

         personal no lo habrás cambiado también, supongo.

 

         DON LUCIO – No. No lo he cambiado. Y, por si te interesa saberlo, esta chica si es

 

         puntual. Además, es una persona disciplinada, organizada, seria, y parece muy

 

         inteligente y despabilada. Yo, sé valorar esas habilidades. La anterior era una

 

         holgazana. Nunca me gustó. Era nerviosa, desordenada, ¡y apestaba a nicotina! ¡Vaya

 

         ejemplo de una enfermera!

 

         VITORIA – Pues, a mí, no me caía tan mal. A veces, me contaba cosillas de la vida de

 

          los médicos con los que ella solía trabajar.  ¡Bueno! He querido decir, cosas... de la

 

          vida profesional de los facultativos del hospital central, donde ella hacía las guardias

 

          de noche.  Mientras nos tomábamos nuestra taza de té y nos fumábamos un

 

          cigarrillo en el merendero, pasábamos buenos ratos de charla. La verdad es que era 

 

          muy simpática.

 

                 (Vuelve a mirarse en el espejo y toma su bolso, dispuesta a marcharse)

 

          ¡Bien! Espero que pases un día tranquilo, con tu música de Vivaldi, y acompañado 

 

           de tu nueva asistenta, que espero no se retrase para poder conocerla, porque se me 

 

           está haciendo tarde.   

 

                 (A esto, se oye el chirrido de una puerta e irrumpe en el escenario, Begoña, la

 

          cuidadora de Don Lucio, con una gran bolsa de deportes que suelta en la mesa o sobre el

 

         sillón)

 

         DON LUCIO - ¿No te dije que esta chica es muy puntual? ¡Aquí acaba de llegar!

 

          BEGOÑA - ¡Buenos días!

 

          DON LUCIO -  No puedo verlos, pero creo que no deben de ser muy buenos porque

 

          sí puedo oír como empieza a llover.

 

               (A esto, Begoña saca el móvil de uno de sus bolsillos y volviéndose de espaldas, pulsa

 

               una tecla, y habla en un tono más bien bajo)  

 

         BEGOÑA -  Ya he llegado. Comienza el plan ‘’Hurón” (Calla unos segundos)  Sí, pero

 

          hay también un conejo en el hoyo, que yo no me esperaba. Seguramente, el viejo

 

          sabría que la coneja aparecería sobre esta misma hora. Pero no ha venido mal. (una

 

          pausa)  ¡Bien! No te preocupes. Sé lo que hago.

 

               

                (Ahora, se vuelve al matrimonio, y habla en un tono fuerte y autoritario, mientras

 

         se cambia la forma del pelo, se pone una cinta en la frente y suelta los zapatos de manera

 

         brusca, para calzar unos ‘’tenis’’ que lleva en la bolsa)

 

        

          BEGOÑA - ¡Bien! ¡Préstenme atención!

 

                (Al ver que desde que ella ha entrado, Vitoria, tras ojearla de arriba abajo, no ha                        

 

          hecho el menor caso de su presencia y no cesa de acicalarse ante el espejo, le da un manotazo

 

         en el hombro)

 

         BEGOÑA -  ¡Vieja imbécil! ¿Es que no me ha oído?

 

         VITORIA - ¡Pero... oiga! ¡Qué se ha creído! ¡Qué descaro!

 

         DON LUCIO –  (Algo alterado, moviendo el puño del bastón, de un lado a otro) Pero... 

 

          pero... ¡Por  favor! ¡Qué está pasando?  ¡Vitoria! ¡Qué te ocurre?

 

         BEGOÑA -  ¡No ha pasado nada! ¡Tranquilos! Más les vale mantener la serenidad.

 

         Les diré cual es la situación. El servicio se ha tomado el día libre. No hay nadie en la

 

         casa, excepto ustedes y yo. Usted (mirando a Vitoria) no se moleste recurriendo al

 

         teléfono porque la línea ya ha sido cortada. Tampoco le valdría de nada pulsar el

 

          timbre de la alarma. Desde este preciso momento harán exactamente y solamente, lo

 

          que yo les diga.

 

          VITORIA – ¿Pero... cómo? ¿Acaso nos está diciendo que estamos secuestrados o

 

          algo así?  ¿Qué era esa llamada en voz baja y hablando cosas raras? ¿Era con el jefe

 

          de su banda?

 

          BEGOÑA - ¡Vaya! Veo que no es usted tan torpe como parece.

 

          DON LUCIO – Pero... ¡Begoña! ¿Sabe usted lo que está haciendo? Pero... ¿No es

 

          usted enfermera?  Se supone que...

 

          BEGOÑA -  ¡Cállese! Y no hagan preguntas. Les diré lo que va a ocurrir desde estos

 

          momentos. Un miembro de mi banda llamará a su hijo. Le pedirá una cantidad por

 

          su rescate. Si su niñito aprecia en algo la vida de sus padres, seguirá las instrucciones

 

          al pie de la letra, y una vez terminada la operación, yo desapareceré y ustedes

 

          continuarán manteniendo sus asquerosas vidas, pero con muchos millones menos.

 

          VITORIA – Pero... ¡vamos! ¡Esto es intolerable! ¡Usted no sabe con quién está

 

          tratando! ¡Desgraciada!

 

          BEGOÑA - ¡Cierre el pico, víbora! No me lo ponga difícil, porque me veré obligada a

 

          usar la violencia. Y usted ¿sabe con quién está tratando? Pues con una banda de

 

          asesinos que no tendrá el menor miramiento a la hora de acabar con un explotador

 

          de masas y un parásito de la sociedad.

 

          Y no me importa ser yo la encargada de cumplir con gusto con esa misión. 

 

                (Abre el bolso, saca una pistola y se la pone en el cinto)

 

         DON LUCIO -  ¡Oiga! ¿Qué pasará si nuestro hijo se niega a pagarles lo que piden?

 

         BEGOÑA – No es tan difícil de imaginar, viejo. ¡Caput! ¡ Se acabó!  ¡Los dos viejos, al

 

         puto infierno!

 

         DON LUCIO - ¿Quién nos va a liquidar? ¿Usted? Y... ¿cómo lo hará? ¿Nos pegará un

 

         tiro en la nuca con una pistola?

 

         VITORIA – ¡Lucio! Por favor, no hables de eso. No va a pasarnos nada malo. Mario

 

          llamará a la policía, y ellos se encargarán. Tratándose de nosotros, movilizarán a

 

          todos los efectivos disponibles de la ciudad. Tú eres amigo del comisario, y del

 

          gobernador. No nos van a dejar abandonados en manos de una banda de

 

          delincuentes. Esta mujerzuela no es más que una vulgar ladrona, que ambiciona

 

          hacerse rica y cree que lo puede conseguir amenazando a un matrimonio indefenso.

 

          DON LUCIO - ¿De veras, tú crees que tu hijo llamará a la policía? En verdad, no me

 

          sorprendería que cometiera una torpeza como esa, siendo hijo tuyo.

 

          VITORIA – Pero... ¡Lucio!

 

          DON LUCIO – Tu hijo, si de verdad quiere a su madre, se cuidará muy bien de

 

           avisar a las autoridades, porque lo estropearía todo. ¿No es cierto, señorita?

 

          BEGOÑA – Dice usted bien. Si aparece la policía, no cobraremos, y hay riesgo de 

 

          que a mí me detengan, pero antes ustedes se habrán despedido de este mundo.

 

          DON LUCIO – Todavía no ha contestado usted a mi pregunta de antes.

 

          BEGOÑA – No tendría por qué contestarle a esa pregunta. Pero le diré cual es el

 

          plan. Usted, sufrirá un coma diabético que no podrá resistir, cuando le inyecte esta

 

          jeringa (Mostrándole una que saca de la bolsa que pone sobre la mesa). Y esa bruja

 

         vanidosa y estúpida, sufrirá un infarto fulminante con una pequeña dosis de veneno

 

         que tengo aquí preparado. (También lo pone en la mesa)  Es el mismo que se usa para

 

         sacrificar a los chuchos callejeros en la perrera. No me dirán que no les hemos

 

        reservado una muerte dulce, aunque, algo perruna, como ustedes, personajillos de la

 

        alta alcurnia, se merecen.  ¡Ja, ja!

 

        VITORIA - ¡Dios mío! ¡Estos terroristas están locos! ¡Son unos desalmados!

 

                            (A esto, suena el móvil)   

 

        BEGOÑA - ¡Si! ...  ¡Bien! Por aquí, todo está controlado. (Ahora, Begoña, sufre un ataque

 

        de tos) ¡De acuerdo!  Si a las dos, no se ha resuelto, pasamos al plan ‘’Lagarto

 

        muerto”. Pero no olvides tenerme informada de cualquier cosa que ocurra para estar

 

        prevenida. ¡Y llama cada treinta minutos!

 

                          (Corta la llamada, guarda el móvil, y echa mano al bolso de donde extrae unas

 

        píldoras, tomando dos de ellas)

 

        DON LUCIO -   Entiendo que mi hijo dispone de menos de dos horas para pagarles

 

         el rescate.

 

         BEGOÑA – Exactamente de una hora y cuarenta y ocho minutos.

 

         DON LUCIO – Pero, ustedes saben que en tan poco tiempo es difícil conseguir una

 

          suma grande de dinero.

 

         BEGOÑA - ¿Difícil? Pero... ¿hay algo difícil para un asqueroso multimillonario como

 

         usted? ¿Qué son diez millones de euros para usted? ¿Los beneficios que obtiene su

 

         empresa en unos meses?  Y,  ¿qué son unos meses, comparados con toda una vida

 

         amontonando dinero?

 

        DON LUCIO – Ustedes lo ven todo muy fácil. Creen que el dinero nos ha venido del

 

        cielo. Los jóvenes no tienen ni idea de lo que hay que luchar para convertir una

 

        fabriquita en una gran empresa, que dicho sea de paso, alimenta a un millar de

 

        familias.

 

        BEGOÑA - ¿Alimenta? Habla como si en lugar de personas, que con sus

 

        conocimientos y esfuerzos producen una enorme riqueza para usted, se tratara de un

 

        ganado que pasta en el monte. Ustedes, los ricos, me provocan náuseas.

 

        VITORIA – ¡Déjala, Lucio! No malgastes tus energías discutiendo con esta malnacida.

 

        BEGOÑA - ¡Cierre la boca, vieja gruñona! Irritándose, solo conseguirá que le salgan

 

        más arrugas de las muchas que ya tiene.

 

        DON LUCIO – Señorita. ¿Puedo hacerle una pregunta?

 

        BEGOÑA – Depende.  (Rompe en otro ataque de tos) ¡Esta maldita tos no me deja vivir!

 

        DON LUCIO - ¿Quién la metió en esto, y cómo?

 

        BEGOÑA -  No tengo por qué darle esas explicaciones.

 

        DON LUCIO – Qué importa ya lo que me cuente. Yo no pienso decírselo a nadie.

 

         Entre otras cosas, porque los muertos no hablan.

 

         BEGOÑA -  Y ¿Cómo sabe que va a morir? ¿Acaso no confía en su hijo?

 

         DON LUCIO - ¿Mi hijo? ¿Confiar en mi hijo? Estoy convencido de que Mario, lo

 

         echará todo por tierra. Lo inteligente sería actuar con discreción, pagando el rescate,

 

         y acabar con esta aventura, aceptando el resultado. Al fin y al cabo, ser rico entraña

 

         sus riesgos, y esta vez nos ha tocado a nosotros. Pero nuestro hijo no es nada

 

         inteligente. ¡Qué más habría querido yo!  Un heredero listo, responsable, con

 

          capacidad de mando, con mentalidad de empresario. Pero, yo no tuve esa suerte. Mi

 

          hijo, es un descerebrado inconsciente, un mal estudiante, un niño malcriado por su

 

madre, que vive de sus caprichos. Cuando no está en el club de tiro, está tirándose a

 

una de esas fulanas de los clubes nocturnos. No sabe hacer otra cosa que disparar. Se

 

          nota que su abuelo era artillero. Pero Mario es un caso perdido.

 

          VITORIA – Lucio. Creo que te estás pasando. Nuestro hijo no es tan malo, ni tan

 

          torpe.

 

          DON LUCIO - ¿Nuestro? ¿Acaso crees que soy idiota?

 

          VITORIA – Pero ¿Qué insinúas?

 

          DON LUCIO - ¿Crees que iba a marchar de este mundo sin decírtelo? Ser un

 

          cornudo no significa ser estúpido.

 

          VITORIA – Pero... ¡Lucio!

 

          BEGOÑA - ¡Ummm! Esto se está poniendo interesante.  ¡Vaya culebrón! A mi me da

 

          igual que ustedes quieran sacarse los trapos sucios. Tan pronto el dinero esté donde

 

          debe estar, yo me piro y ustedes, pueden destriparse a su gusto.

 

          DON LUCIO - ¿Piensas que yo no conozco la historia? ¿Crees que los hombres no

 

          nos percatamos de las infidelidades de nuestras queridas esposas? Y ¿Crees que no

 

          nos damos cuenta cuando se trata del profesor de golf? ¿Es que no te bastaba una

 

          vida de holgazanería, de lujos, fiestas y placeres, sino que también necesitabas otro

 

          hombre en tu vida?  Mario no es mi hijo. En nada se parece a mí. Hasta hace un

 

          tiempo en que esta maldita diabetes me dejó ciego, yo era buen observador y he

 

          observado bien a tu hijo, día a día, año tras año.

 

             (A esto, suena el móvil, y Begoña atiende la llamada, empezando a toser de nuevo)

 

           BEGOÑA – ¡Dime!  Pero... ¡ese estúpido...! ¿Qué hable yo con él?  Pero... ¡De

 

           acuerdo!

 

          Dale mi número. ¡No! Mejor, conecto la línea de la casa de nuevo. Dile que llame

 

         dentro de tres minutos.

 

         VITORIA - ¿Qué pasa?  ¿Está todo arreglado?

 

         BEGOÑA – No. Su hijito quiere asegurarse de que ustedes están vivitos y coleando.

 

         Ahora llamará y oirá sus voces. Pero ¡Cuidado con lo que dicen!

 

         DON LUCIO – Aprovecha y despídete de él. A mí me da igual. Intenté quererlo y

 

         educarlo como a un auténtico hijo, pero él nunca me respetó ni estuvo a mi lado.

 

         BEGOÑA - ¡Vieja! Dígale a su hijo que es mejor que haga lo que le han dicho, si

 

         quiere volver a verla viva.

 

         VITORIA – Lucio. No sé si tendré fuerzas. Mejor, deberías hablar tú con él.

 

         DON LUCIO - ¡Nada de eso! Lo harás tú, que siempre te has entendido muy bien

 

         Con tu hijo, y siempre os habéis compinchazo a mis espaldas. Ahora, sufrid y llorad

 

         juntos, pero yo no me doblegaré a ese mequetrefe.

 

         BEGOÑA - ¡Bien!  Salgo un momento a conectar la línea y luego esperaremos a que

 

         suene el teléfono.

 

                       (Don Lucio y Vitoria se llevan las manos a la cara, angustiados, ignorando cual

 

         será el final y temiéndose una tragedia. Vitoria, murmura entre sollozos, terriblemente

 

         asustada. Begoña, sale del escenario)

 

 

FIN DEL PRIMER ACTO

 

 

Descanso de unos 15 minutos.

 

 

 

 

SEGUNDO ACTO

 

          Duración aproximada: 50 minutos

 

          (El matrimonio se muestra desconcertado. Vitoria, tiene un pañuelo en la mano con el que se

 

         limpia el rimel que cae de sus ojos llorosos. Begoña, está dando continuos y cortos paseos por

 

         el escenario, como impaciente por lograr su objetivo y acabar con el secuestro. (A esto, suena el

 

         teléfono de la mesita)

 

         BEGOÑA -  ¡Diga!  Sí. Están bien. Ahora los va a oír. (Levanta el auricular un palmo

 

         para que Vitoria no pueda asirlo. Ésta, entre sollozos, intenta decir algo, aunque distanciada

 

        del aparato)

 

        VITORIA - ¡Hijo! ¡Soy yo, tu madre!  ¡Estamos bien! ¡No te asustes!

 

        DON LUCIO -  (Gritando, girando la cabeza y elevando su bastón hacia la zona donde

 

        supone que está la secuestradora con el teléfono en la mano, como si quisiera que le pasara el

 

        teléfono) ¡Mario! No creo que sea prudente hablar con la policía. Haz lo que digan.

 

        Esta banda va en serio. Estamos seguros de que sabrás cómo conseguir ese dinero.

 

        ¡Por favor, ayúdanos!

 

        BEGOÑA -  ¡Oiga, niñito bien! Ya ha comprobado que sus padres aún respiran. Pero

 

        no le aseguro que la próxima vez que llame pueda hablar con ellos. Ya sabe que

 

        dispone de poco más de una hora.  ¡Ese es su problema!  Usted sabrá cómo

 

        conseguirlos. Solo tiene que hacer una llamadita a esos banqueros que juegan con

 

          usted en el club y una vez con la pasta en sus manos, solo tendrá que acudir solito en

 

          su vehículo a depositar los maletines exactamente donde le han dicho.  Dos minutos

 

          más tarde, usted llamará aquí, a su casa y podrá hablar felizmente con sus papaítos.

 

          Para entonces, yo me habré marchado. Y, en este momento, le queda justamente, una

 

          hora y cinco minutos. Yo, de usted, me daría prisa.

 

                                (Cuelga con un fuerte golpe. Luego, se acerca a la mesa, mete la mano en

 

         su enorme bolsa y extrae un rollo de papel engomado. Se va hacia Vitoria y le coge ambas

 

         muñecas para sujetárselas con la cinta)

 

         VITORIA - ¿Qué va a hacer usted? ¡Déjeme! ¡No me toque!

 

         BEGOÑA - ¡Estése quieta, vieja! Tengo que amarrarla para que no haga tonterías.

 

         Debo ir al baño, y no me fío de usted. Solo serán unos minutos.

 

                       (Mientras hace esto, se pone a toser de nuevo, y luego, sale del escenario)

 

         VITORIA - ¡Lucio! Ahora que esto llega a su fin, quiero que sepas que aquello fue

 

         una aventura. Pero te aseguro que no sabía lo que hacía. Aquel hombre me acosaba

 

         cada día. Yo era joven, y estaba llena de vida.

 

         DON LUCIO - ¡Claro! Mientras yo vaciaba la mía en mi despacho, con mis

 

          reuniones, con mis problemas, luchando con los directivos, con los sindicatos.

 

         Cuando no estaba viajando, buscando nuevos contratos.

 

         VITORIA – Nunca fue mi intención ofenderte. Sé cuanto has hecho por nosotros y no

 

          me arrepiento de haber sido tu esposa.

 

         DON LUCIO - ¡Faltaría más!  ¿Conoces alguna mujer que se arrepienta de haber

 

         cazado a un hombre rico? ¿Quién te habría dado más que yo?

 

        VITORIA – (Entre sollozos) ¡Lo siento! ¡Lo siento!

 

                    (A esto, aparece Begoña, con una botellita de agua en la mano, que

 

        supuestamente ha tomado de algún frigorífico de la cocina)

 

        BEGOÑA - ¡Bueno! Ya hemos meado. Dentro de poco, nuestra organización volverá

 

        a ser fuerte, y podremos recuperar el tiempo perdido. ¡Bien! Y para no aburrirnos

 

        demasiado en esta horita corta, si ustedes quieren, pueden seguir con su culebrón,

 

        que se estaba poniendo bastante interesante. ¿Por dónde íbamos? ¡Ah! ¡Sí! ¡Ya

 

        recuerdo! Aquí, la vieja presumida le había puesto los cuernos al rico empresario.

 

        ¡Como todas! ¡Cuánto más tienen, menos se conforman!  Y... ¡se aburren tanto de

 

        tener tanto, que necesitan poseer, además, lo que no se puede comprar  en las

 

        tiendas, es decir, un amante! Oiga, don Lucio (Con retintín) Y usted... con tanto ‘’roll

 

        royce” tanta labia, tanto perfume del caro, y tanta pasta en sus cuentas corrientes,

 

        ¿nunca tuvo una aventurilla por ahí?  Porque, ustedes, los empresarios, no son

 

        precisamente unos santos, que digamos.

 

        DON LUCIO – Pues, ya que lo pregunta, y teniendo en cuenta lo poco que nos queda

 

        de vida, que sepa mi mujer, que yo tuve un gran amor; y lo mismo que admito que

 

        mi mujer jamás me quiso, aquella otra mujer sí lo hizo, y nunca le importó mi

 

        fortuna, ni mi posición. Ni intentó jamás arrancarme de mi familia. Más bien, lo

 

        contrario.

 

        VITORIA - ¡Lucio! Pero... ¡Cómo pudiste hacerme eso?

 

        DON LUCIO - ¿Eso, nada más? Eso no era bastante para pagarte tu desprecio y tu

 

        insulto. Esa mujer que yo amé con todas mis fuerzas, me dio un hijo, para sellar y

 

         perpetuar nuestra feliz relación para siempre. Después, se alejó de mí para no causar

 

         daño a mi familia.

 

         VITORIA - ¡Oh, Dios mío! ¡Esto es el colmo! ¡Qué humillación!

 

                                   (A esto, suena el móvil)

 

         BEGOÑA - ¡Dime! ¡Magnífico!  Pero no saldré de aquí hasta que me digas que lo

 

         tienes. No debemos confiarnos demasiado.

 

         DON LUCIO - ¿Qué ocurre?

 

         BEGOÑA – Todo va bien. Al parecer, su hijo... ¡perdón! , he querido decir el hijo de

 

         su infiel compañera, ya tiene el dinero. Ya estamos más cerca del final.

 

         VITORIA – Ya me da igual todo. Después de oír lo que he tenido que oír, nada me

 

          importa ya. Mejor es desaparecer que vivir soportando esta vergüenza.

 

          BEGOÑA – Pero ¿Quién es usted señora para presumir de moral? ¿Acaso no es más

 

          inmoral lo que hizo usted?

 

                       (A esto, Begoña vuelve a toser -Diez segundos)

 

          Dígame, viejo: ¿Llegó usted a conocer a su hijo? Me refiero a su hijo auténtico, al de

 

          la otra mujer.

 

          DON LUCIO – Sí. La conocí. Era una niña preciosa. Tenía un pelo rubio como el oro.

 

          Y unos hoyitos en los cachetes que hacían de su sonrisa un remanso de paz y ternura

 

          en este mundo de ira y de tensiones. Solo la podía ver a escondidas. Pero hace

 

          mucho que no sé de ella.

 

          BEGOÑA – Entonces, era una niña. La que faltaba para cerrar el cuarteto del

 

           culebrón.

 

         DON LUCIO – ¡No se mofe, oiga! Se trata de mi hija.

 

         BEGOÑA - ¡Uf! ¡Perdone!   No era mi intención ser cruel con una pobre criatura.

 

         DON LUCIO – Aquella niña, era como la compensación a tanto sufrimiento, a tanto

 

         sacrificio, a tanta infelicidad. 

 

         BEGOÑA – Y ¿cómo ha podido usted vivir alejado de ella? ¿Se preocupó de su

 

          manutención? ¿De sus estudios? ¿De su salud?

 

         DON LUCIO – Pues, hice todo lo posible por ayudarle. Mi abogado se ocupó de

 

         pasar una cantidad importante para que las dos vivieran sin faltarles de nada. E

 

         incluso, facilité a la madre de mi hija, un negocio para que estuviese ocupada en un

 

         trabajo digno y con futuro. ¡Nunca se sabe!  Sin embargo, mi felicidad, habría estado

 

         al lado de ellas dos. Llevo años sufriendo, sin poder disfrutar de ese cariño que

 

         habría recibido de ellas y a la vez entregándoles el mío.

 

         VITORIA - ¡Qué bonito! Supongo que le pondrías un pisito, y le pasarías mucho

 

         dinero, y ese pequeño negocio sería una estupenda tienda en el centro para que

 

         tuviera algo en qué entretenerse. ¡Lo que hacen todos! Y nosotras, las esposas,

 

         ignorándolo todo. ¡Y pensar que mis amigas podrían haberse enterado! ¡Qué

 

         vergüenza, por Dios! 

 

         DON LUCIO - ¡No te lamentes, ahora! ¿Es que no te acuerdas de aquella tienda de

 

         peletería que te preparé aquel año con toda mi ilusión para que hicieras algo útil

 

         dirigiéndola, y que tú rechazaste porque un negocio te robaría tiempo para jugar al

 

         golf? En realidad te robaba tiempo para estar engañándome golfeando con tu

 

         monitor.

 

         VITORIA - ¡No me digas que abriste aquella tienda para ella! ¡Hipócrita! ¡Y siempre

 

         me dijiste que la tenías alquilada a la mujer de un amigo! ¡Con que era esa mujer! Y

 

         yo... ¡Tan ignorante de todo! 

 

        DON LUCIO – Efectivamente. Al menos ella, quería trabajar. Tú, jamás pusiste tus

 

        manitas en otra cosa que no fuera un palo de golf. ¡Por no hablar de cosas obscenas!

 

        BEGOÑA - ¡Un momento, viejo! ¿Dijo usted algo de una peletería?

 

        DON LUCIO – Sí. Eso he dicho. ¿Por qué?

 

                               (Begoña, se vuelve de espaldas y vuelve a toser. (Diez segundos) De

 

        pronto, cambia de actitud. Para de toser, y aún de espaldas a la pareja, exclama con ira)

 

        BEGOÑA -  ¡Maldito! ¡Maldito sea! ¡Maldito sea mil veces! ¡Ojalá se pudriera vivo!

 

        Debería empuñar la pistola y pegarle dos tiros. ¡Hijo de puta!

 

                              (Suena el móvil)

 

         BEGOÑA - ¡Sí! ¿Ya lo tienes? ¿Cómo? Pero ¿qué dices?  Pero... ¿cómo es posible?

 

         ¡Mierda! ¡Mierda!

 

         VITORIA - ¡Qué ocurre?  ¡Diga de una vez!  ¡Qué está pasando?

 

         BEGOÑA – Al final, el imbécil de su hijo no ha aparecido con el dinero como

 

         prometió, pero sí se ha acercado un vehículo con tres hombres al lugar indicado.

 

         Sospechamos  que se trata de la policía. 

 

         VITORIA - ¡Dios mío! ¡No! ¡Vamos a morir!

 

         BEGOÑA - ¿Morir? ¿Así de fácil?  No, hombre, no.  No ahora, que ya conocen sus

 

         más íntimas miserias. Ahora, que empiezan a odiarse de verdad, y a sentir asco uno

 

         del otro.

 

         DON LUCIO – Entonces, si no ha logrado sus objetivos, ¿no nos va a liquidar?

 

         BEGOÑA – No. Tengo otro plan. Voy a dejarlos vivos.

 

         DON LUCIO - ¡Ya! Eso es el síndrome de Estocolmo. Al final, se ha familiarizado con

 

         nosotros y ha sentido compasión.

 

         VITORIA – Ya te decía yo que esta infeliz no nos haría daño.

 

         BEGOÑA –  (Acercándose a Vitoria, inclinando un poco el cuerpo hacia ella, como

 

         acosándola) Pero, ¿qué cree, vieja inútil? ¿Qué no soy capaz de acabar con ustedes?

 

         ¿De verdad cree que siento compasión? ¡Ya he fulminado a otros antes que a usted!

 

         ¡Soy una terrorista, y para ser terrorista, no valen esos sentimientos! ¿Sabe usted lo

 

         que el régimen de Hitler exigía a aquellos que querían pertenecer a las S.S? Tenían

 

         que pasar varias pruebas, pero la última era de lo más cruel. El aspirante se metía en

 

         un foso de  dos metros de profundidad, con una granada en sus manos. Le obligaban

 

         a quitarle la espoleta y arrojarla al suelo. Entonces, disponían de pocos segundos

 

         para salir de aquel foso con vida. Muchos salían, pero mutilados, a los que se les

 

         mandaba a casa con una pensión. Otros morían al no ser capaces de remontar a

 

         tiempo la altura del agujero. Solo aquellos que con su frialdad y agallas lograban

 

         sobrevivir eran merecedores de pertenecer a aquella brigada sin piedad.  Nosotros

 

        tenemos que superar algunas pruebas parecidas y les aseguro que no son menos

 

        crueles.  Pero una niña que se cría en un orfanato al perder a su madre siendo muy

 

        pequeña, una niña sin padre,  sin cariño, sin un hogar, sin nada de nada, solo

 

        obedeciendo miles de órdenes y soportando castigos absurdos e injustos, por dentro

 

        está incubando un odio mortal sobre todo hacia aquellos que tienen el poder y el

 

         dinero.  Esa niña tiene todas las cualidades necesarias para llegar a ser una auténtica

 

          terrorista sin piedad.

 

         DON LUCIO – Créame que siento lo de su madre, y lo de su niñez.

 

         BEGOÑA - ¿Lo siente? Es una pena que esté ciego, porque podría enseñarle una

 

         figura graciosa que tengo en la espalda. Se la mostraré a esta tía, para que ella le diga

 

         lo que ha visto.

 

                              (Se levanta la ropa y muestra su espalda a Vitoria que le observa algo

 

         perfectamente dibujado en la zona lumbar)

 

         BEGOÑA - ¿Qué has visto vieja?

 

         VITORIA -  Pues... es una mancha roja, grande y con forma de...

 

          BEGOÑA - ¿No lo adivina, viejo? A ver, a ver. Le daré una pista. Se trata de una

 

          fruta, una fruta con sabor ácido y dulce a la vez.

 

          DON LUCIO -  No será... ¿Una fresa?

 

          BEGOÑA -  ¡Bingo!

 

          DON LUCIO - ¿Está usted diciéndome, que es usted...? ¡Mi hija! 

 

          VITORIA – ¡No es posible,  Lucio! No la creas. Debe de ser un truco para

 

           martirizarte. Hay mucha gente con estas formas en el cuerpo. Eso no dice nada.

 

          DON LUCIO – ¡Claro! Ahora recuerdo, que mi hijita nació con una deficiencia

 

          respiratoria y el médico advirtió que podría padecer bronquitis crónica. Y tenía una

 

          fresa enorme en su espaldita cuando nació.

 

         BEGOÑA – ¡Sí, viejo! Yo soy su hijita, don Lucio. La hija que abandonó a su suerte

 

          con su madre enferma,  porque la sociedad, su sociedad repugnante y esa burbuja

 

          artificial de intereses, de hipocresía y de puñaladas por la espalda, no le habrían

 

          perdonado aquel desliz. 

 

          DON LUCIO - ¡No! ¡Hija mía! ¡Hija mía! ¡No digas eso! ¡Estás en un error! ¡Por

 

           favor, deja que te toque! ¡Solo un momento!  ¡Déjame que acaricie tu rostro!

 

           Permíteme  que...

 

          BEGOÑA - ¡Qué tierno! Ahora, el papito arrepentido se vuelve sentimental y quiere

 

          reparar lo irreparable. ¡Ya es tarde! ¡No siento nada por usted! ¡Antes me

 

          compadecería de un chucho callejero mojado en un charco,  que de usted

 

          agonizando y arañando el suelo de dolor! Ahora, tengo que salir a encontrarme con

 

          mi colega, pero ¡No hagan ninguna tontería, porque estarán vigilados durante un 

 

          buen rato, y mis camaradas no dudarán en pegarles dos tiros! Me voy.  Pero, antes,

 

          soltaré a esta zorra, para que pueda ir al baño, porque debe de estar  cagadita hasta

 

          las trancas. 

 

          VITORIA – Pero, ¿no teme que avisemos a la policía? Ya le he visto la cara y estoy

 

          segura de que la recordaré el resto de mi vida.

 

          BEGOÑA - ¿Temor? ¿Yo?  No sé lo que es eso.  Además, usted no se atrevería a

 

          denunciarme. Mi padre, este viejo decrépito la mataría a usted por ello, y no creo que

 

          le falten muchas ganas. Tendrán que callar, y además, hasta que les llegue su día, se

 

         verán forzados a tragarse sus secretos. Usted, viejo, sufrirá sabiendo que tiene una

 

         hija que se dedica a extorsionar a los ricos, y a matar a gente inocente, que para mí no

 

         son más que las víctimas del sacrificio. Cosas del sistema. Y usted, estúpida engreída,

 

         se verá obligada a sonreír con falsedad a todos los que la mirarán con burla, de arriba

 

          abajo, desde el momento en que sepan de sus andanzas.

 

          VITORIA – Pero ¿cómo? Es que...

 

          BEGOÑA - ¡Claro! Ya me encargaré yo de que toda la ciudad y todo el país se

 

           enteren de todos los detalles. Para mí, eso no será otra cosa que una dulce venganza.

 

           Para ustedes, la humillación es peor que la propia muerte. Algo que los ricos no

 

           resisten.  Faltan cinco minutos. Si no recibo una llamada de última hora, debo

 

           escaquearme.

 

                     (Begoña, vuelve a cambiarse el peinado, se quita los ‘’tenis’’ calzando de nuevo

 

          zapatos de tacón. Se coloca el delantal de enfermera para disimular en la calle, lo recoge todo

 

          en su bolsa de deportes – treinta o cuarenta  segundos)

 

          BEGOÑA -  Solo quedan dos minutos, y no hay más llamadas. No me arriesgaré.

 

          Tengo que salir de aquí.  Se nota que a su querido hijo no le importan sus papás, un

 

          pimiento. Quizás, el hijo de puta, haya pensado que al morir ustedes, él heredará

 

          toda una fortuna convirtiéndose en el único dueño y señor de todos sus bienes.  ¡Ahí

 

          se quedan, con sus desengaños, sus humillaciones y sus miserias! ¡Y con su hijito ...

 

         (con retintín)  tan abnegado por sus padres! Ahora, ya no podrán fiarse de él nunca

 

         más, porque capaz será de arrojarlos a los dos por un precipicio ¡simulando un

 

         accidente!    

 

         ¡Llegó la hora! Pero antes tengo que echar otra meada. ¡No hagan tonterías! ¡No me

 

         obliguen a hacer lo que debería haber hecho ya!  ¡Y, les aseguro que no me lo pensaré

 

         dos veces!

 

                  (Se pierde por el aforo, simulando que va al baño)

 

 

ÚLTIMA PARTE

 

          (Puede hacerse un pequeño descanso o continuar la obra)

 

          VITORIA -  ¿Qué hacemos Lucio?  ¿Lamo a la policía? O... ¡mejor llamo a Mario!

 

         ¡Estoy tan asustada!

 

         LUCIO – No, no toques el teléfono propio porque esa terrorista podría sorprenderte

 

         y esta gente es de una calaña sin miramientos. Mejor, sal corriendo. ¡Vete en el taxi

 

         que posiblemente te esté esperando en la calle!   Y si ya no estuviera ahí, aborda el

 

         primer coche que pase... ¡y escapa! Ellos me querían a mí. Tú estás en segundo plano.

 

         No te preocupes. Todo saldrá bien.

 

         VITORIA – Sí. Eso haré. Volveré pronto con Mario y con la policía. Esa mujer huirá, 

 

         y ya no te hará daño.

 

                   (Toma su ropa y su bolso, y se marcha a paso rápido y tembloroso, muy asustada y

 

                    desconcertada. Aparece Begoña, ya con actitud muy distinta, y soltándose el pelo)

 

         BEGOÑA - ¿Qué? ¿Se ha marchado?

 

         DON LUCIO – (Quitándose las gafas y levantándose)  Sí. ¡Hija mía!   ¡Has estado, genial!

 

          No he visto a nadie interpretar con tanto talento. ¡Bueno! Solo a tu madre, que es una

 

          actriz extraordinaria. Pero, tú eres digna hija suya... ¡En las demás cualidades te

 

          pareces a mí!

 

                       (Ambos, rompen en carcajadas)      

  

          BEGOÑA -  ¿Te la imaginas, papá? ¡Cuando llegue al club y le diga a su hijo: ¡Hijo

 

          mío! ¡ Mario! ¡Por fin, he podido escapar, pero esa terrorista tiene vigilado a tu  padre en

 

          casa, y es capaz de matarlo! 

 

          DON LUCIO – Y, su querido hijito, le diga: ¿Terrorista? ¿Mi padre secuestrado en casa?

 

         Pero, mamá. Veo que este viaje no te ha sentado bien. Creo que debería verte un psiquiatra.

 

         BEGOÑA -  Y ella, le dirá: ¡Pero, hijo! ¿A qué estás jugando? ¿Es que no has intervenido

 

         en el rescate después de haber comprobado que estábamos vivos, al oírnos al teléfono?

 

         DON LUCIO – (Ahora, riendo) Y el, le dirá: Pero... ¿qué me estás contando, mamá? Si yo

 

         mismo he llevado a mi padre al aeropuerto esta mañana, que por cierto no estaba de humor

 

         porque no dijo una sola palabra, ¡y  a las 11.45 vi partir su avión con destino a Bruselas!

 

          ¡ Ja, ja, ja!

 

         BEGOÑA – Y ella, dirá: ¿A Bruselas? ¡Pero... si a las 11.45 he llegado yo a casa y estaba

 

         allí, sentado, y sin moverse del sillón, porque está ya totalmente ciego! ¡Dios mío! ¡Me estoy

 

         volviendo loca!

 

         DON LUCIO: Y él, le contestará: ¡Ya te lo he dicho, mamá! Una visita al psiquiatra no te

 

         vendrá mal. Estas cosas, ocurren.

 

         BEGOÑA -  (Riendo)  Y ella, totalmente ofuscada y confusa: Entonces, ¿lo del secuestro?

 

        ¿La terrorista?

 

         DON LUCIO :  (Riendo)  Y él: ¿Qué secuestro? ¿Qué terrorista? Mamá, creo que te voy a

 

         llevar hoy mismo al psiquiátrico, para que te hagan un reconocimiento. Y si es preciso, te

 

         dejaré allí unos días hasta que te vayas recuperando. Allí, los doctores son los mejores

 

         especialistas, y tratándose de ti, te darán los mejores medicamentos, y no te dejarán hasta que

 

         estés curada.

 

         BEGOÑA -  Y a esto, ella, se desmayará después de decir algunos disparates, y

 

         tendrán que ingresarla urgentemente en el hospital. Mientras, las amigas del club se

 

         habrán divertido de lo lindo a su costa.

 

         DON LUCIO – No creo que la lleven al hospital. Eso es para los enfermos orgánicos.

 

         Tratándose de una enferma mental, el idiota de su hijo la llevará derechito al

 

          psiquiátrico. ¡Ja, ja!

 

         BEGOÑA - ¡Pobrecilla!  Y, de ingresar en un centro de esos, ¿crees que se curaría?

 

         DON LUCIO - ¿Curarse?  ¡Todo lo contrario!  ¿Te imaginas, cuando le comuniquen

 

          que la empresa de su marido está en bancarrota, que su esposo se encuentra fugado, 

 

          con gran parte del capital de su sociedad, en paradero desconocido, y que a ella y a

 

           su hijo, como socios responsables, les van a embargar todo? La fábrica, esta

 

           mansión, sus propiedades, sus bienes personales, incluidas sus joyas... ¡y hasta sus

 

           relojes de pulsera! 

 

                       (Ambos, ríen a carcajadas)

 

          BEGOÑA – Y... ¿qué pasará con Mario?

 

          DON LUCIO - ¿Mario? ¿Ese inútil que no sabe hacer otra cosa que presumir?

 

          Muerto de vergüenza, tendrá que emigrar a Inglaterra y trabajar fregando platos. Y

 

           como eso no da para vivir, por las noches, tendrá que acudir a las discotecas, pero

 

           no a divertirse, como hasta ahora, sino de pincha-discos, o de camarero, para poder

 

           pagarse una habitación en un barrio humilde. Así, aprenderá.  ¡Ja!  ¡Ja!

 

           BEGOÑA -  Oye, papá. ¿Crees que la policía pueda investigar y dar con nuestro

          

            paradero?

 

            DON LUCIO - ¿La policía?  Pero, ¡hija!  ¿Quién va a averiguar que mi hermano

 

         gemelo, que tiene otro apellido en el pasaporte, vino desde Argentina, después de

 

         cuarenta años, solo dos días, para hacerme este favorcito? Él, se hizo pasar por mí,

 

         con mi gorra, mis gafas y mi bufanda de a cuadros, en la parte trasera de mi coche,

 

        hasta el aeropuerto.

 

        BEGOÑA – Y ¿cómo pudiste convencerle? Tengo curiosidad.

 

        DON LUCIO - ¡Hija! Aunque separados por el atlántico, mi hermano y yo siempre

 

        nos hemos llevado bien. Además,  siempre supo de mi infelicidad con esa arpía a

 

        quien él detestaba. Y, porque a cambio, acabo de darle un empujoncito económico en

 

        su negocio de coches, que últimamente había caído un poco. Al llegar a Bruselas,

 

        enlazará en otro vuelo a Buenos Aires, desde donde me llamará, para confirmar que

 

         todo ha ido bien. Y para reírnos un poco.

 

         BEGOÑA – Entonces, no tenemos por qué preocuparnos.

 

         DON LUCIO - ¡Claro que no, hijita!  Lo he dispuesto todo perfectamente. El único

 

          que podría preocuparme es el Teniente Colombo, pero ¡como acaban de jubilarle!

 

                             (Ambos ríen de nuevo a carcajadas

 

         BEGOÑA – Que dicho sea de paso, era tu personaje favorito.

 

         DON LUCIO - ¡Cierto!  Es que, hija mía, la vida tan aburrida que tenía que soportar

 

          al lado de esa mujer, me obligó a buscarme mi propia diversión. Así, que me pasaba

 

         las noches viendo una y otra vez los capítulos de ese genial personaje.

 

         BEGOÑA – Y veo, que no te ha venido mal, al fin y al cabo.

 

                                       (Ambos ríen de nuevo)

 

         DON LUCIO - ¡Bueno, hija! Vamos ya, que tu madre estará esperando impaciente en

 

         el aeropuerto. Deja que vaya a por mi abrigo.

 

         BEGOÑA – Papá, ¿Crees que Sao Paulo nos gustará?

 

         DON LUCIO – (Mientras que se va poniendo el abrigo)  ¿Sao Paulo? ¡Ya lo creo que sí!

 

         Ya verás. Aquello es el paraíso que merecen dos mujeres maravillosas como tu

 

          madre y tú.  Y yo, después de tantos años soportando a esa arpía, ¡Qué coño!

 

         También merezco unos años de felicidad con las personas que tanto amo.

 

         BEGOÑA -  Papá ¿No me aburriré allí, todo el día en las playas, en los gimnasios,

 

          en los restaurantes, leyendo a bordo de un yate? Ya sabes.

 

         DON LUCIO – No lo creo, hija.  Pero, si quieres ocupar el tiempo,  te dedicas a dar

 

         clases, que para eso eres licenciada. Con esos ojos, y con tu encantadora

 

          personalidad, seguro que todos tus alumnos serían del género masculino. ¡Ja! ¡Ja!

 

          BEGOÑA –  ¡Ja, ja!  Papá, ¡te quiero!

 

          DON LUCIO – Y yo a ti, hija.  ¡Anda! ¡Vámonos! Antes de que aparezca alguien.  

 

          Y... ¡recuérdame! Debo empezar ya a mover mis influencias para que te propongan

 

          al OSCAR como mejor actriz latina de este año. Porque, después de tu actuación de

 

          hoy, no me negarás, que mereces ese gran premio. 

 

                (Riendo ambos sin parar, él le echa el brazo sobre el hombro a Begoña, y ella, lo

 

agarra a él, por la cintura. Caminan hacia la salida, mientras el telón se va corriendo,

 

lentamente)

 

                                                      FIN

 

bea45azul@yahoo.com

                                

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