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¡CÓMO ESTÁ EL TRÁFICO!

de Raimundo Francés

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta al final del texto su dirección electrónica.

 

¡CÓMO ESTÁ EL TRÁFICO!

De: Raimundo Francés

bea45azul@yahoo.com

 

(Sainete en dos actos)

                                           

Domingo es guardia civil de tráfico. Ya es mayorcito y le falta poco para jubilarse. Aunque procede del campo es un hombre despabilado y siguiendo la tradición de la familia fue aceptado a formar parte de la guardia civil por ser hijo del cuerpo. Y, precisamente ahora que le queda poco tiempo de servicio, es víctima de  un grave accidente. En el hospital lo han tenido varias horas en quirófano de urgencias y se ha salvado de lo peor, pero tiene la cara vendada casi en su totalidad, así como la pierna izquierda  hasta el pie y el brazo derecho completamente escayolados. También se le ven algunas zonas del vendaje con huellas de sangre como residuos de las operaciones. Sus compañeros lo han dejado en la puerta de su casa para que descanse y se vaya recuperando. Su esposa, Marta, cuando lo ve aparecer ni lo reconoce. Ella se encuentra acomodada en su sillón viendo una telenovela, mientras hace punto de crochet.  Él lleva el brazo en cabestrillo y el vendaje de la cabeza lo fuerza a  levantar un poco la cabeza para ver apenas con un ojo. Puede llevar gafas, sin con ello la apariencia del personaje pudiera resultar aún más cómica.  Comoquiera que tiene el labio superior cosido (Puede simularse por medio de un trozo de esparadrapo que le sujete ese labio) mantiene la boca abierta para hablar y lo hace con dificultad, sin poder silabear con claridad. Esto hace la situación aún más “penosa”.

 

(Es conveniente que a través de los amplificadores se haga una breve lectura del comienzo de la obra, para una mejor interpretación por parte del público. Basta con adelantar quien es el personaje que va a entrar en el escenario casi totalmente vendado, por qué se presenta  de esa manera y que debido a su aspecto no puede, en principio ser identificado ni por su propia esposa. Lo subrayado arriba resume en esencia ese breve enunciado)

 

VESTUARIO

Excepto el personaje del afectado, que vestirá uniforme de guardia civil de tráfico descosido y abierto en las zonas donde hay escayola,  las dos actrices vestirán de manera convencional.

 

 

ESCENARIO

El habitual de una sala de estar donde se desarrolla toda la representación: Sofá, mesa, sillones, una mesita de TV, un teléfono de mesa, un cuadro y una lámpara. Cualquier detalle complementario se deja a gusto del grupo teatral o de su montador.  Es recomendable que el sofá y el sillón o sillones donde se desarrolla toda la obra estén situados de cara al público.

 

 

                                                   ACTO PRIMERO

 

40 minutos (aprox)

 

Marta suelta las agujas sobre la mesita y acude a abrir la puerta, aunque se ha extrañado porque esta vez no ha sonado el timbre sino que ha sido un auténtico porrazo. Eso, no le gusta nada y la altera un poco por lo que simula tropezar con la rodilla en la mesita

 

MARTA -  ¡Voy! ¡Voy! ¡Ay, coño, que me voy a partir la crisma, por abrir esa puerta! ¡Por Dios!, ¡qué manera de llamar!  ¡Ya decía mi madre, que en Martes y trece, es mejor no moverse de la cama!  Será algún cobrador de esos atontados que no saben ni encontrar el timbre. ¡Y eso, que lo puse dorado para que se viera mejor! ¡Qué torpe es la gente!

 

                           Domingo, asoma lo suficiente como para ser visto por el público pero simula quedarse en el umbral de la puerta. Marta, al ver que el hombre que llamaba estaba más vendado que una momia, y apenas se le veía la cara, reacciona:

 

¡Ay, perdone, pero se ha equivocado usted! La consulta del traumatólogo es en la puerta de al lado. Hasta luego buen hombre,  y que se mejore.

 

                           Haciendo un monólogo tras cerrar la puerta y volviendo a su sillón(o sofá). 

 

MARTA - ¡Qué barbaridad! ¡Ay que ver como está ese pobre hombre! ¡Qué lástima! ¡Se habrá caído de un quinto piso, o se le habrá caído encima un andamio de Astilleros. Cada día hay más accidentes laborales. Ya lo vengo diciendo desde hace tiempo. ¡Es que ya no hay seguridad en el trabajo! Yo no sé en qué estarán pensando. ¡Menos mal que mi marido es guardia civil de tráfico, que si fuese bombero o albañil, yo no podría ni respirar tranquila!

 

                          Pausa de 3 segundos y vuelve a sonar el porrazo en la puerta.  

 

MARTA -  ¡Voy! ¡Mira que si es otra vez el accidentado ese! Claro que en ese estado, no me extraña que no vea ni un pimiento y esté como entortado.  Es que con el accidente no termina todo. Lo peor son las secuelas.  

 

                            Marta vuelve a abrir la puerta y Domingo, esta vez, da unos pasos y entra en el escenario, dejando la puerta abierta y obligando a Marta a retroceder bastante alarmada. .                     

 

MARTA - ¡Oiga! ¿Dónde va usted? Ya le he dicho que el traumatólogo es en la puerta de al lado. ¡Por Dios! ¡Una cosa es que yo lo oriente, y otra cosa es que se cuele en mi casa, así por las buenas!  Si no ha empezado la consulta todavía, ahí enfrente hay una cafetería.  

 

                             El pobre guardia civil intenta explicarle algo haciendo gestos con la mano, pero no se le entiende y Marta insiste en que se vaya.

 

MARTA -  ¡Oiga! ¡Que sí! ¡Que siento mucho que esté usted en ese estado tan lamentable! Pero que aquí no es, que el doctor Manzano tiene la consulta en la puerta B.  Esta es la A. ¿Entiende?  Porque usted a lo mejor no puede hablar, pero veo que por lo menos una oreja se la han dejado sin vendar, ¿no?

 

DOMINGO -  (Hablando con el labio superior levantado de manera que apenas se le entiende) Que soy yo, Martita. Soy yo, Domingo.

 (Sonaría algo así como ‘’que joi yo, artita, joi yo, oingo”)

 

MARTA - ¿Cómo dice? Sí, aquí vive Domingo Cifuentes, que es mi marido, pero él no está. Él es guardia civil, ¿sabe usted? Y está de servicio. (Mirándolo de arriba abajo y viendo que viste un uniforme de guardia civil)  Usted, por lo que veo, también es guardia civil, ¿no? ¿Es usted, acaso, compañero de mi marido? 

 

DOMINGO -  (Se saca con cierta torpeza el DNI del bolsillo de la chaquetilla y se lo enseña)  ¡Mira! ¡Mira! (Sonaría como ‘’ira, ira”)

 

MARTA - ¡Ah! Sí. Efectivamente. Este es mi esposo. ¡Oiga! Y ¿qué hace usted con el DNI de mi esposo? ¡No le habrá pasado algo! ¿Verdad que no?

 

DOMINGO – (Al tiempo que se da con el DNI ligeros golpes en el pecho, como insinuando que se trata de él mismo) ¡ Soy yo! ¡ Soy yo! (joi yo, joi yo)

 

MARTA -  (Por fin lo entiende)   ¿Usted? Quiero decir, ¿tú?  ¿Qué tú eres Domingo, mi esposo? Pero, ¿cómo va a ser eso, hombre, por Dios! Usted no puede ser mi marido. Si mi marido salió ayer de servicio y cuando se metió en el ascensor, iba enterito. ¡Si yo lo vi cogiendo el ascensor! ¡Iba completo de arriba abajo! ¡Vamos! ¡Que no le faltaba nada! Además, iba todo lustroso como un roll-royce acabado de salir de la fábrica. Y usted... ¡Vamos, hombre! ¿Cómo va a ser usted mi esposo! ¡Si usted me  recuerda el ‘’seiscientos” que tenía mi difunto padre cuando lo llevó para el desguace!  ¡Oiga! A mí, las bromas pesadas no me gustan nada ¿eh? Que tengo ataques de ansiedad y el azúcar por las nubes, y me puede dar un coma de esos.  Y usted, precisamente, en esas condiciones no está precisamente,  ¡para cogerme en brazos y llevarme a un hospital! ¡Vamos, digo yo!

 

                          A esto, Domingo, se saca del dedo del bolsillo el anillo de casado donde  se puede leer el nombre de”Marta” para demostrarle de una vez quien es.   

 

MARTA – Sí. Ahí dice ‘’Marta”. Igual que yo. Pero... ¡coño! ¡Si se parece a la sortija de casado que lleva mi marido! ¡Mira! ¡Pero, si usted es...! ¡Pero, si tú eres...! ¡Domingo! ¡Por Dios! Pero, ¡Domingo! ¡Dominguito! ¿Qué te han hecho?  Pero, ¡por Dios y la virgen!  Pero... ¿qué te ha pasado?

 

DOMINGO – (Sujetándose la boca para que su mujer le entienda mejor) ¡Un camión por lo alto!          

 

MARTA - ¿Un camión? ¿A ti? Pero, ¿cómo va a ser eso? ¡Por Dios! Pero, ¡si tú eres guardia civil de tráfico, y de los que están sentados dentro del coche, en la cuneta!

 

DOMINGO – Por eso, Martita, por eso. Si yo fuese guardia administrativo, de esos que están todo el día rascándose los... los gemelos del sur,  solo me pasaría por la cabeza las maldiciones que le echo a mi jefe, ¡que me trae harto! Pero como soy de tráfico, pues me ha pasado por lo alto un pedazo de camión, y por si fuera poco el peso del camioncito de los cojones,  encima llevaba como otras diez toneladas de melones..., pero melones, ¡como bombonas de butano!

 

MARTA - ¡Hijo! ¡Desde luego! ¡No hay derecho! ¡Cuidado como te ha puesto ese cabronazo!

 

DOMINGO – No. Pero así, lo que tú ves, no me lo ha hecho ese camionero, que es un criminal. El vendaje y las escayolas me lo han puesto los médicos de urgencia.

 

MARTA -  ¡Ah! Menos mal. Entonces, es el vendaje, todo manchado de sangre, que resulta siempre muy escandaloso. Ya decía yo...

 

DOMINGO – No, pero, lo que me ha hecho el hijoputa camionero está por debajo del vendaje. ¿Quieres verlo? (Hace un amago de intentar arrancarse el vendaje de la cara) ¡No! ¡Es mejor que no me veas!  Porque, si me ves, te podría dar un telele de esos de muchos voltios,  y tú no estás para esos sustos. Es mejor que me veas así, que estoy más... más disimuladito.   

 

MARTA - ¡Ay, Dios mío! ¡Qué disgusto más grande! Y, ¡ahora precisamente que teníamos ya la reserva para MARINA D’ OR!  ¡Qué ingrata, y qué injusta es esta vida!

 

                           Marta toma a su esposo por el brazo bueno y lo conduce despacio a un sillón.

 

MARTA - ¡Anda! Siéntate, pero con cuidadito,  que acabo de limpiar el suelo y te puedes resbalar, y si te rompes la otra pierna, cuando salgas de urgencias la gente se va a creer que en vez de un guardia civil eres la momia de Tutankamon. ¡Anda!, ponte derecho que te voy a quitar el esparadrapo del labio para que puedas hablar más claro.

 

                             (Mientras que con sumo cuidado le está arrancando el trozo de esparadrapo de la boca, le sigue recriminando)

 

MARTA - De verdad, no me explico cómo un asqueroso camionero puede atropellar a todo un señor miembro de la benemérita. ¡Hijo! Y, tú ¿qué estabas haciendo para que te dejara así, con todas tus piezas más importantes tan estropeadas?

 

DOMINGO – ¿Que qué estaba haciendo? ¡Coño! Pues, ¿qué iba a estar haciendo? ¡Mi trabajo! ¡No te jode!  Le estaba haciendo señales al mariconazo del camionero para que se parase en el arcén y pedirle los papeles. ¡Ah! Y, que te conste, que todas las partes importantes, no me las ha pisoteado, que, afortunadamente, una me la ha dejado en buen estado. Es que, yo no tengo culpa de que estos camioneros, ya no hagan ni caso ni de las señales de un agente de tráfico.

 

MARTA - ¡Eso! ¡Tú..., como siempre! ¡Haciéndole señales a los camioneros! ¡Es increíble la manía que les tenéis a  los camioneros! Es que, ¡no tenéis solución!  Ahora entiendo por qué cada vez que traigo frutas del mercado, están todas para tirarlas a la basura. ¡La culpa es de los guardias civiles de tráfico, que estáis siempre con esa manía de pararlos a todos y entretenerlos horas y horas, pidiéndoles hasta la partida de nacimiento! Que ya, lo único que os falta por pedirles a los pobres camioneros para poder ponerles una multa es, la guía de telefónica y los análisis del colesterol.   

 

DOMINGO – Pues, da gracias a que nosotros controlamos la situación. La semana pasada volcó otro camión y cuando fuimos a comprobar lo ocurrido, descubrimos que el conductor era extranjero, que no tenía permiso de trabajo ni licencia de conducir, y los papeles del camión no aparecieron por ninguna parte. Y, te puedes hacer idea de cómo llevaba  los neumáticos. ¡Más gastados que el presupuesto del ayuntamiento!  ¡Así, pasa..., lo que pasa!

 

MARTA – Y el camionero ese que te ha estropeado para tres meses, ¿llevaba los documentos?

 

DOMINGO – Tampoco. Pero melones, sí que llevaba. Llevaba melones y sandías para alimentar siete meses al ejército de Marruecos. Iba de melones hasta los topes. ¡Qué cantidad de melones! Yo creo que llevaba melones hasta en la guantera.

 

MARTA – Y tú, ¿dónde puñetas te pusiste para hacerle las señales? ¡Seguro que te pusiste plantado en medio de la carretera!

 

DOMINGO - ¡Hombre! ¡Si te parece, me puedo poner montado en un pony, o mejor..., ¡Acostado, como Nerón, en un sofá de tres plazas! ¡Mira que tiene aquí, la señora! Lo que pasa es que el tío mierda, en vez de echarse a un lado siguió la marcha, me atropelló y me dio en toda la “jeta” con las ruedas delanteras. Y luego, con las traseras, me pilló la pierna y el pie.

 

MARTA – Y el brazo, ¿con qué te lo pilló? ¿Con la matrícula?

 

DOMINGO - ¡Y yo que sé! ¡Sería con los doscientos melones que me cayeron encima!

 

MARTA - ¡Bueno, hijo! ¡Pero no chilles tanto, que se te van a despegar las grapas! Aunque yo no se si a ti te han cosido con grapas, con una cuerda de nylon, ¡o te han puesto seis bisagras! Procura hablar clarito y despacito, pero no te esfuerces, que yo te entiendo, ¡que para eso soy tu esposa!

 

DOMINGO – Que digo que no lo sé. Me imagino que me rozaría con la rueda de repuesto. Es que me estaba revoleando como si fuera un toro en los sanfermines. Me han dicho mis compañeros que yo parecía un pelele. La verdad, es que no sé como estoy vivo. Por lo menos, esta vez, lo puedo contar.

 

MARTA – Sí. Ya lo veo. Pero hay que fijarse cómo te ha dejado el bicho ese. Quiero decir, el camionero ese que tiene más mala leche que un toro con cuernos.

 

DOMINGO - ¡Oye, Martita! Que yo sepa, los toros, todos tienen cuernos.

 

MARTA - ¡Sí, ya! Pero yo no me refería a esos cuernos.  Oye, ese camionero, cuando lo trinquen, irá derechito a la cárcel, ¿no?

 

DOMINGO – A la cárcel no sé si irá. Pero los puntos, se va a quedar sin ninguno. Los puntos, parece que me los han puesto todos a mí, que tengo más puntos en la cabeza que en la tarjeta de la BP.    

 

MARTA – Oye. Y hablando de todo. Supongo que después de haberte dejado así, hecho un asquito, te regalarán por lo menos un par de cajas de tomates y otras dos de pimientos ¿no? ¡Qué menos!

 

DOMINGO - ¡Hombre! ¡Faltaría más!

 

                            Se saca a duras penas un papelito que lleva en el bolsillo.

 

DOMINGO - Fíjate en la nota que me han metido en el bolsillo. Es de la bestia esa del camionero, y dice: “Le pido disculpas por el rocecito. Es que iba a ciento setenta y no podía frenar. Le mandaremos un par de cajillos de fruta”.

 

MARTA - ¡Qué tío más cínico! Con que, nada más que un rocecito.  ¡Como yo trinque al camionero ese se va a enterar de lo que es un rocecito de nada! ¡Ese tío va a saber cómo las gasta la mujer de un guardia civil! ¡Mira! ¡Mejor, que no me lo pongan por delante!

 

DOMINGO – Pero, espera que todavía no he terminado de leerte la notita. Al final, dice: “Por favor, no se olvide de dejarme los datos de su seguro para reclamarle la reparación de las abolladuras que usted me ha producido con el cabezazo que usted ha dado en el guardabarros delantero de mi vehículo”

 

MARTA - ¿Eso pone? ¡Será cabestro!  (Haciendo amagos de sacarle la pistola de la funda)  ¡A ver! ¿Dónde tienes la pistola,  Domingo?... ¡que a ese criminal le voy a enseñar yo, a poner reclamaciones!

 

DOMINGO – (Impidiéndole como puede a que se haga de su pistola) ¡Quieta! ¡Quieta, Martita! ¡Que te conozco! Que yo sé muy bien de lo que tú eres capaz. Ya la justicia se encargará, ¡que para eso está!

 

MARTA - ¿La justicia? Fíate mucho de la justicia. ¡Oye, Domingo! Ahora que te estoy mirando mejor. ¿Dónde te has dejado el bigote?

 

DOMINGO - ¿El bigote? ¿Qué bigote? ¡Ah, sí! El bigote. ¡Coño! Entonces, ¿ya no tengo mi bigote?

 

MARTA – Pero, ¡Domingo! ¿Cómo has dejado que ese tío te atropelle hasta el bigote? ¡Eso es lo último, vamos! Por no respetar, ¡no te ha respetado ni el bigote! ¡Eso...! ¡Eso es el peor insulto que se le puede hacer al cuerpo de la benemérita! Y, ahora, ¿donde piensas ir tú sin tu bigote de guardia civil? Por lo menos, si te hubiera dejado el bigote sano y salvo, seguirías siendo Domingo, el guardia civil. Eso sí, todo vendado y escayolado, pero guardia civil..., (haciendo gestos de orgullo con la mano) ¡por encima de todo!  

 

DOMINGO - ¡Calla! ¡Calla! Ahora me acuerdo. No ha sido el cabronazo del camionero. Han sido las enfermeras.

 

MARTA - ¿Las enfermeras? ¡Conque esas tenemos! Así, que no te conformas con presentarte en tu casa así... hecho una mierda, lleno de heridas y de remaches por todas partes, sino que además, ¡has estado ligando con las enfermeras! Desde luego, los hombres, a la menor oportunidad... aunque sea en un hospital, aunque sea en URGENCIAS, donde solo se ve gente gritando y llorando de dolor, con sangre por todas partes, le entregáis el bigote a la primera enfermera que os brinda una sonrisita. ¡Lo que yo digo! ¡Es que los hombres no tenéis solución! Con lo que a mí me gustaba tu bigote de puntas para arriba. 

 

DOMINGO - ¡No! Pero, si yo no he sido. Es que cuando yo estaba en la  camilla del quirófano, así echado, le advertí a la enfermera que me dejara el bigote en su sitio, pero ella me decía una y otra vez. Usted tranquilo. Usted no hable. Usted, relájese que le van a hacer unas curas para que se pueda poner bien.

 

MARTA – ¡Y te cortaron el bigote!

 

DOMINGO – Seguramente sería para poder coserme la cara. Tú sabes que el bigote está en medio de la cara y está estorbando. Sobre todo, si te tienen que coser la ”jeta” desde una oreja hasta la otra.

 

MARTA - ¡Ah! Pero, ¿Te han cosido la cara?

 

DOMINGO - ¡Coño, Marta! Entonces, todo este vendaje ¿para qué lo llevo encima?  ¿Para rodar una película de Almodóvar?  

 

MARTA – O sea, que debajo de todo esos trapos, hay una cosa así, como... ¡como la cara de Frankestein, o algo así!

 

DOMINGO - ¡Hombre!  ¡Tan despiezado no me veo! Aunque un poco parecido... sí que estoy. Pero así, como tú me ves ahora, un poco desmenuzado, solo voy a estar..., nada más que  una temporadita. Como un par de meses, o tres. Después, me harán una operación de cirugía plástica y vuelvo a ser Domingo García, el guardia de Trebujena.

 

MARTA -  ¡Eso! ¡Mira que bien! O sea, que te pones en medio de la carretera a hacer señales a un camionero, éste te pasa por encima, y a los dos meses, te hacen la cirugía estética, totalmente gratis, y te dejan como Robert Redford.

 

DOMINGO - ¡Hombre!,  ¡tanto como Robert Redford....!

 

MARTA -  Sin embargo, yo, llevo mucho tiempo esperando a que nos toque la primitiva para ir a la clínica de Marbella a que me  operen de  los labios, de los pómulos y a que me quiten un poquito de la barriguita esta, que me está sobrando, y creo que llegaré a cumplir los setenta y todavía estaré esperando a tener esa suerte. ¡Vamos! Que me voy a tener que poner yo también delante de un camionero, a ver si me da un revolcón, y así, me hacen la operación gratis.

 

DOMINGO - ¡Hombre! Si fueras un bombón de veinte años, lo más probable es que el camionero te pasara por lo alto, pero él solo, dejando  el camión aparcado. Pero ya, con tus años, si te ve en medio de la carretera haciendo señales, aunque te subas la falda y te despechugues hasta el ombligo, lo más probable es que pegue un frenazo y se de la vuelta.

 

MARTA – (Con un pequeño grito de rabia e impotencia) ¡Ayyyyy! ¿Lo ves? ¿Por qué crees que quiero ir a esa clínica a hacerme un par de ‘’lifting’’ de esos? ¡Porque quiero volver a ser la que era! Que una ha valido lo suyo. Igual que hacen las famosas.

 

                            (Pausa de tres segundos. A esto, entra en escena la hija de ambos, Evita, encuentra la puerta abierta y se adentra sin pensárselo. Cuando se acerca y ve tanto vendaje y tanta escayola, se da la vuelta.

 

EVITA - ¡Uy! Perdón. Siempre me equivoco y entro en esta consulta en lugar de entrar en mi casa. No sé en qué estaré yo pensando.  

 

MARTA – No, hija, no. Aunque siempre estás con la torta,  esta vez, no te has equivocado. Esta es tu casa.

 

EVITA - ¡Ah, si?  Pues no sabía que te habías metido a enfermera, mamá. Y.. ¿quién es este señor tan despachurrado?

 

MARTA - ¿Quién va a ser, hija? Tu padre.

 

EVITA - ¿Mi padre? ¿Qué padre?

 

MARTA – Pues, ¿Cuál va a ser hija mía? ¡El tuyo! ¡El de siempre! ¡El que era guardia civil de tráfico!

 

EVITA - ¿Esto? ¿Esto que está aquí sentado y todo empapelado, es mi padre?

 

MARTA – Sí, hija, sí. Eso que está ahí, de momento, y si el carné de identidad no está falsificado, sigue siendo, lo que queda de tu padre.

 

EVITA – Pero, papá... ¡por la memoria de Buda!  ¿Qué te ha pasado?

 

MARTA – ¿Qué le va a pasar? Un camión por lo alto.

 

EVITA - ¿Un camión?

 

MARTA – Sí, hija, un pedazo de camión. Tú sabrás lo que es un pedazo de camión, ¿verdad?

 

EVITA – Bueno, un pedazo de camión es un vehículo de esos, muy largos, interminable, que llevan doce ruedas enormes, que para poderlo adelantar con mi cochecito tienes que empezar en Puerto Real y cuando lo pasas, ya vas por la curva de Los Palacios, después de gastar medio tanque de gasolina, ¿no?  

 

MARTA – Sí, hija. Uno de esos.

 

EVITA - ¡Coño, papá! ¿De verdad que te ha atropellado uno de esos?

 

DOMINGO – Sí, hija, pero solo uno.

 

EVITA - ¡Qué bestialidad!  Y, ¿no te ha matado?

 

DOMINGO – No. Por lo que se ve, de momento, no. Yo, parezco que estoy todo amortajado, pero muerto... muerto, todavía..., no estoy muerto, ¿verdad que no, Marta?

 

MARTA – No, hijo, no. Todavía, no. ¡Oye! Y ahora, que lo dices, ¿tú llegaste a hacerte aquel seguro de vida? Porque estoy viendo que hoy ya, ¡ni los guardias de tráficos estáis libres de un acelerón!

 

DOMINGO - ¡Mira, Marta! De seguros, ¡no me hables! ¡No me los menciones, que bastante tengo con los que pido a los conductores todos los días, que cuando intento ojear el periódico, en vez de ver noticias,  parece que estoy viendo una póliza de MAPFRE.  

 

EVITA – Pues, esto hay que celebrarlo, papá.

 

MARTA - ¿Has dicho celebrar? ¿Celebrar qué, hija?

 

EVITA – Pues eso, mamá. Que el camión ese no ha matado a papá. Es que esto ha sido como un milagro de Confucio. Y los milagros son para celebrarlos. ¿O no?

 

MARTA – Pero, hija, ¿cómo se te ocurre hablar de milagros? ¿Te parece poco como me han dejado a tu padre? ¡Si parece un espárrago triguero con una bufanda del Atlético de Bilbao!  

 

EVITA - ¡Mamá! ¡Es que hay que mirarlo por el lado bueno!

 

MARTA - ¡Hija! (Tocando al marido) Tú me dirás donde está el lado bueno. Escayola por aquí, sangre por arriba, vendaje por abajo...

 

EVITA – Mamá, el otro día trajeron un estuche precioso con dos botellas de champán para papá, y tú dijiste que no se abrirían hasta que hubiese un buen motivo. Yo creo, que hoy es el día adecuado, ¿No te parece? A papá lo ha revolcado un camión pero se ha salvado porque el todopoderoso Buda ha hecho un milagro.

 

                           (A esto, Domingo, por efecto de tantos calmantes, se queda adormilado y reclina la cabeza, simulando un ligero ronquido)

 

MARTA - ¿Milagro? Vamos a ver cómo queda tu padre cuando lo descosan. Si se le puede mirar a la cara, eso sí que será un milagro. (Al ver que Domingo ha inclinado la cabeza)  ¡Míralo! Ahora se ha quedado dormido. Igual que cuando está de servicio en el coche de la guardia civil.

 

EVITA – Déjalo, mamá. El pobre, está hecho polvo y le habrán dado tantos calmantes, que está, como drogado. ¡Anda! ¿Por qué no aprovechas y te vas a la peluquería? Yo me quedo aquí viendo este programa de naturismo y dietética. ¡Por cierto, mamá! ¡Si mi padre está aquí esta noche, viendo la televisión, que no se te ocurra poner la primera cadena!

 

MARTA - ¿Por qué, niña? ¿Es que van a poner los muertos y heridos de los accidentes de tráfico que hubo en este último puente?

 

VITA -  No, mamá. Eso lo ponen ya a cualquier hora, incluso a la hora de comer. Y papá, ya está acostumbrado. Pero, para las nueve y media han anunciado la segunda parte de “LA MOMIA”. Tú sabes... es por papá, que si ve esa película, pueda coger una depresión de caballo. Que tú sabes que hoy día, hasta por un cortecito con la hoja de afeitar, o una verruguita en la frente, un hombre es capaz de encerrarse en su casa para siempre porque pierde las ganas de vivir.  Por cierto, ahora mismo voy a descolgar todos los espejos de la casa, no sea que papá se vea como está y sienta la tentación de arrojarse por el balcón...

 

MARTA - ¡Anda, anda! ¡Déjate de tonterías y de cachondeo! Que no está el horno para bollos.

 

EVITA - ¡Oye, hablando de bollos! Voy a la cocina a comerme un trocito de uno de esos bollos de leche tan ricos que trajiste esta mañana.

 

MARTA - ¡Anda, sí, hija! ¡Come algo que falta te hace! Con tanto trabajar, tanto gimnasio, tanto footing y tanta ensalada de zanahoria, a ti, aunque te pasara un camión por lo alto, es como si hubiera atropellado un sello de correos.

 

EVITA - ¿A qué viene eso, mamá? ¿No será que me tienes un poquito de pelusa?

 

                                 Empieza a correr el telón.

 

MARTA - ¿Yo, pelusa? ¿Pelusa de ti? ¡Vamos! ¡Con lo contenta que estoy yo con mi figura! (Tocándose ligeramente las caderas)  ¡Ya quisieran muchas!  Es que, eso de quedarse más canija que la sombra de un camarón, es una burrada ¡como un camión! ¡Y, nunca mejor dicho!

 

                                 Se va corriendo el telón cuando ambas mujeres desaparecen del escenario. Frente al público, solo queda  Domingo, sentado, dando su  cabezadita y soltando un suave pero prolongado ronquido de felicidad.

 

                                  

 

FIN DEL PRIMER ACTO.

 

  

 

SEGUNDO ACTO

 

40 minutos (aprox.)

 

Al abrirse el telón, se encuentran los tres personajes sentados. A Domingo ya lo han operado de estética y aparece ojeando un periódico, con su bata puesta, sus, zapatillas, camisa, corbata, gafas y su bigote de carabinero.

No obstante, con frecuencia se lleva la mano a la boca y a las mejillas como si al hablar o gritar la piel se resintiera de la cirugía reparadora que le han aplicado recientemente. Ambos simulan estar contemplando una serie de televisión. 

 

DOMINGO -  Marta,  son las seis. ¿No vas a hacer el café?

 

MARTA - ¡Oye! ¿No crees que te hayas vuelto muy exigente desde que te han dejado tan guapo y tan rejuvenecido? Si quieres café, te esperas a que termine este capítulo.   

 

EVITA -  Mamá, si tardo un poco esta noche no os preocupéis que estaré en un pub donde actúa un grupo muy bueno.

 

MARTA - ¡Ah, si? Y, ¿Cómo se llama ese grupo tan bueno? Lo pregunto por si sale en televisión.

 

EVITA – Se llama ‘’A cuatro ruedas”.

 

DOMINGO - ¡Mira que bien! ¡Vaya nombrecito más original! Yo diría que es bastante pegadizo. Vamos, que resulta muy difícil de olvidar. A mí por lo menos, no sé por qué será, pero todo lo que sea de ruedas, se me queda, ¡como grabado en el cerebro!  

 

MARTA - ¡Mira, Domingo! ¡Calla!, que me estás recordando al capullo ese de tu accidente. ¡A ese, si que no pienso olvidarlo yo, mientras viva!  Oye, niña. Y, ¿se puede saber con quién vas a salir esta noche?

 

EVITA – Pues, ¿con quién va a ser? Con mi novio.

 

DOMINGO - ¿Tu novio, has dicho?  ¿Has oído eso Marta? Y, como tu padre que soy, ¿se puede saber desde cuando tienes tú un novio, y por qué no se me ha pedido la debida autorización?

 

MARTA – Domingo..., ¿No irás ahora a ponerle una multa a tu hija por tener un novio, verdad?

 

                          Pausa de unos segundos hasta que, Domingo, levantando la vista por encima de las gafas, reacciona:

 

DOMINGO -  ¡Oye, niña! Y, ¿a qué se dedica ese novio tuyo? Si se puede saber.

 

EVITA -  Es camionero.

 

DOMINGO -  (Levantándose de un brinco, como asustado)  ¿Camio... camio qué!

 

MARTA - ¿Dónde vas, Domingo? ¡Siéntate, hombre! ¡No te irrites, que se te pueden abrir los costurones!

 

DOMINGO – Pero, ¿tú has oído lo mismo que yo, Marta? ¿No te parece como si esta niña hubiese dicho algo así como... camionero? O, será que con el accidente, y luego con la operación, a lo mejor, es que ya no oigo tan bien como antes.  

 

MARTA - ¿Es que es algo malo tener un novio camionero? Es que todos los camioneros no van a ser tan mariconazo como el que te dejó a ti despellejado en medio de la carretera. Hay camioneros que son unos muchachos bastante formalitos.

 

DOMINGO – Pues yo, a los camioneros no los puedo ni ver. ¡Vamos! Que cuando veo alguno, me da como urticaria. O sea, que si por si acaso he oído bien, que no se la vaya a ocurrir a esta hija tuya echarse un novio camionero, porque te juro por la virgen de los atropellos, ¡que no estoy dispuesto a meter un camionero en mi casa! ¡Vamos, por Dios! ¡Hasta ahí podíamos llegar!

 

EVITA – Pero, papa, ¡Si Mario tiene todos los papeles en regla! Y a mí, me dijo el otro día, que él solo corre a ciento sesenta, pero solo cuando viaja por la autovía hasta que llega a Madrid, y a ciento ochenta cuando va por la autopista de Zaragoza hasta Barcelona, porque el hombre, y con mucha razón, dice, que a esos treinta euros que paga de autopista ¡hay que sacarle algún rendimiento!   

 

DOMINGO - ¿Has dicho a ciento ochenta? ¿Nada más?   Niña,  y..., ¿Cuánto hace que ese muchachito tiene el carné de conducir? ¿También te lo ha dicho?

 

EVITA – Pues, creo que ya hace por lo menos unos cuatro o cinco meses, según me ha dicho.

 

DOMINGO - ¿Nada menos? ¡Vamos, que es todo un veterano del asfalto!  ¡Marta, tráeme el uniforme, que ese niñato no va a subir más a un camión en su puñetera vida!

 

EVITA – Pero, papá, ¿cómo vas a multar a Mario? Si tú no lo conoces.

 

DOMINGO - ¡Mira, niña! ¡Ya me estás dando el apellido de esa mierda de camionero y el número de su DNI, que le voy a meter un paquete que cuando salga no le van a quedar ni las muelas del juicio!

 

EVITA – Yo solo sé que se llama Mario.

 

DOMINGO - ¿Mario? ¿Mario, qué más?

 

EVITA - ¡Vale! Pero no tomarlo a chufla. Se llama Mario Moreno.  

 

DOMINGO - ¿Cantinflas? Ya lo decía yo, que ese tío no podía ser más que un ‘’cantinflas’’.

 

MARTA – ¡Cantinflas! ¡Ay, qué nombre más gracioso!  ¡Oye! ¡Domingo!, que ese pobre muchacho es solo el conductor de un camión. Y ese camión tendrá su propietario, ¿verdad?

 

DOMINGO – ¿De qué propietario hablas?

 

MARTA – Pues del dueño de la compañía de transportes. Porque supongo, niña, que tu novio no será autónomo, sino que trabajará para una empresa de transportes, ¿no?

 

EVITA – Sí. Claro, mamá.

 

DOMINGO – Ya, lo que faltaba es que esa compañía se dedique al transporte de frutas y hortalizas. Porque, todavía, los que se dedican a conducir camiones de petróleo o de gas butano, son profesionales, pero a los que llevan melones, y corren a ciento ochenta, a esos, hay que quitarles el carné y hasta el apellido, porque son de peligrosos... ¡vamos! ¡De busca y captura! Por cierto, tu novio no llevará también melones y sandías, ¿verdad, niña?

 

EVITA – De todo, papá. De todo. Pero creo que Mario ahora lleva unos camiones especiales que transportan materiales y armamento del Ministerio de Defensa.

 

                          Pausa de tres segundos. De nuevo, reacciona Domingo, mirando por encima de las gafas y sin soltar el periódico, pero ya con un tono más tolerante y menos radical.

 

DOMINGO - ¡Ah, ya! ... (Ahora, reacciona) ¿Cómo dices? ¿Me ha parecido haber oído por casualidad algo así como que la empresa donde trabaja tu novio está contratada por el Ministerio de Defensa?

 

EVITA – Eso he dicho, papá.

 

DOMINGO -  ¡Ya! ¿Tú ves, Martita?  Eso, ya, tiene otro color.  Y, decías, que tu novio solamente pone el camión a 180 kilómetros por hora, ¿no?

 

EVITA – Si. Nada más. Y, solamente cuando hace un viaje largo, porque  cuando hace un servicio de mercancía general o, por ejemplo, cuando lleva a los jubilados de excursión, me parece que solo pone el autocar a  ciento sesenta.    

 

DOMINGO - ¡Bueno! Es que, aunque no debe tomarse como una rutina,  hay que tener en cuenta que los transportistas que trabajan para el Ministerio de Defensa llevan siempre material secreto y con mucha urgencia. Lo comprendes, ¿verdad?

 

EVITA – Pues, sí.

 

DOMINGO – Es que nosotros, los guardias de tráfico tenemos que ser un poco tolerantes y colaboradores con los transportistas que llevan mercancías de Defensa ¿Comprendes? Además, hay veces que tenemos que darles escolta, porque no solo están realizando su trabajo que ya de por sí es de una enorme responsabilidad, sino que además, están prestando un servicio a la patria. ¿Verdad, Marta?

 

MARTA – (Encogiéndose de hombros)  Pues..., si tú lo dices...  

 

EVITA – Entonces, no os importa que mi novio sea camionero, ¿no?

 

DOMINGO - ¡Hija, por favor! ¿Cómo nos va a importar? Pero no vuelvas a decir que tu novio es un simple camionero, que eso me da urticaria.   Tienes  que decir que tu novio es un profesional responsable del transporte en vehículos especializados, de mercancías procedentes de los depósitos oficiales del Ministerio de Defensa. ¡Que ya no es lo mismo!

 

MARTA - ¡Oye, hija! Y, tu novio, el Cantinflas, ¡Uy, perdón! Quiero decir, Mario, ¿tiene un sueldo así, decentito?

 

EVITA – No, mamá, él trabaja de conductor pero no necesita ganar un mísero sueldo.

 

DOMINGO - ¿Cómo has dicho? O sea, que encima, tienes un novio que no solo se llama como Cantinflas, sino que trabaja como él, o sea,  por amor al arte y a beneficio del sindicato. Pues, ¡vaya, que estamos apañados! ¿Lo ves, Marta? ¡Ya eso no me gusta tanto!

 

EVITA – No, no es eso. Es que el padre quería que Mario fuera abogado, pero como él no era bueno para los estudios y se quedó en la selectividad, pues, lo obligaron a  trabajar. Pero él, en realidad es accionista, igual que su padre.

 

MARTA - ¿Accionista has dicho? O sea que, a ver si he entendido bien. Tu novio trabaja de camionero, pero además, en los ratos libres se dedica con el padre a esas cosas de la bolsa, ¿no?

 

EVITA – No, exactamente, mamá. El padre es el dueño de la compañía, y Mario tiene acciones, aunque solo tiene el cuarenta y nueve por ciento.

 

DOMINGO - ¿El cuarenta y nueve por ciento del capital de la compañía? ¡Coño!

 

MARTA – Oye, niña. Y, esa compañía del Cantinflas, ¿tiene más de un camioncito de esos?

 

EVITA  - ¡Claro, mamá! ¡Eres tonta!  La compañía de Mario tiene veintinueve vehículos especiales para armamento,  ocho camiones de mercancías a granel, doce autocares de lujo, dieciocho furgonetas de paquetería urgente, y creo que... Mercedes, tiene cuatro, para servicio exclusivo a las personalidades. De esos que se llaman VIP.

 

                           (Domingo pone cara de asombro y hace gestos de barbaridad con las manos. Marta aún no ha reaccionado y sigue sometida a su curiosidad)

 

MARTA - ¡Ah! Que la madre del Cantinflas se llama Mercedes. Un nombre muy bonito, por cierto.

 

EVITA - ¿Qué dices, mamá? Quiero decir que la empresa tiene también  cuatro coches de turismo de la marca Mercedes. ¡Que pareces tonta!

 

MARTA - ¡Ah, ya! Entonces, ¿cómo se llama la madre? Porque, si vamos a ser consuegras, es conveniente que sepa su nombre, por si la tengo que felicitar en el día de su santo, ¿no?

 

EVITA – Mario no tiene madre. Ella murió cuando él tenía solo 14 años.

 

MARTA - ¡Uf! ¡Qué lástima, hija! ¡Vaya por Dios! ¡No somos nadie!  Oye, niña... (con gestos de sufrir una fuerte impresión) ¿Tú, qué estabas diciendo, que tu novio tenía no sé cuantos camiones y vehículos de esos enormes que tienen más ruedas que patas tiene un ciempiés?

 

EVITA – Sí, mamá, ¡que estás sorda!

 

MARTA -  ¡Uy! ¡Qué sudores me han entrado de momento! ¡Uy, qué malita me estoy poniendo! ¡Que me lo noto yo!  Hija, por favor, tráeme un vasito de agua de la cocina y cógeme el abanico que está ahí encima. ¡Ay, Domingo, que me parece que me voy a desmayar!

 

DOMINGO - ¡Hombre! ¡No me extraña! Es que una flota como esa es... como para  desmayarse, levantarse de nuevo,  y volverse a desmayar.

 

                             (Evita sale corriendo del escenario en busca de un vaso de agua y vuelve con la misma presteza ofreciéndoselo a su madre, a la vez que le da aire con el abanico. Marta empieza a recuperarse, limpiándose los sudores de la frente con la manga y también le arrebata bruscamente el abanico a su hija, para ella continuar abanicándose como  una loca en su cuello y en el escote)  

 

MARTA - ¡Niña! No vayas a pensar que yo soy una cotilla de patio, que es solo por curiosidad. Ese novio tuyo, ¿tiene muchos hermanos?

 

EVITA – ¿Hermanos? Ninguno. Mario es hijo único.

 

MARTA - ¿Hijo único? ¡Qué barbaridad!  ¡Ay, hija! ¡Ay, qué cosa más mala! ¡Ay!  Si no te importa, tráeme otro vasito de agua, que se me ha quedado la garganta como si me hubiera tragado el tapón de una botella de champán, se haya atrancado en la mitad del camino.

 

DOMINGO – Oye, Evita. Y ¿cuándo decías que te querías casar? Vamos, no es por nada, lo digo, porque lo normal cuando se tiene novio es casarse, ¿verdad, Marta?

 

MARTA - ¡Claro que sí! Es que, no sé..., ¡oye! De pronto me han entrado como unas ganas de vestirme de madrina de bodas... Porque, yo ya me he vestido de casi todo, menos de madrina. Porque, supongo, que como el cantinflas, perdona, quiero decir, tu novio, no tiene madre, lo lógico es que la madrina sea yo, ¿verdad?   

 

DOMINGO – ¡Claro! Tú serías la madrina, y yo, como guardia civil que soy, sería el padrino. ¡Mira por donde me voy a vestir de gala otra vez, con mis medallas, igual que cuando fui al entierro de Franco!

Evita, dile a tu novio que si necesita algo de la guardia civil, no tiene más que pedírmelo, que aquí estamos  para servir a los ciudadanos, y uno, todavía, aunque esté cerca de la jubilación, tiene todavía sus influencias.

 

EVITA – No, papá. No le voy a decir nada de eso, porque Mario, desgraciadamente, tiene alergia a la guardia civil, y dice, que cuando huele a uno de tráfico a varios kilómetros de distancia, aunque no lleve uniforme,  se pone a estornudar y le llegan los mocos hasta los calcetines.

 

DOMINGO - ¡Ah! ¿Sí? Pero bueno, será a los de las oficinas, pero yo soy de tráfico, y él sabrá que las compañías de transporte y la guardia civil de tráfico se tienen que llevar bien ¿no?

 

EVITA – Es que Mario dice que los guardias de tráfico siempre lo están parando, y casi siempre es para una chorrada.

 

DOMINGO - ¡No me digas! Pues, eso no está bien. Lo que pasa es que cuando la guardia civil de tráfico recibe órdenes de hacer controles a los camiones, pues, mis compañeros del norte paran a todo lo que se parezca a un camión.

 

EVITA – No. Él dice que en el norte no lo suelen parar, que son los del sur los que le dan el coñazo, y no lo dejan transitar sin tener que parar  cuatro  o cinco veces.

 

DOMINGO - ¿Los del sur? ¡Mujer, pero si nosotros apenas paramos a los camiones! ¿No comprendes que los camioneros están dando un gran servicio a nuestro país y a la comunidad europea? Los que están siempre adelantando y además se atreven a circular sin el cinturón de seguridad son precisamente los domingueros, y esa gente corriente que no tienen nada que hacer y están siempre de turismo.

 

MARTA – ¡Y los que conducen hablando por el móvil dentro del coche! ¡Que yo los he visto!

 

DOMINGO - ¡Exactamente! Se nota que eres la esposa de un agente de Tráfico.

 

                            (A esto, suena el teléfono)

 

EVITA - ¡Déjalo! Yo lo cojo,  que debe ser Mario, para decirme la hora en que vamos a quedar después.

 

                           Evita se acerca al mueble donde reposa un teléfono de mesa.

 

EVITA -  (Ya al teléfono y simulando ligeras pausas)   ¡Hola, cariño! ... ¿A qué hora te espero? ... ¡Ah! ¡Vale! No te preocupes, que me voy a poner más guapa que nunca. Oye, cielo, ¿hablaste con tu padre para lo de irnos el fin de semana a vuestro chalet de la sierra? ... ¿Cómo?  ¿Qué no podemos? ... ¡No me digas que tienes que trabajar! ¡Que ya está bien! ¡Que haces más viajes que un chófer del Imserso! ...  ¿Cómo? Y, ¿tienes que asistir en persona? ...  ¡Ah! Pues, no me habías dicho nada de eso. En fin, espero que todo te salga bien.  ... Bueno, pues ya iremos en otra ocasión, más adelante. Yo, es que me había hecho muchas ilusiones... tú sabes..., Pero, ¡qué le vamos a hacer!  OK. No te tardes. Otro besote para ti. ¡Chao!

 

MARTA - ¿Qué ha pasado, hija?

 

EVITA – Pues, que nos habíamos hecho la ilusión de pasar un week-end en el chalet que tiene el padre de Mario en la sierra, pero esta vez no ha podido ser.

 

DOMINGO  - ¿Por qué no, hija? Ya sabes que a mí no me importa que... ¡Vamos! Ya me entiendes... que, quiero decir, que aunque no estés casada todavía,  ya eres mayor de edad, y con tu vida íntima puedes hacer lo quieras..., ¡que para eso es tuya! 

 

MARTA – Y, ¿Qué es lo que ha pasado, cariño?

 

EVITA – Pues, que el jueves próximo, Mario tiene que presentarse en el juzgado.

 

DOMINGO - ¿Quién? ¿Mario? ¿En el juzgado?

 

MARTA – ¿El cantinflas? Quiero decir..., ¿Mario?

 

EVITA – Sí, mamá. Mario.

 

MARTA – Pero, si Mario no ha hecho nada malo, ¿verdad que no, hija?

 

EVITA – Se trata de una tontería, como siempre. Un pequeño accidente que tuvo hace unos meses. Y, sabéis, que cuando hay algún herido, aunque sea con un rasguño, hay que presentarse en el juicio. ¿No es así, papá?  

 

DOMINGO – Efectivamente. Se nota que eres la hija de un guardia civil de tráfico. Pues, ya sabes, si Mario necesita algo de mí, yo lo podría acompañar. Además, le puedo asesorar y darle algún consejo, porque yo soy guardia civil de tráfico y llevo en el cuerpo más de cuarenta años.

 

EVITA – No. No hace falta papá. Mario tiene un gran abogado. Tiene fama de ser el mejor, porque al parecer cobra el doble que los demás. Vamos, que este caso lo tiene ganado antes de empezar el juicio. Y tú, siempre lo has dicho, papá, que donde hay dinero...

 

DOMINGO – Oye, Evita. Será..., seguramente una casualidad, pero es que me ha parecido oírte decir... ¿el jueves?  

 

EVITA – Sí, el jueves. ¿Por qué lo preguntas?

 

DOMINGO - ¡Qué raro! Y, ¿a qué hora? ¿Te lo ha dicho?

 

EVITA – Creo, que me ha dicho, a las diez.

 

MARTA – Déjalo Domingo, que ya ha dicho la niña que su prometido lleva al mejor abogado de la provincia, y ¡uno de los mejores de España!

 

DOMINGO – No. Si no me refiero a eso. Es que debe de ser una casualidad, pero yo también tengo una citación el jueves a las diez.

 

EVITA - ¿Tú? ¿A las diez? ¡No! ¡Por favor!  ¡No me digas eso, papá! ¡No puede ser! ¡Es imposible!

 

MARTA - ¿Imposible? ¿Qué es imposible, hija?

 

EVITA – (Haciendo gestos de reflexión en voz alta, ayudándose de las manos) O sea, que Mario... ¡Ya lo veo más claro! O sea que Mario, mi novio... aquel día... ¡Maldita sea! ¡Mario! ¡Ese fue Mario! ¡Mario fue el que lo hizo!  

 

MARTA – ¿Que hizo qué, niña?  ¡Aclárate hija! Y ve a la cocina a por un cubo de agua, que me van a entrar los sudores otra vez, ¡jolines!

 

EVITA - ¿Qué va a ser, mamá? ¿Es que no os dais cuenta? Mi novio, ¡Bueno! Mejor decir, Mario, es el canalla que atropelló despiadadamente a mi padre.

 

                           Domingo pone cara de sorpresa.

 

MARTA – ¡Coño... y recoño! Que ese cantinflas... que Mario fue... ¿el que pasó por lo alto de tu padre? ¿El que revoleó a mi marido como si fuera un muñeco de trapo?  

 

DOMINGO – (Reaccionando hacia la calma y la serenidad)

 Pero, bueno, niña, no te precipites. Mejor dicho, no nos precipitemos. ¡Que no puede ser, hija! Que lo más seguro es que se trate de otro accidente. En la carretera hay muchos accidentes todos los días. (Ahora hace gestos de abundancia con los dedos) Así, así. ¡Si lo sabré yo!

 

EVITA -  ¡Nada de eso, papá! Fue él. Precisamente, me ha dicho que el accidente fue, como si hubiera dado una especie de chocazo contra la cabeza de un guardia civil de tráfico... o algo así. Es que había mucho ruido en la oficina y no he podido escucharlo bien. Pero..., ¡Seguro que es el mismo accidente!

 

MARTA - ¡Hija! La verdad es que no sé qué decir. Me he quedado... ¡como de piedra! (Echándose aire con las manos y buscando el abanico) Yo creo que en vez de uno, me vas a tener que traer dos cubos de agua.  

 

EVITA – Yo sí sé lo que voy a hacer. Lo voy a mandar a la mismísima mierda. Y yo, que pensaba que Mario era una buena persona, un hombre honrado, sincero, romántico... Y, ¡resulta que es un asqueroso y cobarde delincuente! ¡Será hipócrita! ¡Será canalla!

 

DOMINGO - ¡Bueno, hija! Serénate. Que no es para tanto. Que todo tiene solución en esta vida. Que tú sabes, que en estos pleitos, lo normal es llegar a un buen acuerdo. ¡Como hace todo el mundo!  

 

EVITA - ¡Papá! ¡Pero, si no te mandó al otro mundo de milagro! ¡Si después de dejarte tirado y hecho pedazos, se dio a la fuga, como un cobarde asesino!

 

DOMINGO – Bueno, hija. Pero lo importante es que estoy aquí, vivito y coleando, y que después de la operación he quedado como nuevo y con mi bigote de puntas, como antes. ¿Lo ves?  ¡Vamos! Que ya, aquel infortunado accidente, se podría decir que, casi ni se nota. ¿Verdad, Marta?

 

MARTA - ¡Claro, hija! Tu padre lleva razón. Y la gente, hablando, se entiende.  Lo mejor es que Cantinflas, bueno, Mario, le pague a papá una buena indemnización. Porque problemas de dinero no tiene Mario, ¿verdad que no?

 

DOMINGO – Además, esas compañías suelen contratar unos seguros que cubren toda clase de accidentes. Incluso si se trata de un simple atropello a un guardia civil. ¡Vamos! ¡Creo yo!

 

EVITA - ¡Me importa un rábano! Yo no le perdono lo que te hizo. Además, ¿cómo me voy a casar con un hombre que no quiso hacer caso de las señales de una autoridad de la carretera, y pasó su camión... ¡enterito!, con lo largo que es,  por encima de mi propio padre?  ¡Ni hablar!

 

DOMINGO – Pero, ¡hija! Si, seguramente, fue un descuidito de nada. Tú sabes que algunas veces se equivoca uno de pedal y en vez de pisar el de los frenos, sin darte cuenta, pisas el del acelerador. Pero, ¡un error así, lo tiene cualquiera!

 

 (Pausa de unos segundos, como si Domingo tratase de buscar las palabras adecuadas para tranquilizar a su hija)

 

 

DOMINGO - ... Tú misma has dicho antes que Mario, tu novio, tiene alergia a los guardias de tráfico. Así que, cuando me vio en medio de la carretera con el brazo levantado, seguramente le vinieron los estornudos, y buscándose el pañuelo, como tendría el cinturón de seguridad un poco apretado, pues  perdería un poco el control del vehículo. Como verás, eso le pasa al más experto de los conductores.  

 

EVITA - ¡Que no, papá, que no!  Que Mario no es un hombre fiable. Si ha sido capaz de hacerte lo que te hizo y no decirme nada hasta hoy, también es capaz de ponerme los cuernos al mes siguiente de casarnos. Que a mí me dijo una amiga mía que los marinos tienen una novia en cada puerto y los camioneros tienen también una en La Carlota y otra en Manzanares.  

 

MARTA – Pero, niña, no hay que ponerse en lo peor y desconfiar de un marido por un accidentito de nada.

 

EVITA - ¡Que no, mamá! ¡Lo siento!  Yo no sería capaz de soportar la infidelidad.  Si llama ese desalmado, ese..., ese homicida, le decís que he roto con él para siempre. No estoy dispuesta a casarme con un criminal. Me voy a tomarme un café antes de que caiga en depresión.

 

                          (Evita sale del escenario mostrándose muy alterada)   

 

MARTA -  ¡Hija! ¡Que no es para tanto! ¡Hija! ¡Evita!

 

                         (Hablando ya con cara de lamento a su esposo)

 

MARTA -  Esta niña..., ¡tan idiota como siempre! Desde que entró en la secta esa..., Domingo, ¿tú crees que te darán por lo menos unos cuantos miles de euros de indemnización?

 

DOMINGO - ¿A mí? Pero, ¿tú crees que cuando me vea el juez tan recompuesto, tan atractivo, con mi bigote más tieso que una percha, andando perfectamente y haciendo el servicio de noche como si tal cosa, va a imponer a un seguro el pago de una indemnización? ¡Y con el pedazo de abogado que llevará el Cantinflas ese de los cojones! Lo más probable es que le quite el carné una semana, y su compañía de seguros se haga cargo de los gastos de mi hospitalización y de la factura del cirujano que me dejó como nuevo.

 

MARTA - ¿Nada más? ¡Qué asco, por Dios!

 

DOMINGO - ¿Qué le vamos a hacer, Martita! La vida es así. Los ricos tienen cada día más poder y más dinero, y los guardias de tráfico cada día tenemos más horas de servicio, más almorranas y más accidentes. Que antes, cuando alguien veía un guardia civil se echaba a temblar o se daba media vuelta como si hubiera visto un toro de miura, y ahora, no nos hacen ni caso, y los camioneros, que van dormidos, nos ven como una cosita verde que se mueve y nos pasan por encima y nos revolean, como si fuésemos un lagarto piñonero.    

 

MARTA - ¡Y que lo digas! ¡Hay que ver como está el tráfico!  Y, ahora, ¿qué hacemos? 

 

DOMINGO – Pues, tú haz lo que quieras. Yo me voy a tomar dos valerianas y luego a la cama, que mañana entro de servicio de 48 horas. ¡Está visto que yo me jubilo con las botas puestas porque yo he nacido para ser un esclavo desgraciado!

 

                          Se va levantando lenta y resignadamente con intención de desaparecer del escenario como si buscara el dormitorio.

 

MARTA – Pero, más desgraciada soy yo. Porque ya me había hecho ilusiones con el cambio de look en la clínica de Marbella y me parece que a este paso...

 

                       (Se queda meditando, mirando al suelo. Luego hace un gesto con los dedos, llevándoselos a la mejilla. Ya, su esposo no se encuentra en escena)

 

Aunque, pensándolo bien, si me visto de guardia civil de tráfico con aquel uniforme que se te quedó pequeño y me pongo en medio de la carretera, a lo mejor viene un camionero y..., ¡quien sabe!  Pero, ¿Y si después resulta que me culpan a mí del accidente y encima de dejarme como una tortillita a la francesa pero sin huevos, y  luego tenerme que pagarme yo la operación, le tengo que indemnizar al camionero por las abolladuras de los cabezazos?

 

Aunque, ahora se me está ocurriendo que..., yo podría ir al programa ese de televisión a ver si me dan por la exclusiva por lo menos para pagar al cirujano de Marbella... ¡Oye! ¡Qué idea más guay!

 

                       (Se levanta y se dirige al teléfono muy determinada. Abre una pequeña agenda, busca un número y marca)

 

MARTA - ¡Oiga! ¡Oiga! Perdone Que llame a estas horas, ¿Es ahí lo del programa ese de ‘’VENGA Y CUÉNTENOS QUE ESTA ES SU CASA?  Sí, mire, es que tengo una historia de un caso con un personaje bastante  verde y me gustaría acudir a ese programa y contarlo. ¿Cómo? ¿Qué si ha habido revolcón? ¡Uy!  ¡ji,ji!  No lo se lo puede ni imaginar, ¡vamos! ¡Un revolcón interminable, de esos que solo se ven en las películas americanas! ¿Cómo dice? ¿Qué si el caso también  reviste, dolor y tragedia?  ¡Hombre! Dolerle, le tiene que haber dolido una barbaridad, y tragedia, le puedo decir que no lo han mandado al otro barrio..., ¡De puro milagro! Sí, sí, ya lo creo que no falta la sangre, ha habido sangre a borbotones,  ¡y deja que yo trinque la pistola que todavía puede haber más! ...,  ¿Perdón? ¿Qué si ha llegado el caso a los tribunales?  ¡Bueno! ¡Y esta vez los tribunales me van a oír a mí, ¡ya lo creo que me van a oír!, porque yo, que todavía no he dicho esta boca es mía, en realidad he sido la más perjudicada y no pienso quedarme así, con los brazos cruzados! ¡Estaría gracioso!  ¿Cómo dice? Sí, por supuesto que este caso tiene un montón de morbo, porque además le ha caído de lleno a todo un representante de la ley.

Perdón, ¿cómo me ha dicho? ¡Repítame eso último, por favor! ¿Que si puedo estar ahí en los estudios para grabar dentro de una hora?

¡Hombre! Pues... me tengo que preparar un poquito... pero ¡oiga! Todavía no me ha dicho usted cuanto pagan por una historia de éstas. ¿Cuánto me ha dicho?  ¿Unos doce mil euros? ¡Ay, Dios mío! ¡Ya me está entrando otra vez! No, no..., no me duele nada, he querido decir, que dentro de una hora estoy ahí, ¡como un clavo! 

 

                           Hecha todo un manojo de nervios, suelta el teléfono y da dos vueltas en el escenario, como pensando en lo que le viene encima. Luego, grita.

 

MARTA ¡Domingo! ¡Dominguito! Cariño, no te vayas a acostar, que me tienes que llevar. ¡Anda! ¡Ponte el uniforme que antes de una hora tengo que estar en los estudios de televisión!

 

                          En el interior se oye la voz de Domingo.

 

DOMINGO - ¡Pero, Marta, Por Dios! ¡Que ya me había puesto el pijama! ¿Cómo te voy a llevar a estas horas a televisión?  ¡Martita! ¡Que ya vas siendo mayor, pero con demencia senil..., tan pronto...!  ¿No te das cuenta que ya es de noche y esos estudios están a ciento veinte kilómetros de aquí?

 

                         Lentamente se va corriendo el telón.

 

MARTA - ¿Y qué? ¡Tú coges el coche oficial, le metes la quinta, lo pones a ciento ochenta y conectas la sirena, como si estuvieras persiguiendo a un delincuente, y verás como llegamos a tiempo, que para eso eres guardia civil de tráfico! ¡Que yo no me pierdo esos doce mil euros! ¡Que el lunes estoy pidiendo cita para mi operación de estética de Marbella! ¡Uy, qué bien me va a venir! ¡Venga, hombre, date prisa!  ¡Uy! A todo esto... y ahora yo... ¿qué me pongo?

 

                        Se corre el telón casi totalmente, mientras, detrás,  se oye la voz de Marta elucubrando sobre la ropa más apropiada para ir a un plató de TV.

 

MARTA - ¿Y si me pongo el trajecito de punto de color pistacho? O, quizás sea mejor que me ponga algo negro, porque tendré que ponerme a la altura de las circunstancias, ¿verdad Domingo? El morbo, es el morbo. Y, si no hay morbo, no me dan el cheque.

 

 

                                                   FIN

                       

bea45azul@yahoo.com                                         

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