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  SÓLO SOLEDAD SONANDO

de eladio de pablo

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

I. SÓLO SOLEDAD SONANDO

                                                                                             

                        Dos hombres ante una barra de bar o de discoteca

                        sobre la que descansan vasos a medio vaciar. Son

                        JULIO y FRODIS, que tienen el aire ausente y la

                        mirada perdida de los especialistas en ver cómo no

                        transcurren las horas de tedio. JULIO, el mayor,

                        juguetea con un vaso pasándolo de una mano a

                        otra, acariciando su borde maquinalmente. FRO-

                        DIS apura su copa de un trago y vuelve a colgar

                        su mirada vacía en el mismo sitio de antes.

                       

FRODIS.- ¿Qué hora será?

 

JULIO.- Las doce.

 

FRODIS.- ¿De la noche? ¿Es posible que sean las doce de la noche?

 

JULIO.- No sé. Mi reloj es de agujas. Recuerdo de mi padre. (Pausa) Que lo heredó de su padre. Que lo heredó de su padre. Que lo heredó de su padre...

 

FRODIS.- Se te ha rallado el disco o qué.

 

JULIO.- No. Es que este reloj es antiguo de verdad. Mi padre lo heredó de su padre, ¿sabes?

 

FRODIS.- Ya.

 

JULIO.- Que lo heredó del suyo, que a su vez lo heredó del suyo...

 

FRODIS.- ¿Y anda?

 

JULIO.- No. Le dio una trombosis y está imposibilitado en una silla de ruedas. Cómo quieres que ande.

 

FRODIS.- ¿De quién estás hablando?

 

JULIO.- De mi padre, por supuesto.

 

FRODIS.- Yo me refería a tu reloj. Que si anda tu reloj.

 

JULIO.- No. Siempre marca las doce.

 

FRODIS.- De la mañana o de la noche.

 

JULIO.- Depende cuando lo miro.

 

FRODIS.- Ya.

 

JULIO.- ¿Y el tuyo, anda?

FRODIS.- ¿Mi reloj?

 

JULIO.- No. Tu padre.

 

FRODIS.- Supongo.

 

JULIO.- ¿Supones? ¿No lo sabes?

 

FRODIS.- La última vez que lo vi estaba sentado. Mirándome marchar con ojos de susto. (Hace un chiste) A lo mejor ni se ha movido desde entonces.

 

JULIO.- Entonces como el mío.

 

FRODIS.- ¿El tuyo?

 

JULIO.- Sí. Está siempre sentado en su silla de ruedas.

 

FRODIS.- Mi padre no tiene silla de ruedas.

 

JULIO.- Entoneces, deberías hacer algo al respecto, ¿no?

 

FRODIS.- ¿Hacer? No comprendo...

 

JULIO.-  Comprarle al pobre viejo una silla de ruedas, en vez de andar por ahí malgastando el dinero en copas...

 

FRODIS.- Perdona, pero mi padre está perfectamente sano de las piernas, no necesita para nada una silla de ruedas...

 

JULIO.- Entonces que hace ahí sentado todo el rato.

 

FRODIS.- ¿Ahí? ¿Dónde?

 

JULIO.- Donde le dejaste la última vez que le viste.

 

FRODIS.- ¿La última vez? Pero si hace dos años que no le veo. ¿Cómo va a llevar dos años sentado...?

 

JULIO.- Pudo haberle dado una trombosis, ¿no? Justo al marcharte tú, atravesársele el trombo fatal y provocarle la parálisis de medio cuerpo. Y tú ahí sentado, tan tranquilo.

 

FRODIS.- ¿Pero qué estás diciendo? ¡Eso es imposible!

JULIO.- ¿Por qué? A ver, ¿qué tiene tu padre que no tenga el mío?

 

FRODIS.- Nada, no tiene...

 

JULIO.- Entonces, reconocerás que si le ha dado a mi padre, muy bien puede darle al tuyo, ¿no?

 

FRODIS.- Sí, pero...

JULIO.- Pero es muy duro aceptar que eso sucediera justo en el momento en que uno deja tirado a su padre como una basura apestosa, ¿no?. Cuesta admitir que, quizá, esa marcha repentina tuya precipitase la indeseable coagulación de la sangre.

 

FRODIS.- ¡Eh, eh...! ¿De qué  estás hablando?

 

JULIO.- ¿No se te ocurrió pensar en el disgusto que le causabas? ¿Por qué crees que te miraba de aquella manera? ¿Olvidaste que los sobresaltos del espíritu se traducen en bruscas mutaciones del organismo? ¿Que a veces basta el más pequeño desaire para que la sangre se espese y el corazón renquee como una vieja reumática?

 

FRODIS.- (Atónito, confuso, mosqueado)Yo... ¿Eh? ¡Pero bueno...!

 

JULIO.- Estoy viéndolo. Tu padre allí sentado, tu despedida seca, de una frialdad que hiela la sangre, mejor dicho, que la coagula. Pero tu padre, en un último destello de lucidez, tiende una mano implorante hacia ti, que no te vuelves, que sigues alejándote cada vez más deprisa, sin hacer caso de esa voz interior que te dice que a tus espaldas algo terrible le está sucediendo a tu padre, que tal vez sea la misma muerte quien le esté torciendo el gesto de la mitad del rostro y paralizando la mitad correspondiente de su cuerpo que ya cuelga de la silla como un muñeco deshinchado. Hostias, chaval, ¿tanto odias a tu padre?

 

FRODIS.- ¿Yo? ¡Yo... yo no odio a mi padre!

 

JULIO.- Entonces, por lo menos ten un gesto y cómprale la maldita silla de ruedas de una vez, hombre.

 

FRODIS.- Pero... pero esto es absurdo. Oye, si no te importa, vamos a dejar esta conversación, ¿vale?

 

JULIO.- De acuerdo. A fin de cuentas se trata de tu padre, no del mío. (Pausa) ¿Qué hora tienes tú?

 

FRODIS.- No tengo. Se me ha borrado. La pila, que se ha debido terminar.

 

JULIO.- Es la ventaja de los relojes de agujas. Siempre te dan la hora. No de dejan colgado como los digitales esos..

 

FRODIS.- Bueno, me parece que voy a ir yéndome.

 

JULIO.- Espera un poco, hombre. Si es temprano todavía.

 

FRODIS.- ¿Y cómo sabes tú que es temprano?

 

JULIO.- Por mi reloj. Son las doce. Las doce siempre es temprano, ¿no?

 

FRODIS.- Pero, ¿no dices que está parado?

 

JULIO.- ¡Ps! Igual coincide y es esa hora.

 

FRODIS.- Qué va a ser.

 

JULIO.- No tenemos otra.

 

FRODIS.- Otra qué.

 

JULIO.- Otra hora. Tu reloj, tan moderno y tal, y ya ves.

 

FRODIS.- Qué tienes tú contra mi reloj, si puede saberse.

 

JULIO.- ¿Yo? Nada. (Pausa) Pero vaya horita que ha escogido para quedarse en blanco.

 

FRODIS.- Qué horita ni qué cuernos.

 

JULIO.- Esta. Las doce. Cuál va a ser.

 

FRODIS.- Yo me largo. ¡Camarero!

 

JULIO.- ¡Aguanta un poco, hombre! Qué más da un sitio que otro.

 

FRODIS.- Ya me cansé de estar aquí.

 

JULIO.- ¿Tienes adonde ir?

 

FRODIS.- ¿Qué quieres decir?

 

JULIO.- Lo que he dicho. Que si tienes adonde ir.

 

FRODIS.- ¡Pues claro que tengo adonde ir!

 

JULIO.- ¿Adónde?

 

FRODIS.- Pues... Algún chiringuito habrá abierto a estas horas, digo yo.

 

JULIO.- (Conclusivo) No tienes donde ir.

 

FRODIS.- ¿Y tú? ¿Eh? ¿Tú tienes donde ir?

 

JULIO.- Yo ya no voy. Me quedo. Para mí, todos los sitios son idénticos. Así que me da igual quedarme en uno o en otro.

 

FRODIS.- Pues yo me largo. ¡A ver! ¡Camarero! ¿Dónde diablos.... ?

 

JULIO.- Estás empezando a recordarme a mi madre.

 

FRODIS.- ¿A tu madre? ¿Por qué?

 

JULIO.- Era una cagaprisas, como suele decirse. Todo el día corriendo de acá para allá, de un lado para otro, vuelta para arriba, vuelta para abajo, sin darse ni un momento de respiro. ¿Y sabes a qué se debía ese endemoniado trajín? Tenía miedo a pararse y comprobar que, en realidad, no iba a ninguna parte, que no tenía adonde ir, una meta precisa, un destino si nos ponemos un poco trascendentes. Mi madre era como un reloj desmadrado, que en vez de marcar las horas, las persiguiera furiosamente sin saber por qué ni para qué. Al final el reloj se paró...

 

FRODIS.- A las doce en punto, ya.

 

JULIO.- Pues mira, no, señor sarcástico. Fue a las doce menos cuarto. Y si me preguntas que si de la mañana o de la noche, te diré con toda exactitud... que no puedo recordarlo, quizá porque el día era muy oscuro o la noche muy clara, o ambas cosas a la vez, no lo sé. Pero, bueno, cuando se te muere la madre, no reparas en ese clase de minucias, estás muy afectado, si eres un hijo como dios manda es un momento verdaderamente jodido para ti. Aquello de donde tú procedes ya no existe. La muerte ya está un paso más cerca de ti... Te ha cortado la retirada, como quien dice... (Pausa) Mi madre. Se murió yendo. No me preguntes adónde. Yendo, que era lo suyo. Un ataque al corazón. Fulminante. Zas. Luego vino la trombosis de mi padre...

 

FRODIS.- Oye, no te parezca mal, pero yo me abro...

 

JULIO.- Qué prisa tienes, hombre. Si acabamos de llegar.

 

FRODIS.- ¿Que acabamos de llegar? Tengo el culo dormido de....¡Camarero! Llevo horas pegado a esta barra.

 

JULIO.- ¡Tú estás más p'allá que la otra orilla el río, chaval! Ni una hora hace que estamos aquí. ¡Ni media!

 

FRODIS.- No, si por ti, no hemos llegado todavía. ¡Camarero!

 

JULIO.- (O enigmático, o coñón) Pues a lo mejor.

 

FRODIS.- ¿A lo mejor? A lo mejor qué.

 

JULIO.- Pues que si cuando entramos aquí eran las doce, y ahora son las doce, a lo mejor es que no hemos llegado todavía, o que estamos a punto de llegar, o que no vamos a llegar nunca...

 

FRODIS.-  (Muy inquieto, mira a todas partes) ¿Dónde se habrá metido ese camarero...?

 

JULIO.- ¿Y para qué quieres ahora al camarero?

 

FRODIS.- Pues para pagar las copas. Para qué va a ser.

 

JULIO.- Pero qué copas.

 

FRODIS.- ¿Le has pagado tú? (Rebuscándose en los bolsillos) Entonces, dime qué te debo, no me gusta que me inviten...

 

JULIO.- Pero qué dices. Si yo no he pagado nada, chaval.

FRODIS.- Entonces, yo voy a pagar lo mío y me voy. Tengo un poco de prisa...

 

JULIO.- Pero si acabamos de llegar, no hemos tenido tiempo ni de pedir...

 

FRODIS.- Y esto (Por su vaso y el que JULIO que sostiene en su mano), ¿qué es? ¿Una ilusión óptica?

 

JULIO.- No sé. Lo he debido coger así, sin darme cuenta... Pero esto no es mío, ¿eh?... (Olfateando el vaso) Esto es güisqui y a mí  el güisqui me sabe a meados de gatos. Yo sólo bebo cuba libre de licor 43, ya me conoces.

 

FRODIS.- ¿Yo? Perdona, pero yo a ti no te conozco de nada...

 

JULIO.- Joder, Manolo...

 

FRODIS.- Y yo no me llamo Manolo.

 

JULIO.-  Era una broma... hombre. A buenas horas no voy a saber yo cómo te llamas tú...

 

FRODIS.- A ver. Cómo me llamo yo.

 

JULIO.- ¿Que cómo te llamas tú? ¿Que cómo te llamas tú? Pero, bueno, so cantamañanas, ¿estás de guasa o qué? ¿Me lo dices o me lo preguntas?

 

FRODIS.- Te lo pregunto. Cómo me llamo yo.

 

JULIO.- Hostias, Jorge, lo tuyo es peor que lo de Carmen Sevilla, ¿eh?... (Se toca la frente con un dedo)

 

FRODIS.- Yo tampoco me llamo Jorge.

 

JULIO.- (Se ríe) ¿Lo ves? Has vuelto a picar. Pues claro que no te llamas Jorge, pardillo. ¿Qué pasa, que ya ni te acuerdas de tu nombre? ¿Te has quedado en blanco como la ganga esa de reloj que llevas? ¡Vaya melocotón que has cogido! ¡Se te han fundido las pilas, tío, que es que ni como te llamas sabes ya!

 

FRODIS.- Cómo que no. Yo me llamo Afrodisio, para que te enteres. Afrodisio Galán. O qué.

 

JULIO.- ¿"Oqué" es apellido?

 

FRODIS.- No. O qué es o qué te habías creído.

 

JULIO.- Pues lo que decía yo, ni más ni menos. ¿Qué te decía yo?

 

FRODIS.- ¿Qué me decías de qué?

 

JULIO.- Que aquí está pasando algo que no es normal.

 

FRODIS.- (Irónico)  Ah, ¿no?

 

JULIO.- Pues no. Porque no sé qué pinto yo con un Afrodisio que no he visto en mi vida en una disco en la que no he entrado todavía y tomándome un güisqui que me revuelve las tripas. Si te parece normal la cosa...

 

FRODIS.- Me parece que el que está borracho eres tú, Julio...

 

JULIO.- ¿No te digo? Y ahora tú vas y me llamas Julio...

 

FRODIS.- ¿Qué pasa? ¿Que no te llamas así?

 

JULIO.- ¡Precisamente! Porque me llamo así. ¡A ver de dónde has sacado tú que yo me llamo Julio!

 

FRODIS.- Bueno, tú me lo dijiste...

 

JULIO.- Dónde.

 

FRODIS.- En el servicio.

 

JULIO.- ¿En el servicio? ¡Bueeenooo...! Mira, chaval, para que te enteres, yo en el váter no hablo con desconocidos. Por si las moscas, ¿sabes?

FRODIS.- Oye, puedes pensar lo que te dé la gana, pero cuando nos quedamos atrancados en el servicio...

 

JULIO.- ¿Atrancados?

 

FRODIS.- Sí. ¿Lo has olvidado? La puerta no abría. Primero lo intenté yo y luego tú. Pero ni a la de tres. Tú insistías, decías Jodida puerta, como me llamo Julio que te abro, vas a ver. Y la puerta en sus trece, que no cedía. Así es como me dijiste tu nombre.

 

JULIO.- A ti no. A la puerta, que te quede claro. Yo, en los váteres públicos, sólo hablo con las puertas.

 

FRODIS.- Ya. Y las aporreas.

 

JULIO.- Joder, no íbamos a pasarnos la vida en un váter. Había que llamar la atención, ¿no?

 

FRODIS.- Sí, pero con la música a todo gas, era como querer matar elefantes con mondadientes...

 

JULIO.- ¡Hostias, la música...! ¡Ya no hay...! ¿Has visto qué silencio?

 

FRODIS.- Ya  me había dado cuenta. Y de que han apagado casi todas las luces... Cuando logramos salir del servicio ya estaba así.

 

JULIO.- Eso quiere decir que estamos solos.

 

FRODIS.- Pues claro que estamos solos. Hace horas que estamos solos.

 

JULIO.- Pero qué horas ni qué horas. Si acabamos de entrar.

 

FRODIS.- Eso te lo parecerá a ti. Pero yo te digo...

 

JULIO.- Cuando se está solo, los minutos parecen horas.

 

FRODIS.- Y cuando se está mal acompañado, siglos. ¡Camarero!

 

JULIO.- "Sólo soledad sonando".

 

FRODIS.- ¿Qué has dicho?

 

JULIO.- Un verso, chaval. (Recita) "Voz que soledad sonando/ por todo el ámbito asola,/ de tan triste, de tan sola,/ todo lo que va tocando./ Así es mi voz cuando digo/ -de tan solo, de tan triste-/ mi lamento, que persiste/ bajo el cielo y sobre el trigo./ -¿Qué es eso que va volando?/ -Sólo soledad sonando."

 

FRODIS.- (Pasmado) ¿Es tuyo eso?

 

JULIO.- No. Robado. Pero no te detienen por robar versos. Y a veces quedan de puta madre. Escucha: "Sólo soledad sonando". Ssssss... "Sólo Soledad Sonando". Chulo, ¿eh? Angel González.

 

FRODIS.- Y dale. Que yo no me llamo Angel González.

 

JULIO.- Es el autor de los versos, pollino. Un poeta como tú y como yo.

 

FRODIS.- Yo no soy poeta.

 

JULIO.- Quiero decir que le gusta ir a los bares, solo, a emborracharse y a perder el tiempo escrutando el fondo de los vasos. Como a nosotros.

 

FRODIS.- En eso te doy la razón. Yo a los bares vengo a estar solo, no busco ninguna clase de compañía...

 

JULIO.- Claro. Por eso aprovechas la casual avería de la cerradura del váter para hacer amistades...

 

FRODIS.- Oye, qué te has creído...

 

JULIO.- Yo sólo creo en lo que veo, chaval. Que mientras yo sudaba para abrir la puerta, tú, tan tranquilo, sacabas tu paquete de cigarrillos y me ofrecías uno, que yo naturalmente no acepté, porque yo en los váteres públicos...

 

FRODIS.- (Estallando) ¡... sólo aceptas cigarrillos de las puertas, ya, ya lo sé! En cambio, cuando pudimos salir, en vez de volver a tu mesa, ¿qué hiciste, eh, qué hiciste?

 

JULIO.- ¿Yo?

FRODIS.- ¡Sí, tú! Viniste a sentarte a mi lado en la barra. Tenías toda la barra para ti, pero no, tuviste que ponerte justo a mi lado.

 

JULIO.- Bueno, la barra es libre, ¿no? En este país existe una cosa que se llama libertad de barra, digo yo, ¿no? ¿Qué pasa, que ahora hay que pedirte permiso a ti para sentarse en la barra?

 

FRODIS.- ¡Para eso no! ¡Pero para darme la pelma con el rollo de tus desgracias familiares, sí, para eso hay que pedirme permiso! ¡Pero bueno! ¡Estoy hasta la coronilla de oír hablar de tu padre paralítico...!

 

JULIO.- Trombótico.

 

FRODIS.- De tu madre maratoniana y de tu ex mujer...

 

JULIO.- ¡Espera, espera un momento! ¿Cuándo te he hablado yo de mi exmujer?

 

FRODIS.- ¿Tú? (Se lo piensa mejor) ¡Nunca! ¡No me has hablado nunca de tu exmujer! ¡Es más, ignoro siquiera si estás casado, soltero, viudo o lo que sea! A fin de cuentas, me importa un huevo tu estado civil, o de salud, o de lo que sea. Yo sólo quiero estar solo... ¿Es mucho pedir eso? ¿Cómo tengo que decirte, que suplicarte, si es necesario, que me dejes en paz, que de una maldita vez te vayas al otro extremo de la barra o adonde puñetas se te antoje y te olvides de mí? ¡No existo!, ¿vale? ¡No existo!

 

                        Pausa. JULIO mira a FRODIS con una rara expresión.

 

JULIO.- De acuerdo. Vale. No existes.

 

FRODIS.- Eso es. No estoy aquí. No he estado nunca.

 

JULIO.- No estás. No has estado. Perfecto.

 

FRODIS.- (Bebe de su vaso y se encierra en una mudez granítica).

 

                        Pausa.

 

JULIO.- (Mira su reloj, bosteza, se rasca, puede hasta eructar o tirarse un sonoro pedo ahora que está completamente solo) Bueno... Habrá que servirse una copa para aguantar la noche... en soledad. Hay noches como túneles: largas, frías, interminables... (Se va detrás de la barra y se prepara una copa con la mayor naturalidad ante el asombro de FRODIS, que simula ignorar a JULIO sin perderse ni uno solo de sus movimientos) Como aquella en que Marta no regresó. Hay que ver cómo son las mujeres: constantemente disponibles, en combustión permanente. (Sale de detrás de la barra y se sienta en una de las mesas lejos de FRODIS, ignorándolo ostensiblemente) Como esas velitas de cumpleaños que, una vez apagadas, para tu asombro se vuelven a encender por sí solas. Y luego, que se empeñan en buscarle un sentido a todo, la cosa más nimia tiene que tener por narices un significado vital, desde la elección de un vestido al tono de voz con que le estás confirmando por enésima vez que la quieres. A Marta le gustaba hacer el amor en los sitios más increíbles; bueno, en realidad lo que pasaba era que se ponía tierna de pronto, en cualquier parte... El sitio más inverosímil que te puedas imaginar... Pues ahí. Y entonces tenía que llegar hasta el final, era de una intensidad explosiva y agotadora... Como esas velitas que se apagan y se encienden, se apagan y se vuelven a encender... Pobre Julito. Te esforzabas en seguirle el juego, pero no te sirvió de nada. Te abandonó de todos modos. (Pausa. Habla a su vaso) Sinceramente, Julio, reconoce que, en el fondo de tu corazón, te sentiste aliviado. No soportabas que Marta te pusiera en un brete a cada momento. Venga, ten el valor de reconocerlo, ahora que estás solo ante tu conciencia. (Echa un trago) Está bien, sí, lo confieso, fue como una liberación. Incluso que se llevase al crío con ella. (Hay un trémolo de nostalgia y hasta puede que de amargura en su voz) Tenía sus mismos ojos, la misma fijeza en la mirada que te ponía de los nervios porque te daba por pensar que habías hecho algo mal o que no habías hecho lo apropiado o que habías desperdiciado una ocasión única para decirle aquello que ella quería que le dijeses en ese precisísimo momento... No, si él se hubiera quedado contigo habrías acabado por largarte al otro extremo del mundo, lejos de esa mirada... O se la habrías borrado a puñetazos, quién sabe... Nunca has soportado que te miren más de dos segundos seguidos sin partirle la cara al mirón...

 

FRODIS.- (Que estaba mirando a JULIO fijamente, deja de hacerlo y dando golpecitos tímidos en la barra con el vaso llama con voz ahogada) ¡Camarero...! ¡Camarero...!

 

JULIO.- (Como si no oyera a FRODIS) ...así has ido cobrando fama de camorrista. El único empleo que has podido conservar al final ha sido este de guarda nocturno de discoteca cutre.

 

FRODIS.- ¿El guarda? ¿Tú... tú eres el guarda?

 

JULIO.- (Como si no le oyera) Y eso como un favor de amigo. Un modo de prestarte un agujero para pasar las noches a cubierto y sin necesidad de mendigar una copa. Porque dime tú a mí, ¿a quién se le va a ocurrir asaltar de noche una discoteca de mierda como esta? ¿Eh? ¿A quién? Aunque nunca se sabe. Según parece, a tu chaval le han pillado robando en un quiosco, tabaco y revistas pornográficas. El muy cabrón se hace objetor de conciencia, pero asalta un quiosco manu militari. Tiene bemoles la cosa. Pues lo mismo a alguien se le ocurre ocultarse en el váter y esperar a que echen el cierre para pillar todo el tabaco y la bebida que pueda. Pensándolo bien, sería una suerte para ti, Julito. Si atrapas a un tipo intentando robar te aseguras el puesto. (Mira hacia el lugar donde deben de estar los servicios) Vamos a echar un vistazo; quién sabe si, como dice Serrat, para mí (Canturrea) "hoy puede ser un gran día, duro con él..." (Sale. FRODIS se dirige hacia la puerta de salida con el mayor sigilo, pero, al intentar abrirla, comprueba aterrorizado que está cerrada. Forcejea con la manivela, empuja con el hombro, da patadas. Reaparece JULIO)

 

JULIO.- ¡Eh, eh, eh! ¿Quién eres tú? ¿Qué  estás haciendo aquí?

 

FRODIS.- ¿Yo?  ¿Que quién soy...? ¿Que quién...? ¡Afrodisio! ¡Quién coño voy a ser!

 

JULIO.- Ya. Y yo la virgen de Covadonga. Te estoy preguntando qué demonios haces aquí, por dónde has entrado.

 

FRODIS.- ¿Por dónde...? Pero si llevo horas aquí... ¡contigo!

 

JULIO.- Me tomas por idiota o qué. Aquí no ha estado nadie más que yo desde la hora de cierre.

 

FRODIS.- (Ríe de pronto) ¡Mira que eres cabronazo! Está bien. Vale. Lo reconozco. Admito que he estado un poco borde contigo...

 

JULIO.- (Saca una navaja) Apártate de la puerta y acércate a la barra. Despacito y con las manos en alto.

 

FRODIS.- ¡Pero, Julio, coño, que soy yo!

 

JULIO.- ¡Vaya! Conque venimos informados. Pero me conozco el truco, chaval. Averiguas el nombre del guarda y, si te sorprende infraganti, sales con que eres un familiar lejano en visita de sorpresa, o un viejo amigo que regresa del olvido, como diría el poeta... A ver, ¿cuál de las dos cosas eres tú?

 

FRODIS.- ¿Yo? Yo no...

 

JULIO.- Las manos sobre el mostrador. Vamos, vamos. Separa las piernas. Eso es. (FRODIS adopta la postura apropiada para el cacheo) Veamos si vas armado. (Comienza a cachearlo de un modo equívoco)

 

FRODIS.- (Volviéndose) Oye, tío, ya está bien, esto es ridículo...

 

JULIO.- (Esgrimiendo blandamente la navaja) De espaldas. No me gusta que me miren mientras trabajo. (Reinicia el cacheo; es casi una caricia) Puedes volverte. Despacito, que ésta (Por la navaja) por nada se pone cachonda. (FRODIS lo hace) Bueno, ¿qué vas a decirme?

 

FRODIS.- ¿Qué voy a decirte de qué?

 

JULIO.- No tienes aspecto de ladrón, así que cabe dentro de lo posible que seas un lejano pariente o un viejo amigo que viene a hacerme compañía en estas horas solitarias...

 

FRODIS.- ¡Por supuesto que no soy un ladrón!

 

JULIO.- Eso vas a tener que demostrarlo. Porque a mí me viene de perlas que lo seas, ¿sabes? Tengo el puesto por una especie de caridad y si, cuando llegue el jefe, me encuentra herido y con un tipo al que le he abierto la barriga defendiendo su preciosa propiedad privada, me jubilo aquí con un buen sueldo por méritos propios. ¿Comprendes? (Se clava la navaja en un muslo) Mira, ¿ves lo que has hecho?, ya me has dado el primer pinchazo.

FRODIS.- Pero... pero tú estás loco de remate o qué. ¿Se puede saber qué pretendes?

 

JULIO.- Estabilidad, seguridad. Que estoy cansado de dar tumbos de un lado a otro. Quiero un sitio donde quedarme. Y tú me vas a venir al pelo.

 

FRODIS.- ¿Yo? ¿Por qué yo?

 

JULIO.- Porque apareces de pronto aquí  amenazándome con una navaja...

 

FRODIS.- ¿Yo? Yo no te amenazo. Eres tú quien...

 

JULIO.- (Se da un corte en el pecho) ... pero yo, jugándome el todo por el todo, dispuesto a defender el puto tabaco y el alcohol de mi jefe con mi propia vida, te arrebato la navaja y te la clavo hasta el alma (Lo hace. Abraza a FRODIS y le clava la navaja en el vientre. FRODIS, demudado por la sorpresa, mira con aterrada incredulidad el rostro sonriente de JULIO, que tiene casi pegado al suyo. Permanecen un momento congelados en esta actitud, como si se hubiera detenido la vida sobre el escenario)

 

FRODIS.- ¿Por qué?  ¿Por qué?

 

JULIO.- Porque  a lo mejor es verdad que no existes y sólo eres un producto de mi imaginación para entretener las horas muertas. La imaginación es un territorio sin ley. Puede uno dar la vida y quitarla sin consecuencias.

 

FRODIS.- Pero yo existo, estoy aquí... Soy Afrodisio...

 

JULIO.- ¿El que dejó tirado a su padre? Entonces, a lo mejor le estoy dando su merecido a un cabrón desnaturalizado...

 

FRODIS.- (En un estertor) Yo no he hecho nada...

 

JULIO.- Entonces por eso, por no haber  hecho nada en la vida, por no haber dejado ni la menor huella memorable de tu paso por este jodido planeta. Por ser un cero, un islote cerrado sobre sí mismo, una nada hecha de nada...

 

FRODIS.- Pero, ¿qué  debía hacer yo?

 

JULIO.- ¡”Qué debía hacer yo”, ”qué debía hacer yo”! Con lo sencillo que es todo en la vida, Afrodisio. ¿Sabes lo que busca la gente en esta puñetera vida? ¿Lo sabes? Yo sí. Un poco de atención, joder, un poco de maldita deferencia, ¿es mucho pedir eso? Los bares están llenos de tipos tirados, que esperan que alguien les dirija una palabra mientras acarician su vaso como si fuera la lámpara de Aladino... Y se endurecen esperando... Y luego llegan a creerse que, en realidad, les gusta esa soledad impuesta, que están a gusto en su taburete como las piedras lo están en los caminos... Y se vuelven de piedra, y cuando alguien se acerca con una palabra amable ya no conocen más idioma que el de la soledad, y rechazan la palabra que les tienden como una soga de salvación... Se vuelven invisibles, no están para nadie. Ni siquiera para su padre.

 

FRODIS.- Me estoy muriendo...

 

JULIO.- No te preocupes. Yo estoy aquí. Yo no voy a darte la espalda. Permaneceré a tu lado hasta el final.

 

FRODIS.- (Patético) Gracias...

 

JULIO.- Mientras tanto, puedes hablarme de tu padre. Qué fue lo que os separó. O de tu mujer, no me has dicho si estás casado...

 

FRODIS.- No tengo fuerzas...

 

JULIO.- Venga, que aún podremos tomar la última copa juntos.

 

FRODIS.- (Tautológico) ¡Me estoy muriendo...!

 

JULIO.- Por eso he dicho "última"; si no, hubiera dicho "penúltima". (Se separa de FRODIS, se mete detrás de la barra) ¿Tú qué es lo que sueles tomar? ¿Yintónic? Con limón, supongo.

 

                        FRODIS se mira el vientre y comprueba que no está

                        herido. JULIO hunde con la yema de un dedo la ho-

                        ja de la navaja en la empuñadura.

 

JULIO.- Es de pega. Simplemente disuasoria.

 

FRODIS.- (Conteniéndose a duras penas)Y tú, ¿también tú eres de pega?

 

JULIO.- ¿Yo? ¿Qué quieres decir?

 

FRODIS.- Digo que si eres de verdad el vigilante nocturno, o un payaso sin maldita puta gracia.

 

JULIO.- (Sereno) ¿No te has divertido?

 

FRODIS.- ¿No me ves? Estoy muerto de risa. Pero ahora que ha acabado el espectáculo, quiero irme. Así que si eres el guarda de este puto sitio, haz el favor de abrirme esa puerta de una puta vez.

 

JULIO.- (Echando piedras de hielo en dos vasos) ¿Y quién te dice que el espectáculo ha terminado?

 

FRODIS.- Me importa un huevo si ha terminado o no, ¿entiendes? Si te apetece, sigue tú solo con el numerito, o búscate algún incauto gilipollas que te siga la corriente. Yo me abro, ¿vale? (Va hasta la puerta) ¿Quieres abrir esta jodida puerta?

 

JULIO.- No puedo.

 

FRODIS.- ¿No puedes qué?

 

JULIO.- Abrir la puerta. (Sirve licor 43 en uno de los vasos).

 

FRODIS.- ¿Cómo que no puedes abrir la puta puerta? ¿Por qué?

 

JULIO.- Simplemente, no tengo las llaves. Se las lleva el jefe. Por si acaso me largo con su tabaco y su bebida. Él vendrá en persona a abrir a las doce. ¿Qué ginebra prefieres?

FRODIS.- ¿No dijiste que era tu amigo?

 

JULIO.- ¿Quién?

 

FRODIS.- Tu jefe, quienquiera que sea, dijiste...

 

JULIO.- Es un amigo de cuando yo era alguien y tenía un trabajo, una familia... Pero los tipos que la suerte abandona nos volvemos sospechosos, formamos una nueva especie de apestados. ¿M.G.? (Echa en el vaso sin esperar respuesta) Mi jefe me da este trabajo por la vieja amistad, y me deja encerrado hasta las doce de la mañana por la nueva desconfianza. Todo en su sitio. (FRODIS no sabe qué decir. Se sienta abatido en una de las mesas del local con la mirada perdida) ¿Limón?

 

FRODIS.- ¿Qué?

 

JULIO.- Que si quieres limón en el yintónic.

 

FRODIS.- (Autómata) Limón. Bueno.

 

JULIO.- (Saca un cuchillo de cocina y parte con él un limón en rodajas que deja sobre un platito tras echar una en cada vaso) Entro todas las noches a las doce y estoy aquí hasta las doce de la mañana, que es cuando me dan suelta. Tú dirás, con tu característico estilo: doce putas horas seguidas todos los días en este puto antro. Debe hacerse interminable, tienes demasiado tiempo para pensar, repasas tu vida una y otra vez y acabas con el puto sabor del fracaso en la boca, es para volverse loco, sobre todo cuando te quedas completamente solo a esperar la llegada del mediodía. Al principio piensas en dormir, o en emborracharte, pero temes que alguien entre a robar, o que el jefe te note la resaca, temes perder el único recurso que te queda para no acabar en la puta intemperie de un mundo que ya no tiene nada para ti, porque ha cancelado todos sus contratos contigo. Así que permaneces despierto y sobrio.  El tiempo entonces es como un balón, ¿sabes? Sí, un balón que va hinchándose, hinchándose, hinchándose dentro de tu cerebro y tú acabas en el centro del balón descomunal que ocupa todo tu cerebro, tú dentro del balón dentro de tu cerebro, no sé si me entiendes, y sólo oyes los latidos del balón dentro de ti como si estuvieras encerrado en una campana y fueras tú el badajo y te hiceran maldita la gracia las campanadas que tú mismo produces y que te atraviesan como cañonazos... como cañonazos... (Pausa. Le alcanza el yintónic a FRODIS) El silencio puede ser una cosa atronadora, Afrodisio, y si uno tuviera las agallas de hacer estallar en mil pedazos el maldito balón... (Se apunta la sien con el cuchillo. Luego, lenta, muy lentamente lo deposita sobre la mesa). Pero el mediodía llega siempre. Siempre. Parece mentira que tras esa puerta negra esté esperando el mediodía. Pero sí, es verdad. Esa puerta se abrirá una vez más... como una esperanza idiota...

 

FRODIS.- (Tendiéndole la mano) Mis amigos me llaman Frodis...

 

JULIO.- (Sin aceptar la mano todavía) ¿Cómo?

 

FRODIS.- Frodis, de Afrodisio. Mis amigos me llaman Frodis.

 

JULIO.- (Dándole la mano) Encantado, Frodis. Yo me llamo Julio, no sé si te lo había dicho.

FRODIS.- Ss... N-no. No me lo habías dicho.

 

JULIO.- Si tuviera amigos supongo que me llamarían Julito, Julín,  o algo por el estilo, pero no es el caso.            

                                             

FRODIS.- Ya.

 

JULIO.- (Adelantando su copa) Salud, Frodis.

 

FRODIS.- (Chocando vasos) S-salud, Julio.

 

                        Beben los dos. Pausa.

 

FRODIS.- ¿Qué harás cuando llegue tu jefe?

 

JULIO.- ¿Qué haré? ¿Respecto a qué?

 

FRODIS.- Respecto... a mí. Cómo vas a explicarle...

 

JULIO.- Ah. Eso. No hay explicación. Yo soy el guarda de esta discoteca. Tú no puedes estar aquí.

 

FRODIS.- Pero estoy, la cerradura del váter...

 

JULIO.- La cerradura del váter.

 

FRODIS.- Sí, la cerradura...

 

JULIO.- No se lo va a creer.

 

FRODIS.- Pero es verdad. (Pausa) Es verdad, ¿no?

 

JULIO.- De todos modos, no se lo va a creer.

 

FRODIS.- Claro, comprendo. Puedo esconderme cuando él llegue y...

 

JULIO.- Te encontraría, Frodis, siempre inspecciona cada rincón al llegar, ya te dije lo desconfiado que es... Y el local es pequeño, te descubriría con toda seguridad...

 

FRODIS.- Bueno, le explicaremos lo de la cerradura...

 

JULIO.- No entiendes, Frodis. Si él te ve aquí se acabó, se acabó este lugar para mí. No es un mal tipo, pero es terriblemente intransigente, no permite que me quede con amigos a tomar copas...

 

FRODIS.- ¿Entonces?

 

JULIO.- Entonces nada.

 

FRODIS.- ¿Nada? ¿Qué significa nada?

 

JULIO.- ¿Sabes por qué tengo el reloj parado?

 

FRODIS.- No.

 

JULIO.- Estoy harto de pensar en lo que ocurrirá más tarde, mañana, el mes que viene. Mi madre corría contra el tiempo. Y el tiempo la devoró. Yo, al tiempo, le gano la batalla negándolo. Lo que tenga que suceder sucederá.

 

FRODIS.- Pero....

 

JULIO.- Háblame de tu padre.

 

FRODIS.- ¿De mi padre? ¿De veras quieres que te hable de mi padre?

 

JULIO.- Sí. Qué fue lo que hizo que te mirara de aquel modo.

 

FRODIS.- ¿De aquel modo?

 

JULIO.- Asustado. Dijiste que te había dirigido una mirada cargada de miedo. ¿O era de odio?

 

BUENO.- Bueno... No sé si me miraba así, exactamente...

 

JULIO.- Pero tú sentiste el odio en su mirada, ¿no es eso?

 

FRODIS.- No... No creo... Mi padre había perdido la capacidad de odiar... y de amar...

 

JULIO.-  ¿Qué ocurrió entre vosotros?

 

FRODIS.- Lo ingresé en un asilo.

 

JULIO.- ¿Ingresaste a tu padre en un asilo?

 

FRODIS.- Sí... Se volvió prematuramente senil. No reconocía ni a sus parientes más cercanos y sólo hablaba incoherencias, cosas que oía a su alrededor, las repetía como un eco... Era terrible, realmente insoportable. Imagínate a tu padre a tu lado repitiendo cada cosa que tú dices como una especie de altavoz idiota. Resultaba... inhumano. Necesitaba atención y cuidados las veinticuatro horas del día. Yo no estaba en condiciones de dárselos.

 

JULIO.- Ya. Debe de ser penoso ver a un padre en ese estado.

 

FRODIS.- Lo es, lo es.

 

JULIO.- ¿Estás casado, Frodis?

 

FRODIS.- No.

 

JULIO.- Soltero.

FRODIS.- Y sin compromiso.

 

JULIO.- Eres libre.

 

FRODIS.- Oh, sí. Libre como el viento...

 

                                   Sus voces se van apagando al tiempo que desciende

                                   la luz hasta el oscuro.

 

 

 

                                               OSCURO

  

 

 

 

                                               II. METAFÍSICA DEL VESTIDO

 

                                   Estamos en el departamento de ropa femenina

                                   de unos grandes almacenes. Zona de probadores.

                                   Mujeres entrando y saliendo de las pequeñas cel-

                                   dillas con brazadas de ropa que recambian en los

                                   estantes y perchas volviendo a engolfarse nueva-

                                   mente en los probadores. Llegan MARTA y JU-

                                   LIO[1], ella con un montón de vestidos en la mano.  

                       

 [1]El personaje de JULIO, por razones que se verán más adelante, será interpretado por el actor que encarna a FRODIS.

 

MARTA.- Espera aquí.

 

JULIO.- ¿No prefieres que te espere en la cafetería?

 

MARTA.- ¿Por qué quieres ir ahora a la cafetería?

 

JULIO.- No sé... esto está lleno de mujeres. Yo soy aquí el único... No me parece muy apropiado... Me cohíbe estar entre tantas mujeres. Me siento... como un intruso.

 

MARTA.- Pero, Julio, esto es una tienda. Cualquiera tiene derecho a entrar aquí.

 

JULIO.- No sé... me parece ser el blanco de todas las miradas...

 

MARTA.- Aquí  nadie viene a mirar a los demás, sino a comprar. Tú limítate a mirarme a mí.

 

JULIO.- ¿Cómo quieres que te mire, si te vas a meter ahí dentro con esa montaña de vestidos? Ni siquiera estoy seguro de cuándo saldrás de ahí. Me horripila la idea de envejecer al pie de un probador de señoras.

 

MARTA.- No tardaré ni un minuto. Quiero que me des tu opinión.

 

JULIO.- ¿Mi opinión? ¿Sobre qué?

 

MARTA.- Sobre qué va a ser. Sobre el vestido.

 

JULIO.- Ah, claro, el vestido, por supuesto... ¿Cuál de ellos?

 

MARTA.- Todos. Quiero probármelos todos. No estoy segura de cuál me sienta mejor.

 

JULIO.-  (Tratando de ser amable) Bah... A ti cualquier cosa te cae bien.

 

MARTA.- ¿Cualquier cosa? ¿Es ese tu concepto de lo que yo debo ponerme? ¿Cualquier cosa?

 

JULIO.- No, mujer, lo que yo quise decir...

 

MARTA.- O sea que, según tú, yo, con el mandil de fregar los cacharros,  voy que arreo, ¿no?

 

JULIO.- ¡Qué disparate! Yo no... Si me dejaras explicarte...

 

MARTA.- (Del probador ante el que MARTA y JULIO están haciendo guardia sale una mujer con su brazada de vestidos; otra, que acaba de llegar, trata de introducirse en él de rondón) ¡Eh, oiga, que estaba yo primero!

 

CLIENTE.- Perdone, yo creí...

 

MARTA.- Está usted perdonada. Y tú, no te muevas de aquí, que ahora salgo. ¡Cualquier cosa...! (Y se mete en el probador con su cargamento de sueños de trapo)

 

                        JULIO  echa una mirada a su alrededor y sigue  viendo mujeres

                        azacanadas de un lado a otro, trasegando ropa, acercándosela al

                        cuerpo ante los espejos que recubren las columnas como un baño

                        de caramelo frío. Ninguna le mira, pero a JULIO le parece que

                        todas tienen un ojo ocupado en sí mismas y otro en observar a ese

                        señor furtivo y nervioso que espera tan próximo a los probadores,

                        con esa mirada esquiva como del que aguarda el instante en que

                        inadvertidamente pueda colarse en uno de ellos, tapar la boca de

                        la mujer cogida por sorpresa y allí mismo, sobre un improvisado

                        lecho de vestidos de temporada, consumar la violación. Un hilillo

                        de sudor se descuelga desde la frente de JULIO hasta perderse

                        por el cuello de la camisa abajo. Saca el periódico que lleva en el

                        bolsillo de la americana y, más que leer, se oculta tras  él. De los

                        probadores siguen saliendo mujeres, que son automáticamente re-

                        levadas por otras, en una danza precisa y metódica, fruto de años

                        de ensayo y perfeccionamiento, que han depositado en los genes

                        femeninos como una sabiduría indeleble. Una de esas mujeres es

                        ELSA, que con unos cuantos vestidos bajo el brazo, ha ocupado el

                        vesstidor contiguo  al de MARTA. Con ELSA viene ROMÁN, un

                        joven engominado, que exhibe un aire de seguridad en sí  mismo

                        que se expande a su alrededor como un perfume dulzón e imperti-

                        nente.

 

ROMÁN.- (A ELSA, al entrar) Tranquila, mi vida. Tómate el tiempo que quieras. Lo que haga falta. (Suena el pitido de un móvil, y vemos veinte manos dirigirse a las respectivas madrigueras donde duermen su sueño sincopado esos grillos de la moderna garrulería. Pero el que ha sonado es el de ROMÁN. Otros diez y nueve vuelven a su letargo) ¿Sí? Hola, Pereda. Sí, fui yo quien te dejó recado... Por lo de ATELSA... ¿Han aceptado?... ¡Perfecto! ¿Sin tapujos ni cortapisas? ¡Espléndido! ¡Más que eso, soberbio!  Sí, sí, estoy encantado, casi te diría que deslumbrado... Es que no se puede pedir más... Dónde va a parar... No, no, el mérito es todo tuyo, sin ti... Bueno, no diré que no, pero sin ti ese acuerdo sería un pingajo, no habría por donde cogerlo... Realmente eres un hacha cerrando tratos. Esto hay que celebrarlo. Por todo lo alto.. ¿Te parece bien en el Continental? Es el restaurante de moda. Esta noche. Vale, chao.

 

                        Sale MARTA. Lleva puesto uno de los vestidos. JULIO

                        sigue oculto tras el periódico, apoyado en una de las co-

                        lumnas, de manera que permanece casi invisible para MARTA.

 

MARTA.- ¿Julio?... ¡Julio! ¡Dónde estás!

 

JULIO.- ¿Eh? Aquí. Te oigo perfectamente. No necesitas dar esas voces.

 

MARTA.- ¿Por qué te escondías?

 

JULIO.- No me escondía. Leía el periódico.

 

MARTA.- Ya. ¿Así, de primera impresión, qué opinas?

 

JULIO.- Un asco, hija, qué quieres que me opine.

 

MARTA.- ¿Un asco? Pues yo no lo veo tan mal.

 

JULIO.- Si es que es lo de todos los días: guerras, corrupción, fútbol... Un perfecto asco.

 

MARTA.- Digo el vestido. Qué te parece el vestido.

 

JULIO.- Ah, el vestido. Bien.

 

MARTA.- ¿Bien nada más?

 

JULIO.- Sí. O sea... Muy... bien.

 

MARTA.- Muy bien qué.

 

JULIO.- Que te queda muy bien.

 

MARTA.- ¿Sí?

 

JULIO.- De veras. Muy... bien. Sí...

 

MARTA.- ¿No sabes decir otra cosa?

 

JULIO.- Mujer... Qué quieres que diga.

 

MARTA.- ¿Que qué quiero...? ¡Yo no quiero que digas nada!

 

JULIO.- Pero, ¿entonces...?

 

MARTA.- Eres tú quien tiene que decir lo que te parece el vestido. Lo que piensas de verdad, lo que sientes tú,  no lo que tú crees que yo quiero que me digas. Para decir lo que yo quiera tengo mi grabadora; tú se supone que estás aquí para decir lo que tú quieres decirme... ¡Oiga, ese probador está ocupado!

 

CLIENTE.- ¿Es que piensa probarse usted sola todos esos vestidos?

MARTA.- Ya ve. Es que sólo me he traído un cuerpo. Así que va a tener que esperar que me los pruebe uno por uno, ¿de acuerdo?

 

CLIENTE.- Las hay que se deben creer que la tienda es suya.

 

MARTA.- Anda y que te folle un contenedor. (A JULIO) Bueno, qué.

 

JULIO.- La verdad, no sé qué decirte...

 

MARTA.- No te gusta. Vamos, dilo, sin miedo: no te gusta.

 

JULIO.- Tanto como eso...

 

MARTA.- Me hace gorda.

 

JULIO.- ¿Gorda? ¿Tú crees? ¿Crees que te hace gorda?

 

MARTA.- Te estoy preguntando a ti. Me hace gorda o no.

 

CLIENTE.- Las hay que, además de gordas, pesadas...

 

MARTA.- Oiga, ¿eso va por mí?

 

CLIENTE.- ¿Perdón? ¿Habla usted conmigo? Porque yo, con usted, no.

 

JULIO.- (Interponiéndose) El color, yo creo que es el color.

 

MARTA.- Qué pasa con el color.

 

JULIO.- Que es lo que no me acaba de convencer. No sé... lo veo como...

 

MARTA.- O sea que, definitivamente, no te gusta. Lo desechamos.

 

JULIO.- Bueno... no. O sea, sí.

 

MARTA.- No y sí, qué.

 

JULIO.- (Tomando una decisión heroica) Que no me gusta y que lo desechamos.

 

MARTA.- ¿Estás seguro?

 

JULIO.- Absolutamente. Ese vestido es una birria. Realmente...

 

MARTA.- ¿Entonces por qué al principio dijiste que me sentaba muy bien?

 

JULIO.- ¿Yo dije eso?

 

MARTA.- ¿Vas a decirme que no lo dijiste?

 

JULIO.- De acuerdo, es posible que lo dijera, pero he cambiado de opinión. No me había fijado bien. Ese vestido te hace horrible.

 

CLIENTE.- Gorda y horrible, sí señor. Y no hay vestido que lo remedie.

 

                                   Marta dirige una mirada incendiaria a la CLIENTE, pero

                                   está más interesada en lo que acaba de decir Sergio.

 

MARTA.- ¿Horrible? ¿Tú me ves horrible?

 

JULIO.- Mujer, yo no he dicho exactamente...

 

MARTA.- ¿Te basta un puñetero vestido para verme horrible? ¿Es que eres incapaz de ir más allá del vestido? ¿Acaso no soy la misma de todos los días, no tengo el mismo cuerpo? ¿O es que el vestido es una simple disculpa para decirme lo que siempre has pensado de mí?

 

JULIO.- Pero, cariño, yo no hablo de ti, sino del vestido...

 

MARTA.- No, tú has dicho que el vestido me hace horrible, no que el vestido sea horrible; es más, al principio el vestido te parecía muy bien. Y, además, quien no es horrible no puede parecer horrible de ninguna de las maneras... Te has cansado de mí, ten el valor de decírmelo a la cara...

 

JULIO.- Pero cómo se te ocurre... tú no eres horrible, qué tontería, tú me gustas... de cualquier manera... con vestido y sin él... Y te quiero, ya lo sabes,  y quiero seguir compartiendo mi vida contigo y... está mirándonos todo el mundo... Y ya odio este vestido porque está a punto de provocar una crisis en nuestra relación, ¿te das cuenta qué cosa más absurda, cariño? ¡Estamos discutiendo por un vestido de nada! ¿Por qué no te pruebas otro y (En voz baja para que la CLIENTE no le oiga) le das éste a esa bruja, que a ella seguro que le sienta como un guante?

 

MARTA.- A ella sí y a mí no, ¿eh? O sea que ése es el tipo de mujer que prefieres. No voy a entrar a juzgar tus gustos. Sólo te pido que seas sincero conmigo. Esa cosa (Por la CLIENTE) es tu tipo.

 

JULIO.- Pero, Marta, cariño, mi tipo eres tú... No he vuelto a mirar a una mujer desde que te conocí... y ya ves las tonterías que me haces decir... aquí,  en medio de...

 

MARTA.- Tonterías. Decirme que te gusto te parece una tontería.

 

JULIO.- ¡No! Quiero decir... El momento no es... Están esperando por el probador y tú y yo... aquí... con esta absurda conversación...

 

MARTA.- Absurda. Esta conversación te parece absurda. Yo te parezco absurda, ¿no es eso? (JULIO va a decir algo, pero sólo consigue barbotar incongruencias) Está claro, muy claro. Cuando lleguemos a casa tenemos que hablar tú y yo.

 

JULIO.- Sí. De acuerdo. Hablaremos. Haremos lo que tú digas. Pero, por lo que más quieras, entra en el probador, que hay gente esperando.

                        MARTA entra en el probador y JULIO lanza un suspiro

                        de alivio. Sale ELSA de su probador.

 

ELSA.- (A ROMÁN) ¿Qué te parece?

 

ROMÁN.- ¡Perfecto! ¡Espléndido, cariño! ¡Una maravilla!

 

ELSA.- (Un dejo de incredulidad en la voz) ¿No exageras un poco?

 

ROMÁN.- ¡De ninguna manera! ¡Estoy verdaderamente deslumbrado, querida, es maravilloso cómo te sienta! Aunque...

 

ELSA.- ¿Aunque?

 

ROMÁN.- Debo ser completamente sincero contigo: el vestido es bonito, elegante, pero sin ti no sería más que un miserable pingajo. El mérito es todo tuyo...

 

ELSA.- Gracias, eres un amor. Pero, no sé...

 

ROMÁN.- Éste nos lo quedamos. Pero, por favor, pruébate otro. Quiero volver a sentir esa sensación que me produce siempre el verte con un vestido nuevo.

 

ELSA.- ¿Qué sensación?

                                  

ROMÁN.- Éxtasis. Incredulidad de que pueda haber tantas personas bellas en la misma persona. Si por mí  fuera, te compraría toda la tienda. Por puro egoísmo.

 

ELSA.- De dónde sacarás esas cosas tan bonitas que dices...

 

ROMÁN.- Ni yo mismo lo sé. Creo que eres tú quien me las provoca, me las sacas de adentro, mi vida... Anda, pruébate otro vestido...

 

                                   ELSA entra en el probador. Sergio no se ha perdido ni

                                   una palabra de ROMÁN. Le vemos que mueve los la-

                                   bios y gesticula como ensayando. Vuelve a salir Marta.

 

MARTA.- (Con ofendida dignidad) Bien. ¿Qué te parece este?

 

JULIO.- (Se queda como extasiado) ¡Perfecto! ¡Espléndido, cariño! ¡Dios, estoy deslumbrado! ¡Es... es una verdadera maravilla!

 

MARTA.- (Incrédula, pero  proclive a una súbita conversión) ¿Estás seguro? ¿No exageras un porquitín?

 

JULIO.- ¿Exagerar? ¡Me he quedado sin habla! ¡No... no puedes imaginarte cómo te sienta!

 

MARTA.- ¿Tú crees? Yo lo veo un poquitín...

 

JULIO.- Es increíble, de veras, cómo... te resalta la figura. Nada, pero que nada que ver con el otro. Aunque, a decir verdad...

 

MARTA.- A decir verdad qué.

 

JULIO.- El vestido es bonito, elegante, de acuerdo. Pero sin ti no sería más que un vulgar pingajo. Habría que ver cómo le sienta a la bruja de antes.  No, no creas que estoy tratando de halagarte. El mérito es todo tuyo.

 

MARTA.- Julio, tú no me estás tomando el pelo, ¿verdad, cariño?

 

JULIO.- No, Marga. Es que acabo de comprender una cosa.

 

MARTA.- ¿Qué cosa?

 

JULIO.- De pronto he visto cuántas mujeres bellas puede haber dentro de ti. En serio. Gracias a un vestido que en vez de encubrirlas las revela, todas esas mujeres hermosas... ¡dentro de ti! Me he dado cuenta de lo importante que puede ser un vestido y de lo poco que importa realmente, ¿me entiendes? Yo, cuando te veo con un vestido bonito, me entran ganas de quitártelo, o sea que los vestidos bonitos en realidad son todos transparentes... sin serlo... O sea, que se ven y no se ven... Éste que llevas es muy excitante, cariño... Es... fantástico, si pudieras verte... como yo te veo... Ahora quiero que te pruebes todos los vestidos bonitos del mundo. Quiero envejecer viéndote probarlos. Cientos de vestidos. Por puro egoísmo, no te creas: Quiero disfrutar con los cientos de mujeres guapas que tú eres.

MARTA.- (Mirándole de hito en hito) ¿Entonces, me quedo con este?

 

JULIO.- Con éste y con los que tú quieras.

 

MARTA.- Con éste. Lo voy a llevar puesto a la cena.

 

JULIO.- ¿A cuál?

 

MARTA.- A la que vamos a ir tú y yo solos, esta noche, para celebrarlo. ¿Te parece bien el Continental? Creo que es el restaurante de moda...

 

JULIO.- (Comprende)  Vaya... Tú también has oído..

.

MARTA.- ¿Oído? ¿El qué?

 

JULIO.- Lo siento... Yo...

 

MARTA.- Te has vestido con ropa ajena y te has quedado  con el culito al aire.

 

JULIO.- Te juro que mi intención era... sólo quería... Cómo hacerte comprender...

 

MARTA.- Pero qué transparentes sois algunos hombres... Me gusta tu culito, ¿sabes?

 

JULIO.- Mi... ¿Te gusta mi...?

 

MARTA.- Me excita. Ahora mismo estoy a cien. Y a ti, ¿de verdad que este vestido te excita como dices?

 

JULIO.- Pues.. sí... Ese vestido es... Pero, en realidad, eres tú... Aunque, claro, el vestido también...

 

MARTA.- Ven. Entra conmigo. Ayúdame a quitármelo.

 

JULIO.- Pero ¿no decías que te lo llevabas puesto?

 

MARTA.- ¿Y tú no decías que querías quitármelo?

 

JULIO.- ¿Aquí? ¿Estás loca? ¿Quieres que tú y yo, en el probador? ¡Oh, no! (Ella lo mete en el probador de un tirón)

 

                                   Sale ELSA de su probador.

 

ROMÁN.- Oh, querida, ese vestido... (ELSA le da un sonoro bofetón)

 

ELSA.- ¡Farsante! ¡Siempre sospeché que lo tuyo no era más que pura palabrería!

 

                                   Y se va. ROMÁN sale en pos de ella.

 

ROMÁN.- Pero, Elsa... Escucha, Elsa, por favor...

 

                                   JULIO sale del  probador arregándose la ropa.

                                  

MARTA.- (Sale detrás de JULIO)¡Julio! ¿Qué significa esto?

 

JULIO.- No significa nada... Simplemente, que no... no deseo...

 

MARTA.- ¡No me deseas! ¿Era eso? ¡Era eso!

 

CLIENTE.- (Que llega oportunamente para escuchar las últimas palabras de MARTA) ¡Caramba, cómo ha subido la temperatura en poco tiempo! ¡Y eso que se ha traído sólo un cuerpo, que si no...!

 

MARTA.- (Vociferante) ¡Y tú cállate, foca prehistórica, que contigo no va nada! ¡Julio! Te estoy pidiendo una explicación, una respuesta clara y concisa.

 

JULIO.- Pero, Marta, comprende que ahora...

 

MARTA.- ¡Ahora o nunca, Julio! ¡Ahora o nunca!

 

JULIO.- Yo... Lo siento, Marta, pero no... Lo siento... Necesito tomar un poco de aire fresco...

 

                        JULIO se va. MARTA lo ve irse y puede que, en un gesto de

                        rabia o de desesperación, rasgue el vestido que lleva puesto.

                                  

                                   III. DON JUAN VIRTUAL

 

                        Un HOMBRE sentado en un sillón de cuyo respaldo salen dos

                        brazos articulados con una bandeja cada uno en su extremo.

                        En  la bandeja derecha reposa uno de esos vasitos de plástico

                        para administrar medicinas. En la otra parpadea un ordenador

                        portátil y reposa un teléfono, que es al que habla el HOMBRE.

                        La única parte de su cuerpo dotada de movilidad es su cabeza,

                        si  bien tiene la mital del rostro paralizada, por lo que adquie-

                        re a veces rasgos de gárgola espasmódica, ya que toda la ex-

                        presividad que el cuerpo ha perdido, toda su energía, ha sido

                        trasladada a esa zona de cabeza-cuello, a la que el actor debe

                        dotar de gran vivacidad, hasta hacernos olvidar el cuerpo ina-

                        ne sobre el que la cabeza se mueve, como olvidamos el teatri-

                        llo al contemplar las marionetas que evolucionan sobre él.

 

HOMBRE.- (Habla con tono desenvuelto) Que estoy dividido, chico. Que no sé a qué carta quedarme. Bueno, para serte sincero, es que ni me planteo la posibilidad de decidirme por una o por otra. Quiero seguir con todas. No hago daño a nadie con eso, ¿no? Es lo que yo me digo: ¿qué mal le hago yo a nadie, eh? ¿A quién perjudico? Pero eso Sigrid no parece entenderlo. Es de un exclusivismo feroz. Me quiere sólo para ella, exclusivamente para ella. Hombre, sí, ella, honesta sí es: no mantiene relaciones con otros hombres. Eso me dice, y yo la creo. Y mira que yo la animo, ¿eh?, le digo que el mundo no se acaba en mí, que, bueno, yo tendré mis virtudes, de acuerdo, pero hay otros hombres... sencillamente diferentes a mí, y ¿por qué perderse lo que ellos pueden ofrecerle, eh, dime, por qué perdérselo? ¿Por qué limitarse a uno solo, por mucho que sea un tío excepcional -que es lo que ella dice que yo soy? La vida es muy corta, le digo, hay que ponerle un poco de intensidad, hay que coger todos los frutos que nos ofrece; collige virgo rosas, le digo... Incluso llego a decirle que si Dios -ella es muy religiosa, no sé si te lo había dicho-, pues que si Dios nos había hecho tan radicalmente distintos sería por algo, sería por darnos más posibilidades de enamorarnos...; que para eso nos dio el corazón como nos lo dio: con capacidad de ensancharse por dentro sin aumentar de tamaño...  Yo -le digo- la amo a ella como no puedo amar a Francesca, o a Charlotte, o a Liu-Shi-Po, o a Nastasia, o a... Pero nada, chico. No hay forma de hacerla entrar en razón. Está absolutamente colgada de mí... Si alguien, antes, me cuenta que iba a verme en esta situación, es que no me lo creo, ¿sabes? Antes... Bueno, yo, antes, si me preguntaban que era para mí una mujer, lo único que habría sabido contestar era: persona que suele tomarme por un virus repulsivo contra el que ella está totalmente inmunizada... Pero, ahora... ahora te podría estar hablando de las mujeres y no terminaría en un año... De sus gustos, de sus caprichos, de sus costumbres... de sus cuerpos... ¿Tú sabes cuántas variedades de pezones diferentes existen? ¿Y de bello púbico? ¿Eh? ¿Y de culitos? Bueno, lo de culitos es un decir, porque hay algunas... Nastasia, por ejemplo, tiene unas nalgas grandes y redondas, pero redondas hacia arriba, no es de ésas que se caen, como si fueran bolsas llenas de agua, no, sino más bien como globos aerostáticos, dos globos gemelos que quisieran despegarse de las piernas y echar a volar... Me encanta el culo de Nastasia.  Pero también el de Sigrid, por supuesto. El de Sigrid es más plano, un tanto trapezoidal, como un libro abierto... en sentido literal, aunque también en el figurado, porque parece mentira que un culito así, a primera vista tan frío, pueda ser tan voluptuoso como... como Las Mil y Una Noches, eso es, como Las Mil y Una Noches... Sí, amo el culito de Sigrid y lo que está por encima y por debajo de él. No puedo resignarme a perderla. Pero la sola idea de dejar a Jadisha, a Hillary, a Lulú, o a sor Consuelo, me parte el corazón... (Pausa) ¿No te había hablado aún de sor Consuelo? Es... mi última conquista, sí. Un día nos cruzamos..., cruzamos unas palabras... Ella estaba en un momento crucial de su vida, una verdadera encrucijada, ¿sabes? Estaba un poco cansada de su Esposo, un tío tan perfecto y tal... Necesitaba abrir su pecho a alguien más imperfecto, más humano, como ella decía. Así que me conoció y me abrió sus brazos en cruz. (Pausa. Sonríe) Tiene el bello púbico más denso que he visto en mi vida. Me gusta mirarlo e imaginarme que es un bosque donde yo me pierdo y... Y esto Sigrid no lo entiende. Quiero decir que no entiende que yo pueda amar a una monja y amarla a ella al mismo tiempo. Pero eso es lo mismo que hacía don Juan, ¿no es cierto? Pues ¿a ver por qué él sí iba a poder hacerlo y yo no? Con la ventaja de que a mí no me importa si sor Consuelo o Sigrid, o Amaranta, o Mireya tienen sus historias con otros tíos; al contrario, deseo que las tengan, las animo...

 

                        Entra una MUJER. Se acerca al HOMBRE.

 

HOMBRE.- (Al verla) Voy a tener que dejarte. Ella ha llegado...

 

MUJER.- ¿Qué? ¿Qué tal ha pasado la tarde? (El HOMBRE asiente sin decir palabra) ¿Se ha tomado su medicina? (El HOMBRE asiente dando fuertes cabezadas) ¿Seguro? (Mira el vasito y comprueba que no ha bebido la medicina) No se la ha tomado. (El HOMBRE no habla) Ha vuelto a caérsele la pajita. (La recoge del suelo) Le traeré una limpia.

 

                        La MUJER sale.

 

HOMBRE.- ¿Has oído su voz? Es una voz tan real... y tan fantástica al mismo tiempo. Tan dulce, tan humana... A veces suena hasta cariñosa conmigo. Si ella fuera Sigrid y me pidiera que dejara a las demás... Pero ella sólo es una profesional que hace su trabajo. Le da igual si tiene que trabajar conmigo o con un virus más pequeñito... Pero yo la amo, la amo tanto que... Pero no puedo decírselo... a ella no... con ella no me salen las palabras... con ella vuelvo a ser un virus... (Escucha los pasos de la MUJER, que vuelve) Bueno, ya seguiremos mañana. Adiós. (Se oye el clic que indica que el interlocutor ha colgado)

 

            Vuelve a entrar la MUJER

 

MUJER.- Aquí tenemos una nueva pajita. (La introduce en el vasito y la pone al alcance de la boca del hombre. Él aparta la cara) Venga, hombre, no sea terco. ¿Quiere volver a pasar otra noche con dolores? (De pronto, repara en la pantalla del ordenador) ¡Vaya! ¡Esta no la conocía yo! ¿Quién es?

 

HOMBRE.- (Mira la pantalla de reojo) Sor Consuelo.

 

MUJER.- ¿Sor?

 

HOMBRE.- (Asiente)

 

MUJER.- (Mirando la pantalla) Quién lo diría con ese cuerpo. ¡Caramba, y qué manera de moverse! Casi mejor que aquella iraní, o libanesa... ¿cómo era su nombre?

HOMBRE.- (Casi inaudible) Quiero morirme.

 

MUJER.- ¿Zulema? ¿Aixa? ¿Jadisha?

 

HOMBRE.- (Más alto) Quiero morirme.

 

MUJER.- (Profesional) Tonterías. ¿Cómo va usted a morirse? ¿No querrá dejar a su sor Consuelo desconsolada, verdad? Ni a Carla, Helga, Nekane,  Amaranta, Brigitte, Davinia, Hillary... y todas las demás. Ellas son afortunadas de tenerlo a usted. Se lo dicen todos los días. No puede usted abandonarlas. Ea, tómese su medicina. (Él aparata la cara. Ella mira la pantalla del ordenador) Oh, mire, tiene un mensaje. ¿No quiere leerlo? (El sigue con la cara vuelta. No se mueve) Está bien; lo haré yo. Dice: Perdóname. Soy una egoísta. Ama a quien tú quieras, pero ámame también a mí. Firmado, Sigrid. (Para sí) ¡Caramba! Pues sí que... A mí nadie me ha dicho nunca una cosa semejante...

 

HOMBRE.- (Sin volver la cabeza, sin mirar a la MUJER) Ama a quien tú quieras, pero ámame también a mí.

 

MUJER.- (Risueña) ¡Vaya! Creí que no quería escucharlo. Ya ve. No sólo le quieren, sino que le perdonan sus pecadillos. Es usted más que afortunado. Y ahora va a tomarse su medicina para seguir siéndolo por muchos años. Y luego va a decirle a Sigrid que la perdona y que la sigue queriendo como siempre, ¿de acuerdo? (Él no dice nada) Piense que ella está esperando ansiosa sus palabras. No puede defraudarla ahora. Si yo fuera Sigrid, no se lo perdonaría nunca. (Él la mira intensamente. Abre la boca) Así me gusta. (Le introduce la pajita en la boca y él sorbe el contenido del vasito). Y ahora le dejo a solas con Sigrid. (La MUJER, antes de salir,  acerca la bandeja donde reposan el ordenador y el teléfono al rostro del HOMBRE, que se tiñe de un azul fantasmagórico. El HOMBRE escupe la medicina, extrae con los dientes un puntero del bolso superior de su bata y con él marca en el teléfono el número de Sigrid y escupe el puntero. Oímos varios tonos y el sonido de descolgar. Luego la voz de Sigrid dice: “Este es el contestador automático de Sigrid. En este momento no puedo atenderte. Si quieres, puedes dejar tu mensaje después de la señal”. Se oye el pitidito consabido. El HOMBRE habla con voz lastimera) Lo siento, Sigrid, te he mentido. Yo no soy el Capitán Trueno. Hasta nunca. (El se queda mirando al público con una expresión pétrea como si se hubiera convertido en una gárgola misteriosa y terrible)

 

 

 

                                                           OSCURO

 

 

 

 

                                               IV. ECOLALIA

 

                        Dos ancianitos, hombre y mujer, sentados en un banco del

                        parque, cada uno en un extremo y sin mirarse. Tienen la in- 

                        movilidad y la inexpresividad de las estatuas. Sólo alcanzan

                        cierta expresividad cuando hablan, pero es una expresividad

                        extraña y ajena, como de autómatas. Hablan como si tuvieran

                        un interlocutor invisible, o que tal vez está más acá de la cuar-

                        ta pared, o, simplemente, al público.

                       

VIEJO.- Un flechazo, eso fue. La vi y fuaaash.

 

VIEJA.- La primera vez que me miró, me derretí toda: sshhhhhrsstt.

 

VIEJO.- Y, dentro del pantalón, ¡ptumb!

 

VIEJA.-  Empapada, como si me hubiera sentado sobre un helado de pistacho... ¡Yiaaahhhhhh!

 

VIEJO.- Un escándalo el pantalón, ¡ptumb!

 

VIEJA.- Y el cerebro hecho papilla también ante aquella mirada incandescente... ¡shcroshhhhh!

 

VIEJO.- Hasta que ¡Pppuahsh!, estallé como una lata de cerveza batida...

 

VIEJA.- Los pezones, de golpe duros como timbres: ¡toing! ¡toing!

 

VIEJO.- Y el pantalón, como si me hubieran estrellado un helado de pistacho, pegajoso y húmedo, iiissshhhh...

 

VIEJA.- Casi traspasan el sujetador, ¡ziu!, ¡ziu!

 

VIEJO.- Pero la lata, todavía dura, ¿eh?, ¡ptumb!

 

VIEJA.- Y yo, a este lado del banco, sin atreverme a mirarle..., disimulando... ¡Naranarannanná...!

 

VIEJO.- Me volví hacia ella y le mostré el panorama (Hace una indicación hacia su entrepierna, sin volverse hacia la VIEJA)... Hay que ser franco con las mujeres... ¡Ehe!

 

VIEJA.- ¡Descarado! Me pareció encantadoramente descarado. ¡Huuuuyyy!

 

VIEJO.- Pero era la hora en que el viejo tenía que tomarse su medicación (Tose y hace gestos de asfixia).

 

VIEJA.- Y la vieja tiene incontinencia. Si no la llevas a mear a tiempo, se lo hace por ella. (Gesto de aguantarse las ganas) ¡Mmmmmm!

 

VIEJO.-  ¡Qué se le va a hacer!

VIEJA.- ¡Mañana será otro día!

 

VIEJO.- Al día siguiente, lo mismo.¡fuaaash!

 

VIEJA.- ¡ sshhhhhrsstt!

 

VIEJO.- ¡Ptumb!

 

VIEJA.- ¡Yiaaahhhhhh!

 

VIEJO.- ¡Ptumb!

 

VIEJA.- ¡Shcroshhhhh!

 

VIEJO.- ¡Pppuahsh!

 

VIEJA.- ¡Toing!, ¡toing!

 

VIEJO.- ¡Iiiissshhhh...!

 

VIEJA.- ¡Ziu!, ¡ziu!

 

VIEJO.- Pero, ¡ptumb!, ¿eh?

 

VIEJA.- ¡Naranarannanná...!

 

VIEJO.- ¡Ehe!

 

VIEJA.- ¡Huuuuyyy! Y le miré, directo al careto.

 

VIEJO.- Aquella mirada ya no se podia aguantá.

 

VIEJA.- No me podía aguantá, descarao.

 

VIEJO.- Me pegué a ella como un salvaeslip.

 

VIEJA.- Y yo, tan fresca.Me sentía segura, me sentía bien... empapada...

 

VIEJO.- La morreé mazo, colega.

 

VIEJA.- Flipé en todos los colores, Loado Sea Dios.

 

VIEJO.- La invité a acompañarme al tigre, así, a bocajarro.

 

VIEJA.- Hay unos meaderos públicos a güevo aquí cerca, rodeados de setos...

 

VIEJO.- Lo primero meternos unos tiritos de farlopa guapa y luego...

 

VIEJA.- La polla, fue la polla, colega.

 

VIEJO.- Lo menos tres cuartos de hora en el tigre, dale que te pego.

 

VIEJA.- Y que le dieran pol saco a la incontinencia de la vieja...

 

VIEJO.- La medicina del viejo podía esperar, ¿no te jode?

 

VIEJA.- Follar es sano, coño.

 

VIEJO.- Se hacen amistades.

 

VIEJA.- Mientras follas, ni matas, ni robas.

 

VIEJO.- Follar tenía que ser como el fútbol: de interés general.

 

VIEJA.- Y que hoy estás aquí y mañana ni se sabe.

 

VIEJO.- Una no va a durar así toda la vida.

 

VIEJA.- Hay que vivir a tope mientras se pueda.

 

VIEJO.- Mira, si no, éste, que ya no puede ni con el D.N.I.

 

VIEJA.- ¿Pues ésta? Un saco arrugas que ni siente ni padece.

 

VIEJO.- Sordos como una tapia. Y medio cegatos.

 

VIEJA.- Ya apenas ni hablan.

 

VIEJO.- ¿De qué podrían hablar?

 

VIEJA.- Deben de tener la mente en blanco.

 

VIEJO.- Vacía.

 

VIEJA.- Hueca.

 

VIEJO.- Sin recuerdos.

 

VIEJA.- Sólo el eco dentro de sus cabezas.

 

VIEJO.- El eco ¿de qué?

 

VIEJA.- El eco. Sólo el eco sonando.

 

VIEJO.- Sólo sonando.

 

VIEJA.- (Sin emoción) Soplapollas.

 

VIEJO.- (Lo mismo) Calientabraguetas.

 

VIEJA.- (Lo mismo) Salido de mierda.

 

VIEJO.- (Lo mismo) Hijaputa.

 

                        Silencio. Llegan dos jóvenes.

 

EL JOVEN.- ¿Lo ves? Ahí los tienes. La mar de formalitos. Como dos santos en su nicho.

 

LA JOVEN.- Cualquier día te van a dar un disgusto...

 

EL JOVEN.- No sé cómo.

 

LA JOVEN.- Un día te los vas a encontrar tirados en el suelo, muertos.

 

EL JOVEN.- Bueno, es lo suyo, ¿no? Morirse. Están en la edad.

 

LA JOVEN.- Calla, tío, no digas esas cosas delante de ellos.

 

EL JOVEN.- Pero si no se enteran. Son un par de tapias de derribo. Les da igual lo que digas.

 

LA JOVEN.- Ya, pero...

 

EL JOVEN.- Eso sí, coscar no se coscan de nada, pero hay que hablarles, como a las plantas o a los animales. Estimulación sensorial, que le dicen. Para que no se cierren como una almeja, ¡flop! ¡Adiós mundo cruel! ¡Riac!

 

LA JOVEN.- Bueno, yo te dejo con ellos...

 

EL JOVEN.- Espera un poco, tía, qué prisa tienes. Nos damos un garbeo hasta aquellos setos de allá y volvemos, ¿vale?

 

LA JOVEN.- No, lo siento, tío...

 

EL JOVEN.- ¿Qué pasa? ¿Que me tienes miedo o qué?

 

LA JOVEN.- ¿Miedo? No fastidies.

 

EL JOVEN.- Te doy asco.

 

LA JOVEN.- Ya ves que no he parado de vomitar en toda la tarde.

 

EL JOVEN.- ¿Entonces?

 

LA JOVEN.- Que tengo prisa.

 

EL JOVEN.- Joder, siempre tienes prisa.

 

LA JOVEN.- Y tú tienes trabajo (Hace un gesto hacia los ancianitos).

EL JOVEN.- Trabajo sería si me pagaran. Pero yo cargo con éstos por el morro.

 

LA JOVEN.- A lo mejor preferías haber hecho la mili.

 

EL JOVEN.- Hostias, eso no; pero podían haberme dado otra cosa, ¿no? Cuidar de ti, por ejemplo. Ésa sí sería una Sustitutoria de puta madre.

 

LA JOVEN.- Si no fuera por ellos, no nos habríamos conocido tú y yo.

 

EL JOVEN.- ¿Conocido? De eso se trata, piba, de conocernos tú y yo un poco más a fondo, ¿no?

 

LA JOVEN.- Hay tiempo.

 

EL JOVEN.- ¿Tiempo? Ahora es tiempo; dentro de un rato quién te dice que no me despachurra un autobús, o que un terrorista no me ve cara de concejal y me deja tieso, o que no se me cae la MIR encima, o a ti...

 

LA JOVEN.- Qué exagerado que eres.

 

EL JOVEN.- ¿Exagerado? Este mundo no está hecho para nosotros; a nosotros nos están fumigando selectivamente, con el SIDA, el deporte, la religión, la mili, las hamburguesas, la enseñanza obligatoria, el paro, el estrés, Enrique Iglesias y las Spice Girls. El mundo es de los puretas y de los jubiletas. A nosotros nos queda vivir el instante, aquí te pillo aquí te mato, que si no, camarón que se duerme lo lleva la corriente, que dice mi padre.

 

LA JOVEN.- ¿No dices que no vives con él?

 

EL JOVEN.- Sí. Pero me acuerdo de cosas que decía, o a lo mejor no las decía y se me ocurren a mí...

 

LA JOVEN.- Bueno, hasta otra.

 

EL JOVEN.- Joder, tía, venga, enróllate, damos un rulo hasta los setos aquellos y...

 

LA JOVEN.- Llámame. Chao.

 

EL JOVEN.- Pero... Vale, te llamo... (La JOVEN se ha ido. El JOVEN la mira alejarse. Al cabo de un momento) Pero cómo güevos la voy a llamar si no sé su teléfono. Yo es que soy gilipollas integral. Me pasa ayer y me vuelve a pasar hoy.  (Da una patada a una lata vacía y se pone a pasear delante de los ancianitos. Mira su reloj) Y todavía me queda un rato con los angelitos éstos. Míralos. Como dos chufas con ojos. ¡La madre que los parió...! (Se sienta entre los dos) ¡Qué, colegas! ¿Cómo lo llevamos hoy? (Pausa) Nada, ni puto caso. Mirar las revistas que he pillao (Extrae unas revistas pornográficas del bolsillo de atrás del pantalón) para vosotros. Mira, colega (Al VIEJO), qué pibas. (A la VIEJA) ¿Y el tío este? Menudo pedazo rabo, ¿eh?... Nada, que si quieres... A lo mejor es que hay que dar con un tema de conversación estimulante. Vamos a ver, ¿qué opináis vosotros de la eutanasia? ¿Estáis a favor o en contra?  ¡Qué! Vosotros como el cura del chiste, ¿no? Ah, que no os lo he contado. Pues es uno vasco que vuelve de misa y se encuentra a un amigo y le dice: (Habla con acento vasco) ¿Aupa, Iñaki, de dónde vienes? Pues de misa. ¿Y qué tal? Pues el cura, que habló del pecado. ¿Y que dijo el cura, pues? Pues eso, que no era partidario. (Se ríe) Lo habéis cogido, ¿no? ¡Que no era partidario! (Cesa de reír) Y vosotros, qué, ¿sois partidarios del pecado o no? Yo, sí. Si follar es pecado, yo soy partidario. Follar es sano, pacifista, ecologista y lo que queráis; lo tenían que declarar de interés general. Subvencionado por el Ministerio de Cultura y el de Sanidad y el de... bueno, por el Estado. A mí me parecería de puta madre si llego y os encuentro encima del banco dale que te pego, como fieras. Así que por mí, no os cortéis ni un pelo, que ya hay bastante reprimido por ahí... Yo no, ¿eh? Yo tengo la teoría, pero también la praxis, o sea, sabéis de qué va la cosa, ¿no? Por ejemplo, esa chorba que acaba de irse, ya os conté lo que pasó ayer, ¿no? Pues hoy igual, pero mejor, porque, según vas conociendo a una tía, le vas sacando más jugo, sabes cómo te digo, ¿no? Hoy me la llevé también al tigre, ya sabéis, esos meaderos que hay detrás de los setos aquéllos, nos metimos unos tiros gansos de farlopa y la puse a vivir, tíos, tuve una erección que ni con la Viagra ésa, ¡ptum!, y la tía que se me deshacía, vamos, ¡isshhhhh!, metías la mano allí y era puro borborigmo, sabéis lo que es eso, ¿no?, ¡blopblopblopblop!, igual que un géiser. ¡Buah! Estuve con el turbo puesto lo menos tres cuartos de hora, fum-fum, fum-fum, fum-fum, y no estuve más porque había una cola que ni te cuento de parejas esperando para hacérselo, parejas de todos los tipos, de tíos con tíos, de tías con tías, de tíos y tías, de un tío con una cabra, de una tía con un perrazo que te cagas, de una drag queen con un clon de Aznar... mogollón de parejas celebrando el Día Universal del Polvo, o el Día del Polvo Universal, o un Polvo Universal al Dia, no me acuerdo muy bien... Habrá que preguntárselo al Papa, que es el que entiende... (Habla ignorando a los ancianos) Y a mí habrá que ingresarme en el siquiátrico por hablar solo como un cretino, porque es que como siga un día más con éstos voy a acabar como una chota y creyéndome las chorradas que digo para matar el puto tiempo y olvidarme de esa chorba que me pone a tres mil por hora sólo con ponerme los morritos aquí (Se señala los labios), la madre que la parió... Pero de morrear no pasa la tía, como cualquier (Al decir la palabra le acompañará el anciano correspondiente).

VIEJO/JOVEN.- Calientabraguetas.

 

EL JOVEN.- aunque ya sé que no, que ella de eso nada, por eso me controlo, para no parecer un (Lo mismo)

 

VIEJA/JOVEN.- Salido de mierda.

 

EL JOVEN.- Prefiero parecer un (Lo mismo)

 

VIEJA/JOVEN.- Soplapollas.

 

EL JOVEN.- porque es que esa tía no sé qué tiene... que... Pero, bueno, igual no la vuelvo a ver más, que es que no sé dónde coños localizarla, hay que ser

 

VIEJO/JOVEN.- Hijaputa.

 

EL JOVEN.- no dejarme su número de teléfono, ahora pillaba yo un móvil y podía hablar con ella mazo, olvidarme de este par de estafermos,(Lo mismo)

 

VIEJA/JOVEN.- Y a tomar pol saco la incontinencia de la vieja.

VIEJO/JOVEN.- Y la medicina del viejo que espere, ¿no te jode?

 

EL JOVEN.- ¿Eh? ¿Decíais algo vosotros? (Mira a un lado y a otro, pero los viejos permanecen inmóviles) Joder, ya me parece que oigo hasta voces. Menuda comedura de tarro tengo. Y éstos, (Los mira) como fósiles. (Mira el reloj) Hostia, si casi es la hora. Cómo ha pasado el tiempo... Hale, abueletes, en marcha; (Alzando la voz) digo que en marcha, a casita, que ya es hora, vamos (Los levanta, se coloca en medio de ambos y los mira) . Mecagüen tal, ¿como habrá gente que deja las cosas para el futuro con lo feo que es? Venga, abueletes, p'al nicho, que es hora de recogerse...

 

                                                          

 

 

                                               OSCURO

 

 

 

 

V. COMA

 

                                   JULIO Y FRODIS después de varios  gintonics y cuba

                                   libres de licor 43, reposan adormilados en sus respec-

                                   tivas sillas. Las confidencias y el alcohol han  fraguado

                                   entre ellos el espejismo de la amistad. Suena una música

                                   tenue.

 

FRODIS.- (Despertándose, tal vez sobresaltado) ¿Dónde estoy?

 

JULIO.- (Despertándose) ¿Eh?

 

FRODIS.- Me he quedado dormido... He soñado...

 

JULIO.- Yo también.

 

FRODIS.- ¿También te has dormido?

 

JULIO.- Y he soñado...

 

FRODIS.- En mi sueño, veía a tu hijo... Con mi padre...

 

JULIO.- ¿Mi hijo? ¿Y como sabes que era mi hijo?

 

FRODIS.- Como se saben las cosas en los sueños. Era tu hijo, seguro.

 

JULIO.- ¿Y qué hacía él con tu padre?

 

FRODIS.- Lo he olvidado.

 

JULIO.- ¿Lo has olvidado?

 

FRODIS.- Sí... Sólo recuerdo que era gracioso, gracioso y cruel al mismo tiempo.

 

JULIO.- ¿Quién, mi hijo o tu sueño?

 

FRODIS.- No sé... También lo he olvidado... (Pausa) ¿Y tú?

 

JULIO.- Yo qué.

 

FRODIS.- Qué has soñado. Dijiste que habías soñado.

 

JULIO.- Tal vez no fueran sino recuerdos. Tengo esta sala perdida de mis recuerdos. He visto a mi padre en su silla de ruedas... y a Marga aquel día que la acompañé a comprarse un vestido. Aunque ahora el que la acompañabas eras tú.

 

FRODIS.- ¿Yo?

 

JULIO.- Sí, tú.

 

FRODIS.- ¿Y qué ocurría? Quiero decir, ¿qué hacía yo...?

 

JULIO.- Exactamente lo mismo que hice yo en aquella ocasión.

 

FRODIS.- Entonces, en tu sueño, yo era tú.

 

JULIO.- Tú eras yo.

 

FRODIS.- Qué extraño.

 

JULIO.- No es más que un sueño.

 

FRODIS.- ¿Sería posible que nuestros sueños se hubieran mezclado? Quiero decir, una especie de cruce de tu sueño con el mío...

 

                                   Julio se levanta, se despereza.

           

JULIO.- No sé. Es posible. Quién sabe. ¿Tomamos la última?

 

FRODIS.- La penúltima. Nunca es la última. La penúltima.

 

JULIO.- Pues la penúltima. ¿Tomamos la penúltima?

 

FRODIS.- ¿Qué hora será ya?

 

JULIO.- (Sin mirar el reloj, preparando copas) A estas horas, siempre tengo una sensación rara

 

FRODIS.- ¿Cuál?

 

JULIO.- Siento como si fuera un pez en una pecera. Sí, como lo oyes. Con esta luz y esta especie de música subacuática...

 

FRODIS.- ¿Un pez? ¿En una pecera?

 

JULIO.- Sí. El mundo está ahí fuera. Pero no va con él. Como si no estuviera.

 

FRODIS.- ¿Quién? ¿Quién no está? ¿El pez o el mundo de fuera?

 

JULIO.- Qué más da. ¿Te imaginas cómo verá el mundo un pez arrancado de su medio natural y trasplantado a una sala de estar? Ponte en lugar del pez. Él no ve paredes, ni muebles, nada de lo que le rodea tiene significado para él. No tiene referencias. Lo único que él reconoce es su propio reflejo en la pecera. Y, a lo mejor, ni siquiera eso. Me pregunto si los peces sienten la soledad. Al menos, como las personas.

 

FRODIS.- He leído que los peces no tienen memoria.

 

JULIO.- ¿Lo has leído? ¿Dónde?

 

FRODIS.- En el váter. En una revista vieja. Decía eso, que los peces no tienen memoria. Recorren la pecera en una dirección, fas, se dan la vuelta y ya no recuerdan dónde han estado una décima de segundo antes. Hay cantidad de personas así, ¿no crees?

 

JULIO.- No estoy muy seguro.

 

FRODIS.- ¿De que haya tipos medio imbéciles que van por la vida sin enterarse de la fiesta? A patadas. Si lo sabré yo...

 

JULIO.- No. Me refiero a los peces. Eso de que no tienen memoria. ¿Entonces cómo recorren kilómetros y kilómetros para desovar en el sitio adecuado?

 

FRODIS.- Pero eso es memoria ginecológica...

 

JULIO.- Genética, querrás decir.

 

FRODIS.- Como se llame. No tiene nada que ver con acordarse de cosas que te han pasado... Lo de desovar y todo eso es como un plan que llevan grabado en los genes, ¿no?, una especie de plan de vida... La memoria es otra cosa.

 

JULIO.- Ya. Es posible.

 

                                   Pausa.

 

FRODIS.- Oye.

 

JULIO.- Qué.

 

FRODIS.- ¿Tú crees que nosotros también llevamos grabado un plan?

 

JULIO.- ¿Tú y yo? (Ríe) ¿Tú y yo que hace un siglo que no nos comemos una rosca, que no sabemos lo que es tener empleo estable, ni pareja estable, y que lo único estable que tenemos son los relojes parados? Nosotros llevamos grabado el plan...tón permanente. A nosotros la vida nos pasa de largo todos los días, como a tus peces.

 

FRODIS.- No, en serio. ¿Crees que las personas venimos al mundo con una especie de plan, de... de... meta, o qué sé yo...?

 

 

JULIO.- ¿Una especie de destino? No sé... Tal vez la felicidad...

 

FRODIS.- ¿La felicidad? ¿Estás hablándome de la felicidad? ¡No me jodas! ¿Vas a salirme con que venimos a este mundo para ser felices? ¿Vas a decirme que la felicidad es esto? Porque si me lo dices, entonces me voy a poner a saltar de la alegría más idiota del mundo y... ¡Camarero, otra ronda que invito yo, el hombre feliz sin saberlo, o sea, jodido pero feliz, o felizmente jodido, o...! ¡Mira que tienes cada salida...!

 

JULIO.- Sí. La felicidad... Pero alguien nos ha arrancado de nuestro camino y nos ha metido en la pecera... Ahora sólo podemos recordar el futuro, es decir, lo que no fue ni será nunca... Como el pez. Él va de un lado al otro creyendo -o imaginando- que se acerca a su destino. Pero en realidad está inmóvil. Nunca llegará. Para él la vida se ha detenido.

 

FRODIS.- ¿Como si se hubiera muerto?

 

JULIO.- (Piensa) No. Como si se hubiera quedado en coma.

 

FRODIS.- En coma. Comprendo... (JULIO prepara copas. Alarga un vaso a FRODIS)  El mundo está ahí fuera, pero como si no estuviera, ¿verdad?. Es como esas mujeres extraordinarias que salen por la tele. Parece que uno pudiera tocarlas, y, sin embargo...

 

JULIO.- ...no están a tu alcance.

 

FRODIS.- Como en los sueños.

 

JULIO.- Como en los malos sueños.

 

FRODIS.- ¿Seremos nosotros un sueño? ¿Algo que alguien está soñando en este preciso momento? Como Marga y tu hijo y mi padre lo han sido de nosotros.

 

JULIO.- Un sueño, o tal vez un recuerdo.

 

FRODIS.- ¿Un recuerdo?

 

JULIO.- Dicen que los ahogados recuerdan toda su vida en un instante antes de morir.

 

FRODIS.- ¿Eso seríamos nosotros? ¿El recuerdo de un ahogado?

 

JULIO.- No sé. Es posible. A quién le importa.

 

FRODIS.- Tengo frío.

 

JULIO.- Sí... A estas horas siempre hace frío...

 

                                   Pausa.

 

FRODIS.- ¿Qué hora será?

 

JULIO.- Las doce.

 

FRODIS.- ¿De la noche? ¿Es posible que sean las doce de la noche?

 

JULIO.- No sé. Mi reloj es de agujas. Recuerdo de mi padre, que lo heredó de su padre, que lo heredó de su padre, que lo heredó de su padre....

 

 

                                   Lentamente, oscuro y telón.

 

Eladio de Pablo epablo@telecable.es 

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