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SUITE PRESIDENCIAL

de MÓNICA OGANDO

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

Suite Presidencial

De Mónica Ogando

monicaogando@yahoo.com.ar

 

 Personajes:

Cecilia

Darío

Suite presidencial de un lujoso hotel cinco estrellas. Entran Cecilia y Darío. Ella, deslumbrada, explora el espacio admirando la suntuosidad y exquisitez de la decoración y el mobiliario. Él, inmóvil, observa todo con extrañeza.

 

CECILIA:    ¡Amor! ¡Mirá lo que es esto! ¡No lo puedo creer! ¿Cuándo                              estuvimos en un hotel con un somier así, nosotros? ¡Y con una cama para cada uno!  (Corre a una de las camas, se sienta, la prueba.) Mirá, no lo puedo creer… Esta es la mía. (Se deja caer sobre el colchón  con todo el cuerpo extendido)¡Cómo voy a dormir esta noche!

 

Darío se acerca casi tímidamente, se sienta al pie de la cama. Apenas lo hace, Cecilia se levanta enérgicamente, atraída por el frigobar.

 

CECILIA:     (Revisando el interior del frigobar) Tienen de todo en este frigobar. (Breve pausa.) ¡Mirá lo que te       cobran un Chandon! Un robo. Y claro, es otro nivel de gente, acá lo pagan.

 

DARÍO:       La gente que pasa por un lugar como éste vive en otro mundo.

 

CECILIA:    Pero como yo soy precavida… ¡Mirá lo que me traje! (Saca de                        su cartera unas latitas de cerveza y las guarda en el frigobar).

 

DARÍO:       (divertido) Sos terrible…  (Cecilia va  a inspeccionar el cuarto de baño).

 

CECILIA     (en off): ¡Vení amor!  ¡Mirá lo que es este jacuzzi!  Ah no, yo                          hoy me doy un baño de sales de tres horas. ¡Todo de mármol!                                  Mármol de Carrara debe ser… ¡Dale vení!

 

DARÍO:       (comenzando a apropiarse del espacio desconocido y ajeno, va                    hacia la ventana) ¡Vení vos, Ceci!  Mirá qué vista…  Se ve toda                        la ciudad desde acá. ¡Vení, mirá!

 

CECILIA:    (en off) Y con hidromasaje! Claro, tienen que tener, cómo no                                    van a tener…

 

DARÍO:       ¡Vení, Ceci!

 

CECILIA:    (Acercándose) ¿Qué?

DARÍO:       ¿Ves esa luz roja?

 

CECILIA:    ¿Cuál?

 

DARÍO:       ¿No ves la luz?

 

CECILIA:    ¿Qué pasa, llegan los extraterrestres?

 

DARÍO:        Te digo en serio, aquella luz... (señala al horizonte desde la ventana).

 

CECILIA:    ¿Qué luz, Darío,  si está lleno de lucecitas?

 

DARÍO:        (Guiándola cariñosamente) Si, pero yo te digo esa luz roja, bien atrás… La    última (Un tiempo). ¿La ves ahora?

 

CECILIA:    Ah, sí, ¿qué tiene?

 

DARÍO:       Ahí estamos nosotros, ese es el edificio de casa...

 

CECILIA:    ¿Cómo hacés para darte cuenta?  Si son como veinte cuadras…

 

DARÍO:       Porque te lo digo yo. Ahí estamos nosotros.

 

CECILIA:     (Apartándose de la ventana) Hoy no, amor. Hoy no, hoy estamos acá… Por lo menos por esta noche, estamos acá.  (breve pausa) ¿Sabés que también se puede usar el spa y el gimnasio, no? ¡Ojalá tuviéramos tiempo para aprovechar todo! Ya me dijeron, menos las consumiciones del frigobar, está todo incluido.

 

DARÍO:       Al final no me quedó claro, ¿cómo fue que      conseguiste esto?

 

CECILIA:    Por Verónica…

 

DARÍO:       (Asombrado) ¿Tu hermana?

 

CECILIA:    Sí… Por el trabajo…

 

DARÍO:       ¿Y ella que tiene que ver con este mundillo?

 

CECILIA:    Como recibe mucha gente del exterior… Viste cómo es, los                                      hoteles cinco estrellas compiten mucho, entonces tienen como un                      sistema de beneficios para que las empresas les manden los                                    pasajeros… Cenas, acceso al spa, estadías, todo lo que ya ofrecen a                     los turistas con muchos euros te lo dan de          regalo cada tantas                               reservas que les hacés… “Beneficios corporativos”, que les dicen…

 

DARÍO:       Marketing.

 

CECILIA.    Y sí, es así,  para un hotel cinco estrellas es una buena forma de                       promocionar los servicios y al     mismo tiempo quedar bien con los                            que les mandan la gente.

 

DARÍO:       Bueno, nosotros le vamos a mandar a los chinos del autoservicio                       (ríen). 

 

CECILIA:    La cena está incluida también, lo que no incluyen es la bebida.                          Ni idea de lo que pueden estar cobrando un vino más o menos. Y                           obviamente, acá el “vino de la casa” no existe.

DARÍO:       Y yo que quería pedir un tinto de pingüino… (Ríen)

 

Cecilia sigue inspeccionando la habitación.

 

DARÍO:       ¡Uy!

 

CECILIA:    ¿Qué?

 

DARÍO:       No, sí, se lo dije.

 

CECILIA:    ¿Qué cosa?

 

DARÍO:       Nada, el jarabe de Sofía… Pensé que me había olvidado.

 

CECILIA:    (cariñosamente)  Qué te vas a olvidar vos, si sos un padrazo…

 

DARÍO:       Igual la llamo a mi vieja, por las dudas…

 

CECILIA:    Darío… Si tu mamá ya sabe mejor que nosotros  a qué hora le                         tiene que dar el jarabe a Sofia…

 

DARÍO:       Bueno, igual no me cuesta nada llamar. (Marca el número desde                      su celular. Cecilia sigue caminando por la suite, admirándolo                             todo.)

 

CECILIA:    ¿Al final pudiste ir?

 

DARÍO:       ¿A dónde?

 

CECILIA:    A ver lo de la moratoria...

 

DARÍO:        (Mientras aguarda al teléfono) Ah... No, no hice a tiempo, voy la semana que viene, igual todavía estamos a tiempo.  (Pausa.) (Por el teléfono) El contestador.

 

CECILIA:    Habrán ido al Mac Donalds.

 

DARÍO:       Otra vez comiendo chatarra…

 

CECILIA:     Dejálos, che, no seas tan fundamentalista...

 

DARÍO:        ¿Yo fundamentalista? No quiero pensar en lo que le ponen a esas hamburguesas…

 

CECILIA: (Contenedora) Ay, no te enganches, Darío… Una vez que podemos tener una noche tranquila… Diferente. Vamos, relajate. (Lo conduce suavemente al sofá. Darìo comienza a relajarse y a sentirse cómodo en este ambiente extraño. Pausa. Se oye una música que matiza un momento agradable. Cecilia va hacia la cama, toma una toalla.)¡Amor!, Mirá qué toallas, qué suavidad... (Pensativa)  ¿Se darán cuenta si me llevo una de recuerdo?

 

DARÍO la mira con expresión divertida y cariñosa, aunque parece estar en sus propios pensamientos.

 

CECILIA:    ¿Qué me mirás así? En los hoteles cinco estrellas no revisan las                        habitaciones, no se estila. ¿No sabías? Antes que hacerle pasar                        mal rato a un huésped prefieren perder. (Breve pausa) Igual no                        pierden, qué van a perder, lo cobran por anticipado.

 

Breve silencio, DARÍO la mira largamente, con extrañamiento y ternura.

 

CECILIA:     ¡En serio te digo! No revisan. (Un tiempo) Aunque nuestro caso no se como será. (Reparando en Darío, con curiosidad) ¡Cómo me mirás! ¿Qué pasa, amor?

 

DARÍO:       Es raro esto.

 

CECILIA:    (riendo) Sí… Sí que es raro. ¿Cuándo te imaginaste tanta                                pompa?

 

DARÍO:       No lo digo por eso.

 

CECILIA:    Y entonces qué es lo raro?

 

DARÍO:        Es raro estar así, esta situación… Solos, sin la nena, ¿cuánto hace que no estábamos los dos solos, fuera de casa?

 

CECILIA:    (Ríe nerviosamente) No sé cuánto, ¿cuánto?

 

DARÍO:       Desde que nació Sofía.

 

CECILIA:    ¿Ah, sí?

 

DARÍO:       Claro.

 

CECILIA:    Nunca me había puesto a pensar en eso.

 

DARÍO:       Pero es así. Hace más de siete años que no estamos solos, lo que se                           dice solos.

 

Ella se queda ensimismada. Silencio levemente incómodo.

 

DARÍO:        ¿Y si nos tomamos algo? Podríamos abrir un champancito, total… Una vez es una vez.

 

CECILIA:     ¡Ay, para qué, Darío! Mejor lo tomamos en casa otro día, en casa… Con el precio que te cobran acá en los chinos compramos como diez botellas…

 

DARÍO:        Ceci, dale,  no seas… Hoy es hoy, ¿cuántas veces nos damos un gusto? (Va hacia el frigobar)

 

CECILIA:    ¡Tenemos las cervezas! ¿Para qué las traje, Darío!

 

DARÍO:       (en tono de reproche cariñoso) Cecilia… (Saca un champán, lo                    descorcha).

 

CECILIA:    (en tono de protesta vencida) Cómo te gusta tirar manteca al                                   techo…

 

Darío sirve dos copas, cariñosamente le hace una indicación de silencio. Le entrega una copa a Cecilia.

 

DARÍO:       (elevando su copa) Bueno, ¿por qué brindamos?

 

CECILIA:    No sé… Por que nos saquemos el loto…

 

DARÍO:       Si nunca jugamos…

 

CECILIA:    No sé, por que terminemos de una vez con las deudas del                                departamento.

 

DARÍO:       ¡Mejor brindar por una causa más accesible!

 

CECILIA:    ¿Y cuál sería, entonces?

 

DARÍO:       Nosotros, por ejemplo.(Eleva su copa) Por nosotros (Brindan).

 

Silencio, un tanto incómodo.

 

DARÍO:       Es tan raro, me siento extraño...

 

CECILIA:    (aludiendo al tango, canta con una actitud muy teatral) Y ahora                            que estoy, frente a ti, parecemos, ya ves, dos extraños…

 

DARÍO:       (cariñosamente) ¡Loca!

 

CECILIA:    (sigue cantando)… Lección que por fin, aprendí, como cambian                       las cosas los años…

 

DARÍO:       (aplaudiendo) ¡Bravo! (riendo, le tira un almohadón)

 

CECILIA:     (Siguiendo el juego). ¡Pará! ¿Qué hacés? (le arroja el almohadón recibido) No me busques que me vas a encontrar..

 

DARÍO:        ¿En serio?

 

CECILIA:     Por supuesto. Yo siempre hablo en serio.

 

DARÍO:        (Muy sugestivo, se aproxima a ella) Sí... ¿Entonces te puedo buscar?

 

Cecilia estalla en una carcajada.

 

DARÍO:        (Claramente seductor) Decime, Ceci, ¿no sentís esto como una primera cita? (El se acerca jugando a seducirla por primera vez)

CECILIA:    (riendo nerviosa, rompiendo el clima que él intenta crear)                                    Tendrás un deja vu, porque de eso ya pasaron catorce años.

 

DARÍO:        Deja vu, ¿no te gustaría volver a sentir los nervios de la primera vez?

 

CECILIA:     Querido, lamento recordarte que esta noche de hotel no es precisamente nuestra noche de bodas.

 

DARÍO:       (continúa con su registro seductor) ¿Ah, no? ¿Estás segura?

 

Darío la besa con inesperado apasionamiento. Cecilia se deja, casi por cortesía, luego lo rechaza suavemente.

 

DARÍO:        (Insiste en acercarse sensualmente, casi sin reparar en el rechazo) ¿Qué pasa, Ceci?          ¿No me vas a decir que te da miedo? (La vuelve a besar)

 

CECILIA:    (casi violentamente) ¡Basta, Darío!

 

DARÍO:       ¿Qué pasa?

 

CECILIA:    (Casi disculpándose) Nada…

 

DARÍO:       (sombrío) ¿vos estás bien,  Cecilia?

 

CECILIA:    Es que de repente te me venís así...

 

DARÍO:       Estás rara, Cecilia.

 

CECILIA:    El raro sos vos, Darío, haciéndote el galán de telenovela! ¿Qué                        te creés que esto? ¿Un decorado de un estudio de televisión?

 

DARÍO:       No te entiendo.

 

CECILIA:    ¿Qué no entendés?

 

DARÍO:        No te entiendo, ¿para qué quisiste venir? ¿Para qué vinimos?

 

CECILIA:    ¿Cómo para qué, Darío?

 

DARÍO:       Sí, ¿para qué?

 

CECILIA:     ¿Me estás cargando? Ya te dije, Vero nos regaló el voucher, ¿por qué no íbamos a  aprovechar?

 

DARÍO:       Tenés razón.

 

CECILIA:    Bueno, menos mal. 

 

Silencio. Rápidamente Cecilia intenta evadir el episodio.

 

CECILIA:     (Tocando las sábanas)  No hay nada que hacer, estas sábanas son otra cosa… Parece que no pero unas sábanas así valen una fortuna… Italianas, ¿sabías que en un cinco estrellas las sábanas siempre son italianas?

 

Silencio. Darío la mira sombrío.

 

CECILIA:    En serio, Vero me contó. Las italianas son las sábanas de mejor                       calidad. Lino y algodón egipcio. Mirá, tocá, vas a ver qué                                  diferencia (Darío no lo hace)… Dale, tocá  (Darío toca) ¿No es                           un placer?

 

DARÍO:       (irónico y sombrío) Sí, orgasmo múltiple.

 

CECILIA:    Qué tarado… (Pausa)  Y, sí, los pasajeros que viajan con tantos                      dólares encima saben exigir… Tienen todo un tema con las                                 sábanas…

 

 DARÍO:      Ahá.

 

CECILIA:    Con los edredones, las almohadas de pluma de ganso…

 

DARÍO:       Qué bien...

 

CECILIA:    Darío, ¿qué te pasa hoy?

 

DARÍO:       Nada, ¿qué me va a pasar?

 

CECILIA:    ¿y entonces? 

 

DARÍO:       ¿Entonces qué?

 

CECILIA:    Nada, que te quedás así como…

 

DARÍO:       ¿Así cómo?

 

CECILIA:    No sé, Darío, te quedás mirándome con esa cara, no sé, ese                                     cuestionamiento que te agarró, de repente venís y... ¡nosotros ya                      no somos dos tortolitos! ¿Qué te pasa Darío?

 

DARÍO:       ¿Por qué, qué dije?

 

CECILIA:    Mirá, no te hagás eh...  Te conozco. Cuando te ponés así evasivo                     es porque estás enojado. Te conozco.

 

DARÍO:       Me conocés… ¿sí? ¿Nos conocemos, nosotros?

CECILIA:    Mirá, te cuento: catorce años no se llevan así porque sí.

 

DARIO:       Bueno, el tiempo pasa.

 

CECILIA:    El tiempo pasará, pero que yo sepa masoquistas no somos.

 

DARÍO:       No, claro, masoquistas no somos.

 

CECILIA:    Darío, ¿la podés cortar hoy? Nosotros nos llevamos bien.

                   Tenemos una casa, una hija, una historia…OK, no nos vamos de                       vacaciones a Miami, a mí me encantaría poder tener más plata                       para poder hacer otras cosas, no digo que no, ¡pero qué querés!                             ¿Sabés cuantas parejas quisieran estar como nosotros? No seas                          infantil. (Un tiempo, cambiando a un tono claramente amistoso)                            Decime, che, ¿cumpliste cuarenta y ya te agarró el viejazo a                                      vos?

 

Darío no contesta, pero comienza a aflojar su enojo. Sonríe levemente.

 

CECILIA:    (palmándole un hombro, afectuosamente) ¿Y? ¿Es el viejazo,                                 entonces?

 

Darío sonríe levemente. Silencio.

 

CECILIA:    (en tono amistoso) Uh... Es el viejazo.

 

Breve silencio.

 

DARÍO:        No sé si será el viejazo o qué, pero nosotros cambiamos mucho, antes teníamos otra pasión… En todo teníamos pasión, ¿te acordás?

 

CECILIA:     Sí, me acuerdo también que teníamos veinte años, teníamos menos problemas,   ¿qué pretendés, Darío? ¡La pasión!… La pasión se va, vienen otras etapas, otras prioridades, ¿me estás cargando? Ahora está Sofía, por ejemplo.

 

DARÍO:       (La mención de su hija lo transporta a otro clima. Evoca el                                  recuerdo con mucha ternura) Parece mentira que haya                                            crecido tanto… Tan chiquitita que era cuando nació, ¿te                                    acordás que la tenía en un solo brazo?

 

CECILIA:    (con empatía) Sí que me acuerdo. Cómo no me voy a acordar…

 

DARÍO:       Qué felices que fuimos ese día... (Pausa) Cuánto la                                        esperábamos…

 

Silencio.

 

CECILIA:    Vos estabas tan ilusionado…

 

DARÍO:       Sí…

 

Darío ensimismado en su recuerdo feliz.

 

CECILIA:    Yo te envidiaba esa ilusión que tenías… Vos  sí  que estabas                                     ilusionado.

 

DARÍO:       Los dos estábamos ilusionados, Ceci.  Acordate que nos                                 pasábamos horas pensando nombres de nena y de varón.

 

CECILIA:    Sí, pero eso era al principio, después ya no...

 

DARÍO:       Es verdad! Después me fuiste dejando elegir a mí.  Menos mal,                         ¡porque los que se te ocurrían a vos, querida! “Nicole”,                                 “Charlotte”,”Dominique”!

 

CECILIA:    ¿Y qué? A vos no te gustan. Para mí  tienen fuerza, distinción...

 

DARÍO:       Sofía suena muchísimo mejor. Menos mal que una vez te dejaste                       ganar en algo.

 

Silencio.

 

CECILIA:    Y como no te iba a dejar… (Casi pensando en voz alta) Yo no                       sabía... La verdad, no sabía...

 

DARÍO:       Es que esos nombres se ponen de moda y después...

 

CECILIA:     ...en ese momento yo no sabía muy bien si quería tener un hijo con vos... No, no estaba segura, qué iba a estar pensando en elegir nombres...

 

Darío, desconcertado, ríe, interpretando que es una broma.

 

CECILIA:    (Solemne) En serio te hablo.

 

Silencio.

 

CECILIA:    (sincera) En serio.

 

DARÍO:       Vos me estás jodiendo.

 

CECILIA:    ¿Cómo te voy a estar...?

 

DARÍO:       (interrumpiéndola) ¿Qué me decís, Cecilia? ¡Explicame!

 

CECILIA:    Eso, Darío, que yo no sabía muy bien si quería…

 

DARÍO:        No te entiendo, Cecilia. ¡Estuvimos como dos años buscando un hijo! A vos te costaba quedar, ¿qué me estás diciendo, que te arrepentiste?

 

CECILIA:     No te estoy diciendo nada, Darío. Te estoy diciendo que yo no sabía muy bien si quería ser madre, no sé, nunca me puse a pensarlo con claridad, si realmente era un deseo, si era algo que tenía que hacer sí o sí, era la forma de volver a elegir estar con vos…

 

DARÍO:       ¿Si era la forma de volver a elegirme?

 

CECILIA:    No sé, Darío, no sé.

 

DARÍO:        ¿Cómo no sabés? ¿Cómo no sabés, me podés explicar? Porque yo no te entiendo.

 

CECILIA:   No sé, Darío… Algo me pasaba en ese momento, algo que ni yo                        misma sabía, pero yo pensaba que era yo, que se me iba a                               pasar… Y vos estabas tan ilusionado... Y bueno, yo sentí que                                    todo era cuestión de esperar, que todo iba a ser un antes y un                                 después de Sofía, que un hijo nos iba a unir más.

 

DARÍO:       Y claro que nos unió. Ahora somos una familia.

 

CECILIA:    Y sí… Sí, yo en ese momento no sabía, pero ahora pienso que sí,                     ahora lo veo claramente. Yo estaba tan confundida… De algún                            modo la llegada de Sofía me hizo bajar a la tierra… Yo en esa                             época no sabía qué quería… Nunca te dije lo que me pasaba,                               pero yo creía que la vida tenía que ser algo más. Algo más…

 

DARÍO:       ¿Algo más? ¿Algo más como qué?

 

CECILIA:    Algo más… Excitante, no sé…

 

DARÍO:       ¿Excitante?

 

CECILIA:    Sí…

 

DARÍO:       ¿Excitante como qué?

 

CECILIA:    Qué se yo… Excitante, no sé. Otra cosa. ¿A vos nunca te pasó,                       Darío, querer otra cosa?

 

DARÍO:       ¿Por qué no sos clara, Cecilia?

 

CECILIA:    Yo soy clara.

 

DARÍO:       No sos clara, me estás enredando, sabés que me estás                                             enredando.

 

CECILIA:    No te estoy enredando.

 

DARÍO:       Sí, porque hay algo que no querés decir.

 

CECILIA:    ¿Qué?

 

DARÍO:       No demos vueltas, Cecilia. Decilo de una vez.

 

Silencio.

 

CECILIA:    No tiene sentido hablar de eso, ahora ya pasó, ya no tiene                               importancia.

 

DARÍO:       Para mí sí tiene importancia.

 

CECILIA:    Bueno, para mí, no.

 

DARÍO:       ¿Entonces?

 

CECILIA:    Nada. Nada…

 

Silencio.

 

DARÍO:       Vos tenías otro tipo, ¿no? ¿Por qué no lo decís?

 

Silencio. Cecilia se aleja, camina por la habitación.

 

DARÍO:       No lo puedo creer… ¡No lo puedo creer!

 

CECILIA:    Mirá Darío, me parece que todo esto es ridículo. ¿Por qué no                          nos vamos?

 

DARÍO:       Ahora espero que hables. Vas a contarme todo.

 

CECILIA:    Por favor, Darío, No tiene sentido. ¿Qué querés que te cuente?

 

DARÍO:       Tenemos toda la noche por delante, para algo estamos acá,                              mirá qué linda ambientación para conversar.

 

CECILIA:    Mejor nos vamos. No tiene sentido que nos quedemos, para qué.

 

DARÍO:       Yo no me pienso mover.

 

CECILIA:     Entonces te espero en casa.  Yo me voy. Cuando estés más                                     tranquilo...

 

DARÍO:       Vos te quedás.

 

CECILIA:    (ofuscada) ¿Qué decís?   

DARÍO:       (enérgico) Que vos te quedás acá.

 

CECILIA:     (indignada y enojada) No, querido. Así, no. (Se da vuelta decidida, hacia la puerta).

 

DARÍO:        (reaccionando por su suplicante) ¡Por favor! (breve pausa) Por favor, Cecilia. Quedate.

 

CECILIA:    (fastidiada) ¿Qué pasa, Darío?

 

DARÍO:       ¿Podemos hablar?

 

CECILIA:    ¿Para qué?

 

DARÍO:       Quiero escucharte.

 

CECILIA:     ¿Qué querés escuchar? Para mí es una historia vieja. Tan vieja que yo misma no me reconozco.

 

Silencio.

 

CECILIA:     La idea era que hoy pasáramos una noche agradable... Distinta...

Y mirá.

 

DARÍO:        (conciliador) Por favor, Cecilia. Hace rato que nos debíamos una charla.

 

CECILIA:     Bueno, ya te dije todo, Darío. En ese tiempo yo no sabia muy bien lo que quería… Lo único que quería era un cambio. Lo que fuera, pero un cambio.  Y entonces apareció…

 

DARÍO:       ¿Quién era?

 

Silencio.

 

DARÍO:       ¿Era o sigue siendo?

 

CECILIA:    Basta, Darío.  Basta.

 

Silencio.

 

CECILIA:     Era un cliente del banco. Un cincuentón, el perfil de esos tipos que viajan por negocios y pagarían esta suite…

 

DARÍO:        ¡Ves cómo sos! Era la plata, te gustaba que tuviera plata, ¿no?

 

CECILIA:     No era la plata, Darío. No era la plata.

 

DARÍO:        ¿Y entonces qué era, me querés decir?

CECILIA:     No sé, venía todos los jueves, se reunía con el ejecutivo de cuentas. Después, cuando se desocupaba siempre encontraba una excusa y venía a hablarme… (breve pausa)  A mí me resultaba patético… Ni siquiera me gustaba.

 

DARÍO:       ¿Ni siquiera te gustaba? ¿Pero qué me querés vender?

 

CECILIA:     No, no me gustaba. Incluso hasta me daba un poco de asco… Tenía una apariencia tan... enfermiza.  Pero era cortés y amable… También era galante… A su modo,        claro. (pausa) Y bueno, nos empezamos a ver en su departamento.

 

DARÍO:       ¿Te veías con él? ¿Te veías con él y yo sin saber nada?

 

CECILIA:     Bueno, Darío, ¿qué querías? No me pareció correcto comunicártelo.

 

DARÍO:        ¡Vos no me podés hablar así!

 

CECILIA:     ¡Yo no te pedí que tuviéramos esta conversación!

 

DARÍO:        Sos una extraña, Cecilia, ¿quién sos realmente?

 

CECILIA:    Yo estaba mal, Darío. A mí me servía estar con él.

 

DARÍO:       A vos te servía estar con él.

 

CECILIA:     Él me ayudaba, Darío... Yo tenía un hastío que me pesaba tanto! Estaba mal, Darío, ¿no entendés que yo estaba mal?

 

DARÍO:       ¿Vos estabas mal? ¿Vos estabas mal?  ¿Qué lugar tenía yo en                                   esto?

 

CECILIA:     Darío, ¿querés o no querés escucharme? Vos sabés como estaba yo en esa época, qué te hacés el sorprendido…

 

Silencio.

 

CECILIA:     Fue una elección, si se quiere, nadie me llevó arrastrando donde él estaba. Pero él me miraba, me miraba como vos nunca lo hiciste. Y eso me gustaba. (Darío se aparta, camina por la habitación con nerviosismo, conteniendo su ira. Silencio).   Y a él le gustaba eso, que yo lo dejara mirarme. En cierto modo, yo también lo ayudaba.

 

DARÍO:       ¿Vos lo ayudabas?

 

CECILIA:    Sí...

 

DARÍO:       ¿En qué podías ayudarlo vos? Si ni siquiera podías con tu vida.

 

CECILIA:     A vivir. Lo ayudaba a vivir, a estar. El vivía si yo estaba allí.

 

DARÍO:       Es demasiado increíble todo esto, Cecilia...

 

CECILIA:     Y yo no sabía lo que quería... Buscaba algo, pero no sé qué era lo que quería encontrar. Era como querer algo que está al alcance de la mano, pero al mismo tiempo no molestarse en alcanzarlo.

 

DARÍO:       Y entonces, ¿qué buscabas de él?

 

CECILIA:    No sé. No hubiera podido dejarlo. No, en ese momento. Pero él                      no me retenía, inclusive me despedía. Cada tanto me invitaba a                         irme. Me decía que era suficiente, que ya estaba bien, que no era                           necesario seguir así toda la vida... Pero después llegaba el                               jueves siguiente y yo necesitaba  volver a verlo.  Y al mismo                                       tiempo,  yo estaba en su casa y quería irme,  jamás conseguí                                      desearlo lo suficiente.

 

Silencio

 

DARÍO:       ¿Por qué? ¡Por qué lo necesitabas tanto!

 

CECILIA:    Porque él también me ayudaba a vivir. Él me ayudó a vivir.

 

DARÍO:       ¡¿Y yo?! ¿Qué lugar tenía yo en tu vida? ¿Por qué nunca me                                     dijiste?

 

CECILIA:    No sé. Con él era fácil hablar. Había encuentros en donde yo                                    hablaba y hablaba. Le contaba de mis pasiones, de mis                                             arrebatos... Le detallaba mis aciertos y mis errores… todas esas                     cosas que uno piensa a los veinte años. Entonces yo sentía que                         al hablar de mi estaba hablando de otra persona, como cuando                            uno se reconoce en una foto vieja. Uno sigue siendo uno, pero es                     otro.

 

Silencio

 

CECILIA:     Pero yo aprendí. Aprendí de esas charlas.  Antes me sentía tan frustrada... Vívía con la obsesión de hacer algo por mí, por mi vida... Otra cosa. Yo no quería conformarme con el trabajo del banco. (Un tiempo)  (Con apática convicción) Pero ahora no, ahora ya no preocupa eso... Ahora me siento bien. Soy esto que soy y tengo lo que tengo. Aprendí que hay que querer eso que uno tiene al alcance de la mano.

 

Silencio.

 

DARÍO:       ¿Cuándo dejaste de verlo?

 

Silencio.

 

DARÍO:       ¿Dejaste de verlo?

 

CECILIA:    (negando con la cabeza) Un jueves faltó a su reunión habitual…                      Después se supo...   Se había pegado un tiro en la cabeza… No                     dejó ninguna carta, nada. Yo no sospeché nunca, era una persona                             muy melancólica, sí; pero yo también era muy melancólica en                           aquella época…

 

DARÍO:       En definitiva, no pudiste ayudarlo a vivir.

 

CECILIA:    Pero él sí me ayudó a mí. El sí me ayudó.

 

DARÍO:       ¿Cómo, a ver?

 

CECILIA:     Qué se yo... Yo sentí que su decisión me estaba enviando una señal... Una forma de impulsarme a definir mi vida. (Un tiempo) Ahí fue cuando la dejé de tomar...

 

DARÍO:       ¿La dejaste de tomar? Qué dejaste de tomar vos?

 

CECILIA:    La píldora… Nunca la había dejado de tomar. Por eso no                                quedaba embarazada.

 

DARÍO:       No lo puedo creer… ¡No lo puedo creer! ¡Con quién estuve yo!                       ¡Con quién estuve!

 

CECILIA:    Perdoname, Darío. Perdoname. Yo no era yo en esa época. Yo                        no sabía quién era, no sabía lo que quería…  Pero ahora sí sé,                             ahora sé que quiero estar con vos, yo volví a elegirte, yo volví a                            querer la vida que me tocó tener.

 

Silencio.

 

DARÍO:       Yo te juro que yo quisiera volver a elegirte, ¡no sabés cómo! Y                        no,  no puedo. ¡No puedo! Todos los días lo intento, todos los                          días pienso en todo lo que vivimos juntos, todos los días trato                          de inventarme que todo está como el primer día… Hoy mismo,                     cuando entramos acá pensé que todo era cuestión de                                                proponérselo, de querer intentarlo… Y no, no se puede.

 

CECILIA:    No se puede. Pero igual se puede elegir.

 

DARÍO:       Pero yo no sé muy bien qué es elegir.

 

CECILIA.    Bueno, Darío... ¿qué importa  preguntarse cómo sería la vida si                        hubiera pasado esto o aquello? Estamos juntos y eso es lo que                           cuenta. Eso ya es elegir.

 

DARÍO:       Hay tantas cosas que uno no sabe muy bien por qué las hace. Por                     inercia… O por descarte, sólo porque no hay mejores opciones...

 

CECILIA:    Por inercia o por descarte, por lo que sea, ¿qué importa el                               motivo?

 

Silencio.

 

DARÍO:       ¿Cuál es el momento exacto en que uno aprende a resignarse?

 

CECILIA:    No es resignarse, Darío. La vida va cambiando…  ¿Todo tiene                         que ser blanco o negro?

 

DARÍO:       Cecilia, yo también traté de elegir lo que me tocó. Pero no                               puedo dejar de pensar en que las cosas podrían ser de otro                              modo.

 

Silencio.

 

DARÍO:       Hay una mujer… (Un tiempo) Yo tengo en la cabeza a una                              mujer…

 

CECILIA:    Uy, si vas a contarme cada fantasía que tenés… ¿Quién no tuvo                        una fantasía alguna vez?

 

DARÍO:       No es fantasía, Cecilia. Yo…

 

CECILIA:    Yo no quiero ni necesito saber nada.

 

DARÍO:       Cecilia, escuchame por favor… Yo no puedo evitar pensar cómo                      seria… Ella también es casada pero…

 

CECILIA:    ¿Y yo qué tengo que ver? Tus asuntos te los arreglás vos, a mí                         no me metas.

 

DARÍO:        Con ella me pasa que... Es como con vos al principio, cuando nos conocimos…

 

CECILIA:    ¡Basta!  ¿Yo te pregunté algo?

 

DARÍO:       Cecilia, por favor. Necesito que me escuches, necesito saber qué                     nos pasó.

 

CECILIA:    (tomando el control remoto del televisor) A ver si enganchamos                    alguna película antes de bajar a cenar…

 

DARÍO:       ¿¿Me querés escuchar. Cecilia?!

 

CECILIA:    (con ironía) A ver, ¿qué novedad tenés, Darío? ¿Qué me vas a                        contar, eh? ¿Que  te acostás con Vero? Noticias atrasadas, mi                                amor. Eso lo supe siempre. Desde el primer momento.

 

Darío se queda paralizado.

 

CECILIA:    ¿Qué me mirás con esa cara? ¡No me digas que te sorprende que                     lo sepa! 

 

DARÍO:       ¿Verónica te contó?

 

CECILIA:    (riendo sarcásticamente)  No seas tarado. Vero no me contó                                   nada, qué me va a contar mi hermana. Pero ciega no soy,                                 ¿sabés? 

 

Silencio.

 

CECILIA:    Tendrías que haberte visto la cara hoy cuando te dije que ella nos                     había conseguido la suite…

 

DARÍO:       No se qué decirte. Yo no quise…

 

CECILIA:    ¡Pará con la culpa! No te estoy reprochando nada… Estas cosas                      pasan, no es para tanto. Hay que aprender que estas cosas siempre                        pasan en una pareja, somos adultos, ¿no?

 

DARÍO:       ¡Vos no podés hablar así!

 

CECILIA: ¿Y qué querés que haga, Darío? Si te deja más contento me                                pongo a llorar.

 

DARÍO:       ¿Cómo podés hablar así?

 

CECILIA:    ¿Por qué no? ¿Qué es esto Darío? ¿Una escena de celos?

 

DARÍO:       ¡Cecilia, qué estás diciendo!

 

CECILIA:    ¡Bueno, perdoname! Perdoname. Me hubieras avisado antes y les                     dejaba la habitación!

 

DARÍO:       No seas tan irónica, por favor.

 

CECILIA:     Y vos no seas tan dramático, Darío.  Ya está, ahora estamos mano a mano.

 

Silencio tenso.

 

DARÍO:       (pateando o arrojando algún objeto)  ¡¿Quiénes somos nosotros,                            me querés decir quiénes somos?!  (Va hacia la ventana. Se                                 queda mirando hacia fuera, de espaldas a Cecilia.)

Para que seguimos juntos todos estos años, ¿me podés explicar?

 

Silencio largo y tenso.

 

DARÍO:       (con tristeza) Es increíble pero ya nada nos une. Ni siquiera                                     Sofía. Realmente somos dos extraños.

 

CECILIA:    (lánguida) Te equivocás, Darío. Te equivocás. Nos unen muchas                      más cosas de las que vos creés. Nadie podría entender todo esto                           más que nosotros mismos.

 

DARÍO:       No, Cecilia. Yo no soy como vos.

 

CECILIA:    Sí, Darío. Somos muy parecidos. Demasiado parecidos.

 

Largo silencio.

 

Cecilia se acerca a Darío. Tímidamente, lo abraza o lo acaricia.

 

Largo silencio.

 

DARÍO:       No fue buena idea haber venido.

 

CECILIA:     No, la verdad que no. Mejor nos vamos a casa. Este lugar no tiene nada que ver con nosotros.

 

APAGÓN

 

monicaogando@yahoo.com.ar

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