Para ir al BUSCADOR, pulsa en la imagen

 

NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
(Optimizado para monitor con resolución 1024 X 768 píxeles)

PORTADA

MADRID

EN BREVE

PRÓXIMAMENTE

LA TABLILLA

HERRAMIENTAS

EN PRIMERA LA SEGUNDA DE MADRID ENSEÑANZA LA CHÁCENA

AUTORES Y OBRAS

LA TERCERA DE MADRID

ÚLTIMA HORA DESDE LA PLATEA
DE BOLOS CONVOCATORIAS LIBROS Y REVISTAS NOS ESCRIBEN LOS LECTORES
MI CAMERINO   ¡A ESCENA! ARCHIVO DOCUMENTAL   TEXTOS TEATRALES
  ENTREVISTAS LAS AMÉRICAS  

 

CUANDO TE MUERAS DEL TODO

de Daniel Dalmaroni

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

CUANDO TE MUERAS DEL TODO

 

de Daniel Dalmaroni

 danieldalmaroni@gmail.com

Personajes:

MARIO, 40 años

SUSANA, 37 años

EDITH, 30 años

CLARA, 60 años

VARELA, 40 años

CARLOS, 65 años

 

 

 

 

 

La escena:

Monoambiente. Hay una cama matrimonial. Una mesa redonda. Sillas, demás muebles. Hay tres salidas. Una al pasillo que da a los ascensores, otra a un baño y la tercera a una cocina.

 

ACTO ÚNICO

 

 

(Susana y Mario están en la cama matrimonial. Susana duerme. Mario está sentado en la cama con una cuchilla de cocina en la mano. Mario apuñala, brutalmente, a Susana en medio del pecho. Deja clavada la cuchilla. Susana se sobresalta, se sienta de golpe en la cama).

 

SUSANA.- ¿No te decía yo? ¿Viste que tenía razón? Nadie me escuchaba, pero tenía razón.

 

MARIO.- (Sobresaltado, visiblemente nervioso, no entendiendo bien la situación) Su... (Haciéndose el que no entiende qué ha sucedido) Estás... herida.... llamo... llamo...

 

SUSANA.- Creían que estaba loca. Eso decían todos: que estaba loca. ¿Pero vés que tenía razón? (Imitándolo burlonamente) “Estás... herida.. llamo...” ¿A quién vas a llamar, idiota? (Susana se para. Nada hace suponer en sus movimiento que esté herida o que la herida le moleste) ¿Sabés que ya pensaba que no lo ibas a hacer? Dije, mañana tiene que ir a declarar, si ya no lo hizo, es que no lo planificó. Y te juro que no pensaba que iba a ser de este modo. No te creía con semejantes agallas. Ojo, violento sos, obvio, pero otra cosa es tener agallas. (Mario está paralizado. No puede dar crédito a lo que ve. En realidad, aún no sabe qué es exactamente lo que está pasando. Susana mira la cuchilla que tiene clavada en el pecho) ¡Es buena! De buena calidad, quiero decir. La cuchilla, idiota. ¿La clavaste de un saque o te costó trabajo? Yo estaba tan dormida...

 

MARIO.- Es acero alemán.

 

SUSANA.- Arbolito.

 

MARIO.- No, Su. Arbolito es acero nacional. Vos te confundís con los tramontina.

 

SUSANA.- ¿Arbolito? (Mira la cuchilla) Pero mirá si voy a confundirme con los tramontina. Los tramontina tienen serruchito, mi vida, y esta es una flor de cuchilla, sin serruchito.

MARIO.- (Haciéndose el desentendido) Estás herida, mi amor. Llamo a una ambulancia... (Disimuladamente se acerca a Susana y trata de clavarle aún más la cuchilla en el pecho)

 

SUSANA.- Ya está. Soltame, tarado. Y no me digas “amor”, por favor. ¿A quién vas a llamar, a quién? ¿Para qué? Dejá de actuar. Nunca pensé, sinceramente, que íbamos a terminar así. Obvio que me cansé y te denuncié, pero la verdad, que nunca pensé que llegaríamos a esto. Todavía tenía esperanzas. Yo decía que un día de estos me ibas a matar, pero era una forma de decir. La verdad, la verdad, nunca pensé que lo ibas a hacer.  Pensarás que soy... (se corrige) que era una idiota, pero tenía esperanzas en nosotros. Yo te quería, Mario. Y te admiraba. Eras tan inteligente. ¿No te decía yo que eras tan inteligente que tenía miedo de que te llevaran los rusos?

 

MARIO.- Pero.... Susana...

 

SUSANA.- Nos queríamos. ¿Te acordás que nos llevábamos tan bien que hasta nos decíamos la verdad?

 

MARIO.- Su... vos... entonces... ¿no estás herida?

 

SUSANA.- Bueno, en cierto modo sí y en cierto modo no.

 

MARIO.- Vos... entonces... estás...

 

SUSANA.- Muerta. Muerta. ¿Acaso no me quisiste matar? ¿Me clavaste la cuchilla nueva de la cocina en el medio del pecho y me preguntás si estoy muerta? Parecés boludo, a veces. Fue instantáneo. Entró en el pecho y zaz, me morí. Casi no sufrí. (Mario se deja hacer en la cama espantado)

 

MARIO.- Susana, vos misma lo decís: estás muerta. Bueno, entonces... caete en el piso y no me hables más. Terminá de morirte.

 

SUSANA.- Ya me terminé de morir, Mario.

 

MARIO.- Sos un fantasma.

 

SUSANA.- No, los fantasmas son los muertos que no saben que están muertos y se quedan en la tierra porque, justamente, creen que están vivos. Y yo estoy bien muerta, Mario. (Reacciona, grita) ¡Vos me mataste!

 

MARIO.- (Se cachetea a sí mismo, como queriendo reaccionar) No entiendo. ¿Qué hacés ahí paradita, hablando conmigo, si están re muerta?

 

SUSANA.- Estoy muerta pero todavía estoy acá. ¿Creíste que te la ibas a llevar de arriba, vos? Acá hay cosas que aclarar. No te la voy a hacer tan fácil.

 

MARIO.- Susana, si estás muerta andate ya. No creo que pueda soportar esto.

 

SUSANA.- Ay, mirá vos, yo puedo soportar que el señor me clave una cuchilla en el pecho en plena noche, en nuestra cama, en el lecho matrimonial y él no soporta conversar con su esposa...

 

MARIO.- Pero... estás muerta, Susana, muerta. No podemos seguir hablando si estás muerta.

 

SUSANA.- Son puntos de vista. Si no pudiste tener un buen diálogo con tu esposa mientras vivía, aguantate que arreglemos las cuentas ahora. (Pausa) ¿Por qué un hombre mata a su esposa en plena noche? ¿Qué puede provocarle tanto odio? ¿Qué que no pueda ser superado por una conversación, una discusión, una separación, si fuera necesario? ¿Cuál es el derecho que alguien cree tener sobre la vida de otro? ¿Qué pensaste en el preciso instante en que clavabas la cuchilla en mi pecho? Era odio, rencor, desesperación, angustia, dolor? ¿Aburrimiento? ¿Estabas aburrido? ¿Qué, Mario, qué?

 

MARIO.- Voy a  llamar a  alguien.

 

SUSANA.- Va a ser inútil. Nadie te va a creer nada.

 

MARIO.- ¿Qué querés decir?

 

SUSANA.- Que por ahora y hasta que decida irme del todo sólo vos podés verme y escucharme. Para cualquier otro, no estoy. No me van a ver ni escuchar. Y tampoco hay cadáver, como verás (Señala la cama)

 

MARIO.- Estás loca.

 

SUSANA.- No. Muerta, Mario, muerta. (Le reprocha) Y vos deberías saberlo mejor que yo: me clavaste una cuchilla en el pecho.

 

MARIO.- (Refiriéndose a la cuchilla) Dejame que te la saco, que me da impresión.

 

SUSANA.- Ni la toques. Es evidencia.

 

(Tocan a la puerta. Mario se sobresalta. Contesta por detrás de la puerta)

 

SUSANA.- Atendé. A ver quién es, a esta hora de la madrugada.

 

MARIO.- ¿Quién es?

 

EDITH.- (Del otro lado de la puerta) Yo, ¿quién va a ser?

 

MARIO.- Volvé después. O, mejor, yo te llamo.

 

EDITH.- ¿Estás solo? ¿Qué pasó?

 

MARIO.- Nada. Andá. Después te llamo.

 

EDITH.- (Imperativa) Abrime.

 

SUSANA.- Abrile. ¿Es Edith? Hacela pasar. Contale que su mejor amiga está muerta. Que la mataste.

 

(Edith abre la puerta. Entra. Lleva un vestido sumamente ajustado, botas altas y con elevados tacos; guantes largos, casi hasta los codos; anteojos de sol sobre la frente y una capelina. Nada hace juego, aunque no parece disfrazada del todo. Lleva una motosierra en la mano y un bidón de combustible. Edith mira la cama vacía. Mira alrededor)

 

EDITH.- ¿Dónde la pusiste? (Deja la motosierra y el combustible en el piso)

 

SUSANA.- ¿A qué te referís, Edith?

 

EDITH.- (A Mario que permanece callado, superado por la situación) ¿Me escuchaste? ¿Dónde la pusiste? (Pausa) No te animaste. Yo sabía. No te animaste. ¿Y dónde está? ¿A dónde fue?

 

MARIO.- La maté.

 

EDITH.- ¿Sí? Bueno, y dónde la pusiste.

 

SUSANA.- ¿De qué hablás, Edith? ¿De mí?

 

MARIO.- (A Susana) No te escucha. Ni te ve. Vos misma me lo explicaste.

 

EDITH.- (A Mario) ¿Eh? ¿De qué hablás? ¿Quién no me escucha? ¿Ni me ve? ¿Vos no me ves? No te entiendo. (Le pasa la mano frente a sus ojos para comprobar si está ciego)

 

MARIO.- Sacá la mano, querés. Esto es muy complicado.

 

SUSANA.- (A Edith, sabiendo de todos modos que no la ve ni escucha) ¿Vos sabías? ¿Vos eras cómplice? (Mira a Mario) ¿Era tu cómplice?

 

MARIO.- (A Edith) Es complicado, te dije. Pero maté a Susana. Le clavé la cuchilla en el pecho, pero... digamos... que el cuerpo no está. Bueno... está y no está. Bueno... ahora no está, pero supongo que después va a estar.

 

SUSANA.- (Aunque ensimismada en sus propios pensamientos. Angustiada) Clarísimo.

 

EDITH.- ¿La mataste o no la mataste? ¿Dónde pusiste el cuerpo? ¿Lo hiciste todo vos sólo? ¿No nos esperaste?

 

SUSANA.- (Reaccionando) “¿No nos esperaste? ¿A quiénes?

 

MARIO.- Esperá, mi amor, esperá.

 

SUSANA.- Tengo todo el tiempo del mundo, pero empezá a aclararme las cosas.

 

MARIO.- (A Susana) A vos no te hablaba.

 

EDITH.- ¿Y a quién le hablás?

 

MARIO.- (A Edith) A vos.

 

EDITH.- ¿Quién te entiende?

 

SUSANA.- Dijiste “esperá, mi amor, esperá”. ¿No me decís eso a mí?

 

MARIO.- No. Bueno... No.

 

EDITH.- No qué. ¿De qué hablás?

 

SUSANA.- ¿Le decís “amor” a ella? (A Edith) A vos. Vos sos su amor. Qué hijos de puta.

 

MARIO.- Me van a volver loco las dos.

 

EDITH.- Calmate. Y además, Susana está muerta, según decís. No te va a volver loco más. Explicame bien qué hiciste. Explicame qué hiciste, mi amor. Espero que la hayas matado. Habíamos quedado en eso. No habrás sido el mismo cobarde de siempre, ¿no?

 

(Llaman a la puerta. Mario contesta del otro lado de la puerta.)

 

MARIO.- ¿Quién es?

 

CLARA.- Yo.

 

EDITH.- Tu mamá, abrile.

 

MARIO.- (A Edith, imperativo) Ya sé que es mi mamá. (A la puerta) Mamá, se complicaron las cosas. Andá que yo después te llamo.

 

EDITH.- Abrile, Mario. ¿Qué pasa?

 

CLARA.- ¿Pasó algo, hijo? ¿Las cosas salieron mal? Yo te dije. Yo te dije. ¿Vos estás bien? ¿Te paso algo a vos, mi vida?

 

SUSANA.- Tu mamá. Tu mamá también sabía. ¿Otra cómplice más? ¿Qué les hice yo?

 

MARIO.- (A Susana) Callate, de una vez por todas, que ya me tenés podrido.

 

EDITH.- ¿Por qué le hablás así a tu mamá?

 

CLARA.- ¿Yo que te hice? Lo único que hice fue querer ayudarte. No me hablés así, Mario y abrime la puerta.

 

EDITH.- (Mientras abre la puerta y deja ingresas a Clara) Pase, Clarita, pase, que su hijo es un desconsiderado.

 

CLARA.- Gracias, querida. ¿La mató? ¿Nos hizo caso?

 

EDITH.- Parece que sí.

 

CLARA.- (Se altera) ¿Cómo “parece”? (Saca un sobre de su cartera y aspira un polvo blanco)

 

EDITH.- Es que el cuerpo no está por ningún lado. No me quiere decir dónde lo puso.

 

MARIO.- (A Susana) Mirá en el kilombo que me metiste. (A Clara, por el polvo que ha aspirado) Mamá, largá eso.

 

CLARA.- ¿Yo? ¿En qué kilombo? Yo sólo quiero ayudarte. ¿La mataste? Espero que lo hayas hecho, porque sino...

 

EDITH.- (A Clara) Lo del kilombo lo dice por mí, Clara. Ahora resulta que la culpa la tengo yo.

 

SUSANA.- (Casi en simultáneo con Clara y Edith) ¿Yo te metí en un kilombo? Te recuerdo que vos me mataste a mí.

 

MARIO.- (A Edith y Clara) Me dejan un rato con... sólo que tengo unas cosas que aclarar.

 

CLARA.- Yo de acá no me voy hasta que me expliques qué está pasando.

 

EDITH.- Yo, menos.

 

MARIO.- Bueno, vayan un ratito al baño.

 

CLARA.- ¿Al baño?

 

MARIO.- O a la cocina. Un ratito, nada más. (Mientras dicen estos últimos parlamentos, Susana se ha ido al baño. Mario no la ha visto irse. Clara y Edith se disponen a ir a la cocina. Mario las detiene al comprobar que Susana no está en el ambiente) No, esperen. Se fue. Ya se fue. Se murió del todo. Se murió. Se murió. Se fue. (Da vueltas por la habitación buscando a Susana) Susana, Susana.

 

CLARA.- (A Edith) Nena, vos entendés qué le pasa.

 

EDITH.- No sé. El shock. Debe estar en estado de shock, Clarita. No ve que no sabe ni dónde la dejó.

 

CLARA.- Debe haber sido una masacre, deben haber corrido por toda la habitación.

 

EDITH.- No, ¿qué dice? Si está todo ordenado. Porque eso hay que reconocerlo, Clara. Susana era ordenadísima. (Recorre la habitación. Mira la cama. Se sobresalta) Acá, Clara, acá. La mató. Es verdad. La mató. Hay manchas de sangre en la cama.

 

CLARA.- A ver. (Va hacia la cama. En su búsqueda, Mario abre la puerta del baño y se encuentra con Susana. Se espanta.)

 

SUSANA.- (A Mario) Ni que hubieras visto un fantasma.

 

MARIO.- Me cago en vos. ¿Qué hacés de nuevo acá?

 

SUSANA.- Nunca me fui.

 

EDITH.- Nunca nos fuimos. ¿Vos sos ciego?

 

CLARA.- (A Edith, cómplice) El shock, Edith, el shock.

 

EDITH.- (Entendiendo) Ah, claro. (A Mario) Mi amor, relajate, relajate y cuando puedas nos contás bien  a las dos. ¿O preferís esperar que lleguen los demás?

 

SUSANA.- ¿Los demás? ¿Quiénes son los demás?

 

MARIO.- (A Susana) Después te explico.

 

EDITH.- (A Mario) Eso decía. Después nos explicás. A las dos. A tu mamá, también. (Susana se sienta en la cama. Está visiblemente angustiada. Llora desconsoladamente)

 

MARIO.- (A Susana) Lo que me faltaba. No llores, ahora. Pará de llorar, querés.

 

EDITH.- ¿Quién llora? No, mi amor. Estoy como impresionada, pero llorar, no. Para nada.

 

CLARA.- Perdonen, ¿no?, pero, te estás retrasando, Mario. A las diez tenés que ir al juzgado a declarar. Habíamos calculado los tiempos medio justos.

 

EDITH.- (A Clara) Me parece que no es momento.

 

CLARA.- (A Edith) Ah, perdón, claro, el shock. (Como si recordara algo, saca unas pastillas de su cartera y se las toma)

 

EDITH.- El shock.

 

MARIO.- ¿Pueden hacerme caso e ir un rato a la cocina las dos? (A Clara) Y largá esas pastillas, mamá.

 

EDITH.- (A Mario) Si insistís. (A Clara) ¿De qué pastillas habla?

 

CLARA.- (A Edith) Nada, nada. Vamos, nena. Dejémoslo un rato tranquilo. (Edith y Clara salen hacia la cocina)

 

(Mario y Susana se quedan solos. Susana sigue llorando desconsoladamente)

 

MARIO.- (Se acerca, va a abrazarla y se encuentra con la cuchilla clavada en el pecho de Susana. Se aleja un poco, pero mantiene un brazo en el hombro de ella) A ver, Su, tratemos de terminar la fiesta en paz. ¿Qué te hice yo para que me la hagas tan difícil?

 

SUSANA.- ¿Así que Edith es tu amante? Mi mejor amiga, tu amante. No, no me digas nada. La culpa es de ella. Y mía, seguramente. Lo de tu mamá lo entiendo. Siempre la prefirió a ella. Antes que te casaras conmigo la prefería a Edith. (Pausa) ¿Y qué planes tenían? ¿Hacer desaparecer el cadáver? ¿Para eso la motosierra? ¿Me ibas a tirar en pedacitos por el inodoro? ¿Y los demás, quiénes son? Hablaron de “los demás” que faltan llegar. ¿Quiénes son?

 

MARIO.- Un psicólogo y mi papá.

 

SUSANA.- ¿Un psicólogo y tu papá? ¿Ellos también son cómplices? ¿Un psicólogo? ¿Dónde fue a parar la psicología en este país? ¿Y tu papá? ¿Y los lazos familiares? ¿Dónde fueron a parar?

 

MARIO.- Ellos me iban a ayudar a cortarte en pedazos. Papá traía unas bolsas de residuos. Las grandes. Negras. Las de consorcio, ¿viste?

 

SUSANA.- (Imperativa) Te estoy hablando de la psicología en este país. De los lazos familiares. ¿La incondicionalidad de la paternidad no tiene límites?

 

MARIO.- No me parece... el tema... no me parece....

 

SUSANA.- (Imperativa) ¿No te parece qué? Un marido, acusado de maltratos, acorralado por la Justicia, decide matar a su esposa en complicidad con su amante, sus padres y su psicólogo. Entre todos la cortarán en pedacitos y la tirarán al inodoro, luego de que él la haya matado con una cuchilla en el medio del pecho. ¿No te parece qué? Yo ya estoy muerta, Mario, muerta. Lo que me importa ahora es qué mundo le dejamos a nuestros hijos.

 

MARIO.- Nosotros no tenemos hijos, Susana.

 

SUSANA.- Es un genérico. “Nuestros hijos”. Un genérico.

 

MARIO.- No te pensábamos tirar al inodoro.

 

SUSANA.- Donde fuera.

 

MARIO.- No es mala idea la del inodoro.

 

(Pausa larga)

 

MARIO.- Vos... perdoname... pero...no sé cómo preguntártelo. (Al fin decidido) ¿Vos qué planes tenés?

 

SUSANA.- ¿Cómo?

 

MARIO.- No lo tomes a mal, pero ¿qué planes tenés? ¿Te pensás quedar mucho tiempo? No te enojes, pero yo quisiera disponer cuanto antes del... de tu... cuerpo.

 

SUSANA.-En un rato me voy. No me presiones. En un rato me voy.

 

MARIO.- No es fácil la situación. Comprenderás. Una vez que te mueras del todo, supongo que...

 

SUSANA.- Una vez que me vaya del todo, volverá a aparecer mi cuerpo y podrán disponer de él. En un rato.

 

MARIO.- (Sin darse cuenta de lo que dice) Buenísimo. (Reaccionando) Perdón, pero, entenderás que todo esto es nuevo para mí y ...

 

SUSANA.- Para mí también. (Se abrazan,  intentan besarse, pero la cuchilla se los impide. Hacen un esfuerzo y se dan un beso, apenas rozándose los labios. Cuando esto sucede se aprietan y la cuchilla se clava más en el pecho de Susana) Ay, pará, que igual duele. (Susana se saca unos centímetros la cuchilla del pecho dejándola como estaba originalmente)

 

MARIO.- (Mientras Susana se saca un poco la cuchilla del pecho) Estás fría.

                                                                                                      

SUSANA.- Siempre con lo mismo. Que soy fría. Que soy fría, distante.

 

MARIO.- No, digo que estás fría, casi helada, Susana. Los labios, la piel, fría.

 

(Llaman a la puerta. Edith y Clara salen de la cocina y atienden. Ingresan Varela y Carlos)

 

CLARA.- Por fin.

 

EDITH.- Los estábamos esperando. Pero acá las cosas no están claras.

 

CARLOS.- (A Edith. La mira de arriba abajo. Un poco extrañado por la indumentaria de Edith, un poco con deseos.) Hola, linda. ¿Ya empezaron con la motosierra?

 

VARELA.- ¿Cómo se encuentra el paciente?

 

EDITH.- (A Carlos) Es que no está claro dónde está el cuerpo. Parece que la mató, pero que se le perdió el cuerpo. (A Varela) Mario está como confundido, como en estado de shock.

 

VARELA.- Deje que yo sea quien diagnostique, Edith.

 

CARLOS.- ¿La habrá tirado por el balcón?

 

VARELA.- Abajo no había nada.

 

CARLOS.- Es un contrafrente, Varela. Capaz que la tiró por el hueco, por el tragaluz. (A Edith) Lindo vestido.

 

EDITH.- (A Carlos) ¿Le gusta el color? (A Carlos y Varela) No, la perdió. Bah, la escondió en algún lado y no la encuentra.

 

CARLOS.- (A Edith por el vestido) Ajustado.

 

CLARA.- Es un buen hijo, pero siempre fue desordenado. (Saca un sobre de la cartera y aspira un polvo blanco)

 

(Mario, que ha permanecido hasta el momento junto a Susana en la cama, detecta la presencia de Varela y Carlos y se incorpora a la conversación que éstos mantienen con Edith y Clara. Susana queda sola.)

 

MARIO.- (Por lo que ha aspirado la madre) ¿Otra vez, mamá? (A todos) No perdí nada.

 

EDITH.- (A Clara) “Otra vez”, ¿qué, Clarita? (A Carlos) ¿Ajustado? ¿Le parece? Le preguntaba por el color.

 

CLARA.- Nada, nada.

 

CARLOS.- (A Edith) Ajustado. Color ajustado. (A Mario) ¿La tiraste por el balconcito ese? (Presionándolo) ¿La mataste o no la mataste?

 

MARIO.- Sí. Pero no está.

 

VARELA.- Bueno. Tranquilicesé, Mario. Usted está pasando por un momento difícil y es comprensible que no recuerde con precisión... La memoria funciona mediante una serie de recuerdos selectivos, a medida que...

 

MARIO.- (Lo interrumpe) Escuche...

 

VARELA.- (Lo interrumpe. Susana sale del departamento por la puerta que da al pasillo sin que Mario la vea) Es común, en estos casos, que el paciente se encuentre en estado de shock por lo sucedido y que padezca de una especie de amnesia temporal.

 

CLARA.- A ver, Mario. ¿Quién soy yo? ¿Dónde estás? ¿Quién sos vos, hijo?

 

VARELA.- No, señora, la amnesia es temporal y sólo referida al período en que el paciente vivió la situación traumática. El resto de su vida lo recuerda a la perfección. Tal vez si le hiciéramos recordar los motivos que tuvo para matarla...

 

CLARA.- (Brusca) Cállase.

 

EDITH.- (Violenta) ¡¿Qué dice?!

 

CARLOS.- (Imperativo, inquieto a la vez) Varela, limítese a su trabajo.

 

VARELA.- (Un tanto asustado por la reacción de los demás) Está bien. Está bien. No se alteren. Veamos, Mario, usted sabe perfectamente quién es, sólo que... (Varela mira a Mario y duda)  ¿No es cierto, Mario? (Como Mario no le contesta, duda más) Mario. Yo soy Varela, el psicólogo. Usted se llama Mario Brambati. (Señala a cada uno que nombra) Ésta es su mamá, Clara; éste es su papá, Carlos; ésta es... (duda en lo que va a decir) su amiga, Edith y ésta es su casa. (Mario no le contesta. Está en su mundo. A medida que esta situación se acentúa, Varela “aniña” su forma de hablarle) Marito, Mario Brambati. empleado público, Ministerio de Trabajo, no tiene hijos. Vamos despacio. No se preocupe. Descanse si quiere. Si ve que lo presiono con la información o las preguntas me dice. (señala a cada uno de los que está en la habitación mientras dice:) Mamá Clara, Papá Carlos, amiga Edith y psicólogo Varela. ¿Sí? (señala objetos de la casa) Mesa. Silla. Biblioteca. Cajonera. Cajonera. (Casi deletrea) Pa-ra   guar-dar   co-sas.

 

CLARA.- (A Edith) ¿Esto se hace así?

 

EDITH.- Es un profesional.

 

CLARA.- No me parece serio, la verdad.

 

(Carlos busca por la habitación. Revuelve cosas. A veces busca la complicidad de Edith, a veces se detiene en mirar el cuerpo de Edith. En un momento se recuesta en la cama y dormita)

 

MARIO.- (Volviendo de sus pensamiento) Perdón. ¿Qué decía, Varela?

 

VARELA.- (Triunfante) Me reconoce. Me reconoce. Bien. Algo es algo.

 

MARIO.- ¿Qué dice? Mamá, ¿qué dice?

 

VARELA.- Bueno, bueno. Tranquilo. Lo hemos recuperado, Mario. (A los demás) ¿Vieron? Dije que era temporal. Nada más que temporal. Ojo, que de todas formas, este caso ha sido asombroso porque a veces tardan días o hasta meses en recordar.

 

MARIO.- (A Edith) ¿De qué habla?

 

VARELA.- ¿Usted recuerda que su esposa haya perdido la vida en el día de hoy?

 

MARIO.- Claro, si yo la maté. ¿Usted es idiota o se hace el boludo?

 

VARELA.- (A los demás) Bueno. El éxito ha sido total. Rotundo. El paciente recuerda absolutamente todo. Brillante.

 

MARIO.- (A Carlos, quien se despierta) ¿Vos lo recomendaste a éste?

 

CARLOS.- ¿Eh? Ah, me había dormido un cacho. ¡Es que es una hora, nene!

 

MARIO.- ¿Querías que la mate a la hora del almuerzo, papá?

 

VARELA.- Tranquilo, Mario. Tranquilo, ¿eh? (Casi didáctico) ¿Dónde la puso? ¿Dónde está su señora esposa?

 

MARIO.- (Señala hacia la cama sin mirar) Ahí, pero ustedes no pueden verla.

 

CLARA.- ¿Dónde?

 

EDITH.- ¿En la cama?

 

MARIO.- (señalando y mirando hacia la cama) Ahí... en... la... (Grita hacia el baño y la cocina alternativamente) Susana. Su ¿Dónde estás? Dónde te metiste? ¿Susana? (Recorre el departamento ante la mirada incrédula de los demás)

 

EDITH.- Se olvidó. No sabe. Quién sabe qué hizo el pobre después de matarla.

 

MARIO.- (Volviendo de la cocina) Se fue.

 

VARELA.- (Complaciente) ¿Quién, Mario?

 

MARIO.- Susana. Mi esposa.

 

VARELA.- ¿Cuándo se fue?

 

MARIO.- Recién. Recién yo estaba con ella en el borde de la cama y se fue. Desapareció de golpe.

 

VARELA.- A ver. Vayamos de a poco. Entonces no la mató. No estaba muerta.

 

EDITH.- En la cama hay sangre.

 

VARELA.- (Lógico) Sí, pero si se fue. Si la señora salió por esa puerta caminando por sus propios medios...

 

MARIO.- Está muerta. Le clavé la cuchilla en medio del pecho, como habíamos quedado, pero ella no se murió. No. Esperen. Se murió. Se murió enseguida. Pero...

 

CARLOS.- ¿Pero...?

 

VARELA.- (Perdiendo el control) ¿Pero qué, Mario? ¿Pero qué? La mató, se  murió en seguida pero... (Esperando que Mario complete la frase) pero...pero.... (le pega un cachetazo. Trata de calmarse.) Perdonen, pero a veces, no hay más remedio que contrarrestar un shock con otro shock.

 

EDITH.- Como el hipo.

 

VARELA.- ¿Qué?

 

CLARA.- Lo del hipo es otra cosa.

 

VARELA.- ¿De qué hablan? ¿De Edipo?

 

CLARA.- (Casi deletrea) El hi-po. Dice lo de darle un susto a alguien o un cachetazo para que se le vaya el hipo.

 

MARIO.- Cállense un rato, por favor. Es complicado. Difícil de creer, pero verdad. (Todos escuchan atentamente, pero como si estuvieran escuchando a un loco) Susana... el espíritu de Susana decidió que aún no quiere irse y anda con su cuerpo a cuestas dando vueltas. Hasta hace un rato estaba acá, pero ahora se fue. Y sólo yo puedo verla. Nada más que yo.

 

(Larga pausa. Todos lo siguen mirando. Luego se miran entre ellos. A instancias de Varela hacen como una ronda integrada por Carlos, Edith, Clara y el propio Varela. Le dan las espaldas a Mario y hablan entre ellos, intentando que Mario no escuche)

 

VARELA.- Miren. El estado de shock es muy fuerte. Creo que subestimé la situación. Por un lado habría que encontrar el cuerpo, que debe estar por algún lugar de la casa y por otro... a este hombre hay que internarlo urgentemente. De otra forma no puedo hacerme responsable por su salud mental y las consecuencias que sus actos puedan traerle a él y a terceros.

 

MARIO.- Yo se que es difícil de creer, pero es así. (A Varela) Busque el cuerpo que no lo van a encontrar.

 

(Todos miran a Mario como por el rabillo del ojo. Pero escuchan a Varela.)

 

VARELA.- Déjenlo en mis manos. Yo lo llevo a una institución de salud mental y ustedes resuelvan el otro tema.

 

CLARA.- (Reaccionando) No, espere. No se borre. No se haga el boludo. Usted es tan cómplice como nosotros y se tiene que quedar acá.

 

CARLOS.- Bastante nos cobra por este servicio, Varela. Yo lo traje. Entienda mi situación frente al resto de la familia.

 

VARELA.- (A Clara) Está confundiendo mi rol en este lugar, señora. (A Carlos) Bueno, entenderá que no se trata de un servicio tradicional. Un pacto de silencio tiene sus costos.

 

EDITH.- Rol, las pelotas. (Reacciona) Perdone, Clarita. (A Varela) Quiero decir que usted se tiene que quedar con nosotros y asumir las consecuencias.

 

MARIO.- Basta. Déjense de pavadas. Créanme. Es mejor que me crean. Susana, el espíritu de Susana, está dando vueltas por ahí y ustedes hablando pavadas. (Todos lo miran. Mario aclara) Sí, ya se que las mías suenan más a pavadas que las de ustedes, pero les juro que es verdad.

 

VARELA.- (Cambiando la estrategia) Como terapeuta, tengo que reconocer que, si bien me cuesta creerle, no se trata de un disparate, ya que ha habido casos de muertos que se niegan a irse al más allá. Creen tener aún cosas pendientes en la tierra y se quedan hasta saldarlas. De todos modos, me gustaría hacerle unos estudios, Mario. No lo tome a mal, pero...

 

MARIO.- Creanmé, por favor.

 

(Todos guardan silencio. Piensan. Miran a Mario. Miran a Varela.)

 

CLARA.- (Por Varela) Éste es un perfecto desconocido. (A Mario) Vos en cambio sos mi hijo.

 

VARELA.- (Justificándose) No, si yo digo que puede ser verdad lo que nos dice el paciente, solo que...

 

CARLOS.- (A Mario) Y...che... ¿Estaba así...muy muerta... Susana o se la veía bien? (Lascivo) ¿Salió vestida o estaba medio desnuda?

 

CLARA.- ¿Qué preguntas hacés?

 

EDITH.- (A Carlos) Duerme en pijama, casi toda vestida. ¿No, Mario? (A Mario) ¿Vos estás seguro que estaba muerta? Mirá si la cuchilla le entró por la axila y ella se quedó así, sujetándola y te tomó el pelo todo el tiempo.

 

MARIO.- Les digo que está muerta. Muerta del todo. Sólo que todavía, digamos, permanece entre nosotros. (Pausa) Me quiere joder la vida.

 

CARLOS.- ¿Y qué hacemos, entonces?

 

VARELA.- Reflexionemos un poco.

 

CLARA.- (A Varela) Déjese de embromar. Carlos tiene razón, ¿qué hacemos? Algo hay que hacer.

 

CARLOS.- Yo cumplí con mi parte. Traje las bolsas. Le pedí reforzadas. Me quería vender unas comunes, que se rompen enseguida. Le digo al tipo. “¿usted sabe cuánto pesa un cuerpo?

 

MARIO.- ¿Le dijiste al tipo que ibas a meter un cuerpo en las bolsas?

 

CARLOS.- No.

 

MARIO.- Pero es lo mismo. Le dijiste al tipo si sabía cuánto pesaba un cuerpo.

 

CARLOS.- No le dije un cuerpo de qué. Podía ser un animal. Un cordero. Un chancho. Hasta un pollo.

 

MARIO.- ¿Bolsas reforzadas para un pollo? Vos sos un animal. No ves que ese tipo te pudo haber denunciado...

 

CARLOS.- Varios pollos, podían ser. Vos ves muchas películas policiales. Si ni me conoce, el tipo. Fui a un negocio del Once. Una casa de descartables. Pará, acá tengo la boleta. (Busca en un bolsillo)

 

MARIO.- ¿La boleta? ¿Vos estás loco?

 

CARLOS.- (Lee) “Tradicional Casa Álvarez, polipropilenos, poliuretanos, artículos de cotillón....”

 

MARIO.- Hay que quemarla.

 

CARLOS.- ¿Quemarla? ¿No la íbamos a cortar en pedacitos? ¿Y la motosierra?

 

MARIO.- La boleta. Hay que quemar la boleta. Es evidencia.

 

CARLOS.- ¿Sos tarado, hijo? ¿Cómo evidencia? Es una boleta por unas bolsas de residuos. Ah, y unos vasitos que compré para el cumpleaños de la prima de Clarita, que lo hace en casa porque en el departamento de ella no hay lugar para tanta gente. Invitó a todos los parientes, a los compañeros del trabajo, a las amigas de la secundaria... a medio mundo, invitó. Estaban baratos. (Breve pausa) Los vasitos.

 

MARIO.- (Imperativo) Papá

 

CARLOS.- Sí. ¿En qué estábamos?

 

MARIO.- Papá, es la boleta de las bolsas de residuos donde vamos a poner a Susana.

 

CARLOS.- Pero para que esta boleta sea evidencia, tendrían que encontrar el cuerpo de Susana dentro de las bolsas. Y en el plan que tenemos, se supone que eso no va a pasar. Porque tenemos un plan, ¿no?

 

MARIO.- Sólo trato de no dejar flancos sin cubrir, papá.

 

EDITH.- Y nosotros sólo tratamos de ayudar, Mario. Te quejás, te quejás, pero nosotros lo único que hemos hecho es ayudar. ¿Sabés lo que me costó aprender a encender esta motosierra? (La toma y la enciende)

 

MARIO.- Apagá eso. ¿Querés que vengan los vecinos? Esto es un departamento.

 

EDITH.- (Apaga la motosierra) ¿Y cómo pensás hacer cuando haya que cortar a Susana? Esto no tiene silenciador. Sos un desconsiderado. ¿Y lo que yo estudié sobre el cuerpo humano en estos días? ¿Sabés lo que estuve estudiando para saber cómo cortarla?

 

MARIO.- No exageres.

 

EDITH.- ¿Que no exagere? Cada costilla, cada hueso. Húmero, radio, cúbito, metacarpiano, escápula, fémur, tarsiano. ¿Sabés cuántos huesos tiene la mano? No sabés. ¡Qué vas a saber! Veintisiete, Mario, veintisiete. ¿Y el pié? Veintiséis. Uno por uno me los aprendí para saber por dónde cortar. Falange, falangina y falangeta. No te rías, se llaman así. Puede sonar ridículo, pero es así, Mario. Y tu papá, buscando bolsas que soporten el peso de la gorda de Susana sin romperse. Porque estaba re gorda, reconocelo, Mario. Una gorda bárbara, la gorda.

 

MARIO.- Basta de decir pavadas.

 

EDITH.- ¿Pavadas? ¿Sabés que a veces pienso que nos equivocamos? Tendríamos que haber convencido a Susana para que te mate a vos. ¿Que no diga pavadas, que no exagere? Para vos es fácil. Mirá, Mario, lo de estudiar el cuerpo humano fue una estupidez al lado de aprender a manejar esta maquina (Señala la motosierra) ¿Sabías que el uso descuidado puede causar lesiones graves e incluso mortales? Además, estas motosierras están fabricadas para cortar madera. Madera, Mario, madera. No personas. No huesos. No esposas. No gordas. En el curso que hice decían muy clarito que cuando se utilice una motosierra para cortar otros objetos, hay que consultar el Código de Disposiciones Federales de los Estados Unidos, Mario. ¿Escuchas? “...Federales... Estados Unidos...”

 

MARIO.- ¿Qué decís?

 

EDITH.- Que por vos me estoy arriesgando a tener conflictos internacionales. Que me busque la CIA, el FBI, la INTERPOL. Además, ¿sabías que para operar esta cosa hay que usar zapatos de seguridad (Muestra las botas que lleva puestas), ropa ajustada (Muestra el ajustadísimo vestido que lleva), guantes protectores (Muestra los guantes de fiesta que usa) y aparatos protectores para la cabeza y los ojos (Muestra una capelina y unos anteojos de sol).

 

MARIO.- Vos sos tarada.

 

CARLOS.- No la trates así.

 

CLARA.- Dejá que se arreglen entre ellos. Nunca nos metimos en las relaciones de nuestro hijo.

 

EDITH.- ¿Tarada, me decís? ¿Sabías que el operador de una maquina de éstas debe estar en perfecto estado físico y psíquico y no haber consumido ninguna sustancia?

 

CLARA.- (Que estaba un poco distraída) ¿Qué pasa? Qué pasa?

 

EDITH.- ¿Y que el uso prolongado de la motosierra te puede provocar el fenómeno de Raynaud o el síndrome del túnel de carpio?

 

MARIO.- ¿Qué es eso?

 

EDITH.- (Alterada, casi a los gritos) No tengo ni idea.

 

VARELA.- Son trastornos nerviosos y circulatorios y necrosis en los tejidos.

 

CARLOS.- (Defendiendo a Varela) Ven que el tipo sabe.

 

EDITH.- (A Mario, por lo que ha dicho Varela) ¿Lo escuchás? ¿Lo escuchás? (Imperativa, pero didáctica) ¿Vos sabés lo que es el “bloqueo giratorio”? ¿Y la “válvula de descompresión” o “la púa de tope”? ¡Qué vas a saber! Pero hablás. Igual, hablás. Me pasé semanas practicando. Primero haciendo el curso; después, estudiando el manual y finalmente, practicando. Me acordé de cuando iba al colegio y diseccionábamos una rana. (Actuando) “No debe ser muy distinto”, me dije.  Cacé una rana, la puse en la mesada de la cocina y le di con la motosierra. La destrocé. No quedó ni rana, ni mesada, ni nada. Todavía estoy sacando pedacitos de rana debajo de la heladera y al costado de la cocina. Después me compré una media res en la carnicería y practiqué con la mitad de la vaca. (Enciende la motosierra y parte una silla al medio con ella)

 

CARLOS.- ¡Qué mujer!

 

CLARA.- (Que sigue distraída) ¿Ya apareció el cuerpo?

 

VARELA.- Tranquila, señorita, tranquila.

 

EDITH.- (Apaga la motosierra) Tomé experiencia, Mario. Experiencia. ¿Vos sabés lo que es eso? Tanto estudio, tanta formación... ¿para qué?(Se emociona hasta el llanto) Hice todo eso por vos. Por vos. Porque te amo. ¿Te enteraste? Te amo. (A los demás, exagerada) ¿Se enteraron? Lo amo. (A Mario) Porque a veces, parece que no lo supieras. Te amo. Pero vos ni te das cuenta. Vos nunca reconocés lo que una hace por vos. (Pausa) Así son los hombres. (Se desploma en una silla o sillón)

 

MARIO.- (Como para sí, pero alarmado por su descubrimiento) Igual a Susana. Sos igual. Las mismas palabras. Igual a ella.

 

EDITH.- (En medio del vahído) Pero flaca.

 

MARIO.- Y no digas que lo hiciste por mí. Fue por vos. Vos tenías suficientes motivos...

 

EDITH.- (Lo interrumpe. Violenta) Calláte, querés.

 

CARLOS.- Bueno. Cálmense. Volvamos a donde estábamos. (Consuela a Edith. Se le acerca, la abraza, la toca) Y te aclaro, Edith que no quiero desmerecer tus esfuerzos. Está claro que mi hijo no valora los esfuerzos que los demás hacen por él. (A Mario) Supongamos que tenés razón, que Susana anda por ahí. ¿Qué hacemos?

 

EDITH.- (A Mario) Eso. Decí algo. Al fin y al cabo se te escapó a vos.

 

MARIO.- Hay que encontrarla.

 

CLARA.- ¿Para qué? Si se fue, listo. ¿No teníamos que deshacernos del cuerpo? Bueno, desapareció sin que nosotros tengamos que hacer nada. Mejor.

 

MARIO.- No entienden. ¿Y si aparece en cualquier momento, en cualquier lugar? ¿Y si ahora está en la policía contándoles todo?

 

CARLOS.- ¿No decís que sólo a vos te puede ver?

 

MARIO.- Eso dice ella, pero no estoy seguro que sea así. Mirá si se anda paseando con la cuchilla clavada en el pecho.

 

EDITH.- De todos modos ella no sabe nada.

 

MARIO.- Sabe que la maté.

 

EDITH.- Bueno, pero nada más que eso.

 

MARIO.- ¿Te parece poco?

 

EDITH.- No me parece lo más terrible. Y sabés que tengo razón.

 

VARELA.- No entiendo.

 

CARLOS.- Mejor.

 

MARIO.- Bueno, pero digo que Susana puede andar por ahí...

 

EDITH.- Capaz que tiene el poder de hacerse ver por quién ella quiera. La muy gorda, capaz que anda por un shopping de compras. Se hace la invisible y se lleva toda lo ropa que quiera.

 

CLARA.- Bueno, yo nunca la pude ver.

 

EDITH.- Estamos hablando de verla en serio. Verla, Clara. No en sentido figurado.

 

CARLOS.- (A Clara) Vos igual no ves un pomo.

 

VARELA.- Ordenemos la situación. Mario tiene razón. Hay que encontrar el cuerpo del delito cuanto antes.

 

MARIO.- ¿Entonces?

 

VARELA.- No veo otra solución que una sesión de “oui-ja”.

 

CLARA.- ¿Una qué?

 

EDITH.- Sea claro, doctor, que la gorda anda de shopping con la cuchilla en el pecho y nosotros acá sin hacer nada.

 

VARELA.- Propongo una sesión de “oui-ja”. Conocido popularmente como el “juego de la copa”. “Oui-ja”: quiere decir “sí” en francés y en alemán.

 

MARIO.- Espiritismo.

 

VARELA.- Mire, el espiritualismo, como prefiero llamarlo, acá tiene mala prensa, pero en casos como estos ha dado resultados asombrosos.

 

MARIO.- (Casi como para sí) Creo que ésta va a ser la noche más larga de mi vida.

 

EDITH.- A mí me encanta. Juguemos. ¿Hay que apagar las luces?

 

CLARA.- Yo ni loca, me da terror.

 

CARLOS.- Explíquese.

 

VARELA.- Ni es un juego ni hay que temerle. Pero me parece lo más apropiado para convocar al espíritu de Susana, tratar de que se haga presente entre nosotros y convencerla de que nos haga entrega de su cuerpo.

 

MARIO.- Es difícil negociar con ella, Varela.

 

VARELA.- Bueno, podemos ofrecerle la sepultura que ella prefiera. Negociar en eso. Muerta está muerta y será un espíritu, pero no es boluda y sabrá que es imposible resucitarla. Lo más que puede pedir es que no la descuarticemos.

 

EDITH.- ¿Y la motosierra?

 

CLARA.- Yo no estoy dispuesta a hacer este juego. No cuenten conmigo.

 

CARLOS.- Vos hacés lo que yo te digo.

 

EDITH.- Por favor, Clara, probemos. No se pierde nada con probar.

 

CARLOS.- (Mira a Edith con deseo) Edith tiene razón.

 

MARIO.- (A Varela) Hay que negociar también que se saque la cuchilla del pecho. Es porfiada, Varela, y no quiere sacársela por nada del mundo. Y la cuchilla es evidencia. Ella misma me lo dijo.

 

EDITH.- Si la conoceré. Porfiada y coqueta. Se deja la cuchilla por eso. Por coqueta. Gorda, pero coqueta.

 

VARELA.- (Lógico) Si nos entrega el cuerpo, la cuchilla se la sacamos nosotros.

 

MARIO.- (Que no lo había pensado) Tiene razón. Si nos entrega el cuerpo, es nuestro y hacemos lo que queremos.

 

VARELA.- Preparemos la sesión. Arrimen esa mesa. (Se refiere a una mesa redonda) Traigan una copa y hagan el abecedario y los números del uno al diez en unos papelitos. Ah, también las palabras “sí” y “no”. (Todos preparan algo para la sesión) Talco. (A Mario) ¿Tiene talco?

 

MARIO.- Sí. ¿Para?

 

VARELA.- Hay que entalcar la mesa. Así corre con más fluidez la copa. (Pausa) Que lástima que no haya un niño entre nosotros.

 

CARLOS.- ¿Un niño? ¿Por?

 

VARELA.- Los espíritus se llevan muy bien con los niños. ¿Alguno ha consumido alcohol o estupefacientes? Si alguien ha consumido estupefacientes o alcohol, no me hago responsable de los resultados de la sesión. (Nadie contesta. A Clara) Usted, señora, me pareció que... ¿Está medicada?

 

CLARA.- (Visiblemente alterada) No seguirán escuchando a este hombre con seriedad, ¿no?

 

MARIO.- (Grita) Mamá, la reputa madre que te parió, carajo. Maté a mi esposa, le clavé una cuchilla en medio del pecho. Edith trajo una motosierra para cortarla en pedacitos, papá trajo las bolsas de residuos, contratamos a Varela para la contención emocional de cada uno de nosotros, la muy puta de Susana, en lugar de quedarse muy muertita en la cama como Dios manda, me taladró la cabeza con reclamos y reproches y se mandó a mudar. Ella, su espíritu y su cuerpo. Anda por ahí con el cuerpo del delito encima y ¿vos te negás a la única solución coherente que alguien propuso en la última media hora?

 

CARLOS.- Tiene razón.

 

EDITH.- Clara, por favor.

 

VARELA.- Escuche a su hijo, señora y valore el aporte de la ciencia. (Ya está preparada la mesa para la sesión.) ¿Nos sentamos? (Todos se sientan a la mesa)

Coloquen ambas manos sobre la mesa y hagan que los dedos pulgares de ustedes se toquen y que los meñiques se toquen con los del compañero de al lado. Eso. Muy bien. Ahora concéntrense en Susana y poco a poco vayan llevando el dedo índice al borde de la copa más cerca de ustedes. Muy bien. Yo oficiaré de médium, haciendo las preguntas e interpretando las respuestas. Leyéndolas, bah. (Todos colocan sus dedos índices en la copa) Primera pregunta: ¿Hay alguien ahí?

 

MARIO.- Perdone, Varela, pero no nos interesa si hay alguien, sino si está Susana. Sólo ella.

 

VARELA.- Mario, déjeme a mí. Estas sesiones empiezan preguntando si hay alguien ahí, si algún espíritu se ha hecho presente. No sea ansioso. ¿Hay alguien ahí? (La copa empieza a moverse. Varela lee) “Sí”. Dijo que sí. ¿Quién eres? (La copa empieza a moverse. Varela lee.) S-o-y  u-n  e-p-i-r-i-t-u-  m-u-y...

 

MARIO.- Apure el trámite. Pregúntele el nombre o la edad, a ver si es Susana o no.

 

VARELA.- Se cortó. Lo cortó, Mario. Vamos de nuevo. ¿Qué edad tienes? (La copa empieza a moverse. Varela lee) “ochenta y seis”.

 

MARIO.- Listo, no es. Andate. Basta. Vamos con otro.

 

VARELA.- Espere. Esto no es así. (Como al espíritu) Gracias, espíritu de ochenta y seis años, gracias, buscamos a otro espíritu. Adiós. (La copa se mueve. Varela lee) “¿C-ó-m-o  a-n-d-a-n?”

 

MARIO.- Basta. Dígale que se vaya. Nos está ocupando el... el... no sé... que se corra, que se vaya... que buscamos a Susana.

 

VARELA.- (La copa se mueve. Varela lee) “M-a-r-i-t-o, s-o-s   e-l   m-i-s-m-o   p-e-l-o-t-u-d-o    a-n-s-i-o-s-o   d-e   s-i-e-m-p-r-e”

 

MARIO.- ¿Quién mierda es?

 

CARLOS.- No, dejá es una joda de Varela.

 

EDITH.- ¿Qué joda? Yo seguí la copa como Varela y leí lo mismo. Te conoce, Mario.

 

MARIO.- ¿Sos vos Susana y te estás haciendo la boluda?

 

VARELA.- (La copa se mueve. Varela lee) “S-o-y   t-u   a-b-u-e-l-a   C-a-r-l-o-t-a,    p-e-d-a-z-o   d-e   i-n-ú-t-i-l”

 

CARLOS.- ¡Mamá!

 

CLARA.- (Por lo bajo) ¡Vieja de mierda!

 

MARIO.- ¿Abuela? Perdoname, pero estamos buscando a Susana que se nos perdió.

 

VARELA.- (Se mueve la copa. Varela lee) “N-o   t-e   h-a-g-á-s   e-l   p-e-l-o-t-u-d-o   d-e   n-u-e-v-o. L-a   b-o-l-e-t-e-a-s-t-e   e-s-t-a   m-a-d-r-u-g-a-d-a   y s-e  t-e   e-s-c-a-p-ó, p-e-r-o   m-e   p-a-r-e-c-e   q-u-e   n-o   q-u-i-e-r-e   h-a-b-l-a-r   m-á-s   c-o-n   v-o-s. L-o   b-i-e-n  q-u-e   h-a-c-e. ¿S-e-g-u-í-s   s-i-e-n-d-o   e-l m-i-s-m-o   f-r-a-c-a-s-a-d-o   d-e   s-i-e-m-p-r-e?” (Se corta. Varela deja de leer.) Se cortó. (La copa se mueve) Esperen, ahí va de nuevo (Varela lee) “Y v-o-s, C-l-a-r-i-t-a, n-o  t-e   h-a-g-á-s   l-a   e-s-t-ú-p-i-d-a     q-u-e  t-e   e-s-c-u-c-h-é    p-e-r-f-e-c-t-a-m-e-n-t-e. ¿C-h-e, C-a-r-l-o-s, h-i-j-o, t-e   s-i-g-u-e    c-a-g-a-n-d-o   c-o-n   t-u   s-o-c-i-o   t-u   e-s-p-o-s-a?”.

 

MARIO.- Varela, córtela. No le de más la palabra a esta vieja de mierda.

 

CARLOS.- (Que hace rato está llorisquenado) Mamá, mamá. ¿Qué decís? (A Clara) ¡Clara! ¡Explicame!

 

CLARA.- En vida siempre dijo boludeces, ¿te imaginás, ahora, que está muerta?

 

CARLOS.- ¿Con mi socio?

 

CLARA.- No le creas, mi amor. (Saca unas astillas d su cartera y las toma)

 

CARLOS.- No lo puedo creer.

 

CLARA.- Después hablamos, mi vida.

 

VARELA.- Bueno, sigamos. A ver si aparece otro espíritu. (La copa se mueve, Varela lee) ¿P-o-r    q-u-é    n-o    d-i-c-e-n   p-o-r   q-u-é   q-u-e-r-í-a-n   m-a-t-a-r-l-a?

 

MARIO.- Es la abuela, de nuevo.

 

VARELA.- No está mal lo que propone. Develar los motivos, sacarlos afuera.

 

EDITH.- (Alterada) Este hombre está loco.

 

CLARA.- (A Carlos) Edith tiene razón. Tu mamá, vaya y pase, siempre estuvo loca, pero este tipo...

 

VARELA.- Me parece una buena oportunidad para que cada uno...

 

CLARA.- (Lo interrumpe) Cállese, hombre. No entiende que no queremos.

 

EDITH.- No podría.

 

CARLOS.- Ninguno podría.

 

VARELA.- Pueden cortar en pedazos un cuerpo y no pueden decir, sólo decir los motivos...

 

EDITH.- (Alterada) No.

 

CLARA.- (Alterada) Callen a este hombre. Carlos, hacé algo, por favor.

 

CARLOS.- Basta, Varela. Sigamos buscando a Susana.

 

VARELA.- (A Mario) Y, usted, Mario...

 

MARIO.- (Serio. Lo mira fijo) Yo no sé de qué me habla.

 

VARELA.- (Resignado) Bueno. Como quieran. Vuelvan a poner los dedos en la copa. (Lo hacen) ¿Hay alguien ahí? (La copa se mueve. Varela lee) “Sí”. Dice que sí. ¿Quién eres?.

 

MARIO.- La edad, simplifiquemos.

 

VARELA.- (se corrige) ¿Qué edad tienes? (la copa se mueve. Varela lee) “O-c-h-o   a-ñ-o-s”.

 

MARIO.- Andate, Sigamos con otro fantasma.

 

EDITH.- Espíritu.

 

VARELA.- (La copa se mueve.) Se mueve muy rápido. Los niños son muy ágiles.  La copa se sigue moviendo. Varela lee) “Esperen, esperen. Soy un loro que se reencarnó en la Reina de Inglaterra cuando tenía ocho años. La Reina parece que estuviera viva, pero se murió a los ocho años. Mi cuerpo creció y sigue gobernando Inglaterra, pero mi espíritu es el de una niña”.

 

CLARA.- ¿A Inglaterra la gobierna el cuerpo de una vieja sin espíritu?

 

VARELA.- “Exacto”.

 

EDITH.- (A Varela) ¿Eso lo dijo usted o la pendeja?

 

VARELA.- La niña. Yo sólo leía. ¿Ustedes no siguen los movimientos de la copa?

 

EDITH.- Yo me distraigo con facilidad.

 

MARIO.- Basta, con la nena esta y la Reina de Inglaterra. Quiero a Susana.

 

VARELA.- Volvamos a la copa. (La copa se mueve. Varela lee) “¿Q-u-é  h-i-c-i-s-t-e-   c-o-n   e-l   c-a-m-p-i-t-o   q-u-e   t-e   h-e-r-e-d-é,  C-a-r-l-i-t-o-s?”.

 

CARLOS.- Es mamá de nuevo. (se emociona nuevamente) Lo tuve que vender, mami. Perdoname. Te pido mil perdones. (Llora) ¿Me explicás lo de Clara, mamá?

 

MARIO.- La abuela de nuevo. Abuela, dejate de romper las pelotas y andate de una vez por todas., Bastante jodiste en vida.

 

VARELA.- (La copa se mueve. Lee) “M-e-   l-o   i-m-a-g-i-n-a-b-a. ¿Y a t-u h-e-r-m-a-n-a   l-e   d-i-s-te   l-a   m-i-t-a-d? Y d-e-c-i-l-e   a t-u  h-i-j-o   q-u-e   e-s   e-l   m-i-s-m-o   m-a-l-e-d-u-c-a-d-o   d-e   s-i-e-m-p-r-e”.

 

MARIO.- (Saca las manos de la copa) Basta, Varela. Empecemos de nuevo.

 

VARELA.- Bueno, volvamos con los dedos a la copa. Empezamos de nuevo. Concéntrense.

 

CARLOS.- (Sigue llorando) No, mamá. A Matilde la cagué en su cincuenta por ciento. Está en la ruina. No nos vemos más. Te conté que ella....

 

VARELA.- (Lo corta. A Carlos) No creo que ya lo esté escuchando, Carlos. Se fue.

 

CARLOS.- (Alterado) ¡No! ¡No! Que me escuche. Nunca me escuchó en la vida. Ahora, que me escuche. Mamá, escuchame. Siempre creíste que Matilde era perfecta, pero no sabés la verdad. Matilde es una bruja. Una hija de puta. Una turra. Mamá, tenés que saber la verdad. Ella te cagó a vos. Te hizo creer iba a la facultad a estudiar, que se iba a recibir de médica y hacía la noche, mami. Hacía la noche. ¿Entendés? Es una puta, mamá. Te llevaba plata y vos creías que era la buena chica que vos soñaste y que te cuidaba y mantenía, pero la verdad que hacía la noche... y el día también. Se cargó a todo el barrio, mamá. A los amigos de papá, a sus compañeros del club, a tus primos del campo...

 

VARELA.- (Que, como los demás, ha permanecido paciente al relato) Perdone, Carlos, pero su mamá... quiero decir el espíritu de su mamá no lo ha escuchado. (Carlos llora desconsoladamente)

 

MARIO.- (Como para sí) Mirá la tía Matilde.

 

CLARA.- Puta, puta, siempre fue una puta.

 

CARLOS.- Perdonen, tenía que decirlo.

 

MARIO.- Sigamos. Hay que encontrar a Susana.

 

VARELA.- Sigamos. Vamos. Los deditos, por favor. En la copita. Eso. Muy bien. ¿Hay alguien ahí? (La copa se mueve. Varela lee) “Sí”.

 

MARIO.- La edad, acuerdese.

 

VARELA.- ¿Qué edad tienes? (La copa se mueve. Varela lee) “T-r-e-i-n-t-a   y s-i-e-t-e   a-ñ-o-s”.

 

MARIO.- (Exaltado, saca el dedo de la copa) ¡Es Susana! ¡Susana!

 

EDITH.- ¿Estás de shopping, turra?

 

VARELA.- Esperen. (A Mario) Vuelva con el dedo a la copa. (La copa se mueve. Varela lee) “La verdadera Reina soy yo, una nena de ocho años, pero el mundo no lo sabe y mi imperio es gobernado por una mujer sin...”

 

MARIO.- (Alterado) Correte, pendeja de mierda, que estábamos hablando con mi esposa.

 

VARELA.- La culpa es suya que soltó la copa. (La copa se mueve. Varela lee) “Aquí estoy con el espíritu de mi hijo...”

 

MARIO.- Basta, Varela, basta. Entre mi abuela y la pendeja esta que se cree la Reina de Inglaterra me tienen podrido. Esto no funciona. No hay caso. Susana no quiere aparecer.

 

CLARA.- Está clarito, no quiere hablar con vos, nene.

 

CARLOS.- En vida no era muy conversadora que digamos.

 

VARELA.- (La copa se mueve. Varela Lee) “H-o-l-a   m-i   a-m-o-r, ¿e-s-t-á-s   b-i-e-n?” (Varela pregunta) ¿Quién sos? (La copa se mueve. Varela lee) “E-d-i-t-h-, m-i   a-m-o-r. ¿e-s-t-á-s   b-i-e-n? T-e   e-x-t-r-a-ñ-o   t-a-n-t-o”.

 

MARIO.- (A Varela) ¿Quién es? (A Edith) ¿Quién es, puta de mierda? ¿Quién te dice “amor”?

 

EDITH.- (Perturbada) No sé. (Iluminada) Pero está muerto, Mario. Está muerto. (A Varela) Cortemoslá, esto no da resultado.

 

MARIO.- Me cagabas.

 

VARELA.- Se equivoca, señorita. Lamento si a usted la perturba. Ustedes habrán visto que el método da resultados, sólo que usted (por Mario) es muy ansioso y no ha dejado que los espíritus se expresen con libertad.

 

MARIO.- (A Varela) ¿Usted, alguna vez, mató a su esposa?

 

VARELA.- No estoy casado.

 

CLARA.- Debe ser gay.

 

EDITH.- Como la mayoría de los psicólogos.

 

VARELA.- ¿Quién le dijo semejante estupidez?

 

CLARA.- ¿La mayoría de los psicólogos son gay? ¿De dónde los sacaste? ¿Dónde salió? ¿En el diario?

 

EDITH.- No, pero es evidente. Se les nota enseguida.

 

CLARA.- Bueno, lo importante no es si todos los psicólogos son gas, sino, si usted, Varela lo es.

 

VARELA.- ¿Qué tiene eso de importante? (Se sienta agobiado en una silla)

 

MARIO.- Tiene razón. ¿A quién le importa lo que haga de su vida este tipo?

 

CLARA.- ¿Vas a dejar tu contención emocional en manos de un invertido, Mario? ¿Vos no serán puto también, no?

 

EDITH.- (Se ríe) Le aseguro que no. (Mira a Mario) No, ¿no?

 

MARIO.- Basta de pavadas. (A Varela) Le preguntaba si alguna vez había matado a su esposa. Bueno, no tienen esposa. Entonces, reformulo la pregunta: ¿alguna vez mató a alguien para pedir tranquilidad a quien ha vivido una situación semejante?

 

VARELA.- (Confesando) No tengo esposa. Tuve novias. Pero hace rato que me di cuenta de que lo que me gustaban eran los hombres.

 

CLARA.- (A Edith) Viste que era un invertido.

 

EDITH.- ¿Yo qué le dije?

 

VARELA.- Tardé años en asumirlo. Años de vida, años de terapia, años de recorrer baños públicos y asomarme en los mingitorios, espiar para ver qué me pasaba. Ustedes no saben lo difícil que es convivir con un cuerpo al que uno le pide una cosa y él nos exige otra. Ustedes no tienen ni idea. (Llora desconsoladamente)

 

MARIO.- Perdone, Varela, pero la verdad es que, como decían antes, no me parece que sea importante, ahora, qué hace usted con su cuerpo. El único cuerpo importante, ahora, es el de Susana, que no aparece.

 

VARELA.- Perdonen no me siento bien. ¿Me permiten el teléfono?

 

MARIO.- Dele. (Varela toma el teléfono disca y habla por lo bajo)

 

CLARA.- ¿Dejás que te use el teléfono?

 

MARIO.- Una llamada, mamá.

 

EDITH.- Una llamada no se le niega a nadie, Clarita.

 

CLARA.- Me refiero que no sabés a quién puede estar llamando.

 

MARIO.- Y ¿qué me importa?

 

CLARA.- ¿No te importa? ¿Y si está llamando a la policía? ¿Al juez? Vos no sabés de lo que son capaces los invertidos estos.

 

MARIO.- ¡Mamá!

 

(Varela cuelga el teléfono. Sigue llorando)

 

MARIO.- (A Varela, con cierta timidez) Digame, Varela...No lo tome a mal... No es mi intención controlarlo, pero... ¿Cómo quién hablaba?

 

VARELA.- Con mi terapeuta.

 

MARIO.- (A Carlos) Insisto, papá: ¿quién te lo había recomendado a éste?

 

CARLOS.- Un amigo.

 

CLARA.- Un amigo gay, será.

 

CARLOS.- (Sacado) Sí. Un amigo gay ¿y qué? ¿Qué problema hay? Vos te acostás con mi socio, ésta (por Edith) lo cuerneaba a éste (Por Mario), éste (Por Mario) la cagaba a la mujer y la mató, mi hermana es una puta y la cagaba a mi mamá, yo la cagaba a ella y ¿te preocupás porque tengo un amigo gay?

 

EDITH.- Carlos, no lo esperaba de usted.

 

CARLOS.- Perdoná, Edith.

 

CLARA.- (Como en un vahído) Mi marido es gay. (Se recompone y saca un sobre de la cartera y aspira un polvo blanco)

 

EDITH.- (Superada y en reproche a Carlos) Yo ya no me asombro de nada.

 

MARIO.- (Por Edith) Yo tampoco.

 

EDITH.- Mario, no creerás que... No le vas a creer a un juego... que trajo este puto de mierda.

 

CLARA.- (Por Carlos) Lo mato.

 

EDITH.- No exagere.

 

CLARA.- (A Mario) ¿Tenés otra cuchilla? (Edith toma la motosierra. Piensa. La deja)

 

MARIO.- Pará, mamá. Nadie dijo que papá fuera gay. Solo dijo que tiene un amigo que es gay, que no es lo mismo.

 

CARLOS.- Clara, vamos para casa. Tenemos que hablar. (A Edith) ¿Después hablamos?

 

CLARA.- Te voy a matar.

 

CARLOS.- Vos no vas a matar a nadie. Vamos a casa.

 

MARIO.- ¿Me dejan solo? ¿Se olvidaron que acá hay un problema que resolver?

 

CARLOS.- Cuando aparezca Susana nos hablás. Y te aconsejo que aparezca.

 

MARIO.- ¿Se van justo ahora?

 

EDITH.- Mario, mi amor, tu papá tiene razón.

 

MARIO.- No me digas “mi amor”.

 

EDITH.- Calmate. Acá todo es muy confuso. Yo te creo que la mataste, pero, no sé, reconocé que todo es muy confuso. Mejor quedate solo, pensá, reflexioná, hablá con el psicólogo y cuando tengas las cosas en claro, nos llamás.

 

MARIO.- Te dije que te callaras.

 

(Carlos, Clara y Edith se van hacia la puerta de salida.)

 

EDITH.- ¿La motosierra te la dejo?

 

CARLOS.- Ah, si no vas a usar las bolsas de residuo, me las llevo.

 

MARIO.- Me dejan solo.

 

EDITH.- Te quedás con el doctor.

 

VARELA.- No, perdón. Yo también me voy. (Saluda a Mario. Se acerca a Carlos) Son setenta. Le cobro como una sesión normal y listo. (Carlos lo mira y no le contesta. Van saliendo los tres)

 

CLARA.- Chau, hijo. Tenemos que hablar de lo de tu padre. Si es duro para mí, me imagino para vos que sos el hijo. Es tan importante la imagen paterna en un niño.

 

EDITH.- Vamos, Clara.

 

(Salen todos. En la puerta se cruzan con Susana, a la que siguen sin ver. Susana entra al departamento)

 

SUSANA.- ¿Se van todos?

 

MARIO.- ¿Dónde te habías metido?

 

SUSANA.- Salí a caminar. Para despejarme y pensar un poco.

 

MARIO.- (Agotado) Ah.

 

SUSANA.- ¿Te dejaron sólo?

 

MARIO.- Es que vos no aparecías.

 

SUSANA.- Ah, claro. Perdoname. ¿Querés avisarles que vuelvan a terminan el asunto? Digo, me muero del todo, me descuartizan y eso.

 

MARIO.- (Desanimado) No, dejá, ahora vemos. (Pausa) ¿Vos sabías que mi papá era gay?

 

SUSANA.- No. Pero tu papá no es gay, Mario.

 

MARIO.- ¿Y que mi tía era puta?

 

SUSANA.- ¿Matilde?

 

(Mario no contesta)

 

MARIO.- ¿Y que papá la había cagado a Matilde en guita?

 

SUSANA.- ¿Tu papá a Matilde? ¿Qué guita?

 

(Mario no contesta. Pausa)

 

MARIO.- ¿Vos le conociste a Edith un novio? ¿Un novio que se murió?

 

SUSANA.- ¿Pensabas que Edith te era fiel?

 

(Mario no contesta)

 

MARIO.- ¿Y alguna vez escuchaste que la Reina de Inglaterra se había muerto a los ocho años y de un loro...?

 

SUSANA.- ¿Te sentís bien , Mario?

 

(Pausa larga.)

 

SUSANA.- Caminaba por la calle, en un momento me metí en un shopping. Caminaba como una zombi, pensando... y no hay caso, no puedo entender qué te llevó a matarme, qué hizo que los demás quisieran, también, mi muerte.

 

MARIO.- Nada, Susana, nada.

 

SUSANA.- ¿Cómo “nada”?

 

MARIO.- Dejalo, ahí. No tiene importancia..

 

SUSANA.- ¿No tiene importancia? ¿Te parece? ¿Qué motivos tuvo cada uno? Tu mamá, Edith, tu papá.

 

MARIO.- No querrías saberlo.

 

SUSANA.- ¿Cómo que no?

 

MARIO.- Cada uno tuvo el suyo. Supongo.

 

SUSANA.- ¿Suponés?

 

MARIO.- Pero no querrías saberlo. Te lo aseguro, Susana. No querrías. Nadie querría saberlos.

 

(Pausa larga)

 

MARIO.- ¿Cuánto tiempo te podés quedar así?

 

SUSANA.- No te entiendo.

 

MARIO.- ¿Cuánto tiempo te podés quedar así, en la tierra, con tu cuerpo, así como estás ahora?

 

SUSANA.- No sé. No lo pensé. La verdad que no sé.

 

MARIO.- ¿No te querés quedar?

 

SUSANA.- ¿Quedarme?

 

MARIO.- Sí, quedarte.

 

SUSANA.- ¿Quedarme acá? ¿Así?

 

MARIO.- No sé, un tiempo, al menos. Total... ¿vos te sentís muy mal? (Señala la herida) ¿Te duele?

 

SUSANA.- No, doler, no. Pero...

 

MARIO.- Dale, quedate. Total, cuando no quieras más, te vas y listo.

 

SUSANA.- Dejame pensarlo, Mario. Me mataste. No es fácil de olvidar.

 

MARIO.- Vos me denunciaste por maltratos.

 

SUSANA.- Me pegaste con una llave inglesa...

 

MARIO.- (La interrumpe) Francesa.

 

SUSANA.- Además, tenés una amante.

 

MARIO.- Tenía. Ya no.

 

SUSANA.- Tengo que pensarlo.

 

(Larga pausa. Se abrazan)

 

MARIO.- Un favor más.

 

SUSANA. (Se ha quedado pensando) Decime.

 

MARIO.- La cuchilla.

 

SUSANA.- (Sigue en sus pensamientos) ¿Qué?

 

MARIO.- ¿Te la podés sacar?

 

(Pausa)

 

SUSANA.- ¿Estás seguro que era una francesa?

 

(Comienza a bajar la luz de a poco)

 

MARIO.- Sí, Su. La inglesa es la fija, las más comunes, las del auto; la francesa tiene una rosquita.

 

SUSANA.- ¿Sí?

 

MARIO.- Vos te confundís con la Stilson, que también tiene rosca.

 

SUSANA.- No, nunca oí hablar de una Stilson.

 

(Baja la luz hasta que sobreviene el APAGÓN FINAL)

 

 Fin. VOLVER A TEXTOS TEATRALES

Si quieres dejar algún comentario puedes usar el Libro de Visitas  

Lectores en línea

web stats

::: Recomienda esta página :::

Servicio gratuito de Galeon.com