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TRASPUERTAS

de Rogelio Borra García

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

“TRASPUERTAS”

 de Rogelio Borra García

rogelio.borra@sancor.com.ar

rogelioborra@arnet.com.ar

 

 

Pequeña ciudad en algún lugar de la provincia de Santa Fe, Argentina.

 

Casa de techos altos y muros humedecidos; construcción antigua y sin atractivo, alzada olvidada en uno de esos quietos –aparentemente quietos- barrios periféricos.

 

Sala que también sirve de comedor diario. Muebles viejos, oscuros; una mesa con tres sillas; un sillón del tipo mecedora; un tocadiscos; contornos difusos de otros muebles que componen este ambiente de una familia clase media y oscilante.

 

Una calurosa noche de verano. De algún verano a mediados de la década del 70.

 

Acto único.-

 

  

VERA, con un batón descolorido y un delantal, repasa y ordena la vajilla sobre una mesa puesta para tres personas. IRENE, en un rincón, arrollada en una silla, observa de a ratos los movimientos ansiosos de Vera.

 

VERA – No sabía qué cocinar. Ella siempre sufrió del hígado. Cuando era chica, le daban cada pataleta. Era capaz de estar con arcadas la mañana entera; pero no vomitaba, nunca. Yo le decía que se metiera los dedos, en la garganta, así… Que eso la iba a aliviar, le decía. Pero le daba impresión. La tía Chiquita le hacía tomar unos brebajes de yuyos que daban asco. Pero eran santo remedio… No sé qué hará ahora con su hígado; a lo mejor, se operó. ¡En cinco años pudo hacer tantas cosas! (Descubre algo en la mesa) Cristo santo ¡ Qué bien lavás los vasos! ¡Parecen de boliche! (Limpia un vaso con el repasador) ¿Te creés que puedo presentarle a mi hermana un vaso con marcas de dedos engrasados? (Hecha vapor al vidrio y sigue limpiando) Iba a preparar ensalada de frutas, pero no tengo más compoteras, ni sé adonde fueron a parar… Creo que se rompieron, no sé… ya ni me acuerdo. Así que tuve que comprar uno de esos engrudos de panadería; tiene mucho merengue, mucha crema, con cerecitas y esos chirimbolos; es bien paquete pero espero que sea comible. (Deja el vaso) Si por lo menos hubieras hecho ese postre borracho que vos sabés hacer. Me hiciste comprar las vainillas, el oporto, y después… ni te comediste a pelarme una papa.

 

IRENE -- No tenía ganas.

 

VERA – Vos nunca tenés ganas de nada. Y sentáte bien. Estás ahí toda tullida. Te vas a llenar de jorobas. A ver: derecha. ¡Eso es!

 

IRENE – Me duele la espalda.

 

VERA – Si estás torcida, te va a doler más. A ver; paráte. Paráte.

 

IRENE – Vera…

 

VERA – Paráte, que quiero ver el vestido.

 

IRENE – (Se pone de pie) El disfraz, querrás decir.

 

VERA – ¡Calláte! ¡Que sabés vos! Si estás lindísima. Pero claro, ella estaría mejor con esos pantalones bolsudos y esa remera descolorida

 

IRENE – ¡Es mi ropa!. Así estoy … me siento …(Frunce el ceño en señal de disgusto)

 

VERA – ¡Una princesa! Y esperáte a que yo me cambie, vas a ver … ¡Dos princesas en su palacio!

 

IRENE – Dejáte de pavadas. Si vos no tenés ropa.

 

VERA – ¿Ah, no? ¿Ando desnuda? ¿Vos me ves desnuda?

 

IRENE – No tenés ropa para salir, para recibir gente. Si nunca salís, si nunca recibís gente.

VERA – Pero estoy preparada para esta ocasión. (Levanta el retrato) Ay, ¡cómo me gustaría que él estuviera aquí! (Le da un beso, lo estrecha un segundo y lo vuelve a su lugar). La mesa está linda, ¿no es cierto?

 

IRENE – (No muy convencida) Sí … (pero)

 

VERA – No te gusta el mantel. A mí tampoco. Pero no tengo otro que no esté remendado. Pensé poner velas.

 

IRENE – ¿Para qué?

 

VERA –  En la ciudad comen con velas.

 

IRENE –  ¿Quién te dijo eso?

 

VERA – Lo vi en televisión. Pero igual, dejé velas a mano, por si cortan la luz. (Reacciona repentinamente) Por Dios, ¡la hora que es!

 

IRENE – (Nerviosa) ¿Qué pasa? ¿Ya viene?

 

VERA – (Ansiosa) ¡Ya, ya! ¡Me voy a cambiar! (Lucha por quitarse el delantal, no puede) ¡Ayudáme! (Corre junto a IRENE)

 

IRENE –  ¿Qué nudo te hiciste? (Lucha por desatarlo, incluso con los dientes)

 

VERA- ¿Podés? ¿Podés? Si no, lo cortamos con un cuchillo.

 

IRENE – ¡Ya va! ¡Me ponés nerviosa!

 

VERA – (Recorre el ambiente con su mirada; se muerde el labio inferior en un gesto de angustia) ¿Le gustará? ¿Le gustará todo esto?

 

IRENE – (Detiene su tarea con el nudo) Ella nació acá, es su casa.

 

VERA – No, no,  ya no.  Hace mucho que está ya no es su casa… (Cambia) ¿Terminaste? ¿Ya está?

 

IRENE – Sí, ya está. (Le quita el delantal. VERA se lo arrebata)

 

VERA – ¡Cómo pasó la hora! ¡Qué barbaridad! (Sigue en sus corriditas por dar los últimos retoques a todo) Ni siquiera tuve tiempo de atarme los ruleros. Nada. Y esto es un horno. No corre una sola gota de aire. Y ese ventilador que no anda. Claro, tiene las paletas como si lo hubiesen agarrado a martillazos. Si por lo menos encontrara mi abanico. Pero nunca encuentro las cosas. Era el abanico de mamá y yo… dónde lo habré puesto (Saca tres rosas de un florero y las entrega a IRENE) Me parece que tengo que volver al tónico de la memoria.

 

IRENE – ¿Para qué me das esto?.

 

VERA – ¿Qué cosa?

 

IRENE – Las flores.

 

VERA – Para que las tengas en tus manos.

 

IRENE – Para que las tengas en mis … ¿estás loca?

 

VERA – ¡No seas pava!

 

IRENE – ¡Voy a parecer  una difunta!

 

VERA – El Vestido hace juego con las rosas. Mi hermana va a creer que sos un ángel o, mejor, una virgen…

 

IRENE – (Menea la cabeza) Una virgen …

 

VERA – La casa. Todo está igual que antes. ¿Se alegrará? (Corre junto a IRENE, se inclina) ¿Se alegrará de volver? Tiene que alegrarse de volver a estar aquí … en la casa … paterna. Los hijos no debieran abandonar la casa paterna. Los hijos no … (Se levanta de pronto)  Me estás haciendo hablar y hablar, cuando yo debiera estar ya vestida para recibir a mi hermana. ¡La hora que es! ¡Dios mío! ¡Ya no tengo tiempo, no tengo tiempo! (Pasa y besa el retrato; sale de escena corriendo)

 

(IRENE deja las flores, enciende el anticuado tocadiscos: se oye un suave tema de Sandro, de las primeras épocas de solista; se atenúa la luz del cuarto. Un joven - DIEGO, el del retrato -, aparece en la puerta; IRENE lo mira y no se sorprende; él avanza, toma en sus manos las rosas, entrega una a IRENE y se marcha con las otras.).

 

IRENE – Una llega a acostumbrarse a vivir con los fantasmas.

 

VERA – (En off) ¿Por qué pusiste eso?

 

IRENE – ¿Te molesta? (Pausa)

 

VERA – (En off) ¡Sacálo! Eso me distrae y no tengo tiempo, ¡no tengo tiempo!

 

IRENE – (Envuelta en una suave luminosidad, habla al público) Es curioso: en las ciudades chicas, como éstas, el tiempo nunca pasa rápidamente. Pero esta noche, para Vera, el tiempo vuela, es muy importante. La mentira también. Viene su hermana, la que hace mucho se fue a Buenos Aires, la que se fue porque estaba aburrida de estar acá y quería estar aburrida en otro lado, en otro lado donde valiese la pena estar aburrida. Vuelve su hermana, de visita, de paso, viene a cenar, nada más porque está apurada. Y hablo de mentira, porque Vera está preparando la farsa de mostrar a su hermana todo lo que nunca ha sido ni será. Vera siempre miente estar viva; pero esta noche, la mentira tiene que ser grande, auténtica, creíble hasta para ella misma. Y me metió a mí en todo esto, y yo…

 

VERA – (En off) ¿Con quién estás hablando?

 

IRENE – Estaba leyendo tu libro en voz alta.

 

VERA – (En off) Dejálo bien a la vista, que ella pueda verlo apenas entre. Y te dije que pararas esa música.

 

IRENE – (Vuelve a hablar al público) En las ciudades chicas, como éstas, la gente vive más cerca de sus recuerdos. Es que aquí no existen muchos lugares donde poder escapar de ellos: no hay calle desconocida, no hay distancia adonde no se pueda llegar a pie y en menos de una hora, no hay caras extrañas, no hay sombras que no resulten familiares, inofensivas … y aburridas. Claro que si uno mira hacia adentro …

 

(Repentinamente, surge de detrás de un armario - de la pared, en realidad -, una MUJER vestida de rojo, con la cabellera suelta y despeinada, profuso maquillaje, zapatos de tacos altos y medias corridas. Su aspecto es sórdido, grotesco. La aparición estremece a IRENE.)

 

LA MUJER – ¿Con quién mierda estás hablando? (Apaga el aparato, cesa la música)

 

IRENE – Con nadie.

 

MUJER – Estás hablando sola. ¿Te estás volviendo loca vos también?

 

IRENE – No, no …

 

MUJER – ¡Todos están locos en esta familia! ¡Qué cosa! ( Se instala en uno de los lugares listos para los comensales y empieza a masticar una rodaja de pan.)

 

IRENE – ¿Qué hacés? Salí de ahí que nadie te invitó. (Se acerca y limpia las migas que LA MUJER ha esparcido)

 

MUJER – Limpiá, Cenicienta, limpiá (Sube las piernas a la mesa)

 

IRENE – ¡No hagás eso! ¡Vas a ensuciar el mantel!

 

MUJER – Te tiene cagando, ¿eh?

 

IRENE – ¡Andáte!

 

MUJER – ¿Por qué me voy a ir? Yo estoy invitada. (Percibe algo, afuera) ¡Oh! ¿Escuchaste? Pasó el camión regador; la señorita de la ciudad puede embarrarse las patas. (Ríe en forma grotesca)

 

IRENE – Bueno, no te vayas. Ya entrará Vera.

 

MUJER- (Se levanta) ¿Y qué? Yo no le tengo miedo. ¡Ella es la que me teme! ¡Ella es la que sabe que no va a poder conmigo!.

 

IRENE – ¡Por favor! ¡No le arruinés la noche!

 

MUJER - Hagamos un trato.

 

IRENE – No, siempre hacés trampas.

 

MUJER –  ¡Mirá quién habla!

 

IRENE –  Algún día, voy a sacarte a patadas... ¡Voy a romperte el culo a patadas!

 

MUJER – (Satisfecha) Aah, ¡qué bien! ¡Te salió de adentro la guacha barata que sos!

 

IRENE – Andáte (La aferra de un brazo con violencia; se contiene)

 

MUJER – (Dominando la situación) Ojo. Ojito, nena. No es tan fácil librarse de mí. (Se suelta, acariciando la mano de IRENE, que la retira) Voy a estar en el patio, tomando un poco de aire … ¡Acá no se respira del  olor a viejo! Ah, decíle a VERA que ponga un plato más, que yo ésta no me la pierdo. (Sale al jardín)

 

 

(IRENE trata de recomponerse; en el centro del cuarto, mira a todos los rincones, siente frío y miedo. Busca la comunicación con el público una vez más)

 

IRENE – Es cierto: hay olor a viejo, a encierro... Si abro esa puerta, entrará el olor a tierra mojada que dejó el camión regador … ¡Es lindo el olor a tierra mojada! Y a los jazmines de enfrente. Y todos los olores que flotan en el aire, acá, en una ciudad chica como ésta, donde el tiempo nunca pasa rápidamente, donde se vive tan lerdo que se muere más rápido.

 

VERA – (en off) ¡Irene!

 

IRENE – (Se sorprende, sale de su estado tenso; corre a la mesa y ordena lo que LA MUJER ha desordenado) Ah, yo me llamo Irene. Soy huérfana, gracias a Dios y a mis padres. Me crió una tía que es muy famosa en este pueblo grande … La que tiene el prostíbulo cerca del cementerio. No me van a decir que no la conocen … Viví ahí … ¡como mil años! Hasta que me encontré con Vera…

 

VERA – (en off) ¡Irene!

 

IRENE – (Se acomoda en una silla, con la rosa) Yo soy lo único vivo que ella tiene. Y hoy me quiere lucir. Pero estoy un poco cansada de decir “gracias”, “gracias”, “gracias” … Creo que debo empezar a ensayar otra palabra.

 

(VERA entra; la luz se normaliza. VERA se ha puesto un vestido de fiesta, anticuado, con una gran rosa en el hombro, de tul, que dificulta sus movimientos continuos de cabeza)

 

VERA – ¡No mires! ¡No, no te des vuelta! Cerrá los ojos y no los abras hasta que yo te diga. (Avanza unos pasitos) ¡Ahora! (Emite un gritito, fingiéndose radiante)

 

(IRENE la mira, su rostro no rebela sorpresa ni expresión alguna.)

 

VERA - ¿Qué pasa? ¿No te gusta?

 

IRENE – Sí, claro.

 

VERA – (Crece, contenida) ”Sí, claro”, “sí, claro”  “¡SÍ CLARO!

 

IRENE – ¿Qué te hice?

 

VERA -  ¿Qué me hiciste? ¡Nada! ¡Solamente ignorar y despreciar todos los esfuerzos, todas las ideas y todos los preparativos que durante todo el día me tuvieron enloquecida! ¡Y siempre mirándome con esa cara que sabés poner para que la gente nunca esté segura de lo que estás pensando!

 

IRENE – (Se pone de pie; deja la rosa sobre la mesa)

 

VERA – ¿Dónde están las otras rosas?

 

IRENE – No sé.

 

VERA – ¿Tiraste las otras rosas? (Toma la rosa y obliga a que IRENE la sostenga en su mano)

 

IRENE – ¡Vera, no! (Deja otra vez la rosa)

 

VERA – ¡No dejés esa rosa! No, no la dejes. Son parte del vestido. Una chica delicada siempre debe llevar una flor.

 

IRENE – ¿En qué parte del cuerpo?

 

VERA – (Abre su boca con estupor; se compone, indignada) Voy a olvidar lo que dijiste. Sí, voy a sentarme. (Se sienta) Voy a serenarme. Y voy a conservarme alegre y fresca para recibir a mi hermana, eso es lo que voy  a hacer…Puf, ¿qué pasa con el aire? (Se apantalla con las manos)

 

IRENE – Vera, yo no soy una “chica delicada”

 

VERA – Con lo que me estás confirmando que todas mis enseñanzas y mis consejos fracasaron, ¿no sirvieron de nada? (La observa detenidamente) Irene, me gustaría que abandonaras esa cara de “vaca mirando el tren”, como si todo lo que hubiera a tu alrededor no te importara. Yo sé que eso no es cierto. Estás actuando como una chica rebelde porque estás celosa. (IRENE suspira) Sí, señorita, sí: celosa. Porque hoy te dejé un poco relegada, a causa de toda esta agitación porque viene a cenar mi hermana. Pero mañana volveremos a la normalidad, estaremos las dos solas, tranquilas y recordando esta noche. (Se pone de pie) Vamos, porfiada, argarrá esa rosa y vení para acá que te acomodo el pelo.

 

IRENE – (Acerca la rosa a su pecho, parodiando una imagen virginal)

 

VERA- (Que no captó la ironía) Sí, tesoro, sos esa chica delicada. Claro que sí. Vení, quiero que te mirés al espejo.

 

IRENE – ¡No, eso no! ¡Eso no!

 

VERA – (Pierde la paciencia, va y la trae de la mano, poniéndola de frente a un enorme espejo, en un extremo del proscenio) ¡Sí, eso sí! Miráte, vamos. ¡Mírate! ¿Qué ves ahí? Un ángel, una virgen …

 

IRENE – ¡Y dále con la virgen!

 

VERA – (Le da un coscorrón ligero, sin cambiar la intención de sus palabras) Una princesa. ¡Dos princesas en su palacio!

 

IRENE – (Ve su imagen en el espejo, con espanto) ¡Nadie se viste así!

 

VERA – La gente decente sí. Lo que pasa es que queda muy poca gente decente. Y menos es este pueblo, donde todo el mundo tiene la lengua partida, como las víboras. (Se aleja del espejo, camina hasta el retrato) ¡Qué cantidad de temas les hemos dado para que hablen!. Cinco años, o más, en el tapete público. En el chismerío barato de las peluquerías y las carnicerías y todos los lugares donde la gente se reúne para escupir cizaña. (Se abraza al retrato) ¡Si pudiera encerrarme es esta casa y no volver a salir!.

 

(Cambia la luz sobre el cuarto. IRENE, frente al espejo, que le devuelve la imagen de LA MUJER, obligando ella a que IRENE repita sus movimientos, en un juego inverso de reflejos. VERA deja el retrato. El joven del mismo ha entrado en el cuarto.)

 

DIEGO – No me pongás plato, Vera.

 

VERA – ¿Vas a salir?

 

DIEGO – Si, voy al Cine.

 

VERA – Otra vez. Vas muy seguido al Cine.

 

DIEGO – ¿Y qué querés que haga? ¿A qué otro lugar se puede ir acá? Si no hay nada.

 

VERA – ¿Por qué no vas a bailar al Club? Hoy están Los Iracundos; la tía Chiquita y yo nos vamos a quedar sentadas en el patio, desde ahí vamos a escuchar toda la actuación; no es lo mismo que verlos, pero…

 

DIEGO – Ya sabés que no me gusta bailar.

 

VERA – (Le ayuda a ponerse la campera) La tía Chiquita dice que yendo siempre al Cine nunca vas a encontrar novia…

 

DIEGO – Ella se lo pasó en los bailes y sin embargo sigue soltera.

 

VERA – ¡Diego!. Sos loco, eh?. ¡Mirá si te escucha!

 

DIEGO – Vos tendrías que ir a ese baile. Y conquistar al de Los Iracundos. Y casarte. Y mandarte a mudar muy lejos. Y ser muy, muy, muy, muy feliz.

 

VERA – Dejá de hablar pavadas, ¡loco!

 

DIEGO – Bueno, me voy … (Antes de salir) ¿Por qué me mirás?

 

VERA – ¡Qué lindo! ¡Qué lindo que es mi hermanito!

 

DIEGO – Calláte, ¡a ver si me lo creo!.

 

VERA – No volvás tarde, eh?

 

DIEGO – No. (Se detiene, la mira) Vera … una de estas noches, vamos a ir juntos al Cine. (Sale)

 

(La luz se normaliza, al tiempo que LA MUJER desaparece del espejo)

 

VERA – Irene … una de estas noches, vamos a ir al Cine.

 

IRENE – Siempre decís lo mismo y nunca vamos.

 

VERA - Pero unas de estas noches, vamos a ir. (Se sienta, abrazando el retrato, meciéndose con él) ¡Qué sofocación!. El verano se anuncia bravo … Tenemos todas las ventanas abiertas y aún así …

 

IRENE – ¿Qué pasa si no viene?

 

VERA – ¿Querés matarme? ¿Querés que me dé un ataque, como a la Tía Chiquita, que en paz descanse?. Por qué te escucho. Estás enchinchada y vas a conseguir que me duela la cabeza, como siempre.

 

IRENE – ¿A qué vendrá?

 

VERA – ¿Cómo a qué vendrá? A ver a su hermana, a saludarla.

 

IRENE – ¿Después de tanto tiempo?

 

VERA – Después de tanto tiempo, sí, ¡después de mucho tiempo! Decíme una cosa: a vos te parece que es fácil, que es tan sencillo. ¡No! No se puede volver a tu casa después de tanto tiempo, y decir: ¿qué tal, cómo te va?. No, no es fácil. ¡Para ninguna de las dos!. Pero menos para ella, porque ella es la que se fue. ¡Mientras yo fui la que se quedó y aguantó más de lo que se puede aguantar!

 

IRENE – Estás nerviosa, ¿querés una pastilla?

 

VERA – ¡No!. Estoy muy bien. ¡Muy bien! (Queda tiesa en su silla)

 

(Permanecen las dos en silencio, sentadas; una abraza al retrato, la otra juega con la rosa. LA MUJER entra en el cuarto; es como si ninguna de las dos la advirtiera)

 

MUJER – ¡Pobre Vera! Soñando mil veces las mismas cosas, mareada por los mismos recuerdos de hace mil años … (Suavemente, quita el retrato del abrazo de VERA; lo observa) Es un lindo chico … Tiene la soledad detrás de esos ojos oscuros … Tiene un montón de cosas oscuras detrás de esos ojos oscuros … (Abraza el retrato) ¡Ay, tengo ganas de llorar! ¡Muchas ganas de llorar! (Se cubre el rostro, dejando caer el retrato)

 

(VERA e IRENE miran hacia la puerta, expectantes)

 

MUJER – (Tensa) Ella se está acercando. Oigan sus pasos sobre la vereda; tiene zapatos nuevos y se tambalea sobre ellos. Ella se está acercando … ¡Vera! (Pone su mano sobre el hombro de VERA)

 

VERA – (Se pone de pie, tensa) Ella se está acercando.

 

IRENE – No tengas miedo.

 

MUJER – ¡No tengas miedo!

 

VERA – ( a IRENE)  Poné el retrato en su lugar. ¡Que ella lo vea!

 

IRENE – Está roto.

 

VERA – ¡Qué importa! ¡Hacé lo que te digo!

 

(IRENE obedece)

 

MUJER – ¡Ella viene a seguir haciéndote daño!

 

VERA – (Se tapa la cara) ¡Andáte!

 

(IRENE mira a VERA; no ve  a la MUJER, que sale casi rozándola.)

 

IRENE – ¿A quién le estás hablando?

 

VERA – A nadie. ¿Yo estoy hablando?

 

(Golpes en la puerta. Las mujeres se sobresaltan)

 

VERA – ¡Andá a abrir! !

 

IRENE – ¡No! ¡Yo no!

 

VERA – ¡Andá te digo!

 

IRENE - (Corre a sentarse en su sitio) ¡No! No quiero y no voy. ¡No voy!

 

(Nuevos golpes)

 

VERA – (Mira a IRENE con odio) Sí, ya va (Sale)

 

(DIEGO entra en el cuarto, se acerca a su retrato y lo voltea, tapando la foto; mira hacia la puerta; hay mucha tristeza en sus ojos. Luego se esfuma, tan rápidamente como apareció)

 

(Entra MARTA. Viste elegante, pero con estilo recargado, alhajas falsas, cinto, zapatos y cartera en juego, peinado de peluquería y todo un aspecto preparado para impresionar.)

 

MARTA – (Al entrar no puede disimular el asalto de viejos, temibles recuerdos) Igual … Todo está igual … (Camina unos pasos, insegura; luego se da vuelta frente a VERA, que le sonríe) Vera, ¡todo está igual!

 

VERA – (Orgullosa) ¿Viste?...

 

MARTA – ¡Por favor! ¿Todavía no se rompió ese jarrón?

 

VERA – No, todavía no.

 

MARTA - ¡Qué barbaridad! Todo … ¡igual que antes! (Descubre a IRENE)

 

VERA – Marta, ella es Irene

 

MARTA – ¿Quién es?

 

VERA – Irene.

 

MARTA – Alguna … pariente nuestra que yo no recuerde?

 

VERA – No, no, ella sólo es … mi amiga.

 

MARTA – Oh. Qué tal.

 

VERA – Irene vive conmigo.

 

MARTA – ¿Acá? ¿Ah, sí?

 

VERA – Irene, ella es mi hermana Marta, de quien tanto te hablé. Cuando Marta se fue a Buenos Aires, vos eras muy chica, por eso no te acordás de ella. Todos acá se acuerdan de Marta. Bueno, acá todos nos conocemos.

 

MARTA – Sí, eso es lo malo. Si vieras qué lindo que es pasearse por cualquier calle, allá en Buenos Aires, sin necesidad de andar saludando a cada rato y a cualquier perro que pasa. Claro, allá una no conoce a nadie y nadie te conoce a vos. ¡Es que Buenos Aires es tan grande! Mirá la tontería que estoy diciendo: como si alguien no supiera lo grande que es aquello.

 

VERA – ¿No te costó acostumbrarte? Debe ser difícil.

 

MARTA – ¡Para nada! Pero, dejáme que te mire: Vera, estás igual, ¡igual!

 

VERA – (Sombría) Vos no. Estás …

 

MARTA – (Tensa) ¿Cómo estoy?

 

VERA – Muy linda. (Le toma las manos; MARTA evita el contacto, con mucho disimulo, caminando hasta otro extremo del cuarto)

 

(En el siguiente comentario de MARTA, VERA hace señas a IRENE para que se ponga de pie y cambie la cara. IRENE gesticula: “¡Dejáme de joder!” y cosas por el estilo)

 

MARTA – ¡Todavía tenés el viejo tocadiscos! ¿Te acordás cuando nos reuníamos con las chicas de enfrente, los sábados  a la tarde, y organizábamos bailes entre nosotras?. Tía Chiquita ponía los discos; todos de Sandro, ¿te acordás? ¿Cómo está la Tía Chiquita? (Descubre la comunicación silenciosa y gesticular entre las otras dos)

 

VERA – (Disimula) ¿La Tía Chiquita? ¿Cómo está?

 

MARTA – Sí. ¿Vive siempre en …?

 

VERA – Vive en el  cementerio. Murió hace dos años.

 

(IRENE no puede contener la risa, tapándose la boca. MARTA queda boquiabierta, sin saber qué decir. VERA se tienta, con la risa contenida de IRENE.)

 

MARTA – ¡Vera! ¿Cómo podés reírte?

VERA – Es que dije: “vive en el cementerio”. (IRENE ríe). Y nadie vive precisamente ahí. ¡Qué estúpida soy! ¡Perdonáme!

 

MARTA – (Se sienta en apariencia compungida). ¿Cómo no me avisaste?

 

VERA – ¿Para qué? No ibas a venir y además … fue tan rápido, tan de repente. (Reprende a IRENE que sigue tentada)

 

MARTA – ¿Y de qué murió?

 

VERA – La hallaron muerta. Un ataque, pobrecita.

 

(Detrás, la TIA CHIQUITA se mueve en avíos de asistir a uno de sus tantos bailes)

 

MARTA – Por lo menos, no sufrió, no?

 

VERA – Últimamente, estaba un poco perdida. Como mamá, al principio de su enfermedad, ¿te acordás?

 

MARTA – Casi nada, yo era muy chica.

 

VERA -  Cierto, eras muy chica. ¡Pobre la Tía! ¡Estaba tan enamorada de Sandro!

 

MARTA – ¿Todavía?

 

VERA – Con decirte que se estaba haciendo un vestido de novia, la pobrecita.

 

MARTA – ¡Ay, que feo por Dios! Y … ¿y no sabés si dejó alguna herencia, algún papel, algo?

 

VERA – Sí, quince... (Gesto de MARTA: “¿¡millones?!”) Quince carpetas llenas de recortes, fotos y tapas de revista. ¡Sandro por todos lados!

 

(La TIA CHIQUITA encuentra una revista y avanza hacia el centro de la habitación)

 

CHIQUITA  - ¡Marta! Marta, ¿dónde pusiste la tijera?

 

MARTA – ¿Qué cosa?

 

CHIQUITA – ¡La tijera! Acá encontré una foto que no tengo. ¿Cómo es que nadie me dijo que tenían esta revista?

 

MARTA – Vera, ¿dónde dejaste la tijera?

 

VERA – Yo no anduve con la tijera. ¡Qué se yo dónde está!

 

MARTA – Siempre deja las cosas en cualquier parte; el otro día, buscábamos el monedero… ¿Sabés dónde lo había puesto?: En la heladera.

 

CHIQUITA – ¡Bueno! A cualquiera le puede pasar. Dejá, yo lo recorto así nomás. (Rompe con cuidado la hoja de la revista) ( a VERA). ¿Y a vos, se puede saber qué te pasa, que tenés esa cara?

 

VERA – Nada, tía

 

MARTA – Sí, está enojada porque nosotras vamos al baile.

 

CHIQUITA – ¡Que se joda!. Ella no quiere ir. Es una pava. Así, nunca va a conseguir novio.

 

VERA – ¿Para qué quiero un novio?

 

MARTA – ¿Te das cuenta, tía?. Todo el día así: ¡Es una amargada!

 

VERA – ¿Y a vos quién te molesta?

 

CHIQUITA – ¡Bueno, chicas, bueno! ¡Cambiá esa cara, Vera!. Y vos, Marta, dejá de agitarte que te transpirás toda y ya estás vestida para el baile. Mirá que esta noche podés conocer al hombre de tu vida.

 

MARTA – ¿Acá?. No creo, tía. Me gustaría conocer a un chico de afuera.

 

CHIQUITA – ¡Jodé nomás con los chicos de afuera!. Mirá que después se van por donde vinieron y andá a cantarle a Gardel.

 

MARTA – ¡Ay, tía! ¿Qué querés decir? Yo sé lo que hago.

 

CHIQUITA – Sí, por eso te lo digo. (A VERA).Y vos, hacés bien: reserváte; que el mes que viene, lo tenemos a Sandro para las fiestas patronales!

 

MARTA – ¿Qué?

 

VERA – ¿En serio, tía?

 

CHIQUITA – ¡En serio! ¡Hoy vi el cartel en el almacén! ¡Tenía una foto así de grande, sonriendo con todos esos dientes y esos labios!. Arranqué el cartel y me lo guardé en el bolso. ¡Cómo se enojó la gallega del almacén! ¡Pero no se lo devolví!

 

MARTA – ¡Tía, no lo puedo creer! ¡Sandro en este pueblo de mierda!

 

VERA – ¡Marta!

 

CHIQUITA – Le voy a dar un beso. Cuando baje del escenario, le voy a dar un beso. No sé cómo voy a hacer, pero lo voy a besar, aunque sea lo último que haga en mi vida.

 

MARTA – ¡Yo también!

 

CHIQUITA – (La sacude de un brazo, violenta). No, ¡vos no! ¡vos no! Yo solamente, ¿me entendés? ¡Yo!

 

(Se oye la voz de Sandro. IRENE ha puesto un disco. VERA y MARTA la miran, sobrecogidas. La figura de CHIQUITA empieza a alejarse hacia la puerta, encantada con la melodía, hasta salir)

 

IRENE – (Se encoge de hombros) ¿Lo saco?

 

VERA – (La encara y quita el disco) ¿Quién te dijo que pusieras música?

 

MARTA – Y menos eso, que me acuerdo de la Tía Chiquita y me impresiono.

 

VERA – A Irene  también le gusta Sandro. ¿No es cierto, Irene? (El rostro de IRENE revela sorpresa)

 

MARTA – Tendría que gustarle algo más actual; Sandro es anterior a mi época … Es de tu época, ¿no, Vera?

 

VERA – (Disimula su desagrado). Sí, qué se yo. Vení sentémonos. Voy a encender el horno. Preparé milanesas a la napolitana, tu plato favorito.

 

MARTA – Uy, yo pensaba no cenar. (Se sienta a la mesa)

 

VERA - Tu hígado …

 

MARTA – No, mi dieta, mi régimen; no puedo romperlo, es muy estricto.

 

VERA – Qué lástima. No podés comer nada, ¿ni un poquito?

 

IRENE – (Irónica) ¡Y vos que te lo pasaste todo el día en la cocina!

 

MARTA  - (Molesta) ¿En serio, Vera? Oh …Bueno, como un poquito.

 

VERA – ¡Seguro!. Si estás muy bien, para qué hacés régimen. Voy a encender el horno.

 

MARTA – ¡Vera!

 

VERA – ¿Qué pasa?

 

MARTA – ¿Todavía tenés estos platos? ¿No se rompieron?

 

VERA – No, todavía no. (Sale)

 

(MARTA se siente incómoda, quita el seguro de su cartera y extrae un espejito; se retoca el maquillaje. IRENE se acerca a la mesa, se detiene frente a MARTA, del otro lado de la mesa, apoyándose en ella.)

 

MARTA – (Detiene lo que hace, le sonríe con frialdad) ¿Así que vivís acá? ¿Le hacés compañía a mi hermana?

 

IRENE – Algo parecido.

 

MARTA – Sos muy joven. ¿Cuántos años tenés?

 

IRENE – Dieciséis

 

MARTA – ¿Y no tenés familia, padres …?

 

IRENE – Tengo una tía. Maneja el prostíbulo, el único que hay en el pueblo; le  va muy bien, la policía no la jode y cada vez tiene más clientes; yo viví ahí, hasta que Vera me trajo a su casa …

 

MARTA – (Espantada) ¡Pobrecita! ¡Debe hacer sido muy duro para vos!

 

IRENE – ¡Para nada! Conocía mucha gente, siempre había música, no había problemas de guita... Y cuando a mi tía le faltaba alguna chica, yo ayudaba …

 

MARTA – (Atónita) ¿Cómo “ayudabas”?

 

IRENE – Sí, ayudaba

 

MARTA – ¡Qué triste, por Dios, qué triste! (Retoma su maquillaje)

 

(LA MUJER entra al cuarto; se sube a la mesa y empieza a usar los cosméticos y las pinturas de MARTA, sin que ella parezca verla)

 

MUJER – (a IRENE) ¿Por qué le mentiste a esta mina?

 

IRENE – Porque no la trago. Y ella no me traga a mí.

 

MUJER – Ahora te va a tragar menos.

 

IRENE – ¿Y a mí qué?

 

MUJER – ¡Esta es una mosquita muerta! Hizo de las suyas cuando estaba en carrera.

 

IRENE – Ya sé. Mi tía me contó. Se fue del pueblo porque estaba aburrida… ¡Mentira! Se fue porque no soportó la vergüenza. ¡Vergüenza!

MUJER – La hipocresía, querida. ¡La hipocresía! ¡Y encima usa pinturas baratas! ¿Te fijaste?. Hablaron de cualquier cosa las hermanitas, como si nada hubiera pasado nunca. La estúpida de Vera quiere que su hermana se sienta cómoda en su casa paterna, que todo le sea agradable…

 

IRENE – ¿Querrá eso? ¿O será otra mentira?

 

MUJER – Te dije: ¡Yo ésta no me la pierdo!

 

IRENE – (Reacciona) ¡Bajáte de la mesa! ¡Vas a romper algo!

 

MUJER – ¿Y qué? ¡Demasiado duraron estos platos! (Baja de la mesa)

 

IRENE – Tenés razón. Todo tiene que romperse algún día. (Hace caer un vaso)

 

MARTA – (Deja lo que hace, mira el piso y mira a IRENE) Se te cayó y no se rompió… ¡Qué buenas venían antes las cosas!

 

VERA – (en off) ¡Irene!

 

MARTA – ( a IRENE) Te llama.

 

(IRENE mira el suelo – el vaso en el suelo -, mira a MARTA, a LA MUJER y hacia la cocina, de donde proviene el chillido destemplado de VERA)

 

VERA – (en off) ¡Irene, vení!

 

MUJER – ¿No la oís, ché? Te está llamando

 

MARTA – Nena … Vera te está llamando.

 

MUJER – ( a IRENE) ¡Movéte!

 

VERA – (en off) ¡IRENE!

 

MUJER – (Estridente) ¡IRENE!!!!

 

VERA – (en off) ¡Apuráte!

 

MARTA – ¿No la oís?

 

VERA – ( en off) ¡IREEENE!

 

MUJER – ¡IREEEENE!!!!

 

IRENE -  (Se cubre los oídos y grita).

 

(MARTA se pone de pie; VERA aparece en la puerta que lleva a la cocina, aferrando un repasador y una caja de fósforos; LA MUJER retrocede con una mueca de triunfo y antes de salir, en un gesto deliberado, da vuelta el retrato, descubriendo la fotografía de DIEGO, tras los restos del vidrio roto. Luego sale de escena.)

 

VERA – (Vacilante) ¿Por qué no venías? Irene… no puedo prender el horno; no puedo; Anda mal … O los fósforos que están húmedos, no sé. Yo no me puedo acostumbrar al Magiclik, vos sabés … Irene … (Acongojada) No te enojés conmigo pero… yo no podía… y te llamaba. ¿No me oías? ¿No me oías?.

 

(Lentamente, IRENE  se descubre los oídos, se pasa una manga por la nariz, se acomoda irreflexivamente un mechón de cabellos y encara a VERA. Le dedica una mirada de encendido odio, le arrebata los fósforos y desaparece de escena.)

 

VERA – (Nerviosa y torpe) Es que todavía tengo la cocina de mamá. El horno no andaba muy bien, ¿te acordás?. Y yo siempre le tuve miedo al gas. Desde que a mamá … le pasó aquello. Irene se enoja conmigo, por lo pava que soy. Pero después se le pasa… (Tanto estrujar el repasador, se le cae; se inclina a recogerlo y allí, mirando el suelo, pregunta) ¿No supiste nada de Diego? ¿No te escribió? ¿Nunca?

 

MARTA – ¡Mirá si me va a escribir! ¡A mí! ¡Estás loca! (Empieza nerviosa a guardar las cosas en la cartera).

 

VERA – (Se incorpora) Me salieron de lindas las milanesas, ya vas a ver… Irene, ¿lo prendiste? ¿Pudiste, querida? (Sale de escena)

 

(MARTA, sola en el cuarto, saca un cigarrillo de su cartera y no encuentra el encendedor; maldice por esto, entre dientes; busca sobre los muebles y no tarda en ver el retrato de Diego. Se acerca y lo pone otra vez boca abajo.)

 

(DIEGO aparece, como si saliera de su cama, en horas de la madrugada.)

 

DIEGO – ¡Hay que decir que vos no tenés un cachito así de vergüenza!

 

(MARTA acusa una leve sorpresa inicial; se resiste a mirarlo, caminando al otro extremo del cuarto)

 

DIEGO – Yo no digo que hagás lo que se te antoje por ahí, vos sos dueña, sabés lo que hacés … Pero acá, en tu casa. ¡En tu casa, Marta!

 

MARTA -  ¡Báh, dejáme de joder! Qué te importa a vos, ¿eh? ¿Qué te importa?

 

DIEGO – Que es también mi casa y que yo también vivo acá … Y Vera … Pero vos le perdiste el respeto a todo. A nosotros, a tu casa, a todo … ¡Vos misma te perdiste el respeto!.

MARTA – ¡Pero dejáme de joder! Y dejá de getonear, que se va a despertar la otra y no tengo ganas de aguantarla. (MARTA intenta seguir buscando algo para encender su cigarrillo; DIEGO la aferra de un brazo). ¡Salí! ¡Salí, ché! ¡Me hacés mal, tarado!

 

DIEGO – ¡Andá y decíle a ese tipo que se vaya! ¡No te hagás la que no sabés! ¡Ese tipo, el que recién metiste en el galponcito!

 

MARTA – ¡Ahora también me espiás!

 

DIEGO – ¡No vas a usar esta casa para traer a cualquiera que se quiera revolcar con vos! (La suelta, empujándola) ¡Andá! ¿O querés que vaya yo?

 

MARTA – (Mirándolo burlona, desafiante) ¡Pobrecito! Andá…¡Andá! Sacálo a patadas, vos que sos el hombre de la casa, ¡el decente! (Contenida) No lo viste bien al “tipo del galponcito” … Vos lo conocés. Y él te conoce a vos … ¡Muy bien te conoce!¡Es el mismo que también va al cine los viernes a la noche!

 

(DIEGO retrocede unos pasos, el rostro demudado en una máscara de pánico.)

 

MARTA – (Triunfante; encuentra los fósforos que VERA había dejado junto a las velas; enciende uno y lo mantiene cerca de su rostro.) Él conoce otros galpones … Los del ferrocarril, junto a las vías muertas, detrás del monte de eucaliptos …

 

(DIEGO sale corriendo del cuarto)

 

MARTA – (El fósforo se extingue entre sus dedos) Él tiene encima ese olor a humedad. Y sin embargo, sus besos son secos. Y fríos. Como los besos de los que están muertos … Pero yo ya olvidé esos besos. ¡Yo me fui a Buenos Aires! ¡Yo me olvidé de todo!

 

(CHIQUITA ha entrado al cuarto; ha entrado cuando MARTA ha dicho: “Como los besos de los que están muertos.” CHIQUITA lleva una mantilla negra, que le cubre el rostro. Su voz es cavernosa, apesadumbrada.)

 

CHIQUITA – ¡Qué vas a olvidar vos!

 

(MARTA rehúsa mirarla, cierra los ojos, trémula, y se persigna).

 

CHIQUITA – La muerte no se olvida, Marta. ¡Esa sí que no se olvida!

 

MARTA – Yo estoy viva, Tía. Viva y en Buenos Aires, donde siempre quise estar.

 

CHIQUITA – Viva … ¡Viva! ¡Ja! Viva mientras todos se mueren de a poquito. Viva mientras más de uno quiere verte en el otro mundo, en el mío.

 

MARTA – ¿Y a mí qué? Siempre supe que nadie me tragaba en este pueblo de mierda. Y me importó, éh? ¿Me importó? ¡No! ¡Ni así! Yo hice siempre lo que tuve ganas de hacer. Y nadie me lo perdonó … (Se sienta, cansada). No era fácil para mí, tía. No era fácil. Chuparme los fríos de junio para acompañarte al baile; soportar que todos hablaran por lo bajo y se rieran cuando nos veían entrar; clavarme, tiesa y sonriente como una idiota, en esas heladas mesas alrededor de la pista, revoleando los ojos, buscando y haciendo saber que bailar no era mi intención, que necesitaba que alguien me diese calor y me hiciese sentir viva, en medio de tanta muerte … No era fácil, tía. Escaparme, sabiendo que te dejaba sola para volver a casa; escaparme, con la esperanza de encontrar por fin al hombre capaz de darme ese calor … ¡Ese calor! … ¿Y sabés una cosa, tía? Te confieso: no lo encontré. Nunca. Ni ahora. Todos aquellos besos fueron fríos. Y secos. Como los besos de aquel muchacho con olor a humedad y a eucaliptos, que mi hermano y yo solíamos llevar a la cama … o a cualquier otro lugar que sirviera de escondite, para dejar de sentirnos solos … al menos por un ratito … ¡y aunque sean todas mentiras!

 

CHIQUITA – ¡Y vos decís que olvidaste! ¡Qué vas a olvidar! ( Se acerca al espejo, que le devuelve la imagen estática de LA MUJER, que también tiene el rostro cubierto con una mantilla negra.)

 

MARTA – Era más lindo cuando eramos chicas; cuando teníamos toda esta casa para jugar; cuando escuchábamos tus discos de Sandro y hacíamos concurso de “a ver quién bailaba mejor” … ¡Siempre ganaba yo! ¿Te acordás?

 

(CHIQUITA se ha puesto tensa; cambia su voz y su estado; se inquieta y agita sus manos frente a la imagen tiesa de LA MUJER, del otro lado del espejo.)

 

CHIQUITA – ¡Vera! Este reloj adelanta. ¡Te digo que adelanta! No me vengas con que ya es de noche.  ¡Si acá son apenas las tres de la tarde! ¡No! ¡No me abrás esas cortinas! Tengo sueño y el sol me dará todavía más sueño. No, qué voy a dormir la siesta … Demasiado voy a dormir cuando esté allá, con todos los otros parientes, locos y ausentes, ¡que falta mucho para eso, te aclaro!

 

MARTA – (Como si no la escuchara) Era más lindo cuando llegaba el sábado, por la tarde, y vos y nosotras íbamos a llevarles flores a nuestros muertos. ¡Cómo me gustaba ese momento! ¡Te juro! ¡Vivía toda la semana esperando ese momento! Vos comprabas crisantemos o calas, lo que fuera más barato; nos vestías a Vera y a mí, como un domingo para misa, y salíamos. ¡Con todo el sol de la siesta! Y la gente murmuraba cosas: “Ahí van las Locas Castro”, decían … Y Vera bajaba la cabeza, pero yo les sacaba la lengua ¡o les mostraba las bombachas! (Emite una extraña risita infantil).

 

CHIQUITA – (En el espejo, mientras LA MUJER empieza lentamente a cobrar movimiento, saliendo de su misterioso letargo) Poné otra vez el long – play, Vera. Y cerrá puertas y ventanas. Que él no se escape esta vez … Que ya me estoy terminando el vestido, ¿sabés? ¿Y el tuyo, Vera?  ¿Cuándo vas a tener listo el tuyo? Vera, te estoy hablando…

 

MARTA – (Perpleja) Soy yo, Marta … ¡Marta, tía!

 

CHIQUITA – ¿Qué decís? Marta está muerta.

 

MARTA – (Desesperada) ¡No! ¡Yo estoy viva! Yo respiro, ¿no ves? Yo me muevo, camino, ¡hablo!

 

CHIQUITA – (Sentándose en un viejo sillón y empezando a mecerse) Yo también.

 

MARTA – (Retrocede, se cubre los ojos con la manga de su paquete vestido) ¡No debí volver! ¡Nunca debí volver! (Guarda sus cigarrillos en la cartera y se alista para irse). Nunca se debe volver …

 

(LA MUJER se descubre el rostro. VERA aparece en la puerta que lleva a la cocina, seguida de IRENE)

 

VERA – ¿Marta?

 

MARTA – (Llena de ansiedad, mirando a CHIQUITA, que se mece plácidamente en el sillón). La verdad es que no puedo quedarme a cenar, se me hace tarde, muy tarde.

 

VERA – ¿Tarde? ¿Tarde para qué? ¿Ya volvés a Buenos Aires?

 

MARTA – Eh...? … Ah, sí, sí, ya vuelvo a Buenos Aires.

 

VERA – Pero si no tenés tren hasta mañana. ¿Con qué te vas a ir? Quedáte a cenar. En unos minutos va a estar todo listo. Sentáte, sentáte … (Obliga suavemente a MARTA a sentarse)

 

MARTA – (Con temor, balbucea) Ella … Ella… ¿No la ves?

 

VERA – (Se sienta al lado de su hermana, le arrebata la cartera, para evitar una fuga inesperada, y adopta una fútil actitud coloquial) ¿Y dónde vivís, allá, en Buenos Aires? Contáme, ¿tenés una casa grande? No me vas a decir que vivís en uno de esos departamentos, por allá arriba … ¡Yo me muero!

 

MARTA – (Horrorizada, señala con el mentón la imagen de CHIQUITA) Vera… Ella está aquí …

 

VERA – ¿Quién? (Mira y se cruza con la figura de IRENE, que se interpone entre ella y la tía CHIQUITA) Ah, sí: Irene. ¿Te gusta? ¡Nos llevamos de bien! Ella es como una hermana más chica; como una amiga más chica … (Entusiasmada) ¡Como una princesita dedicada a hacerme compañía!

 

IRENE – Vera, dejáte de decir pavadas.

 

VERA – Irene se enoja cuando le digo “princesita”, pero … ¿no es cierto que se parece a una princesita? Con Irene acá en casa se hace más llevadero. Nos quedamos por las noches jugando a las cartas, a la lotería, hasta aprendí a jugar al dominó … ¿no es cierto, Irene? Sí. También nos quedamos escuchando la radio, sentadas en la vereda; tarde, por supuesto, cuando toda la chusma se fue a dormir. O nos quedamos … leyendo. (Recalca este verbo, tratando de atraer la atención de MARTA, preocupada ésta en visualizar sus fantasmas)

MARTA – (El efecto es logrado) Dijiste: “leyendo”?

 

VERA – (Orgullosa). Sí. Aprendí a leer. (Mira a IRENE) Irene me enseñó.

 

MARTA – Y… ¿aprendiste?

 

VERA – Sí. Aprendí.

 

(De repente, es como si toda la habitación se sacudiera. DIEGO aparece desde las habitaciones y permanece expectante en la penumbra. CHIQUITA se levanta como un rayo y toma en sus manos el libro que IRENE había dejado sobre un mueble cerca del espejo. En su brusco movimiento, empuja a IRENE, haciendo que ocupe su sitio en el sillón. CHIQUITA avanza hacia VERA y MARTA ríe con su extraña risita infantil y se arrodilla en su asiento, dispuesta a burlarse. LA MUJER, en el espejo, se apronta a divertirse.)

 

CHIQUITA – (Abriendo el libro sobre la mesa, frente a las narices de VERA) Qué dice ahí, ¿eh? ¿Qué dice? ¿Qué letra es ésta? Pero si la aprendimos recién. ¡Recién! ¡Chinita grandota, que no pueda aprender a leer! ¿No te da vergüenza que los otros chicos se rían de vos, eh?  Mirá tu hermana, más chica que vos y sabe leer de corrido. Dentro de poco, como sigás repitiendo, te va a pasar en el Colegio. ¿No es cierto, Martita?

 

MARTA – (Burlona y sombría). Ella no puede leer, tía … porque está enferma.

 

VERA – (Levanta los ojos del libro, llenos de lágrimas) ¡Mentira!

 

MARTA – Ella confunde los renglones … Se le mezcla todo … Tiene algo en la cabeza;  el doctor le dijo a mamá.

 

VERA – ¡Mentira, mentira! Yo puedo leer. ¡Yo puedo!

 

CHIQUITA – ¡Y leé entonces! ¿Qué esperás?

 

VERA  -  “Ci … Cier … Cien … Cienta vez…”

 

CHIQUITA – “¡Cierta vez!”

 

VERA – “Cierta vez … l-l-las v-v-ví… víb-b-bo … víboras, las víboras …”

 

MARTA – Ella no puede leer, tía. Te digo que no puede. Está enferma.

 

VERA – ¡Mentira!

 

CHIQUITA – ¡Ah, pavadas de los médicos para sacar plata! ¡Esta no puede leer porque es una haragana! ¡O bien porque salió burra como tu madre!

 

VERA – ¡Yo no soy burra! ¡Yo puedo leer! ¡Yo puedo leer y voy a ser maestra!

MARTA – ¡Qué vas a ser maestra vos! Si no distinguís la “o” que es redonda como el  cu…!

 

CHIQUITA – (Le golpea la boca) ¡Bocasucia! ¿Para eso usás tu inteligencia vos? ¡Qué bonito! Y vos: leé “maestra”, ¡leé!

 

VERA – (Se esfuerza) Se me nubla la vista …

 

MARTA – Excusas, excusas…

 

VERA- ¡Decíle que se calle! ¡Que se calle!

 

CHIQUITA – (Le tira un manotazo a MARTA) ¡Calláte! Y vos: dále, que vamos a estar hasta el año que viene en el primer renglón.

 

VERA – “Cien … cien…”

 

CHIQUITA – “¡Cierta vez!”  Y eso ya lo leíste. ¡Dále!

 

(DIEGO avanza hasta la mesa)

 

VERA – (Desesperada) ¡Diego, Diego! ¡Vení, ayúdame!

 

DIEGO –  ¿Qué pasa?

 

VERA – ¿No es cierto que yo puedo leer?

 

DIEGO – (Paciente y dulce) Claro. Seguro que sí. ¿A ver? “Cierta vez las víboras …”

 

VERA – “Cierta vez las víboras dieron un gran b…”

 

DIEGO – “…baile”

 

VERA – “… baile. Invitaron … a l-l-las ranas … a las ranas y a los … a los …”

 

DIEGO – “ … sapos, a los flamencos”

 

VERA – “ … a los flamencos y a los …” (a MARTA) ¿Viste que puedo leer? (A CHIQUITA) ¿Viste que puedo?

 

(DIEGO y CHIQUITA se alejan de la mesa y abandonan la sala, rápidamente; LA MUJER, sonriente, se esfuma del espejo. )

 

VERA – ¿Viste que puedo?

 

MARTA – (Se compone, aflojándose un poco en su silla) Me gustaría escucharte, ¡te costaba tanto aprender!

VERA – (Abre el libro) Sí, pero aprendí. (Mira a IRENE) Gracias a Irene. (Empieza a “leer” con fluidez, levantando muchas veces la vista del libro, sugiriendo que – quizás – sólo ha memorizado ese párrafo:)

“Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; peor siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.” (Levanta la vista, a MARTA) ¿Sigo?

 

MARTA – Qué bien. Increíble. (Le saca el libro) “Cuentos de la Selva”. ¿Todavía tenés este libro?

 

VERA – Todavía. Y ahora lo sé leer y todo. (Se lo arrebata con suavidad) Andá a guardarlo, Irene, que no se arruine.

 

IRENE – Ah, dejálo por ahí.

 

VERA – Andá, te digo.

 

(IRENE, de mala gana, se acerca, le saca el libro y sale de escena)

 

MARTA – (Respecto de IRENE) Es un poco …

 

VERA  - Tiene su carácter.

 

MARTA – Me dijo que trabajaba en el kilombo …

 

VERA – (Horrorizada) ¡Marta!

 

MARTA – ¡Ella me dijo!

 

VERA – El destino, pobrecita. Ella vivía ahí … en esa casa. Pero nada más.

 

MARTA – Ella me dijo.

 

VERA – Habrás entendido mal. Cómo se te ocurre que ella, pobrecita…? ¡No!

 

MARTA – ¡Cómo habrá hablado la gente cuando la trajiste a esta casa!

 

VERA – También habló cuando te fuiste.

 

MARTA – Bueno … La gente siempre habla.

 

VERA – Sí. Siempre habla.

 

MARTA – Hay que dejarla que hable.

 

VERA – Yo no puedo. Yo les cortaría la lengua. ¡Uno por uno!

MARTA – No entiendo cómo te pudiste quedar en este pueblo de mierda.

 

VERA – ¿Y adónde iba a ir?

 

MARTA – ¡Qué se yo! ¡A Buenos Aires! ¿Por qué no?

 

VERA – (Se le ilumina el rostro) ¿A Buenos Aires? Con vos?!

 

MARTA – (Inquieta) Bueno … No, conmigo no. Yo … estoy casada, sabés?

 

VERA – (Se pone de pie, lentamente) ¿Casada?

 

MARTA – Sí. Yo … me casé (Se pone de pie y camina hasta el otro extremo de la habitación, huyendo de la mirada de VERA) Es un hombre muy bueno. Trabaja en un Banco, muy importante, en pleno centro … Y vivimos en un departamento … bueno, no muy grande, pero sí muy moderno, con todas las comodidades … Queda en una linda zona, lindo barrio … Con un urbano que para en la esquina, en hora y pico estás en plena Florida. Florida es una calle peatonal, donde no pasan autos y la gente puede andar por la calle y mirar  vidrieras …

 

VERA – (Jugando con el borde del mantel) ¿Hay lindas vidrieras…?

 

MARTA – ¡Lindísimas! Allá tenés de todo. Pero todo muy caro. Aunque mi marido gana bien … Pero vos sabés como soy yo: a mí la plata nunca me alcanza. Él quiere que yo busque un trabajo, para que no me aburra. Sí, nada más que para eso: para que no me aburra. Pero yo no quiero. ¡No tengo ganas de trabajar!

 

VERA - El turco de la mercería, después que vos te fuiste, no volvió a poner otra empleada.

 

MARTA – (Vuelve a su cartera, en busca de sus cigarrillos otra vez). Turco de mierda, después que se cansó de tocarme el culo …! (VERA cierra los ojos.) A vos te hubiese venido bien un trabajito así, livianito… (Enciende su cigarrillo). En una de ésas, hasta te ligabas un lance del turco … (Ríe con maldad).

 

VERA – (Seria, tensa, va a sentarse al sillón) Yo no soy como vos. (Mira a MARTA; balbucea) No quise decir eso, quise decir …

 

MARTA – (La interrumpe) Por miseria que te pagaran, sería una entrada más. ¿De qué vivís? ¿De la pensión de mamá? (VERA asiente con la cabeza) Nada más que con eso!?... Claro, en este pueblo en que podés gastar ? En Buenos Aires no podés salir si no es con plata: plata para el colectivo, plata para hablar por teléfono, plata para el subte, plata, plata, plata … (Pausa, mira a VERA, que tiene los ojos fijos en el espejo) ¿No tenés un cenicero? (Pausa, no hay respuesta) No importa, tiro las cenizas en el plato, después lo limpio … (Mira el atado de cigarrillos, lo toma y va hasta VERA). Perdóname,  ¿querés? (Le ofrece un cigarrillo)

 

VERA – (deja de mirar el espejo, clavando sus ojos en MARTA) ¿Yo…?

 

MARTA – Ya sé que no fumabas; tampoco leías… ¡Qué se yo! ¡Tantas cosas pudieron cambiar en cinco años!

 

VERA – (Temblorosa, se sirve un cigarrillo ante la mirada atenta de MARTA) Muchas cosas: Irene vive conmigo, Tía Chiquita murió, vos te casaste, el Turco de la mercería no tiene empleada y Diego no está más, simplemente no está más …

 

MARTA – Báh, no hablemos del pasado, Vera. ¡Dejáte de joder! Hablemos del futuro, de mañana. (Le alcanza a VERA los fósforos) Decíme, Vera: ¿Nunca pensaste en vender la casa?

 

VERA –  (Atónita) ¿Qué?

 

MARTA – Es grande, tiene mucho terreno al fondo; está en poquito deteriorada por la humedad, mirá los techos … Pero unos retoques acá y allá, y una buena mano de pintura … No ví el resto de la casa pero … (Mira a VERA) ¿No lo vas a encender? El cigarrillo …

 

VERA – ¿Vender … la casa? ¿Esta casa?

 

MARTA – ¿Y cuál otra, Vera? ¿Tenemos otra? ¿Algún chalet de fin de semana, quizás? (Ríe) Esta casa, Vera. ¡La vendemos y vivímos mejor! Yo podría mudarme a un departamento más grande y más en el centro; y vos … bueno, vos podrías irte a vivir a una casa más nueva, con piezas más chiquitas y más fáciles de limpiar, sin estos techos tan altos y estos pisos, tantos pisos, toda la vida fregando pisos de mosaicos, Vera … Si no querés irte a Buenos Aires, podés elegir otro lugar: ¡el país es todo tuyo, Vera! (Ríe) ¿No lo prendés? (VERA parece ausente) Vera, ¡eh! (Golpea las manos) ¿Qué hacés?

 

(En el espejo aparece la imagen de LA MUJER, con un cigarrillo humeante, mirando burlona a VERA y echándole humo en la cara)

 

VERA – Nada. Me dá risa verme en el espejo, con un cigarrillo …

 

(La tía CHIQUITA aparece, presa de una gran agitación, lista para ir al baile)

 

CHIQUITA – ¿Todavía no están listas? Marta, hace tres horas que te estás emperifollando. (Le mira los pies) ¡Y no te pusiste los zapatos cremita que te regalé para que estrenaras esta noche! ¿Por qué?

 

MARTA – (Acicalándose) Porque no me gustan; son zapatos pasados de moda.

 

CHIQUITA – ¡Desagradecida! Yo los usé siete años seguidos y siempre estuvieron a la moda.

 

(MARTA y CHIQUITA se acicalan  con nervios; LA MUJER sale del espejo y juega en forma grotesca a imitarlas. VERA se pone lentamente de pie, como una sonámbula)

 

VERA – Yo no voy.

 

CHIQUITA – ¿Qué? No, mijita: ¡Usted es la primera en entrar a ese baile!

 

VERA – No quiero.

 

MARTA – ¿Y por qué?

 

VERA – Tengo miedo.

 

(MARTA lanza una carcajada)

 

CHIQUITA – (Le arrebata el cigarrillo a VERA) ¿Y se puede saber de qué tenés miedo?

 

VERA – Algo va a pasar.

 

(LA MUJER detiene su juego; se pone rígida, alerta)

 

VERA – Algo malo va a pasar.

 

MARTA – (Trémula) Ay, ché, ¡no seas lechuza!

 

CHIQUITA – (Pellizca a VERA, con odio) ¡Mirá que habías sido pájaro de mal agüero vos! Qué andás lechuzeando?! Te mato si Sandro no viene, eh? (Sacude a VERA) ¿Me estás oyendo? ¡Si Sandro no viene, te mato! ¡Te mato!

 

(DIEGO aparece, envuelto en una luminosidad rojiza. Tiene la mirada sombría y porta una escopeta de caza)

 

VERA – (Suavemente, se libera de CHIQUITA, que regresa, algo perturbada, a su tarea de acicalarse) (Mira a MARTA que, incrédula, se toca la frente) No tendríamos que haber salido de la casa esa noche.

 

MUJER – (Retrocede tensa) No conviene recordar, Vera.

 

MARTA – (Alterada) ¡No quiero hablar de eso! ¡Dije y voy a cumplir que jamás volvería a hablar del asunto!

 

VERA – Es imposible no hablar de eso.

 

MUJER – Son imágenes encerradas entre estas cuatro paredes, Vera. Y nunca fueron olvidadas. (Señalando a MARTA) ¡Ella tampoco puede olvidarlas!

 

MARTA – Escúchame, Vera: Yo no vine a remover mugre vieja…

 

VERA – No: viniste a pretender vender esta casa

 

MARTA – ¡Exacto! ¡Muy exacto! (Gira y se enfrenta, detrás, con la figura de DIEGO, mirándola; gira sobresaltada, cubriéndose la cara)

 

MUJER – ¡Mirálo, Marta! Él está ahí para repetir aquella vieja y terrible historia. ¿No es cierto, Diego? (Se sumerge con él en la luz roja)

 

DIEGO – (Angustiado, con la respiración agitada) Ellas se van al baile. Voy a estar solo en la casa. Toda la noche. Toda la larga noche. Yo siempre estoy solo. Solo en mi cuarto. Solo en mi cama…

 

MUJER – Toda la larga noche…

 

DIEGO – Estoy impregnado del olor a humedad de aquellos galpones oscuros. Estoy lleno de toda esa oscuridad. Estoy lleno de tanto silencio. Gritaría. Gritaría.

 

MUJER – No es tiempo, Diego. Esta noche es tuya. (Acariciándolo, plena de sensualidad, con dedos trémulos) Tenés toda la casa para vos. Sábanas blancas. La  luz blanca del velador. El aroma a lavanda de tu perfume. Y el de él.

 

DIEGO – Pero tengo miedo.

 

MUJER - ¿De qué? Nada de miedos. Vivamos, ¡toda la larga noche!

 

DIEGO – Vera también tiene miedo.

 

MUJER – Vera siempre tiene miedo. No sabe vivir sin miedo. No sabe vivir. No sabe. ¡Vamos, Diego! No es noche para tener miedo. Sandro viene al pueblo y tendrá entretenidas a estas tres brujas… ¡Es noche para los ángeles, Diego! Los ángeles con alas de sábanas blancas y azahares de lavanda y eucaliptos.

 

DIEGO – Los ángeles… Dios… ¡A lo mejor, esta noche, tengo miedo de Dios!

 

MUJER – (Le cubre los labios con sus dedos) ¡Cuidado! ¡Él escucha!

 

DIEGO – (Desesperado) ¡Alguien tiene que escucharme!

 

MUJER – ¡Yo te estoy escuchando!

 

DIEGO –  ¡O tendré que gritar! ¡Tendré que gritar!

 

MUJER – No es tiempo, Diego. No es tiempo.

 

(La luminosidad roja se apaga, envolviendo en la oscuridad a LA MUJER. DIEGO se adelanta a escena, con su escopeta. CHIQUITA y las dos hermanas lo observan sorprendidas. Corren los recuerdos otra vez)

 

VERA – ¡Diego...!

 

MARTA – ¿Qué hace este loco con la escopeta?

 

CHIQUITA – ¡Hijo del cielo!

 

MARTA – ¡Hijo de puta, apuntá para otro lado!

 

DIEGO –La estaba limpiando. (Muy sereno, se sienta ante la mirada de las tres mujeres). ¿Ya se van?

 

CHIQUITA – ¡Sí, ché, vamos que llegamos tarde!

 

MARTA – ¡Pero, tía, si Sandro viene como a las tres de la mañana! Y seguro que canta cuatro o cinco canciones y se las toma. Y una tiene que chuparse el ruido a lata de las orquestas de siempre… ¡hasta las tres de la mañana!

 

VERA – ¡Ay, tía! ¡Yo me voy a cansar! ¡Ya estoy cansada!

 

CHIQUITA – ¡Pero qué chinitas aguafiestas y fruncidas! ¡Terminen de revocarse y vamos de una buena vez!

 

MARTA – Pero si total ya tenés la mesa reservada, tía

 

CHIQUITA – ¡Sí! ¡Bien enfrente del escenario! ¡Para tenerlo para mí solita!

 

DIEGO – ¿Por qué no le pedís que te dedique alguna canción?

 

CHIQUITA – Sí, eso voy a hacer: Me voy a parar sobre la mesa y le voy a pedir que me dedique una pieza.

 

MARTA – ¡Tía, no vamos a andar haciendo papelones! ¡Por favor!

 

CHIQUITA – (Mirándolas con desprecio) ¡Me dan lástima! ¡Escondidas y fingiendo! Pensando qué dirá fulano o mengano. ¡Pero me los paso a todos por …!

 

VERA – ¡Tía!

 

CHIQUITA – Es la noche más importante de mi vida, ¿me entienden? ¡Y ustedes dos no me la van a arruinar! (Pausa; agitada, trata de componerse) Estuve toda la mañana en la peluquería y culpa de ustedes mi cabeza parece un nido de culeca. (Se arregla un poquito; mira a DIEGO) Vos que sos el más cuerdo de toda nuestra familia: ¿Cómo ves a tu tía Chiquita en la mejor noche de sus cuarenta y cinco años?

 

DIEGO – ¿Cuarenta y cinco, tía?

 

CHIQUITA – ¡Bueno, esta noche vale todo! (Gira enloquecida) ¡Estoy loca de felicidad! ¡Loca de felicidad! (Sale corriendo)

 

VERA – ¡Tía!

 

MARTA – Acá vamos: ¡Camino al papelón! (Sale bufando y arrastrando los pies)

 

(VERA observa la puerta por la cual han salido MARTA y la TIA CHIQUITA. Luego, sus ojos se posan en DIEGO, con suprema dulzura; DIEGO le alcanza un viejo sobre, que ella toma en sus manos, temblorosa)

 

DIEGO – Estás muy linda.

 

VERA – (Se cubre el rostro con las manos, dejando caer el sobre) Ay, tengo ganas de llorar, ¡muchas ganas de llorar!

 

DIEGO – No, Vera. Te vas a arruinar el maquillaje. Vamos, ¿por qué vas a llorar? ¿Por la tía Chiquita? Ella siempre fue así: no tiene todos los cables en su lugar, no hay que hacerle caso … (Acaricia el rostro de VERA) Cuando Sandro te vea, ahí, sentada en la primera fila, va a quedar tan impresionado que no va a poder cantar.

 

VERA – (Riendo y llorando) Loco… loco…

 

DIEGO – Ahora andáte. Dalé. Que las otras te dejan atrás y no queda bien que una señorita decente entre sola a un baile.

 

(VERA recoge su sobre; camina hacia la puerta y mira a DIEGO, que agita su mano para saludarla. Ella responde al saludo, conteniendo el llanto. Y sale)

 

(IRENE regresa de la cocina; detiene sus pasos al ver a DIEGO, que recorre la habitación con una mirada llena de tristeza. LA MUJER se adelanta, desde las sombras.)

 

IRENE – ¿Qué pasa?

 

MUJER – Ssht!!

 

(DIEGO deja la escopeta sobre la mesa y abandona la sala.)

 

IRENE – ¿Dónde está Vera?  (A LA MUJER) ¿Qué hiciste?

 

MUJER – (Va hasta el sillón) Vera nunca había ido a un baile. Marta se lo hizo notar toda la noche … (Mira a IRENE) ¿Fuiste a muchos bailes?

 

IRENE – ¡No jugués conmigo! Yo te conozco; sé adónde querés llegar.

 

MUJER – (Se inclina junto al sillón, derrumbada) Vení, acercáte, charlemos… Sigo teniendo muchas ganas de llorar esta noche… ¿Nunca te ha pasado que es como si el llanto te anudara la garganta?

 

IRENE – ¿Por qué no dejaste las cosas como estaban? Cada fantasma en su lugar, como siempre. Vera y yo estamos acostumbradas a ellos.

 

MUJER – No, Irene, no. No nos engañemos. No esta noche. Esta casa está demasiado llena de cosas muertas, que tenemos que expulsar… Vení, sentáte, ellas están por regresar del baile…

 

(IRENE se acerca, vacilante, se sienta. Ambas mirando la oscuridad del proscenio.)

 

IRENE -  No. No fui a muchos bailes. Los chicos saben de donde vengo y no quieren bailar conmigo.

 

MUJER – Tampoco quieren bailar con Vera. Allí está sentada, tiesa e incómoda, muerta de ganas de ir al baño, pero le da vergüenza abrirse paso entre tanta gente. (Ríe entre dientes)

 

IRENE – (Ríe también) Sé cómo se siente Vera: como si no pudiera encontrar en este mundo un lugar que le corresponda. Como yo, ella anda tratando de averiguar para qué mierda ha nacido.

 

MUJER – Y la tía Chiquita se mueve en su silla de madera, como si tuviera hormigas; estira el pescuezo esperando ver aparecer a su amor imposible, que ahuyentará como un ángel salvador a esa típica insoportable, que la está dejando sorda. Pero su amor imposible tarda en aparecer… Y empieza a mirar a Vera con recelo: “Esta chinita lo estaba anunciando: algo malo iba a pasar esta noche” (Su rostro dibuja una máscara de estupor) ¡Ahí aparece el locutor! Tiene una cara rara: Va a dar una mala noticia.

 

IRENE –  ¿Murió? ¿Sandro murió esa noche? ¿Justo esa noche?

 

MUJER – (Distraída) ¿Murió?... No sé. El locutor no dice eso. Sandro no pudo venir. Hubo un choque o algo así. ¡No puedo oír bien! (Se cubre los oídos) ¡La gente silba y grita! ¡La tía Chiquita grita! ¡Y golpea a Vera!

 

IRENE – ¿Por qué? ¿Ella qué culpa tiene?

 

MUJER – “¡Hija de puta! ¡Hija de puta! ¡Malnacida de mierda!” Unos hombres la detienen: “¡Señora, señora, basta, no le pegue más, señora!” Vera se levanta como puede y tira mesa y sillas al suelo. ¡Ahí sale corriendo entre la gente, muerta de vergüenza! ¡Ahora sí que nunca más alguien, en el pueblo, la sacará a bailar! … ¿Y Marta? ¿Dónde está Marta? Había salido a bailar con ese muchacho de barbita, con cara de forastero … Ah, sí: ahí está, volviendo de algún camino perdido, perdida ella misma dentro de un auto amarillo. ¡Pobre Marta! Miente. Miente siempre… Sonríe para el muchacho de barbita. Sonríe y le dice que todo estuvo bárbaro, que nunca lo había pasado tan bien y que vuelva, que vuelva el otro sábado, todos los sábados… Marta piensa que eso es mejor que permanecer clavada en la silla del baile, toda la noche, para volver después a la casa, con ese vacío… ¡Ese vacío!.

 

IRENE – ¡No me importa lo que hace esa tilinga! Quiero saber qué está haciendo Vera. Dónde está?!

 

MUJER – (Como si no la oyera) Y pasará lo que pasa siempre: El muchacho de barbita, con cara de forastero, se cansará de Marta y de sus gemidos descontrolados, de sus brazos temblorosos, envolviéndolo, ahogándolo… Y no volverá más. Nunca más. (Sonríe aunque sus ojos están húmedos) Huirá en su auto amarillo, a otros bailes, a otros caminos perdidos… sin preocuparse por entender a esta mujer “fácil”, que terminaba llorando después de hacer el amor.

 

IRENE – ¿Se llora? ¿Se llora después de hacer el amor con un hombre?

 

MUJER – (Sorpresivamente se vuelve hacia IRENE) ¿No lo sabés?

 

IRENE – Una vez, cuando todavía vivía allá, un muchacho que estaba borracho entró a mi pieza y quiso… (Reacciona) ¡Me estás haciendo el jueguito! ¡Querés que diga cosas que no quiero decir!

 

MUJER -  ¡Ahora no tengo ganas de jugar! Ahora tengo ganas de llorar… ¡muchas ganas de llorar!

 

IRENE –  ¿Vos? ¿Y por quién vas a llorar vos?

 

MUJER – Por él. Por esos tristísimos ojos oscuros…

 

IRENE – Diego.

 

MUJER – (Conmovida) Él ahoga muchos gritos detrás de esa mordaza que lleva en los labios … sus labios…  (Inesperadamente aferra a IRENE con violencia) ¿Lo besarías? ¿Eh? ¿Lo besarías? (Se acerca para besarla)

 

IRENE – ¡Sí!

 

MUJER – ¿Cómo? ¿Qué dijiste?

 

IRENE –  ¡Que sí! ¡Que lo besaría! ¡Sí!

 

MUJER – (La rechaza furiosa, grosera) ¡Pero él no te aceptaría! ¡Él tiene otros gustos, Irene! ¡Él…! (Se interrumpe; se crispan su rostro y sus manos) Ellas… están volviendo del baile. ¡Ellas lo van a descubrir! ¡Lo van a matar entre sábanas blancas y ángeles desnudos! ¡No! (Se cubre el rostro con las manos crispadas) ¡DIEGO!

 

(Al mismo tiempo, VERA entra a la casa, llorando deshecha; tiene los vestigios de la vergüenza y la humillación sufridas)

 

IRENE – Vera … (Intenta ponerse de pie)

 

(VERA no la escucha)

 

MUJER – (Detiene a IRENE y la obliga a volver a su asiento) Es tarde. Todo lo que tenía que pasar, pasó. Sobre eso nada puede hacerse. Nada.

 

(Trémula, impotente, IRENE observa los movimientos de VERA, derrumbándose en una silla, escondiendo su cara para llorar)

 

(Súbitamente, LA MUJER se incorpora a la escena, merodeando a VERA)

 

MUJER – ¡Pobrecita Vera! Llorá, querida, llorá que hace bien.

 

VERA – ¡Yo no tengo la culpa! ¡No tengo la culpa de que Sandro no haya venido!

 

MUJER – ¡Claro que no! Es el Destino … Nada más que eso: el Destino.

 

VERA – Entonces, ¿por qué? ¿Por qué toda esta vergüenza, toda esta humillación? ¡Delante de todo el mundo! ¿Cómo voy a hacer para salir a la calle mañana? ¿Con qué cara?

 

MUJER – Con qué cara te va a mirar Marta cuando se entere. Porque, claro, ella estaba por ahí, con alguno, pero nadie la vió… En cambio vos: la primera vez que salís, después de mucho tiempo, y justo para las fiestas patronales… ¡Y mirá el papelón, del que todos hablan!

 

VERA – Marta… Cuando se entere Marta … (Se pone de pie) Quisiera morirme. Cualquier cosa con tal de terminar esta noche.

 

MUJER – ¿Y Diego? (Incisiva, arrastrando la palabra) Diego.

 

VERA – Diego…

 

IRENE – (Literalmente prisionera en su sillón) ¡No! ¡No, Vera, no!

 

VERA – (No la oye) Él me va a comprender… Él siempre me comprende…

 

MUJER – Seguro, Vera, que él ya volvió del Cine. Debe estar en su cuarto. ¿Por qué no lo vas a despertar y le contás todo?

 

VERA – Sí…

 

(Guiada por la fatalidad, VERA entra al cuarto de DIEGO. LA MUJER camina hacia la puerta que lleva a la calle)

 

IRENE – ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué no lo ayudaste? Sabés que él es el único bueno, el único que vale la pena… Que es… ¡como yo! Está confundido, ¿no te das cuenta? ¡Él no sabe lo que quiere! Como yo: ¡no sabe lo que es!

 

MUJER – (Detiene sus movimientos. Gira y la mira: una máscara endemoniada) No sabe lo que es… como vos. ¡Como vos!: Demasiado ingrata para vivir de la caridad ajena, pero totalmente inútil para ser alguien; lamentablemente vulgar para vivir con Vera, aunque absurdamente pura para vivir en un burdel; bastarda para ser una “princesa”, pero virginal para ser una puta…! (Ríe brutal) Quién o qué mierda sos, Irene?! (Sale corriendo y riendo a carcajadas, hacia la calle)

 

IRENE – (Desesperada, aferrada al sillón) Vera… Vera… VERAAA!!!!

 

(VERA aparece desde el cuarto de DIEGO, tambaleante, lívida: avanza hasta la mesa y se apoya en ella. IRENE la mira, logra al fín desprenderse del sillón, poniéndose de pie; pero no puede acercarse a VERA)

 

IRENE – Vera, tengo miedo. No quiero ver más. Que esto pare. ¡Que pare!

 

VERA – (Balbuceante) Un hombre… Hay un hombre… en la cama de mi hermano… Ensuciando las sábanas de mi Diego...

 

IRENE –  Él es así, Vera. Mucha gente es como él...

 

VERA – No sabía… Cómo iba a saber que Diego… que él … (Temblorosa, acaricia la escopeta que está sobre la mesa)

 

IRENE – ¿Qué vas a hacer?

 

VERA – Yo estaba segura de que algo le pasaba; Diego no era felíz, pero… quién es felíz, ¿eh? Yo pensaba: ya se le va a pasar, cuando encuentre una chica buena y se enamore y empiece a ir a los bailes con ella… se le va a pasar… Porque mi hermano es lindo, cualquier chica se enamora de él... ¿No es cierto, Irene, que mi hermano es lindo? ¡Pero no es felíz, Irene!

 

IRENE – ¡Basta, Vera! ¡Estoy asustada y me quiero ir! ¡No quiero jugar más, Vera!

 

VERA – (Asaltada por un presentimiento terrible) ¡Marta! ¡Cuando se entere Marta!

 

(En ese instante, MARTA entra a la casa. Está triste, decepcionada. Apenas si percibe y le importa la presencia de VERA. Y no parece advertir a IRENE, que observa como obligado e impotente testigo.)

 

MARTA – (Se sienta, estirando las piernas) ¡Vida puta…! (Bufa y mira a VERA) ¿Ya volviste? (Burlona) ¿Bailaste mucho?... (Pausa) ¡Yo bailé toda la noche! ¿Viste ese muchacho de barbita, que me sacó a bailar apenas nos sentamos? ¡Un divino! ¡Nos bailamos todo! ¡Hasta las canciones de Sandro nos bailamos!

 

VERA – Sandro…?

 

MARTA – ¡Qué bárbaro cuando cantó “Rosa Rosa”! Viste cómo aplaudían los gringos!? La gente de por acá no sabe comportarse frente a un ídolo: ¡Armaban un escándalo! Estoy segura que en Buenos Aires no pasa esto; la gente es más educada allá. El muchacho de barbita me contó que…

 

VERA – Sandro no vino.

 

MARTA – (Tensa) Qué decís.

 

VERA – Siempre mentiste. Toda entera sos una gran mentira.

 

MARTA – Estás loca. Y me voy a dormir, ¡estoy muerta!

 

VERA – ¡Muerta, sí!

 

MARTA – (De pie, la mira con desprecio) Tenés que hacerte ver; no te funciona bien la cabeza.  (Va a salir hacia los dormitorios)

 

VERA – (Rápida, le cierra el paso) ¡No! ¡No podés entrar! ¡Tenés que irte! ¡Ahora!

 

MARTA – ¿Qué?

 

VERA – (Balbuceante, alterada) La tía Chiquita … me dijo que te esperaba en el baile … yo me vine antes porque no me sentía muy bien, pero ella … no quiso volverse sola … me dijo que te esperaba…

 

MARTA – Estás inventando. ¿Por qué querés que me vaya?

 

VERA – (Miente) Porque la tía Chiquita me dijo…

 

MARTA – (La interrumpe) Había sido zorra la que se hacía la tontita…

 

VERA – (Confundida) ¡No hablés! ¡No digás nada! ¡Andáte!

 

MARTA – Con razón la santulona se quedaba los sábados, mientras la tía y yo nos íbamos al baile y Diego al cine… ¡claro! ¡Te dejábamos la comodidad de toda la casa! (Violenta) ¡Pero te pesqué, mosquita muerta! ¡Te pesqué! ¿A quién estás escondiendo?

 

VERA – ¡Andáte!

 

MARTA – ¿Con quién te estás revolcando, basura? ¡Dejáme pasar! ¡Dejáme pasar!

 

(MARTA pugna por entrar a los dormitorios, insultándola; VERA trata de impedírselo. Forcejean y gritan, hasta que MARTA logra quitar a su hermana del paso y desaparece tras la puerta que conduce a los dormitorios)

 

VERA – (Respirando con dificultad) Ella lo va a descubrir… ¡Ella lo va a matar entre sábanas blancas y ángeles desnudos…!

 

(Resuelta, VERA agarra la escopeta. Y sale en busca de MARTA)

 

IRENE – (Sombría, inescrutable, se inclina junto al sillón, derrumbada) Todo pasa como tiene que pasar. Sobre eso nada puede hacerse. Nada. (Estira su mano hacia el espejo) Imágenes. Imágenes encerradas entre estas cuatro paredes… Yo misma estoy encerrada ahora… Y sigo teniendo muchas ganas de llorar esta noche… (Empieza a sollozar tristemente)

 

(La tía CHIQUITA entra desde la calle, trae una extraña sonrisa en su rostro. LA MUJER la sigue, como su sombra, parodiando sus movimientos cimbreantes)

 

CHIQUITA – No importa. Al final, no importa que Él no haya venido esta noche. ¿A qué va a venir? Un pueblo de mierda perdido en el mapa … Además, ni siquiera sabía que yo lo esperaba. Pero le voy a escribir. Es lo mejor. Y él me va a contestar … Debe tener una letra lindísima, como la de Diego… ¡Claro, eso es! Voy a pedirle a Diego que me escriba la carta y uno de esos versos románticos que él sabe… Pero no le voy a contar a Vera, no. Ella es capaz de darme mala suerte. Tanta mala suerte que mi carta se perderá camino a Buenos Aires.  ¡No! ¡Vera está maldita! ¡Vera no tiene que saberlo!... Será un secreto entre Diego, (Mira a IRENE) vos y yo… (Se acerca a IRENE, le toca el cabello; IRENE levanta su cabeza, sorprendida por el roce) ¿Por qué no ponés el disco otra vez, nena? Quiero oír su voz antes de dormirme… (Sonríe y desaparece tras el viejo armario)

 

MUJER – (A IRENE, solapada) Bienvenida, Irene: estamos empezando a saber quienes somos.

 

(La explosión de un solo disparo de escopeta estremece a IRENE, que se incorpora como impulsada por un rayo. LA MUJER se cubre los oídos.)

 

IRENE – ¡VERA …!

 

MUJER – Vera impidió que Marta entrara al cuarto de Diego; Vera lo protegió de la vergüenza y la humillación… (Ríe burlona y feroz) ¡Pero todo fue al pedo! Porque el muchacho de los eucaliptos ya había escapado por la puerta del patio, perdiéndose en la noche… Y Marta ni siquiera lo vio. No alcanzó a saber lo que Vera ocultaba tan celosamente … Simplemente, cayó muerta sobre el charco de su propia  sangre, a los pies de un extraño ángel desnudo, que miraba sin comprender… con ojos tan negros como la muerte.

 

(DIEGO entra corriendo a la sala, con un grito desencajado, envuelto en una sábana blanca manchada de sangre. Lo sigue VERA, presa de angustiosa agitación)

 

DIEGO – Qué hiciste, Vera?! (Descubre aterrado la sangre en su improvisada túnica) ¡La mataste!

 

VERA – (Perpleja) ¿Qué decís, Diego…? No, yo no… (Se mira las manos)

 

DIEGO – ¡La mataste! ¡La mataste!

 

VERA – Tenía que detenerla… Ella lo iba a saber, lo iba a contar en todo el pueblo, te iba a hacer la vida imposible…

 

DIEGO - ¿Qué cosa, Vera? ¿Qué cosa iba a contar Marta?

 

VERA – El hombre... ese hombre en tu cama...

 

DIEGO – Ya lo sabía … ¡Marta ya lo sabía!

 

VERA – ¡Mentís! ¡Es mentira!

 

DIEGO – ¡Marta siempre lo supo…!

 

VERA – ¡Mentís, mentís…!

 

DIEGO – ¡Vos eras la única, Vera! ¡Ignorante de todo lo que pasaba en esta casa! Pero Marta lo sabía. Me odiaba, pero aún así guardaba mi secreto.

 

VERA – No, no, me estás mintiendo, me estás mintiendo...

 

DIEGO - ¿Y sabés por qué me odiaba, Vera?

 

VERA – ¡Calláte!

 

DIEGO – (Fuera de sí) ¡Porque compartíamos el mismo hombre!

 

VERA – (Golpea a DIEGO en la cara, con tanta fuerza que DIEGO se derrumba, sollozando. De inmediato, arrepentida, lo abraza en el suelo.) Perdonáme, Diego. No quise golpearte. ¿No ves que yo te comprendo? Yo soy la única que puede comprenderte. La única. (Comienza a mecerse, abrazando a DIEGO)

 

(La luz se atenúa hasta alcanzar una densa penumbra, sobre la que se dibuja la silueta de VERA, aprisionando entre sus brazos el cuerpo de DIEGO, que poco a poco va transformándose en un difuso bulto blanco. La voz de VERA es una letanía; van apagándose los sollozos de DIEGO, hasta que dejarán de oírse. Mientras, la imagen de IRENE empieza a recomponerse en proporciones seguras y armoniosas, como si hubiese alcanzado al fin su forma definitiva. Cerca, LA MUJER es un espectro inquieto que se balancea).

 

VERA – No tenemos que pensar en Marta. Ella se fue a Buenos Aires; le salió un trabajo muy importante allá y se fue esta misma noche. Lo decidió de repente, como siempre ella decide las cosas. Todo el pueblo lo sabrá. Y dirá: Marta está por fin donde quería estar… Y si alguien hace otras preguntas, sabremos que tu escopeta se disparó mientras la limpiabas, pero no pasó nada más que eso… Un accidente sin consecuencias. Además, Marta merece estar en Buenos Aires. Ella, que sabe leer, que sabe bailar, que sabe reír… Ella merece estar en Buenos Aires y no acá, donde el tiempo nunca pasa rápidamente, donde se vive tan lerdo que se muere más rápido… (Estruja la túnica vacía; comprende que sólo está abrazando una sábana blanca manchada de sangre) Diego…? Diego…? (Desesperada) ¡No podés abandonarme! ¡No podés dejarme sola! ¡Diego!

 

(IRENE se acerca a VERA, solícita. LA MUJER toma en sus manos la sábana y cubre con ella el retrato de DIEGO. La luz se normaliza.)

 

IRENE – No estás sola, Vera. ¿Y yo que soy? ¿No estoy acá, con vos, eh? ¿No soy esa delicada princesita dedicada a hacerte compañía? (Ayuda a VERA a incorporarse y la conduce hasta la mesa) Vení. Sentáte.

 

VERA – (Aferra las manos de IRENE) ¡Irene, prometéme que nunca me vas a dejar sola!

 

MUJER – Nunca vas a poder estar sola.

 

VERA – ¡Prometéme, Irene, prometéme!

 

IRENE – Sí, te lo prometo. ( Se libera suavemente del contacto de VERA y se atarea en ordenar la mesa)

 

VERA – (Mira el techo, los rincones…) La casa…

 

MUJER – (Igual que VERA) …todo está igual que antes.

 

IRENE – Sí, todo está igual.

 

VERA – (Atenta) ¿Oís?...

 

MUJER – (Igual)… Está pasando el camión regador.

 

VERA – Me dan ganas de mojarme; hace tanto calor…

 

MUJER -  …falta el aire acá adentro.

 

IRENE – Es que tenemos el horno encendido y ya es tiempo de cenar. Voy a traer las milanesas. (Antes de salir, se vuelve hacia VERA:) Vera, ¿nunca pensaste en vender esta casa? ¿Nunca?... Pensálo: vos y yo seríamos tan felices viviendo en una casita chiquita y nueva, lejos, muy lejos… Pensálo. (Sale hacia la cocina)

 

MUJER – (Suspicaz) ¿La oíste, Vera?

 

VERA – (Cierra los ojos) Calláte.

 

MUJER – Cuidado, Vera. Ella no es parte de tu familia: es una intrusa.

 

VERA – No voy a oírte. Andáte.

 

MUJER – Está bien, hacé lo que quieras. (Avanza hasta el tocadiscos) Ah, no quiero irme sin antes felicitarte; ya era tiempo de que terminaras con cinco años de olvido. ¡Había tanta mentira y tanta muerte entre estas cuatro paredes…! Pero, ¡en fin! (Lo enciende) Ya regreso, Vera. (Sale hacia la calle)

 

(Se oye la voz de Sandro cantando ´”Así”, de Sandro y Anderle.)

 

(Desde detrás del armario surgen las figuras de DIEGO y la tía CHIQUITA; ella viene con una revista y unas tijeras, él trae un borrador y una lapicera. Ella se sienta en el sillón; él en el suelo, dispuesto a escribir.)

 

CHIQUITA – (Recorta de la revista y a la vez dicta:) “Estimado señor Sandro…” No, no, eso es de viejas. “Querido Sandro” Eso queda mejor. “Querido Sandro dos puntos…” Con tu linda letra, eh?

 

DIEGO – Sí, tía, con mi linda letra.

 

(Los dos miran a VERA un instante y le sonríen. De inmediato continúan en su juego, escribiendo la carta a Sandro)

 

(La figura trémula de MARTA aparece, desde la calle. Se detiene en medio de la sala. Mira a VERA y mira a los otros dos, que no parecen reparar en  su llegada.)

 

VERA – (De pie, emocionada) ¡Marta…! ¡Me alegra tanto que estés aquí! No tengas miedo. Acercáte. En serio que me alegra tenerte otra vez en la casa. Los hijos no debieran abandonar la casa paterna. Una buena familia no debe separarse, nunca; debe permanecer unida, para siempre… ¡Qué bueno que por fin volvieras!

 

(MARTA avanza y se sienta en su silla; VERA también se sienta; IRENE entra trayendo una fuente que pone sobre la mesa, luego ocupa la tercer silla.)

 

MARTA – (Con voz impersonal, acariciando su plato) ¿Todavía tenés estos platos? ¿No se te rompieron?

 

VERA – No, todavía no.

 

MARTA – (Acariciando su cuchillo) ¿Todavía tenés estos cuchillos, Vera? (Mira a VERA con creciente odio)

 

(DIEGO, CHIQUITA e IRENE también miran a VERA. En el rostro de IRENE se dibuja una extraña sonrisa).

 

(LA MUJER aparece en el espejo; cubierto su rostro con una mantilla negra).

 

(MARTA blande su cuchillo, empieza a incorporarse y el brillo de la hoja es el último resplandor antes de la oscuridad.)

 

 FINAL

 

Rogelio Borra García

Corrientes 589

2252 Gálvez (Santa Fe)

TE  54 3404 483290

República Argentina.-

rogelio.borra@sancor.com.ar

rogelioborra@arnet.com.ar

 

 

© Rogelio Borra García.

® Gálvez, Agosto 1989. Revisión: Abril 2002. 

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