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  LAS SOMBRAS CAMINAN MUY LENTO

 de ROGELIO BORRA GARCÍA

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

 

LAS SOMBRAS CAMINAN MUY LENTO

 

Casa clandestina en una pequeña ciudad de provincia.

Un cuarto sin ventanas, dominado por el caos de prendas de vestir desparramadas, pilas de diarios por el suelo, cajas vacías, cajones de bebidas cubiertos por lienzos o arpilleras...

Una sola puerta; puerta sólida de madera, en el centro de la escena y al fondo. Debe pesar en el ambiente, tener una presencia ineludible.

Trabajar el ámbito escenográfico sobre cámara negra, de modo que la puerta y su correspondiente marco queden en el centro de la escena, delimitando la zona del cuarto con el uso apropiado de la iluminación.

Es de noche. Un calor húmedo impregna el ambiente.

La luz debe ser mortecina, extraña. Pareciera como si en el cuarto flotara una bruma difusa, casi imperceptible.

En un extremo, circundado por un viejo biombo o simplemente una cortina, se destaca un rincón que hace las veces de rústico vestidor, en donde abundan vestidos colgados de perchas, pañuelos, zapatos mezclados en el piso, etc. Este reducido sector está abierto al espectador, pero guarda cierta intimidad con el resto del cuarto.

Debemos imaginar un espejo que abarque todo el proscenio, toda la boca de escena, un muro-espejo, de modo que los personajes se miren en ese espejo, de cara al público.

 

LILA:  Bordea los treinta, pero tiene el aspecto de haber vivido una eternidad. Tiene la cara lavada, el pelo sin peinar, profundas ojeras sobre una marcada palidez. Debe resultar frágil, vulnerable aún cuando act­úe con agresividad.

LILA esta apoyada en la puerta, mirando al techo. Puede vestir una bata gastada, del tipo que usan los artistas circenses o simplemente una enagua.

 

SUSI: Está sentada al lado de una mesa rebosante de cosméticos y elementos de maquillaje de poca calidad. Trata de calzarse unos zapatos flamantes que le son chicos, ensayando olvidar el dolor que le producen esos zapatos demasiados estilizados para sus pies habituados al calzado barato y sudoroso. Lleva un descolorido batón de entrecasa, muchas pulseras y aros argollas. Ya se ha maquillado y puede advertirse, por sus contoneos y poses, que la coquetería le es natural.

SUSI tiene una edad que deambula indecisa entre los cuarenta y cuarenta y cinco. Ella jamás confesará su edad.

Entre interjecciones y suspiros, SUSI estará cantando “Garúa”  de Enrique Cadícamo.

 

ANTONELLA: Está en el vestidor bajo una luz tenue. Se termina de vestir. Es una joven de apariencia angelical y candorosa, muy a pesar suyo. Flaca y algo desgarbada, está ocupada en rellenarse el busto con trapos viejos bajo el vestido. Se mira al espejo un momento. Los trapos no la convencen y se los saca, tirándolos a un rincón con aire de rabieta infantil. Vuelve a mirarse: su busto plano, su aspecto que detesta. Tiene el pelo largo, rubio, cuidado, lo mas cuidado de su persona. Ella está orgullosa de su pelo, ensaya qué hacer con él, sin que nada la satisfaga.

De pronto, al volver a mirarse y recorrer su cuerpo menudo con sus manos, la invade una súbita tristeza. Se sienta despacio en un cajón vacío, apoya sus codos en sus rodillas y su mentón entre sus manos. Allí queda, pensativa y triste, mirando de reojo el jean que acaba de quitarse y que está colgado en una percha oscilante... -

 

 

LAS SOMBRAS CAMINAN MUY LENTO

 

ACTO ÚNICO

 

LILA: (Percibe de pronto un sonido exterior, sólo ella lo oye) Sentí. Está pasando el camión regador. ¿Lo oís? (SUSI, preocupada por sus zapatos nuevos, apenas si masculla algo) Ya debe ser de noche, bien de noche. El camión regador pasa por acá cuando ya es de noche. Recién, me pareció que llovía... creí que llovía, ya me había puesto contenta... Pero era el camión regador... Ah, ¡cómo me gustaría manejar un camión regador!

 

SUSI: (Aún en lo suyo) Ja, estás loca!

 

LILA: Me gusta el olor de la tierra mojada, de la tierra limpia, el ruido del agua cayendo sobre la tierra... Cuando llueve, todo es como si oliera a limpio. Todo se limpia, hasta que se vuelve a ensuciar, esperando otra lluvia...

 

SUSI: (Vencida y fastidiada) Ay, no puedo y no puedo, me aprietan estas... ¡porquerías! (Se quita un zapato y lo arroja al suelo) ¿Por qué no me calzan? Son de mi número y no me calzan, no entiendo.

 

LILA: (Sutilmente burlona) ¿No serán zapatos para pies delgados?

 

SUSI: (Ofendida) Son zapatos para quien se los compre. Lo que pasa es que tengo los pies hinchados, últimamente orino tan poco, me hincho por todos lados. Si no fuera tan tarde, pondría los pies en una palangana con agua y bicarbonato: ¡Santo remedio! (Se quita el otro zapato)

 

LILA: (Va hasta una mesa desbordante de trapos y cachivaches) ¿Vendrán muchos hoy?

 

SUSI: Creo que sí. Es viernes y es la fiesta del pueblo. ¿No fuiste a la procesión, anoche?

 

LILA: ¡Sos loca!

 

SUSI: Había mucha gente. Y esta noche hacen un acto en la plaza, hasta el gobernador venía.

 

LILA: (Sonríe) Aquí? (Sus ojos están fijos en una botella de whisky barato que saca de entre unos trapos)

 

SUSI: ¡Al pueblo, pava! (Ríe) Aquí, ¿te imaginás al gobernador...? (La idea le causa mucha gracia)

 

LILA: (Agarra un vaso y empieza a servirse whisky) ¿Y por qué no?

 

SUSI: Sí, por qué no, él también  lo hará. Porque sea gobernador no va a guardar vigilia. (Ríe y la descubre con el vaso, se levanta de un salto y va para sacárselo) Lila, ché dijiste que no ibas a volver a ...!

 

LILA: (La evita y va hasta una de las butacas) Un trago, nada más.

 

SUSI: (Levanta la botella) La tenías escondida. Me mentiste, dijiste que habías tirado la botella.

 

LILA: No jodás (Se sienta desgarbada)

 

SUSI: No vas a empezar como antes, a hacer locuras.

 

LILA: Ninguna locura. Hoy tengo que tomar, tengo que... festejar. Hoy se cumple el aniversario de la muerte de Ariel.

 

SUSI: (Silencio, mientras se sienta lentamente, mirándose al espejo) Un año... ya... (Parece muy cansada, se toca el rostro y no puede evitar meditar sobre el tiempo y su paso inexorable.)

 

( Silencio entre las dos. Hasta que LILA empieza a tararear el Danubio Azul, balanceando el vaso, se pone de pie y empieza a bailar. SUSI menea la cabeza al compás, cuando se da cuenta de lo que hace, ríe y se une con ella al vals. En el cubículo, ANTONELLA tararea la melodía)

 

SUSI: (Riendo) Con ese Danubio, me parece que tengo quince pirulos.

 

( LILA se tienta, ríen por lo bajo las dos. Se miran un instante. Llega hasta ellas el tarareo suave de ANTONELLA en el cubículo)

 

LILA: Ché, ¿y la piba?

 

SUSI:  (A voz en cuello) Eh! Te moriste ahí adentro?

 

( ANTONELLA, sorprendida tan abruptamente, se sobresalta y calla)

 

LILA: (Oye el silencio del cubículo, a Susi) Es como yo te dije: se arrepintió.

 

SUSI: (Grita de nuevo) ¿Vas a quedarte ahí hasta navidad?

 

(ANTONELLA no se decide a salir, gesto con las manos de “cómo hincha”.)

 

SUSI: (Guiño a LILA, que bebe) Mirá que ya empezaron a llegar clientes.

 

(ANTONELLA, inquieta y urgente, se examina por última vez al espejo, desprecia sus senos pequeños, se compone y abandona el cuchitril)

 

(Se apaga la luz tenue del cubículo)

 

ANTONELLA:  ¿Ya me toca a mí?

 

SUSI: (La mira, se levanta y la rodea; le dice a LILA) ¿Y ésta? Mirá el vestido que se puso.

 

ANTONELLA: ¿Qué pasa, me queda mal?

 

LILA: Ese vestido es mío.

 

ANTONELLA: (Confundida) Es... ¿es tuyo? Bueno, yo qué sabía. Ustedes me dijeron que me ponga lo que más me guste. Y yo...

 

LILA: ¿Te gusta?

 

ANTONELLA: ¿El vestido? (Se encoge de hombros) Sí... ¿me lo saco?

 

LILA: No. (Se pone de pie y camina hasta la mesa; se apoya ahí)

 

ANTONELLA: (Mira a LILA, aún confundida; trata de disimular, fingir tranquilidad cuando sólo es una frágil nave en un mar oscilante) ¿Y los clientes? ¿No hay clientes ya?

 

SUSI: No, es temprano. Los parroquianos van a venir tarde hoy. Hay joda en la plaza, viene una banda y habla el gobernador.

 

LILA: ¿Por qué no estás ahí, vos?

 

ANTONELLA: ¿Yo? ¿Qué voy a hacer en la plaza? ¿Abrir la boca? (Se sienta, fascinada por todos los elementos de maquillaje) ¡Uy! Me puedo pintar, ¿no?

 

SUSI:  (Mira a LILA; se sienta junto a ANTONELLA) ¿Y sabés pintarte?

 

ANTONELLA: ¡Claro! Tengo 18, ¿qué te creés?

 

SUSI: ¿Qué me creo? Que nos estas macaneando, eso creo. Mira, piba, desde ya si la cana nos pesca in fraganti, sonamos, vamos todos al calabozo. Como la cana nos conoce, en una de esas, en un día o dos salimos... Pero si agarran laburando a una menor...

 

ANTONELLA: ¿Quién es menor?

 

SUSI: Yo no. ¿Y vos, Lila?

 

LILA: La turca está loca. Traer a una menor...

 

SUSI: No sos de por acá, nena. ¿De dónde saliste?

 

ANTONELLA: ¡Yo no soy menor! ¡Tengo 18!

 

SUSI:  La Turca anda diciendo que tenés 14.

 

ANTONELLA: (Se pone de pie, gira para que SUSI la mire) ¡Mirá! ¡Miráme bien! ¿A vos te parece que tengo 14, con el cuerpo que tengo? (SUSI ríe divertida) ¿De que te reís?

 

LILA: ¿Por qué no estás con tu familia?

 

ANTONELLA: ¿Qué familia...? (Se sienta lentamente)

 

LILA: Tu madre, algún hermano, alguien...?

 

ANTONELLA: (Se encoge de hombros) Yo tengo ganas de estar aquí. (Busca y elige un lápiz labial; SUSI la observa divertida) ¿Tengo monos en la cara? Me ponés nerviosa. ¿Qué color es éste? (Mira la etiqueta del lápiz labial)

 

SUSI: (Con ironía) ¿Sabés leer?

 

ANTONELLA: (La mira con autosuficiencia y lee luego con dificultad) ´´Ce-re-za´´. Este me gusta. (Se pinta)

 

SUSI: (A LILA) Sabe leer y todo.

 

LILA: Tendrías que estar en una escuela.

 

ANTONELLA: ¿Y por qué no estás vos?

 

SUSI: ¡Pero mirála a la encocorada ésta! Si mi hija me contesta alguna vez en esa forma, le encajo un sopapo que no me va a pedir otro.

 

ANTONELLA: (Algo extrañada, deja de pintarse) Ah, tenés una hija.

 

SUSI: Si, pero va a estudiar y va a ser maestra.

 

ANTONELLA: (Le resta importancia y sigue con la pintura) Mirá vos.

 

SUSI: Algo que todas las chicas debieran hacer.

 

ANTONELLA: Uff! ¡Se llenaría de maestras por todos lados! (Ríe; la gracia solo le cae a ella; mira a las dos, observa la impasibilidad de ambas y sigue pintándose)

 

LILA: A tu edad, yo estaba de pupila en un colegio de monjas.

 

SUSI: ¡Dejáte de joder!

 

LILA: Susi nunca me quiere creer. Pero yo era una de las mejores alumnas, con notas destacadas y cuadro de honor. Las monjas hasta me hacían dictar catecismo a los pibes. Yo me sabía el Credo de memoria y nadie como yo para cantar en las misas. Pero a mí lo que más me gustaba era ir a la capilla del colegio, cuando no había nadie, me gustaba detenerme frente a las figuras de los santos y las vírgenes; me parecía que si yo las miraba fijamente durante mucho rato, descubriría que ellas se movían, que pestañaban y respiraban también... Había una que me impresionaba, parecía real, tenía el pelo negro y muy suave y sus ojos estaban siempre brillosos, como si estuvieran llenos de lágrimas... Era la figura de Santa Rosa... Yo... Una vez, estando yo frente a ella, cerró los ojos y un montón de lágrimas le cayeron por las mejillas (SUSI se persigna; ANTONELLA detiene sus movimientos) Salí corriendo, llorando como una desgraciada, y en los pasillos me choqué con una de las hermanas. Yo estaba ... casi no podía respirar ni hablar, pero ella, la monja, me sacudía y me gritaba que le dijera qué era lo que yo había hecho... Le... le conté. Y la monja me agarró de un brazo y me arrastró hasta la capilla; me enfrentó a la virgen y me gritó que ésa era una estatua y que nunca, nunca podría moverse ni derramar lágrimas, porque era nada más que una estatua, una miserable figura de cera... Desde entonces, no he podido volver a entrar a una iglesia. No he podido superar la idea de estar rezándole a un montón de... miserables... estatuas de cera. (Visiblemente afectada, se sirve otro vaso de whisky barato)

 

SUSI: Dijiste que ibas a tomar uno y ya van dos.

 

LILA: Bah, dejá de romper. (A ANTONELLA) A lo mejor, la chica quiere un trago.

 

ANTONELLA: (Piensa, mira el vaso, parece decidida) Bueno, por qué no. (Bebe del vaso que le tiende LILA, bebe de golpe, con un gesto de asco y devuelve el vaso de inmediato, ante la risa de SUSI) ¿Qué tomás? ¿Bencina?

 

LILA:  Tomo lo único que se puede comprar con poca plata.

 

ANTONELLA: ¿No contaste recién que estabas pupila y que sé yo? Para eso hay que tener plata.

 

LILA: Sí, yo tuve, tuve mucha plata.

 

ANTONELLA: ¿Y qué pasó? ¿Te fundiste?

 

SUSI: Oíme, piba, y a vos qué te importa? ¿Quién te pregunta algo a vos?

 

ANTONELLA: (Que observa a LILA y haciendo caso omiso de las palabras de SUSI) Tenés pinta de tipa de plata . Podrías estar en cualquiera de esas casa del barrio residencial, con una copa con vino bueno, tres cuartos, y uno de esos camisones como las minas del cine... ¿Qué hacés acá?

 

LILA: ¿Qué hacés vos acá? (Le arrebata el lápiz labial) ¿Qué hacés vos acá? ¡Esto no es jugar! ¡No es ponerse un vestidito de loca y meterse pintura en la geta! Cuando llegue un tipo y tengas que ir con él, aunque te dé asco su olor a chiquero, aunque te duelan esos dedos que te tocan, que no te respetan porque estás acá para que no te respeten... Cuando llegue ese momento, te darás cuenta de que esto no es un juego, no, ¡es un pozo del que no se sale más!

 

SUSI: Bueno, Lila, ya empezás con tus historias. Tampoco es para tanto, ché!

 

LILA: ¿Le vas a decir que acá puede sentirse como en su casa? ¿Que somos todos, la Turca, el Mono, la Clarita, vos, yo y ésta, una gran familia?

 

SUSI: (Se retoca el colorete) Yo conozco a la mayoría de los tipos que vienen. Los conozco a todos porque éste es un pueblo chico, todos viven cerca, todos conocen a todos. Vos andás por la calle y ellos no te molestan; te saludan con amabilidad o te saludan simplemente. Nadie va a faltarte el respeto, si vos no querés; nadie va a insultarte por la calle, no tienen por qué. Yo, qué querés que te diga, vos hablás muy lindo, Lila, pero yo no me siento en ningún pozo, como vos decís siempre. Lo que pasa es que el whisky...

 

LILA: Bueno, si esta vida es tan linda como a vos te parece, que esperás para traer acá a tu nena, así no se va a aburrir estudiando de...

 

SUSI: ¡Pará! ¡Yo soy yo y mi hija es mi hija! Yo elegí hacer esto. A veces, no te quedan muchas cosas para elegir. Yo con “esto” voy a criar a mi hija y con “esto” la voy a hacer estudiar.

 

ANTONELLA: Entonces, se debe sacar mucha plata.

 

LILA: (Enfrenta a ANTONELLA) Si buscabas un sueldo, por qué no se te ocurrió lavar pisos o cuidar el crío de alguien o atender la panadería o la verdulería de fulano o mengano?

 

SUSI: A veces, la vida te obliga.

 

LILA: ¡Que conteste ella!

 

SUSI: ¿Y por qué no contestás vos? ¿Por qué no estás atendiendo una verdulería o dando catecismo a los chicos ricos, ya que ésa era tu especialidad? ¿Qué estás haciendo vos acá, éh?

 

LILA: (Turbada) Yo... lo mío es transitorio, sí... es una cosa temporaria... (Se sienta y bebe en silencio, ocupada en pensamientos lejanos; de repente mira a ANTONELLA) Y vos... ¿cómo te llamás?

 

ANTONELLA: (Fastidiada) ¿Yo? ¿Para qué querés saber? Mi nombre es feo, no me gusta.

 

LILA: ¿Cuál es?

 

ANTONELLA: Yo te lo digo, pero... lo que pasa es que así se llamaba mi nona y yo.... A mí no me gusta, pero...

 

SUSI: ¡Cuánta historia para decir un nombre!

 

ANTONELLA: (Con vergüenza) Antonella. Antonella me llamo. (Golpea la mesa) ¡Da asco!

 

LILA: (Como si se pusiese a volar, de repente) ´´Antonella´´... ´´Antonella´´... Es muy dulce: ´´Antonella´´... (De pie, revolotea por el cuarto) ¡Se va el barco, Antonella! ¡Te lleva con él a la Argentina! ¡A la tierra prometida! ¡A la tierra próspera! ¡Donde el trigo es alto como el ombú! ¡Donde los girasoles son de oro y el vino sale de las canillas! ¡Se va el barco, Antonella! ¡Chau, chau, bambina! ¡Feliche morte! (Rompe en abrupta carcajada)

 

(A lo largo del delirio, ANTONELLA la mira azorada; SUSI, con un dedo en la sien dice que “está loca” y le resta importancia, como si esos arrebatos histriónicos fuesen naturales en LILA)

 

(LILA cae extenuada en una silla, bebe otro poco, hasta serenar su risa)

 

LILA: Yo soy nieta de italianos, de esos que vinieron de la Italia en barco, esperando encontrar acá no sé qué cosa. A mi nona la casaron a los 13 años, con un viejo de 40, que vendría a ser mi abuelo... (Se incorpora y mira fijamente a ANTONELLA, bien de cerca con irónica crueldad) ¿Por qué ponés esa carita? ¿No te gustaría acostarte con un viejo como mi abuelo?

 

(ANTONELLA vuelve su atención a SUSI, que continua acicalándose, olvidando a LILA)

 

ANTONELLA: Decime: ¿Los sábados tenemos libres?

 

SUSI: ¡Pero, querida! ¡Es la noche que más laburamos!.

 

ANTONELLA: ¿Y qué noche tenemos libre?

 

SUSI: La Turca cierra los jueves, porque dice que es un día de veda.

 

ANTONELLA: (Protesta) ¡Yo los sábados voy a bailar!

 

SUSI: ¿Sabés bailar?

 

ANTONELLA: ¡Cómo no voy a saber bailar!

 

SUSI: ¿Cumbias?

 

ANTONELLA: Claro.

 

SUSI: Y lo moderno, así, como se baila ahora?

 

ANTONELLA: También, ¿que te creés?

 

LILA: ¿Y tango? (Su pregunta es tajante; es una herida, como para la misma LILA)

 

ANTONELLA: (Parpadeante) ¿Tango...? No... no, ¿quién baila tango?

 

LILA: Ariel bailaba tango. Decía que él bailaba igual que Valentino. Y yo pensaba: ¿Quién carajo será ese Valentino? Yo sabía de Gardel, de Julio Sosa, de... pero de Valentino... (Está como abandonada, bebe y habla en el linde de la incoherencia)

 

SUSI: Lila, es mejor que dejés de hablar y te cambiés. Ya es tarde.

 

LILA: Sí, es tarde...

 

SUSI: Si seguís chupando, la Turca te va a echar. ¡Así no podes trabajar!

 

LILA: No, querida, la Turca a mí no me hecha. No le conviene. Muchos vienen por mí, porque saben que estoy yo. Porque saben que cuando me entrego a unos brazos, me entrego con todo. Me hundo con cada uno de los que vienen.

¡Me hundo! ¡Bien hondo!

 

SUSI: Bueno, hundíte! Pero pará de gritar, ché! Se va a aparecer la Turca y nos va a sacar tarjeta colorada a todas.

 

LILA: (Con dolorosa convicción) Nooo, a mí no, ¡a mí no!

 

SUSI: Bueno, a vos no. Qué cosa que cuando empezas a... Ay, Dios, qué cosa.

No sé que zapatos ponerme. (Busca en el suelo, saltando de un tema a otro sin transición)

 

ANTONELLA: ¿Y esos tan nuevitos?

 

SUSI: ¡No! ¡Me revientan los callos! Ay, si habré sufrido a causa de mis callos, cuando laburaba allá en la ruta.

 

ANTONELLA: (Muy interesada) ¿También fuiste rutera?

 

SUSI: No digas “rutera” como si fuera un oficio más. Esa es una ocupación muy difícil, querida, muy difícil. Andar vagando a la intemperie, aguantando el viento, la lluvia, los solazos de Enero... y corriendo el riesgo de toparte con algún loco de esos que... Ah, pero tiene su parte linda: ¡Los camioneros! Mirá, yo adoro a los camioneros, a todos. Son... son el hombre ideal. Yo tomaba mates con ellos. Y algunas veces, muchas veces, les cocinaba a la orilla del camino con un calentador viejo y una cacerola abollada, me hacía cada guiso que otros camioneros paraban atraídos por el aroma, como los perros, y yo tenía que agregar más cosas al guiso, para que alcanzara para todos, y comíamos todos juntos, a la orilla del camino y... ¡Ay, era tan lindo! Había un morocho que cantaba y tocaba la guitarra. ¡Tenía una voz ese desgraciado! Tan... tan suave era la voz que tenía, que yo me apoyaba en el hombro del que tenía mas cerca y me quedaba ahí, quietita, como dormida, y me acordaba de mi casa, de mi familia... ¡Era tan lindo! Yo estuve a punto de casarme con un camionero. En serio. Se llamaba Oscar, “El Cachi”... Nos íbamos a ir a vivir a Misiones. Él quería que yo conociera las cataratas, porque yo le había contado que soñaba con ver esas cataratas tan grandes, tan lindas, quería saber si eran como uno las veía en los almanaques. Y él decía que quería que yo las conociera, que eran más lindas que en los almanaques... Pero... “El Cachi” se tuvo que casar con otra, con la novia supongo, eso fue lo que me contaron otros camioneros, que se tuvo que casar de apuro... ¡Y bueno! Una no puede tener toda la suerte del mundo. ¡Qué le vamos a hacer! Pero los camioneros... aah, son los hombres más buenos y más... cariñosos que conocí... en toda mi vida! (pausa)

 

ANTONELLA: (Meditando) Y bueno... si esto no me gusta, pruebo de rutera.

 

LILA: (Mira a ANTONELLA y empieza a reír) ¡Esta tiene la azotea llena de pajaritos! Está loca, ¡bien loca!

 

ANTONELLA: ¿Y por casa? (Se prueba una peluca)

 

LILA: “Casa”... Oíste, Susi, oíste lo que dijo ésta? “Casa”... Que... que... linda palabrita, no? Tendría que ser una mala palabra: “Casa”...

 

SUSI: Dále, Lila, cortála y empezá a vestirte.

 

LILA: (A ANTONELLA, en su cara) ¿Vos tenés “casa”?

 

ANTONELLA: Claro, ésta.

 

LILA: ¡Casa! ¡Casa! ¡Tú casa! ¡El lugar decente adonde vivís!

 

SUSI: Lila, por qué no la dejás tranquila? No te das cuenta que...

 

LILA: Quiero abrirle los ojos! Ella tiene que darse cuenta de...

 

SUSI: Nadie la obliga, ché...!

 

LILA: ¡Es muy chica!

 

SUSI: ¡Ya crecerá!

 

LILA: ¡Es muy chica Susi!

 

SUSI: ¡Ella quiere hacerlo!

 

LILA: ¡Es muy chica!

 

ANTONELLA: ¡No soy chica! ¡Tengo 18!

 

LILA: Qué... qué viniste a buscar aquí!?

 

ANTONELLA: ¿A buscar? Nada.

 

SUSI: Dejála, Lila. Ella eligió.

 

LILA: ¿Eligió? ¡Eligió! ¿Cómo puede elegir? Dirías lo mismo, así tan oronda: “Ella eligió”, si ésta fuera tu hija?!

 

ANTONELLA: ¡Yo no quiero ser maestra!

 

LILA: (La encara, fuera de sí) Ah, no? Y qué querés ser?!

 

ANTONELLA: Después de esto, cuando sea más grande y me crezcan un poco, voy a ser artista... ¡Artista de cine! Quiero actuar en muchas películas y que mi foto esté ahí, enorme, pegada en el vidrio de la puerta del cine, para que todos lo que pasen por la vereda me vean y digan: “Mirála a la Antonella, quién iba a pensar que se iba a ser famosa...” Y quiero también que un día, cuando mi vieja abra una revista, vea mi foto ahí, toda desnuda, llena de hombres por todos lados... Quiero que ella vea esa foto. Así aprende que muchas cosas duelen, duelen de veras, acá adentro. (Se golpea el pecho; suspira, se mira otra vez su busto pequeño y trata inútilmente de variar el tono triste de su voz:) Si por lo menos las tuviera más grandes.

 

SUSI: Ya te van a crecer, yo tengo una pomada que... O podés operarte, como las artistas. Dicen que no duele. Yo tengo una amiga que no es artista pero se operó, y me contó que no duele, que es como sacarse una muela y que después quedan bien, aunque no hay que mojarlas mucho con agua caliente.

 

ANTONELLA: ¿Por?

 

SUSI: Se te achucharran. (Cacarea. ANTONELLA ríe con ganas. LILA se sirve otra vez y SUSI la ve) Ché, Lila, pará la mano con el trago. ¡Se va a chivar la Turca!

 

LILA: Dejáme. Hoy quizás no trabaje. Hoy tengo que dedicarme a recordar lo que no puedo olvidar. (Se pone la peluca que dejara ANTONELLA y juega a diversas personalidades a lo largo del parlamento que dice con doloroso tono) “Olvidar... puede ser tan necesario como recordar”. Me lo escribió Ariel en una tarjetita, cuando me regaló una cajita de música que tenía espejitos y una muñequita con tutú, que daba vueltas y vueltas y vueltas al compás del Danubio Azul. Cuántas noches me habré roto el bocho tratando de entender lo que me gritaba desde aquel papelito: “Olvidar...  puede ser tan necesario como Recordar”. Cuántas noches me habré dormido con el Danubio Azul, soñando que yo era la muñequita que daba vueltas y vueltas, sin poder parar nunca, nunca, nunca... mientras miraba en los espejitos mi tutú rosado y mi cara de estúpida ! (Se quita la peluca con violencia, aferra a ANTONELLA de un brazo y la conduce al interior del cubículo. Se enciende la luz tenue del cubículo y  se apagan las del cuarto, donde SUSI comienza a vestirse) Vení, vení, quiero hablar con vos... Vení, acá adentro, donde estemos solas las dos... Hoy estoy como un tigre enjaulado, ¿viste alguna vez alguno? Bueno, hoy es el aniversario de... No importa, vos no lo conociste. Yo nunca estoy así ...Yo ... Tengo ganas de hablar. ¿Vos no ?

 

ANTONELLA: (Totalmente confundida) No sé .

 

LILA: Yo necesito hablar con alguien. Estoy muy sola . Todos me han dejado sola. Mi familia, Ariel... Murieron. Todos. Todos murieron . Me dejaron  sola . Ariel y todos. Sola ...

 

ANTONELLA: ¿Por qué te ponés así ? Si te hace mal acordarte de eso, por qué no hacés como yo ? Yo cierro fuerte los ojos, los aprieto bien fuerte, y pienso en pavadas, en cualquier cosa. ¿Por qué no probás?

 

LILA: Yo no puedo. Yo sé que no puedo. ¡ Qué alivio sentiría si pudiera sacarme todo lo que tengo adentro ! Es una cosa que me asfixia, me aplasta... Si fuera posible alcanzar mi redención...

 

ANTONELLA: No entiendo, si me hablás en difícil...

 

LILA: Empezar otra vez, como así... Ah, no importa. Hablemos de vos. Contáme: ¿Te enamoraste alguna vez ?

 

ANTONELLA: Vos decís... ¿si tuve novio ?

 

LILA: Sí.

 

ANTONELLA: Uno. Uno solo. Pretendientes un montón. Pero yo lo quería a él.

 

LILA: ¿ Cómo se llamaba ?

 

ANTONELLA: Ricardo.

 

LILA: Cristo, no tengo fuego para encender mi cigarrillo. No me di cuenta que estaba apagado... ¿ Cómo me dijiste que se llamaba  ?

 

ANTONELLA: Ricardo.

 

LILA: ¿ Te besó alguna vez  ?

 

ANTONELLA: ¿Tengo  que  contarte... ? (Con picardía)

 

LILA: Dále , dále, contáme. ¿ Te besó ?

 

ANTONELLA: (Se apoya en la pared, recordando arrobada) Una tarde nos fugamos en bicicleta. Nos fuimos muy lejos, hasta una casita abandonada que estaba en el medio de un campo. Nunca había visto una casita como ésa. Era... era como ésas que dibujan en los libros de cuentos. Se llegaba por un caminito angosto, tan angosto que apenas pasaba la rueda de la bicicleta. Queríamos quedarnos a vivir en la casita... ( Se detiene de pronto, mira a LILA y baja la cabeza.)

 

LILA: Y?

 

ANTONELLA: (Se encoge de hombros) Y ?

 

LILA: Qué más?

 

ANTONELLA: Nada más.

 

LILA: Cómo nada más ?

 

ANTONELLA:  Y no, nada más. Me gustaría volver a la casita, pero yo no me acuerdo el camino para llegar, y sola no podría encontrarla otra vez.

 

LILA: Y él ? Y el chico ?

 

ANTONELLA: (Pausa, juguetea con algo) No me dio más bolilla.

 

LILA: Pero vos lo querés todavía ?

 

ANTONELLA: Me da vergüenza  hablar de estas cosas.

 

LILA: Vergüenza !   Y estas acá ? !

 

ANTONELLA: Yo sé lo que hago !

 

LILA: Sabés ! (La aferra de los brazos) Sabés lo que estás haciendo ? Te hundís conmigo, con  Susi,  ¡con toda esta mugre! ¡ Te vas al pozo conmigo ! (Reacciona y suelta a ANTONELLA) Perdóname. Fui muy bruta. Yo quería... ¿ Te hice mal ? Es que me hacés acordar cuando yo era chica y todos decían que parecía una muñequita de porcelana... Y ahora ... ¡ Y ahora ! (Solloza)

 

ANTONELLA: Uy, no ! Uy ,no, por favor ! No aguanto que alguien llore. ¡ Pará !

 

LILA: Si tuviera un fósforo para encender mi cigarrillo.

 

ANTONELLA: Voy al bar, a buscarte fósforos.

 

LILA: ¡ No ! ¡ No vayas ! ¡ Ya habrán empezado a llegar !

 

ANTONELLA: Ya ?

 

LILA: Le van a preguntar a la Turca si tiene algo nuevo.

 

ANTONELLA: ¡ Yo soy lo nuevo !

 

LILA:( La sacude) ¡Estúpida! ¿Tenés la cabeza llena de qué? ¿O la tenés bien vacía?

 

ANTONELLA: ¡Yo soy dueña de hacer lo que quiera!

 

LILA: Me gustaría presentarte a los tipos que vienen acá, uno por uno, ¿creés que alguno se parecerá a ese chico, Ricardo?

 

ANTONELLA: ¡No quiero que se parezca a él!

 

LILA: Están sudorosos. Algunos usan perfumes, sí, pero dan todavía más asco. ¿Y el aliento? Tabaco o vino o cosas peores. ¿Y los pibes? Porque también vienen pibes acá, a terminar de criarse. Y a veces, algunos viejos traen a sus parientes mogólicos, para que una les de un poco de sosiego...

 

ANTONELLA: ¡Calláte! ¡No me vas a asustar con nada de lo que me digas! ¡Yo ya decidí, yo elegí y me quedo!

 

LILA: (Triunfante) Lo que pasa es que estás asustada y no lo querés demostrar... Ya estás asustada.

 

ANTONELLA: ¿Por qué no me dejás tranquila? Le voy a contar todo a la Turca, para que te eche.

 

LILA: Estás tan sola y asustada; estoy segura que ni casa tenés, no tenés adonde ir... (La acorrala contra la pared)

 

ANTONELLA: ¡Eso no te importa! ¡Dejáme! ¡Quiero salir!

 

LILA: ¡No, no! ¡No te vayas! Yo te hablo así, porque no tenés a nadie. Y alguien tiene que salvarte. ¡Alguien puede lograr tu redención!

 

ANTONELLA: Por qué hablas con tantas palabras que no entiendo. ¡Me mareás!

 

LILA: Sí, es cierto, vamos a contarnos cosas lindas. No, no te vayas, Antonella, tu barco ya se fue... (Sonríe) ¿Te quedás conmigo?

 

ANTONELLA: Quiero empezar a trabajar. Estoy apurada porque quiero tener plata. ¡Estoy seca!

 

LILA: Yo te presto, ¿cuál es el problema? Es larga la noche y no es conveniente que te canses tan temprano. Te dije que tenía que hablar con alguien, si vamos a ser compañeras, tenés que escucharme, Antonella.

 

ANTONELLA: Es que mucho no te entiendo.

 

LILA: (Súbitamente, le toca las mejillas) Tenés una hermosa boca... Una boca todavía fresca... ¿Cuándo te dieron el primer beso? ¿Ayer?

 

ANTONELLA: (Le quita la mano) No, hace mucho.

 

LILA: Pero cuándo, cómo?

 

ANTONELLA: Qué se yo, no me acuerdo.

 

LILA: ¿ Cómo podés olvidar esas cosas? Yo estaba viendo pasar el corso: las carrozas luminosas, chicos que bailaban en la calle, una multitud agitada que iba y venía... Yo estaba aturdida por tantas luces y tantas voces... Y de repente, de la muchedumbre, salió un chico vestido de Arlequín, se acerco a mí, me miró un momento a los ojos... y me dio un beso. Mi primer beso. Después, volvió a perderse entre la gente.

 

ANTONELLA: Y no volviste a verlo, nunca más?

 

LILA: No es fácil volver a ver un chico en traje de Arlequín que roba besos en la calle. Ese fue mi primer desengaño de... amor.

 

ANTONELLA: Si ni siquiera sabías quién era.

 

LILA: Tampoco sabía quién era Ariel. Y lo quise tan locamente. Tan locamente...

 

ANTONELLA: Qué pasó ? Murió ?

 

LILA: Sí, murió. Era un chico, un chico desprotegido y tierno, quizás demasiado tierno, demasiado suave... Nos encontramos un día. Los dos habíamos empezado a quedarnos solos en este mundo. Y me deslumbré. El fue como una luz, entendés ? Una luz muy intensa y cegadora que... ¡ plof ! explotó en medio de todas las tristezas que me estaban rodeando. Me encegueció esa luz. Desapareció todo lo que estaba a mi alrededor. Y empecé a creer que podía ser feliz, que siempre había una oportunidad para todos y que ésa era mi oportunidad... Empecé a creer en Dios, que no era un miserable figura de cera, no, era como una fuerza que venía de alguna parte, en algún momento, y que había llegado con esa luz que ... me mantenía viva... Pero había algo en ese chico suave  y ese algo me daba vueltas en la cabeza, como la muñequita del  Danubio... (Se sostiene de algo, como si repentinamente el piso cediera bajo sus pies)  Lo seguí, sí, lo seguí y... él... él se veía a escondidas con... con... otro hombre... Entonces entendí, ¡ lo entendí ! Él quería desprenderse de ese infierno y me estaba suplicando ayuda, pero yo no lo sabía, no podía saberlo... Él se aferraba a mí pero yo me aferraba a él ... y  los  dos caíamos. Nos hundíamos... ¡ sin ayudarnos ! Yo fingí no saber nada.  Fuimos a un baile, esa noche, hace un año... ¡Y no pude soportar que me abrazara! Él me estrechaba contra su traje blanco. En la pista de baile, el resplandor de los foquitos de colores en su traje blanco... Verde, azul, rojo... ¡ Todo rojo ! Y  Ariel, apretándome contra el arco iris de su traje blanco, hundiendo mi cabeza en su pecho, hasta oír su corazón, tun tun su corazón... ¡Entonces me desprendí de él y le grité! Dios mío, le grité...  “Te ví, te ví, lo sé todo... Me das asco !!!” (Aterrada, se cubre un instante el rostro; continúa luego balbuceante, desesperada en su confusión) Ariel... salió corriendo, con el miedo en los ojos... Todos nos estaban mirando, habían dejado de bailar y nos estaban mirando... Ariel desapareció entre la gente y se lo llevó todo... La luz, el arco iris, el tun tun tun tun  de su corazón... Tuvo un accidente, ¿sabés? A pocas cuadras del club. Un... creo que fue un camión... Me llamaron del hospital. Yo fui, pude verlo... Lo llevaban sobre una camilla... su traje blanco todo rojo... Ariel estaba conciente, vivo, ahogado en sangre pero vivo. De algún modo, pudo sentirme cerca, sí , porque cuando pasó su camilla junto a mí, acorralada en los pasillos del hospital, me agarró de un brazo y las enfermeras no podían despegar esos dedos de mi brazo, esos dedos que me gritaban: “¡Es tu culpa! ¡Es tu culpa!”... Hasta que las enfermeras hicieron que me soltara y salí corriendo. Pero no llegué muy lejos, no llegué a ninguna parte... Corrí hasta quedar sin aire, pero no pude, ni ese día ni nunca, dejar de sentir su mano en mi brazo... Y vine acá, hundida en un pozo de sombras, porque me quedé sin luz... para toda mi vida...

 

(LILA permanece ausente, sollozante. ANTONELLA abandona el cubículo, que queda en penumbras. Se enciende la luz del cuarto. SUSI se ha puesto zapatos viejos y se pinta las uñas. Está cantando el tango “Garúa” en voz muy baja y una entonación trágica. ANTONELLA está muy nerviosa, agarra un frasco de pintura de uñas y empieza a pintarse, caminando de un lado a otro,  pintando uñas y dedos, con una ansiedad patética.)

 

SUSI: “...Parece un pozo de sombras la noche, y yo en las sombras camino muy lento...”

 

ANTONELLA: Por qué no golpean esa puerta ? Nadie va a venir esta noche ? Por qué tardan tanto ? Nunca  va a parar de hablar ese viejo en la plaza ? Oh, no puedo ! No puedo pintarme ! Ella me puso así. Habló tanto. Dijo tantas cosas. Yo no quería escucharla. No me importa lo que le pasó, ni lo que le va a pasar. ¿Es que nadie puede dejarme tranquila ? Ella sufrió. ¿ Y quién no sufre ? Dice que está sola. Tanto lío porque está sola. Para qué necesita a alguien ? Yo estoy sola. ¿ Y qué ? Qué me calienta. ¿ Por eso voy a joder a los demás ? Yo sé que no le importo a nadie. Mejor. Hago lo que se me canta y nadie me jode. Pero yo voy a encontrar a alguien con mucha, mucha plata. Vas a ver todo lo despierta que soy. A mí no me va a pasar lo que le pasó a ella . Yo estoy curada de espanto. A mí no me agarran. Yo estoy viva, bien viva. Los demás, los otros, cualquiera... ¡ que revienten !

 

(SUSI parece no haber escuchado nada de toda esa exteriorización. Interrumpe de pronto su canto, desaparece su tono trágico para  lanzar una risotada vulgar.)

 

SUSI: Una vez vino un viejo. Pero bien viejo, éh ? Ese sí que reventó. Lo atendió Clarita, una gorda que había y que ahora se casó. Clarita contaba siempre lo del viejo. Y se mojaba los calzones de la risa. Contaba que fue una lucha tremenda apuntalar al viejo; y cuando por fin lo había conseguido, cuando por fin lo maniobraba a su antojo... ¡zás ! ¡Reventó el viejo! ¡ Sonó ! Se quedó seco ! (Ríe en convulsiones) Y otro viejo ! Já, Já... Ese sí que fue para filmarlo ! A ése sí lo atendí yo. Tenía la mosca loca el viejo. ¿Y sabés lo que me pidió? ¿Lo único que me pidió ? Que hiciera para él un... (Exagera la modulación:) “strip-tease”... Sabés lo que eso, no ?  Nada malo, no vayas a creer. Las artistas lo hacen, no todas, porque es bastante difícil. Yo... Ay, mirá, nunca me cansé tanto como esa noche... Terminaba un strip-tease y el viejo me pedía otro. Y otro. Y otro. Me puse y me saqué tantas veces los calzones esa noche, que me quedé sin elásticos ! (Ríe) Y el viejo aplaudía... Se había llevado una bolsa de manices y comía... y comía... Y yo... (Hace que se quita los calzones) ¡toda la noche ! (Ríe convulsa. ANTONELLA se siente  asqueada, tiene ganas de llorar. LILA sale del cubículo, despacio, se queda en un rincón. SUSI calma su hilaridad.) No, si a veces nos divertimos acá. No es tan grave como dice Lila. Claro, ella habla así porque eligió esto para olvidar y no puede. Yo empecé un poco por desgracia y otro poco porque me gustaba, para qué te voy a mentir. A veces nos pasan cosas tristes,  como a toda la gente. Yo nunca voy a olvidar la noche que vino un chico de trece años. Lo trajeron el viejo y unos tíos. Lo obligaron a que entrara conmigo a la pieza. ¡Pobre! Era un chico y se puso a llorar. ¡Uy, cómo lloraba ese pibe ! A  mí... yo no pude, viste. Me puse a llorar con él. Los dos sentaditos en la cama, uno en cada punta. Después, hice salir al pibe y les dije a los viejos que podían estar orgullosos: se había portado como un hombrecito... El pibe se puso colorado y salió corriendo. (Sonríe con tristeza) Volvió el pibe otra vez, después de un tiempo. Vino solo, pero seguía siendo un pibe. Y esa vez nos reímos, nos reímos mucho. Una tiene que reírse, todas las veces que puede. En cualquier momento reventás como el viejo de clarita ¿y...?  Pero vos, si querés, todavía estás a tiempo. Podés recular si  quéres. Mándarte a mudar, digo. Acá nadie te obliga. En realidad, te faltaría un tiempito, sos muy chica... En una de esas, a la hora de la verdad, te ponés a llorar como el pibe aquel.

 

ANTONELLA: (Fría, inconmovible)  Quién te dijo que voy a llorar ?

 

LILA: ( Se adelanta, masticando las palabras) Mirá, Susi, mirála, acá tenemos frente a nosotras lo que se llama una...¡ futura arrastrada llena de experiencia ! (Con brusca ferocidad) Por qué carajos no pensás un poco ?! Por qué no abrís tu cerebro y tus ojos y ves...? ¡VES ! Cerebro, querida, ¡cerebro ! Esto que tenés acá, en algún lugar de tu podrido bocho ! (La aferra)

 

SUSI: (Irritada) Por qué  no dejamos que ella haga lo que se le canta ?

 

LILA.:  Por qué no cerrás tu boquita ? ! (A ANTONELLA:) ¿ Nunca te viste en un espejo ?

¿ Nunca ? Vení, vamos a mirarnos. (Intenta enfrentarla al espejo del tocador)

 

ANTONELLA: (Lucha por librarse de ella) Por qué no me dejas de joder ? !

 

SUSI: Lila, no te parece que...

 

LILA:  ¡ Mirar ! ¡ Mirarte ! Pero no la imagen exterior solamente, no, mucho más adentro, hacia adentro, muy detrás de la piel, más allá de los ojos, muy hondo, bien a lo profundo ! Qué ves ? ! Qué ves ? !

 

(ANTONELLA se resiste con furor)

 

SUSI: (Separa con dificultad a las mujeres) Mirá lo que estás haciendo ! Qué querés ? Que se ponga a llorar como una loca y nos saquen a las tres a patadas ?(Trata de alejar a LILA de ANTONELLA)

 

LILA: Quiero que piense ! Que despierte ! Que escape ! Que pueda correr ! Más lejos que nosotras !

 

SUSI: (Empuja a LILA, ajena a toda paciencia ) ¡ Pero terminála con tantas pavadas ! Vos sos la que tenés que abrir los ojos, cerrar la boca y pensar, pero en cosas que valgan la pena. Cada uno elige la vida que puede. Vos ya no estas para dar catecismo a los nenes ricos, entendéla. ¡ Los muertos están muertos, Lila ! Vos estás respirando, vivita y coleando, hasta que “El-que-te-dije” disponga de tu osamenta. A ésta dejála, ¡ dejála !

 

LILA: (Con dolorosa máscara) No te acerqués... No... no me toqués ! (Retrocede) Creí que eras mi amiga... Susi, por qué me hablas así... Eras... eras mi amiga, eras lo único que me quedaba y me decís que... y me lastimás y...

 

SUSI: (No sabe que actitud asumir) Lila, Lila, sabés que no...

 

LILA: Yo... no tengo casa. No me queda nada. No tengo otro lugar a donde ir. Y acá estabas vos... Eras alguien para mí... Me escuchabas, me contenías y me dabas consejos... Y ahora... ¡ Estás cansada de mí !

 

SUSI: Estoy cansada de verte sufrir.  Me gustaría que... te acostumbraras a todo esto.

 

LILA: (Gesto de estupor) Te miro, te miro y me das tanta... tanta lástima...

 

SUSI: (En guardia) Que yo te doy lástima ?

 

LILA: Te miro y no puedo pensar que nunca tuviste algo hermoso en tu vida y ni siquiera sabés que lo perdiste.

 

SUSI: (Encarándola) Te gusta hablar en difícil, eh? Marear a la gente con todas esas palabras lindas que aprendiste en el “convento”. Yo te voy a responder a esa... (Exagera:) “reflexión”. Yo tuve cosas lindas, sí. Y las perdí. Y volví a tenerlas, porque todo tiene su momento, porque la vida es así y se acabó !

 

LILA: ¿Qué sabes lo que es la vida? Si estás revolcándote con uno y con otro y eso es todo lo que llena tu cabeza y tus días, arrastrándote como una...

 

SUSI: ¡Puede ser, puede ser! ¡Pero yo estoy muy bien así!

 

LILA: ¡Egoísta! ¡Ni siquiera te importa el destino de esta chica!

 

SUSI: ¡A vos tampoco te importa! ¡Lo tuyo es puro teatro! ¡Todas esas boludeces para que alguno te preste atención y te de un poco de bolilla! Ya me contó la Turca, tuvo quejas: Con algunos clientes, lo único que hiciste fue llorar y a algunos les pediste que repitieran el nombre de “Ariel, Ariel, Ariel” mientras...

 

LILA: (Grita fuera de sí y se abalanza hacia la puerta) ¡Déjenme salir! ¡Quiero salir! ¡Quiero salir!

 

(Con violenta reacción, SUSI la alcanza y le tapa la boca. Las mujeres forcejean, caen al suelo. SUSI lucha por lograr la serenidad de LILA. ANTONELLA observa la escena con estupor.)

 

SUSI: ¡Lila! ¡Lila! ¡Basta, Lila! Vos y yo sabemos que no tenemos otro lugar a donde ir. Vos y yo sabemos que no tenemos mucho que esperar, fuera de esto. ¡Es mi trabajo, Lila! ¡Y quiero tenerlo! Vos sabés: Tengo que mantener a mi nenita. ¡Lila, por favor! Quiero estar tranquila, en serio, hacer lo mío... ¡no tengo otra cosa, Lila! ¡Y vos tampoco! ¿Vas a parar de gritar?... Vamos a dejar de decirnos cosas que duelen, ¿sí? Yo soy tu amiga. Te juro que me gustaría ayudarte de otra forma. Yo te doy compañía, viste, no tengo otra cosa. Yo... te quiero mucho. Te juro que sos la única amiga que tengo y la única persona que me importa, después de mi nena... Lila, te juro... ¿Estás tranquila? ¿Sí?

 

(Libre de la presión de SUSI, LILA se sienta en el suelo, incorporándose con dificultad y mordiendo sus uñas con nerviosa ansiedad)

 

SUSI: ¿Estás calmada? ¿Sí? ¿Sí? ¿No vas a gritar? No quiero que la Turca me heche, Lila. En serio... Yo no quise... Yo te quiero. Te juro, Lila... Te lo juro por Dios

 

LILA: ¡No metas a Dios en esto!

 

(ANTONELLA ha servido un poco de whisky barato, se acerca a LILA y se inclina junto a ella, ofreciéndole el vaso. LILA la mira con cierta sorpresa, acepta el vaso y bebe con vehemencia. SUSI está despeinada, tiene el maquillaje corrido. Se arrima al espejo y se pinta con rapidez profesional; en un determinado momento, cierra los ojos frente al espejo y exhala una bocanada de aire con gesto de preocupación.)

 

SUSI: (Para sí) Tiene que haber oído. Sí, seguro que la Turca oyó el quilombo. ¡Nos hecha a todas!

 

(ANTONELLA va a incorporarse y LILA la detiene de un brazo)

 

LILA: Susi tiene miedo de dejar esto. Esto, ¿te das cuenta? No hay ventanas acá. Ni aire. Una sola puerta. Cerrada hasta que la Turca golpea y una de nosotras sale. Y después, una se mete con el tipo en otra pieza sin ventanas ni aire y cuando se termina con ese cliente, una vuelve acá otra vez... Así hasta que amanece y a veces, mucho más tarde que eso.  Esto va a ser tu casa, Antonella. (Intenta acariciarle el pelo con ternura genuina)

 

ANTONELLA: (Rehuye al contacto) No es mucho mejor que donde yo vivía.

 

LILA: Te doy mucha lástima, ¿no?

 

ANTONELLA: Muchas veces vi así a mi mamá. Se arrancaba la ropa y se lastimaba con las uñas.

 

SUSI: ¡Pobrecita! Chupaba, seguro.

 

ANTONELLA: No, era puro teatro. Yo no entiendo por qué la gente tiene que hacer cosas así.

 

LILA: A veces ayuda a... largar cosas que uno lleva adentro.

 

ANTONELLA: ¿Y los demás? ¿Los que están al lado y no tiene nada que ver? Sufren. Yo sufría. Mi papá también.

 

LILA: Entonces, ¿también tenés papá? (Ansiosa) Susi, Susi,  ¿la oíste? Te dije: esta chica no es del pueblo, quien sabe de donde la trajeron, pobre tesoro, y su familia tiene que estar buscándola. Y nosotras no hacemos nada para devolverla a su casa, para que vuelva con...

 

ANTONELLA: (La interrumpe) ¿Por qué hablás así? Hablás sin respirar. Hablás como las viudas en los velorios, como si estuvieras rezando. Claro que la gente se cansa de escucharte. A mí me cansás. ¿No entendés que no quiero volver a mi casa? Mi vieja... ella se llevaba a las patadas con mi papá. Y era porque ella tenía otro tipo... Discutían siempre, porque mi papá empezó a sospechar... Y ella terminaba las discusiones con todo ese teatro de gritos y ... Recién me pareció confundirte con ella. Te odié por eso. Te hubiera pateado ahí, en el suelo. (Pausa) No, yo a mi casa no vuelvo. Mi papá se cansó y se fue. Nos dejó. Y ella, mi vieja, no esperó mucho: se lo trajo al otro tipo a mi casa... ¡Já! ¡Todos se acomodaron la vida! Nadie pensó en mí y en mis hermanitos; tengo dos hermanitos: uno de nueve, que ya entiende todo, y otro de... ¡ Pobrecito ! ¡Las que estará pasando! Pero yo tenía que irme. No podía quedarme en esa casa; y menos, después de lo que pasó... Una tarde, me quedé sola con el tipo ése en la casa y el tipo entró a mi cuarto, cuando yo me estaba vistiendo y me... y me quiso... Yo... le tire con lo primero que agarré: ¡Una radio portátil! Se la di en la frente. ¡Lo dejé...! Casi lo mato. Pero cuando volvió mi mamá y se enteró, porque el tipo le contó quién sabe qué mentiras, me agarró de los pelos y me golpeó, me pegó tanto que si no hubiera sido por unos vecinos que vinieron a separarla de mí... Me pegó y me gritó tantas cosas, tantas cosas que... me siguen sonando acá adentro... (Se toca la cabeza) Sí, claro que sería lindo empezar otra vida, nacer de nuevo si se pudiera... (Cambia) Pero yo aguanto cualquier cosa, lo que venga, porque yo me quiero desquitar, quiero salir adelante. ¡Voy a salir adelante! Yo no voy a ir a parar a ningún pozo, ¿sabés?, sino arriba, ¡bien arriba!

 

(LILA tiene el impulso de abrazarla, pero ANTONELLA elude el contacto poniéndose de pie)

 

SUSI: (Como para salir de situación) Bueno, parece que esta noche ningún parroquiano anda con ganas. (Mirándose al espejo) ¡Madre mía, no me puedo esconder estas patas de gallo... Lila... ¡Lila! ¿No pensás arreglarte un poco la facha? Pareces esas cirujas del otro lado de la vía. ¿Y qué haces ahí en el suelo, como un pichicho? (Va hasta ella, la ayuda a ponerse de pie) Dále, mujer, levantáte. Te voy a poner un colorete nuevo que tengo, vas a ver que...

 

(Golpes urgentes y profundos en la puerta. LILA y ANTONELLA se sobresaltan. SUSI se pone alerta, abriendo una gran sonrisa)

 

SUSI: ¡Son ellos! ¡Llegaron por fin! (Abraza a LILA, la suelta, presa de gran excitación) Dale Lilita, arregláte, usá mis pinturas, que te vean linda y sin llorar. Sin llorar, eh? (Golpes otra vez) ¡Sí! ¡Ya estoy, Turca! ¡Ya voy!

 

(Saltarina, SUSI se acomoda la ropa interior, da unas palmaditas en las asentaderas de ANTONELLA y sale, riendo casi feliz. ANTONELLA se sienta en la butaca frente al espejo; hay un inocultable pánico en su rostro. LILA se acerca con pasos sonambulescos; apoya sus manos en la cabeza de ANTONELLA, ambas enfrentadas al espejo.)

 

LILA: (Con sombría voz maternal) Yo tenía este mismo pelo. Y era una chica tan débil que parecía que iba a quebrarme si alguien me tocaba. Pero el Señor de la Guadaña se sentó en el umbral de mi hermosa casa del campo y me quitó todo lo que tenía en el mundo. ¿Conocés al Señor de la Guadaña? A veces, visita la casa de la Turca, sabés. Se sienta en la mesita del fondo y observa. Nadie lo ve a él. Yo sí. Lo reconozco. Lo he visto muchas veces, hasta puedo sentir su respiración, como esta noche... No vayas con él. Aunque te prometa libertad. ¡No vayas con él!

 

(Abruptamente, se abre la puerta. Entra SUSI. Avanza, menea la cabeza y enciende un cigarrillo.)     

 

ANTONELLA: (Se anima a preguntar) ¿Tan rápido?

 

SUSI: (Se sienta, tensa) La Turca me dijo que fueras vos. Es un cliente... especial.

 

LILA: (Abraza a ANTONELLA) ¡No salgás! ¡Puede ser él!

 

SUSI: (Separa a LILA de un tirón) Lila, no empeces otra vez, ché! La Turca está rayada, ¿qué querés?, ¿qué nos eche a todas? Dijo que era un tipo de guita y que no había que hacerlo esperar.

 

ANTONELLA: (Se le enciende el gesto) ¿Un tipo de guita?

 

(ANTONELLA se arregla el pelo, el vestido, se vaporiza perfume, deshecha otra vez sus senos pequeños y se dispone a salir. De espaldas al público y a las dos mujeres, se detiene de pronto, en seco. Es una repentina, esperanzada vacilación que revive el rostro de LILA)

 

SUSI: Eh! ¿Qué hay? ¿Te entró el julepe?

 

ANTONELLA: ( Se vuelve lentamente, ruborizada) ¿Cuánto tengo que cobrar?

 

(Hay un breve silencio. Luego SUSI le da la espalda, enfrenta el tocador y le replica con voz incómoda:)

 

SUSI: Salí. La Turca te va a decir. Y dále, ¡salí!

 

(ANTONELLA gira y sale, decidida. LILA avanza hacia la puerta, la cierra; LILA queda de espaldas a SUSI y al público)

 

SUSI: (Tras una pausa) ¡Hay cada tipo en este mundo! ¡Claro! ¡Yo era vieja para su gusto! Vieja, ¿te das cuenta? ¡A algunos habría que cortarles las menudencias y tirárselas a los perros!... (Bufa fastidiada) Me puso nerviosa ese tipo. Voy a tomar unas pastillas, me está jodiendo otra vez. (Se palpa el pecho; busca en un desvencijado bolsón a su derecha)

 

SUSI: (Mientras busca) Lila, ¿no vas a arreglarte? Mirá que si entra la Turca... (Mira a LILA) Dále, ché, no nos busquemos problemas! (Revuelve nerviosa en su bolsón) ¿Dónde puse...?

 

(LILA gira lentamente, se acerca al tocador y enfrenta su gesto de estupor al espejo. SUSI, revolviendo en el carterón, no mira a LILA que está a su izquierda, pero extiende hacia ella un lápiz labial que encuentra en el revoltijo)

 

SUSI: Tomá, probáte esto... (Sigue en lo suyo)

 

(LILA toma temblorosamente el lápiz labial, empieza a pintar sus labios, suavemente, mientras canturrea una melodía que va brotando, cobrando forma, a la vez que sus movimientos se tornan crispados y el tarareo se vuelve un estribillo balbuceante y desesperado, ante la mirada angustiada de SUSI)

 

LILA: Delicio-sas criatu-ras perfuma-das...Quiero el be-so de sus bo-quitas pinta... DAS!

 

(SUSI abraza compulsivamente el talle de LILA, cuya expresión es una sonrisa desfigurada, desencajada, roja...)

 

 

(La luz disminuye. Se esfuma un segundo y vuelve, progresiva, lentamente, con la entrada de ANTONELLA. A excepción de su ropa desarreglada y de su pelo alborotado,  nada ha cambiado en ella, aparentemente)

 

ANTONELLA: (Con una sonrisa oscilante) ¿Qué miran? Ya está. ¿Tanto drama para eso? (Avanza unos pasos y saca unos billetes de su ropa) Y miren... Me dio todo esto. Claro que tengo que darle la parte a la Turca. Se lleva más de la mitad esa desgraciada. (Cuenta los billetes)

 

(LILA camina despacio hasta un rincón, allí quedará. SUSI está apoyada en el tocador, jugando inconscientemente con un cepillo, muy lejos con sus pensamientos)  

 

ANTONELLA: Pero si laburo bastante... (a SUSI) Ah, ché, después vas a tener que avivarme con algunas cosas, porque ese hombre me dijo un montón de pavadas que no entendí y no sé si me estaba diciendo cosas lindas... o de las otras. (Pausa) Sabés? Ni se dio cuenta de que las... tenía así... tan chiquitas... pero ya me van a crecer. (Ríe al borde de las lágrimas) Tiempo al tiempo, como dicen los viejos. Para todo hace falta tiempo, ¿no?... Creo que voy... creo que voy a cambiarme este vestido... estoy toda... mojada.

 

(ANTONELLA se mete casi corriendo al cubículo, cuya luz difusa se enciende e ilumina su ahora sí temblorosa figurilla; lentamente, se sienta en el cajoncito, como al comienzo de la historia: parece un animalito indefenso y extraviado. ANTONELLA vuelve a contar los billetes y seca sus ojos con el ruedo de una de las coloridas prendas que cuelgan, y se suena débilmente, para no ser oída.

En el cuarto, todo parece recomenzar: SUSI vuelve a examinar los zapatos nuevos que ya había desechado; intenta volver a calzarlos en sus pies hinchados. En el rincón, LILA eleva al cielorraso su mirada brillosa, repentinamente, como si percibiera algo)

 

LILA: Susi !

 

SUSI: Qué pasa.

 

LILA: Ya oímos al camión regador, no? Sí, ya pasó, hace rato.

 

SUSI: Claro, nena, es muy tarde para el camión regador.

 

LILA: Entonces, eso que escucho... prestá atención. Oís ? Afuera, arriba !

 

SUSI: (Se encoge de hombros, tras mirar al techo) Llueve.

 

LILA: ¡Sí! ¡Es lluvia! ¡Es lluvia! (Jubilosa) ¿Me vas a acompañar? Quiero sentir ese olor de la tierra mojada. ¿Me vas a acompañar?

 

SUSI: ¿Mañana? Sí, mañana sí.

 

LILA: Tiene que ser ahora. Mañana, el sol habrá... ¡tiene que ser ahora!

 

SUSI: Pero, decíme: ¿vos querés que nos saquen a patadas?

 

LILA: Oh!!!

 

(Algo ha caído sobre su cabeza. LILA eleva sus manos, se palpa, se mira la palma. Un haz de luz celeste cae sobre su figura. LILA está bajo una gotera: una sucesión de ínfimos retazos de lluvia que se filtran a través del techo agrietado)

 

SUSI: Qué hay?

 

LILA: (extasiada) Una gotera...

 

(LILA eleva la cabeza , baja su mano humedecida hasta su pecho y empieza a abrir su ropa. Ella está recibiendo el esperado elixir de la purificación)

 

SUSI: (Ya no la mira, distraída, embriagada de una súbita nostalgia) Una gotera... ¡y justo va a caer sobre tu cabeza! ¡Si habremos sufrido goteras en mi casa! Pero cuando era chica, a mí me gustaban las goteras. Y me gustaban porque yo tenía una tía bien vieja que decía que si a uno le caía una gotera, tenía que pedir un deseo... (Sonríe con tristeza) porque uno acaba de recibir agua del cielo y ésa era agua bendita... La vieja disfrazaba nuestra pobreza, contándonos pavadas. Me decía: “Susi, Susi, vení, corré, ponéte debajo de la gotera y pedí un deseo, que los angelitos te están mandando agua del cielo!”

 

LILA: (Súbitamente) Antonella! Antonella! Vení! Apuráte!

 

(ANTONELLA sale del cubículo. SUSI se ha acercado a LILA, que tiende una mano hacia ANTONELLA, invitándola. Todas las luces de escena se han esfumado, con excepción del haz celeste que desciende de la gotera)

 

LILA: (A ANTONELLA) Vení, ¡apuráte!

 

(ANTONELLA se acerca. LILA, detrás de ella, la sostiene de los hombros, las tres bajo la gotera)

 

LILA: (Con urgencia apasionada) ¡Pedí un deseo! ¡Lo que más desees en esta vida! ¡Vamos! ¡Dále!

 

ANTONELLA: (Confundida) Qué? Qué puedo pedir?

 

SUSI: (Alborozada) ¡Salud, Dinero y Amor!

 

LILA: (Abrazando a ANTONELLA) ¡Dicha! ¡DICHA, Antonella! ¡La felicidad, Antonella!

 

(Brota suavemente el murmullo de una lluvia bienhechora. Las tres mujeres permanecen bajo el halo celeste y mágico.) 

 

 

FINAL

 

 

 

  

“LAS SOMBRAS CAMINAN MUY LENTO”

Autor: ROGELIO BORRA GARCÍA

Corrientes 589 – CP 2252 – GÁLVEZ

Provincia de Santa Fe – República Argentina

TE 54 3404 483290

Rogelio.borra@sancor.com.ar

rborra@argentores.org.ar

 

  

© Rogelio Borra García, agosto 2002.

® Rogelio Borra García, enero 1985.

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