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TRONO DE ESCORIAS

de JESÚS HUMBERTO FLORENCIA

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

TRONO DE ESCORIAS

 JESÚS HUMBERTO FLORENCIA

fzavar_7@hotmail.com

Estrenada en el Teatro Universitario Plaza de los Jaguares en junio de 2002, con egresadas de la Licenciatura en Arte Dramático de la Universidad Autónoma del estado de México, con el siguiente reparto:

 

Arcángel con Alas: América Juárez.

Arcángel con Arco: Adriana Pérez Coria.

Arcángel Seductor: Esperanza Tapia.

Arcángel de Luz: Mayra Gonzáles.

Un Mortal: Carmen Raya.

 Dirección: José Luis Domínguez

  

PERSONAJES:

 1. ARCÁNGEL CON ALAS. (Atlético)

2. ARCÁNGEL CON ARCO. (Sobresalen de su cabeza unos vistosos y enormes cuernos)

3. ARCÁNGEL SEDUCTOR. (Le cubre la cabeza una malla metálica)

4. ARCÁNGEL DE LUZ. (Con detalles metálicos, como las hombreras, o el cinturón)

5. UN MORTAL.

 

MOMENTO: HOY

Son personajes andróginos, con el pelo corto, tipo militar. Llevarán coturnos que los distinga en tamaño con respecto al Mortal. Con vestimenta negra; sacos, mayones, chalecos que sugieran un estilo medieval. Los adornos y los olanes en mangas, cuellos y pecheras, así como los cinturones, tendrán tonalidades púrpuras, rojos, azules o verdes intensos, (un color para cada arcángel) mismas que se utilizarán para el pelo, las cejas, las uñas y los labios, resaltando en su aspecto pálido, digamos cadavérico.

De fondo, telones, diapositivas o videocintas en gris o sepia, con los motivos de cada cuadro. Sólo algunos detalles contrastarán con el ocre. Por ejemplo: Si se requiere la reproducción de una ciudad, deberá resaltarse a la rata con uno de los colores; cuando se trate de un establecimiento porno, entonces que sean los pezones de las bailarinas.

Los rostros de las personas que aparezcan en las decoraciones del fondo, serán los mismos de quienes interpreten a los arcángeles.

 

1.EN UN TEMPLO

ARCÁNGEL CON ALAS: Mis ojos son las llaves que abren las muchas puertas del sufrimiento y quien no lo entienda, será expulsado de mi compasión; en mi gobierno, no habrá sitio para los débiles.

ARCÁNGEL CON ARCO (Lleva puesta una máscara sin rostro, lo que no le impide lanzar una flecha con fuego.)

ARCÁNGEL SEDUCTOR: Mis brazos son las puertas que resguardan los tesoros del placer, permítanme entrar en sus corazones y comprenderán que la eternidad se mide por la exaltación de los sentidos.

A. CON ALAS: Lárguense de aquí, o no respondo por sus vidas.

A. SEDUCTOR: Ten cuidado con tus modales. Regresamos a la tierra porque nuestros propósitos son los mismos que el tuyo, con la diferencia de que ya no confiamos en tus verdades.

A. CON ALAS: Se los advierto, más les vale que no intervengan, porque nadie, ni siquiera el Supremo, impedirá que me convierta en el siguiente regidor de los destinos humanos.

A. SEDUCTOR: Te engañas a ti mismo. Con la única fuerza contra la que luchas, es con tu conciencia, ¿o será mejor que digamos que se trata de tus culpas?

A. CON ALAS: "Bienaventurados los pesimistas, porque el dolor terminará pronto." (A. con Arco le pide que se calle.) Es verdad, no suena convincente... "No he venido a traerles la paz." Tampoco, podrían interpretar mis palabras como blasfemia... "Bienaventurados los poderosos, porque nadie los detendrá."

A. SEDUCTOR: Maravilloso. Sencillo, pero cautivador. Siempre te has distinguido por expresar los discursos más emotivos. Posiblemente sea la razón por la que te prefieren los cobardes.

A. CON ALAS: Viniendo de un lacayo como tú, el sarcasmo se convierte en elogio. (Desenfundan las espadas de fuego.) Debo confesar que no esperaba este reencuentro, en especial por el ridículo que hicieron en nuestro último enfrentamiento, ¿o ya lo olvidaron?

A. SEDUCTOR: Cómo olvidar las traiciones.

A. CON ALAS: ¡Vuelve a repetirlo y en esta ocasión no habrá quien me impida fulminarte! (Luchan.)

A. SEDUCTOR: La dignidad no te favorece. Bien sabes que detrás de esa figura atlética e inquebrantable, se oculta la representación de la mediocridad.

A. CON ALAS: Confieso que son simpáticos y que me agradan los ingenuos como ustedes. Una vez que me encumbre como su monarca, les prometo incluirlos como parte de mi séquito. ¿Les parece justo que los utilice de bufones? ¿o es que saben hacer otra cosa?

A. CON ARCO (Dejando el carcaj y el arco en el suelo, va a inclinarse frente a A. Con Alas.)

A. CON ALAS: Hiciste lo correcto. ¿Y tú, Seductor? ¿qué esperas para someterte a mis órdenes?

A. SEDUCTOR: A que nos reveles tus debilidades: ¿Quién es el genio que ahora dirige tus intenciones? No me vengas con que, por iniciativa propia, te has levantado en armas contra el poder absoluto, porque no es cierto. La inteligencia no es un atributo del que puedas presumir, así que mejor confiesa quién es tu amo.

A. CON ALAS: Imbéciles. (Hiere a A. con Arco. No muere. Inicia un proceso de recuperación.) La primera vez, les pedí su cooperación para conformar y para liderar un ejército poderoso; luego, les propuse que nos volviéramos invencibles, pues sólo bastaba con que depositaran en mí cada una de sus virtudes, y lo único que me entregaron en todos estos siglos fueron sus rencores.

A. SEDUCTOR: ¡Mentira! Desde un principio confiamos en ti. Nos prometiste que juntos gobernaríamos a la humanidad y que, unificados, llegaríamos incluso a ocupar el trono del Gran Padre...

A. CON ALAS: No me negarán que se trataba de una magnífica idea, hasta que ustedes la estropearon con sus temores. Tienen mentalidad de lacayos y por ello, detrás de ustedes, hay una especia que vive perfectamente feliz sabiéndose débil por sus miedos. Esclavos.

A. SEDUCTOR: Tan esclavos como esas alas que te encadenan al seguro servicio de tu líder... Pero no nos echemos en cara nuestras estupideces del pasado, al fin de cuentas, comprendo que al buscar la salvación, y con tal de mantenerte entre los privilegiados, fuiste capaz de atestiguar contra tus hermanos, incluso, de reinterpretar sus acciones, para que a los ojos de nuestro Soberano, pareciéramos un grupo de traidores.

A. CON ALAS: ¿De manera que así es como trabajas? (Abraza al A. con Arco.) Seduces a las especies inferiores con ideas ajenas a su entendimiento y luego los abandonas a merced del verdugo. (Intenta retirarse.)

A. SEDUCTOR: ¿Por qué denunciaste la conspiración?

A. CON ALAS: La tierra es el centro de la mediocridad y a su alrededor giran las arpías. A veces me avergüenzo de mi propia existencia, porque los humanos piensan que los arcángeles somos sus protectores, que sabiamente los iluminamos cuando Dios, como ellos lo llaman, los pone a prueba.

A. SEDUCTOR (Colocando a A. con Arco de muestra): Pues no deberían esperar mucho de nosotros, porque no somos ni la representación de sus esperanzas. (Al ver que A. con Alas camina hacia una salida, le corta el paso, lanzándole el cuerpo del A. con Arco.) Aún no respondes a mi pregunta.

A. CON ALAS: Llevo una eternidad siendo el condenado. Aunque la basura que me arrojas lleva en la cara el estigma de sus acciones, siempre he sido yo el marginado por nuestro Padre Eterno. Por cuánto tiempo debo seguir cayendo para beneficio de los tramposos... Déjenme en paz. Tengo que prepararme para el combate decisivo.

A. CON ARCO (Luego de recuperar sus armas, ahora se inclina frente a A. Seductor.)

A. SEDUCTOR: Respeto tu declinación. Aunque en el pasado no tuviste lealtad conmigo, reconozco y aprecio tu humildad. Cuando sea el monarca, prometo hundir tu miserable reputación hasta lo más profundo de los infiernos.

A. CON ALAS (Aproximándose a A. con Arco): ¿Confiarías en alguien que no conoce la piedad? Recuerda que las mayores masacres se cometieron en su honor.

A. SEDUCTOR: ¿Confiarías entonces en el responsable de tu mutilación? Sí, así es; por su culpa fuiste degradado, por su culpa no volverás a tener rostro y lucirás por siempre el símbolo del Maligno.

A. CON ALAS: ¿Confiarías en quien representa la memoria de tus humillaciones? (Con desesperación, A. con Arco forcejea con sus adversarios, pero el esfuerzo es infructuoso, ya que, por su impedimento, no logra acertar la flecha en el objetivo deseado. Los otros se burlan, hasta que el Arcángel de Luz llega para poner orden.)

ARCÁNGEL DE LUZ (Abraza a A. con Arco, quien de momento se resiste): Tranquilízate. Soy uno más de ustedes, pero no vengo a menospreciarte. No hay nada que cure tus rencores, pero podemos evitar que sean más grandes. Careces de facciones, pero sabemos que tu belleza es incomparable. (Una vez que lo ha reconfortado, le proporciona caricias.) En lugar de ojos, tienes la capacidad de mirar el futuro, pero aún ignoras cómo utilizar tus atributos. Por eso he venido a ayudarte.

A. CON ALAS: ¿Qué tenemos aquí? ¿Otro bufón al servicio de un rey invisible y caduco?

A. DE LUZ: Tú debes saberlo mejor que nadie. Tu lengua es la que mejor limpia el culo de los poderosos.

A. SEDUCTOR (Impidiendo que A. con Alas se abalance contra el agresor): ¿Has venido a cumplir la misión que a nosotros nos encomendaron?

A. DE LUZ: No. Ustedes siempre serán súbditos; yo, en cambio, estoy destinado a ocupar el trono celeste y a erigirme como el mariscal de todos los arcángeles, por la sencilla razón de que la humanidad cada día se parece más a mí. Pero no se preocupen, aunque yo soy el señalado por el Gran Padre, claudicaré a pelear contra mis hermanos.

A. CON ALAS: ¿Miedo?

A. SEDUCTOR: O más bien una trampa.

A. DE LUZ: Tómenlo como les plazca. Aquí les entrego mi espada como signo de buena voluntad... (Se aleja llevándose a A. con Arco.) Pero consideren dos cosas antes de iniciar su campaña: Primero, tal parece que entre los miles de arcángeles que vagan en la imaginación de los hombres, sólo nosotros cuatro fuimos convocados para competir por un trono; y segundo, dejen la estupidez para quienes son presa fácil de la manipulación. Somos creaturas con igualdad de poderes. Para llegar a erigirse como el Supremo de entre todos nosotros, les hace falta algo más que fuerza o maña.

 

2. EN LA CIUDAD [Dispersos por el escenario, observaremos muñecos en diferentes posiciones representando a individuos de diversa extracción social, pero con expresiones de terror, furia, miedo, hastío, perversión.]

A. DE LUZ (Camina entre la gente, acompañándose de A. con Arco. En un extremo, junto a un cadáver, El Mortal, en harapos, susurra una plegaria): El miedo nos rodea. Siéntelo. Los humanos son seres atrapados en una burbuja de terror. Tan parecidos a nosotros; son moscas pegadas a una telaraña deshabitada, y cada movimiento que realizan les produce un pánico indescriptible; no se atreven ni siquiera a pensar, porque podrían despertar al monstruo devorador de almas.

A. CON ARCO (Se aproxima al Mortal e inspecciona el cadáver envuelto en una sábana sucia. El cuerpo parece calcinado.)

EL MORTAL (Aún no ve a los arcángeles. Se dirige al cadáver): Hacerte el mártir fue una magnífica estrategia para contagiarme de complejos. Pero, aunque no me puedas escuchar, tengo que decírtelo: Yo no tuve la culpa, yo no era el responsable de tus actos, yo no te maté... (Luego, ya no tan seguro.) Por favor, créeme.

A. DE LUZ: Si pudiera salvarlos. Pero no soy lo suficientemente hábil o poderoso como para enfrentarme a los otros arcángeles... Sí, sí, ya sé que hace un momento dije lo contrario. Sucede que en ocasiones alardeo un poco para despistar al enemigo. No te imaginas el respeto que puedes obtener de tus semejantes, aunque no tengas la razón, con sólo arreciar la voz.

EL MORTAL: No entiendo esa competencia por ser mejores que papá. ¿Mejores en qué? ¿en agachar la cabeza? ¿Mejores en hacer piruetas cuando así lo ordene el entrenador? ¿o mejores para mamar la verga que nos da ropa, alimento y posición social?

A. DE LUZ: Veo tu sufrimiento en los gestos de ese mortal y no lo comprendo. Como tampoco entiendo por qué debemos combatir entre nosotros, ¿para qué le sirve a toda esta gente que un arcángel sea el gobernador de sus destinos? ¿A quién se le ocurrió la mala broma de que peleáramos entre nosotros?

A. CON ARCO (Abraza al Mortal para reconfortarlo.)

A. DE LUZ: He sido testigo de crueles masacres, de pestes que lentamente carcomen la piel del infectado y de las más variadas e ingeniosas torturas; he penetrado en el corazón de los asesinos, de los verdugos y de quienes hacen de la cobardía un negocio productivo, y como ellos me asusto, en verdad me asusta reconocerme en cada uno de esos momentos en la historia de la humanidad.

EL MORTAL: Es que... es que yo no quise competir contra mi hermano. Ellos nos hicieron creer en el maldito cuento de "el mundo le pertenece a los chingones"; y al final, la desesperación de sentirse inferior a mí, fue suficiente para que mi propia sangre se secara con el fuego.

A. DE LUZ: No conozco al arcángel que dejó al mundo en estas condiciones, pero tampoco me siento capaz de reconstruirlo...

EL MORTAL: ¡Te odio! Yo nací primero y por derecho, es a mí a quien le correspondía la muerte... es a mí... Si por lo menos no tuviera tanto rencor. (Pone atención en los dos arcángeles que se le vislumbran.)

A. DE LUZ: Y sin embargo... Tú puedes ser nuestro gobernante. (A. con Arco suelta al Mortal.) ¿Y por qué no? Para ser nuestro soberano, hace falta alguien como tú; hace falta que nos gobierne la compasión, la belleza, la lealtad, y esas son virtudes que dominas perfectamente.

A. CON ARCO (El entusiasmo decae cuando recuerda su impedimento.)

A. DE LUZ: Confía en ti. Dominarse a sí mismo es la más importante de las conquistas... Voy a darte una prueba de mi sinceridad. (Se coloca la máscara sin facciones y ambos  caen de  dolor.)

A. CON ARCO (Recuperándose y maravillado, explora su rostro): Entonces, es verdad. (A A. de Luz.) Gracias a ti recibo una nueva oportunidad. Prometo que sabré recompensarte como lo mereces. (Reconoce sus manos y su cuerpo.) No existe en todo el universo nadie que se me compare. (La cornamenta lo devuelve a la realidad.) Esto es humillante… pero enseñaré a mis adversarios a respetarme. (Observa a su alrededor.) Ahora soy libre... Los hombres no son otra cosa que insignificantes insectos de la creación, dignos de ser aplastados, y no obstante, se atrevieron a dudar de mi resurgimiento.

EL MORTAL (Fascinado): Ni en mis más ocultas creencias hubiera imaginado que ustedes existieran... Pero debo estar alucinando. No es posible que los arcángeles se me aparezcan justo cuando lo he perdido todo.

A. CON ARCO (Lanza flechas que se incrustan cerca del público): ¡Heme aquí! ¡Libre, libre, libre! Juro que no tendré clemencia con mis enemigos. ¡Regreso de los infiernos para proteger, con mi furia y con mi rencor, a los falsos inocentes! Enhorabuena, porque han comenzado los tiempos del exterminio.

EL MORTAL: ¡Si eres un demonio, por favor, no me lastimes. Te lo suplico!

A. CON ARCO: ¡Levántate! que hoy puedes formar parte de mi ejército.

EL MORTAL: ¡No es posible! ¡¿Por qué yo?!

A. CON ARCO: Sígueme. (Lo que antes era una sábana mortuoria, al reverso es una reluciente capa que El Mortal coloca sobre los hombros del A. con Arco.)

EL MORTAL: No puedo abandonar el cuerpo sin vida de mi hermano. (A. con Arco sale.) Sería un grave pecado. Las ratas o los perros podrían devorarlo. ( A. de Luz se lleva el cadáver.)


 

 

3. EN UN CUARTEL MILITAR [Encontramos un pelotón de muñecos en posición de firmes]

A. SEDUCTOR: Odio este sitio. No entiendo por qué me has traído.

A. CON ALAS: Porque es seguro; es, por excelencia, el lugar donde se obedece sin reclamos.

A. SEDUCTOR: Es tosco, triste, desolado, deprimente y horrendo; es la representación de la decadencia.

A. CON ALAS: Es enérgico, leal, revitalizante, edificador y disciplinado; es la representación del triunfo.

A. SEDUCTOR: Si de conspirar se trata, prefiero que hablemos en mis territorios.

A. CON ALAS: ¿Acaso mencioné la palabra conspiración? Seductor, eres un arcángel muy travieso.

A. SEDUCTOR: Suspicaz. Se dice sus-pi-caz.

A. CON ALAS: Desconfiado, supongo.

A. SEDUCTOR: Majestuoso.

A. CON ALAS: ¿Inteligente? ¿Hermoso?

A. SEDUCTOR: Tú síguele, síguele. Me encantan los aduladores.

A. CON ALAS: ¿Analítico?

A. SEDUCTOR: Dejémoslo en poderoso. Lo de "analítico" me suena a especialista en placer anal, y tú bien sabes que prefiero torturar al cuerpo entero. ¿Quieres que te lo demuestre?

A. CON ALAS: ¿Lo harías por mí?

A. SEDUCTOR: Lo haría por mí. (Ambos inician un rito de seducción.) Adoro las sudoraciones; me encanta incorporarme al rítmico balanceo de los cuerpos copulando y a sus palpitaciones; disfruto el exquisito deleite del tacto en las zonas erógenas. ¿Entiendes a qué me refiero?

A. CON ALAS: A la perfección. Sólo que mis procedimientos son distintos. Me revitaliza sentir la semejanza de la carne con el acero; brazos, piernas y tórax petrificados por el ejercicio; el cuerpo como un templo a la inmortalidad.

A. SEDUCTOR: De nada sirve la inmortalidad si antes el pezón de la amada no se ha endurecido y dulcificado entre los labios; de nada te sirve el sátiro fálico si no lo utilizas con la precisión del relojero. Mira que yo he ocupado el cuerpo de hombres y mujeres durante el orgasmo y sé lo que estoy diciendo.

A. CON ALAS: Lástima que por cada orgasmo que experimentas, pierdes también un miligramo de tu valioso cerebro. (Pausa en la que interrumpen el rito; se miran con atención y vuelven a iniciar las seducciones.) Por eso, cuando consiga el mando de los arcángeles, y por extensión, la de la humanidad, tendrás asegurada una plaza de honor.

A. SEDUCTOR: ¡Uy, cuánta amabilidad!

A. CON ALAS: Sin duda naciste con suerte.

A. SEDUCTOR: Nacimos el mismo día, a la misma hora, durante el mismo segundo y en el mismo instante. Sin preámbulos: El coño del universo se abrió en un instante para expulsarnos de su vientre.

A. CON ALAS: Casi lo olvido. Afortunadamente...

A. SEDUCTOR: ...afortunadamente me mantengo cerca para recordártelo.

A. CON ALAS: A eso se debe que a ningún otro le haya ofrecido participar de mi próximo y cercana victoria.

A. SEDUCTOR: Hablemos mejor de mí victoria, mi encumbramiento, mi...

A. CON ALAS: ¡Por Dios! No te distraigas con banalidades indignas de tu rango. Ven, acompáñame a edificar mi reinado. ¿Te lo imaginas?

A. SEDUCTOR: Estricto, como tu propia existencia. Al contrario, mi imperio será un diario elogio a la vida.

A. CON ALAS: Contigo, las manos estarían ocupadas jugueteándose los genitales. (Con delicadeza, coloca las manos de su adversario entre sus piernas.) Conmigo, construiremos castillos de la perfección, en donde someteremos y corregiremos a los desadaptados.

A. SEDUCTOR (Se retira con timidez): Exageras. La lujuria no es lo que tú piensas.

A. CON ALAS: Ayúdame entonces a entenderla. (Atrapa nuevamente las manos del A. Seductor para conducirlas por el contorno de su cuerpo.) Shhh... eres un arcángel muy malo. Dime, ¿qué caso tiene que te resistas? ¿Te gusta? Anda, pídemelo; cuál es tu fantasía y juntos la realizaremos… Ven, sígueme.

A. SEDUCTOR (Cediendo): Mejor tú sígueme.

A. CON ALAS (Cubriéndole los ojos. El A. Seductor continúa acariciando el espacio en el que ya no se encuentra el otro): No. (Serio.) Ríndete y permitiré que habites en las ocultas perversiones de los moralistas. Tú los conoces mejor que nadie; entre más estrictos, más lujuriosos.

A. SEDUCTOR (Rindiéndose, aunque sus palabras lo contradigan): No... No puedo y no debo aceptar convertirme en tu aliado. Tengo miedo que el Gran Padre vuelva a sorprendernos confabulando en su contra. Recuerda que la alta traición se paga muy caro. (Es despojado de su maya metálica.)

A. CON ALAS: ¡Yo soy el elegido! (Se coloca la maya.) Lo sabía. Siento el poder irradiándose por mi cuerpo. Ven. Ríndete a mí y nada te sucederá.

A. SEDUCTOR (Derrotado): Te ordeno que me devuelvas mi... que me devuelvas... ¿Qué es lo que he perdido? ¿Quién era yo antes de ser yo, antes de ti, antes de la humanidad, antes del fin de la creación? ¿Por qué me siento como si estuviera desvaneciéndome? Dios, ¿estás ahí? No me dejes caer en la tentación. Ayúdame.

A. CON ALAS: Deberás jurarme obediencia plena. Rinde tu espada a mi omnipresencia y claudica de tu fe, porque hoy comienzan los nuevos tiempos, los tiempos de mi mandato.

A. SEDUCTOR: No. Tú no. (Postrándose ante el A. Con Alas.) Caerá sobre nosotros la furia de los cielos. Seremos degradados; nos convertiremos en creaturas horrendas, en seres despreciables. Por favor, bajemos nuestras armas ante el Supremo. No iniciemos una campaña de la que nos podemos arrepentir.

A. CON ALAS (Complaciente): ¿De qué nos sirve tener la mesa repleta de manjares, si no nos permiten probarlos? ¿De qué sirve habitar una mansión, si el miedo nos imposibilitar a salir? ¿De qué te sirve un cuerpo sano, si vives reprimiendo tus instintos? ¿De qué sirve la inteligencia, si antes no dudas de tu propia inteligencia? Definitivamente, no me importa arriesgarlo todo; prefiero la decadencia que el conformismo.

A. SEDUCTOR (Envalentonándose): Tu elección me obliga a pelear contra ti, porque fui enviado para enfrentarme contra El Enemigo.

A. CON ALAS: Hablas del Enemigo como si se tratara de alguien ajeno a ti.

A. SEDUCTOR: ¡Defiéndete, cobarde!

A. CON ALAS: Olvidas la infinidad de matanzas que hemos inspirado durante tantos siglos.

A. SEDUCTOR (Débil): Luchemos, te lo suplico.

A. CON ALAS: Ahora resulta que te indigna la maldad, cuando el mal es la más alucinante de las drogas. (Enérgico.) Esta es la última vez que lo repito. ¿Vas a seguirme, o no? (Pausa.)

A. SEDUCTOR (Tira la espada. Agacha la cabeza): Cumpliré con tus mandatos.

A. CON ALAS: Me parece que no escucho bien. ¿Qué fue lo que dijiste?

A. SEDUCTOR: Como tú lo ordenes.

A. CON ALAS: ¡Dilo más fuerte!

A. SEDUCTOR: Te obedeceré en todo.

A. CON ALAS: ¿Eres mi sirviente?

A. SEDUCTOR: Soy tu sirviente.

A. CON ALAS: ¿Eres mi esclavo?

A. SEDUCTOR: Soy tu esclavo.

A. CON ALAS: ¿Eres mi perro, mi dócil flatulencia y mi lamepiés personal?

A. SEDUCTOR: Por favor, no me humilles.

A. CON ALAS: ¡Te hice una pregunta! (Cínico.) No seas vulgar y respóndeme.

A. SEDUCTOR: Sabes con exactitud que seré todo lo que a ti se te ocurra; me has vencido.

A. CON ALAS: Así me gustas, insignificante. Acompáñame, hay ciertos asuntos que debo asignarte.

 


 

 

4. DURANTE UN PARTO

A. CON ARCO: En el maravilloso concierto de la creación, existen infinidad de movimientos dedicados al dolor. Escuchen. A las vibraciones del sonido nada las destruye, permanecen en el aire para recordarnos lo frágiles que somos.

EL MORTAL (Guiando al A. de Luz): Dios supo bien lo que hacía al inventarnos. Hace tiempo que Dios habría dejado de existir, si tan solo fuéramos perfectos, sin debilidades.

A. CON ARCO: Para ser una creatura bestial, tienes ingeniosas ocurrencias. (Al A. de Luz, aún con las máscara sin facciones.) ¿Qué te parecen las ideas del mortal? Poseen la sabiduría de las divinidades; hasta podrían ser mis propias ideas, ¿no te parece?

EL MORTAL: ¿Y quién ha dicho que fueran mis ideas?

A. CON ARCO: Pues no son de mi hermanito desfigurado. (Abraza al A. de Luz, cuya máscara demuestra una profunda tasajeada en un costado.) ¡Qué horror! Mírate nada más, ¿por qué no te cuidas? Con ese aspecto no eres digno de llamarte arcángel. Por cierto, de qué hablábamos.

EL MORTAL: De sus ideas, Su Majestad.

A. CON ARCO: "MAJESTAD". Es un título que corresponde a mi personalidad. Prometo que durante mi reinado, serás el poeta más célebre de entre tus semejantes.

EL MORTAL: Gracias, pero yo sólo soy su instrumento, un peón en el tablero del conocimiento. En realidad, el estratega es usted.

A. CON ARCO: Pues no se hable más del asunto. Y en tanto vuelve a ocurrírseme otra de mis brillantes genialidades, los invito a presenciar el espectáculo del parto...

A. SEDUCTOR: Deberías preparar tu campaña en lugar de perder el tiempo en trivialidades.

EL MORTAL: Lo que para algunos carece de importancia, para otros representa una digna estrategia.

A. SEDUCTOR: ¿Desde cuándo los mortales se dirigen sin autorización a las divinidades?

A. CON ARCO: Desde que me convertí en su líder, en su capataz, en su Mesías, en su condena y, de alguna manera, en algo semejante a su abeja reina.

A. SEDUCTOR: Tonterías. En lo que a mí respecta, este asunto de competir entre nosotros me resulta indigno. (Utiliza de ejemplo al A. de Luz.) Mira nada más a lo que hemos llegado, ¿acaso merecemos estas degradaciones?

A. CON ARCO: Lo siento, pero lo que le suceda a este arcángel de la deformación, no me concierne. (Se aproximan al A. de Luz.) ¡Por Dios, qué espanto! No me lo acerques.

A. SEDUCTOR: Sin embargo, no existe nadie que mejor se parezca a ti. ¿Acaso no te recuerda a tu propia persona? Sabes perfectamente que este rostro te corresponde.

EL MORTAL: Su Eminencia, no olvide que usted posee la virtud de transformar su rostro en la belleza o la fealdad que mejor le convenga.

A. CON ARCO: No lo sabía, pero si el Mortal lo dice, debe ser verdad. Por lo tanto, ordeno que arrojen al desfigurado a un estercolero profundo para que no ofenda mis ojos con su pudrición.

EL MORTAL: Como usted mande...

A. SEDUCTOR: ¡Esperen! ¿Cómo te puedes rodear de mediocres que no hacen otra cosa que subestimarte? Si fueran ciertas las palabras del Mortal, entonces, ¿cómo podrías tú, el más hermoso de los arcángeles, haber elegido un aspecto horripilante, tan parecido al de los demonios?

A. CON ARCO: Jamás. En eso tienes razón.

A. SEDUCTOR (Escudándose con A. de Luz): Obsérvalo con atención. Los gusanos de los rencores y de las envidias lo están devorando; en muy poco tiempo, su rostro quedará invadido por pequeñas y pestilentes larvas, y sólo tú posees el medicamento que lo salvará, porque nada es imposible para el elegido a ocupar el trono, ¿o sí?

A. CON ARCO: ¡Aléjalo! Por todos los santos, no me lo acerques. (A A. de Luz.) Perdóname, pero no quiero volver a mi antigua condición. Ninguno, ni el Gran Padre, me obligará a colocarme de nuevo esa máscara... (Duda.) O tú dime, ¿qué debo hacer?

A. SEDUCTOR: Renuncia a la contienda y acepta la condena que ya te habían impuesto.

EL MORTAL: No lo escuche, mi soberano. El camino hacia el infierno está plagado de buenas intenciones.

A. CON ARCO: Un momento. ¿Me podrían explicar cuándo comenzamos los arcángeles a pelear por un trono efímero? ¿y si en lugar de disputárnoslo, lo compartiéramos? El Gran Padre nunca ha proclamado que ceda sus derechos a decidir sobre los destinos de su creación.

A. SEDUCTOR: Porque confía en nuestras libres interpretaciones. Todos sabemos que no ha sido otro, mas que el Gran Padre, quien nos convocó para esta noble encomienda.

EL MORTAL: ¡Mentira! El Gran Padre, como ustedes lo llaman, en su infinita sabiduría, dispone de un lugar preciso para cada objeto del universo, porque así lo ha pensado. Me pregunto entonces, ¿cuál es la finalidad de un combate entre arcángeles, si ya tiene a su elegido?

A. CON ARCO: Muy listo, ¿no te parece?

A. SEDUCTOR: Demasiado. (Sacudiendo a A. de Luz.) Explíquenme, si pueden, los motivos del Gran Padre para degradar a quien, desde un principio, defendió las ideas que el mortal acaba de proferir.

EL MORTAL: Dios no explica, ni da justificaciones, simplemente actúa.

A. SEDUCTOR (Arrojando a A. de Luz hacia El Mortal): Ojalá dependiera de mí la destrucción de todos ustedes. Su presencia ofende mis sentidos, y por lo tanto, al Ser Supremo. (Intenta irse.)

A. CON ARCO: Quédate un momento. Acompáñame y presenciemos juntos una de las tantas maravillas de la creación.

A. SEDUCTOR: Un cuerpo expulsado por otro cuerpo no tiene nada de maravilloso, al contrario, es repugnante.

A. CON ARCO: ¿Tienes memoria de cómo fue tu nacimiento? ¿Has visto cómo nacen los arcángeles? ¿Conoces cómo sucedió el inicio del principio, o será que todavía no comienza? (Pausa.) Te ayudo a comprender: ¿qué tal si nos metemos en aquel vientre materno y experimentamos, en el instante mismo del parto, la sublime sensación de nacer?

A. SEDUCTOR: Había olvidado lo patético que te vuelves cuando los humanos influyen en tu raciocinio.

A. CON ARCO: Arriesguémonos a deslizar nuestra soberbia por entre esos labios carmesí que fueron diseñados para darles a los mortales un baño de divinidad.

A. SEDUCTOR: A veces pienso que el Gran Padre hizo bien en arrancarte el rostro al término de nuestro último combate.

A. CON ARCO: Te equivocas. El castigo llegó por mi propia mano. Un rostro que sólo expresaba miedo al sentir la presencia de una autoridad, e imposibilitado para defenderse, entonces no servía ni para un carajo.

EL MORTAL (A A. de Luz): Protejámonos. Pronto. Presiento la cercanía del dolor.

A. CON ARCO: El miedo me impide pensar en mi padre con afecto. No me lo vas a creer, aunque no recuerdo cómo es su rostro, pero su voz me acompaña a todas partes, con regaños, con burlas, con sarcasmos en cada momento que me atrevo a iniciar una empresa.

A. SEDUCTOR: Entonces alégrate, porque es el momento de que tomemos el control. ¡Bienaventurados los sometidos, porque un nuevo rey viene en camino! Hermano, te conviene apoyarnos.

A. CON ARCO: Piensas y hablas como un fanático. Recapacita; quienes aseguran ser la solución de los grandes problemas, resultan aun más tiranos. Una vez que obtienen el trono, se comportan con mayor furia y con infinitos rencores.

A. SEDUCTOR: Lo prefiero a vivir quejándome sin hacer nada. (Ejemplificando con El Mortal y el A. de Luz.) Lo prefiero a seguir contemplando la podredumbre que nos rodea. Estos dos son una muestra de que la existencia es una broma demasiado cruel.

A. CON ARCO: Por eso te invito a introducirnos en el cuerpo de un nonato. Anda, acompáñame. Allí adentro no se percibe la decadencia. (Pausa.)

A SEDUCTOR: Mejor no.

A. CON ARCO: La gente más grandiosa de la humanidad se ha gestado en los úteros que yo ilumino, que yo moldeo, que yo fertilizo.

A. SEDUCTOR: ¿Y qué sucede con el resto de los individuos que nacen por millones, a cada instante y que permanecen en un estado de latente idiotez? Igual que nuestro hermano desfigurado, el mundo está repleto de honoríficas pudriciones, mejor conocidos como líderes.

A. CON ARCO: Es la ley de la creación; no todos pueden ser brillantes. Unos están destinados a ser triunfadores, a movilizar a las multitudes con uno de sus más simples caprichos; los otros, ni modo, son desechables.

A. SEDUCTOR: Propones un reinado de maldad.

A. CON ARCO: Ni mejor, ni peor que el mundo de quien me antecedió. Por cierto, ¿alguno de ustedes conoce al actual gobernante de los destinos humanos? Hay ciertos momentos solemnes de la historia que me fascinaría repetir. Como por ejemplo, Judas. No hay uno solo que no lo odie o no lo repudie, porque su nombre va acompañado por el deseo más anhelado e inconfesable de cada ser pensante.

EL MORTAL: Todos somos herederos de su ejemplo. Si hay algo que unifica a las razas, es nuestra capacidad para perfeccionar su bendito nombre.

A. CON ARCO: ¿Escuchaste? ¿No es maravilloso? Razona como si se tratara de uno de nosotros.

A. SEDUCTOR: O peor, como si alguno de nosotros inspirara sus ideas.

A. CON ARCO: ¡Por supuesto que se trata de un arcángel quien se expresa por medio de su boca! Si es lo que he tratado de explicarte.

EL MORTAL: Honrado me siento, Su Majestad, por haberme elegido como su portavoz.

A. CON ARCO: Son simpáticos los mortales, ¿no te parece? Ellos me seleccionaron y no me queda otra alternativa que luchar por el palacio de los arcángeles.

A. SEDUCTOR: Cuidado. La especie humana no merece nuestra confianza. Son volubles. Lo sé porque los he visto de cerca. Si necesitaras de sangre para sobrevivir, duda de quien te la ofrezca, porque estará contaminada.

A. CON ARCO: Dudar de ellos es como si dudaras de mí... o de ti. Piensa que dudar de nosotros es como si dudaras de la existencia del Buen Padre. (Pausa.)

A. SEDUCTOR (Susurra): En ocasiones, mi propio ser es un campo de batalla por la fe.

A. CON ARCO Y EL MORTAL: Dilo más fuerte, que no te alcanzamos a escuchar.

A. SEDUCTOR: Padre, protégeme. De pronto menciono conceptos que no me pertenecen. (Al Mortal.) Aléjate, por favor. Tu presencia contamina mis pensamientos.

EL MORTAL: Yo, tan insignificante, casi nada, ni siquiera una gota de sudor, cómo podría atreverme a medir fuerzas con una divinidad; su sola mirada me convertiría en polvo.

A. CON ARCO (A A. Seductor): Compartí, en algún momento, tus mismos temores, y es fácil de comprenderlos. Al igual que tú, yo no recuerdo el instante en el que el Gran Padre lanzara la convocatoria para que sus arcángeles compitiéramos por un trono, que al parecer, desconocíamos que lo hubiera.

A. SEDUCTOR: ¡Retírense de inmediato! Las decisiones de nuestro Padre Supremo no se cuestionan, son obedecidas. Jamás lo he visto, pero sus órdenes son mi ley.

EL MORTAL: Cómo saber si la voz que escuchamos no es en realidad la del Maligno.

A. SEDUCTOR (Derrumbándose): Todo es tan confuso.

A. CON ARCO: Quisiera consolarte, pero no sé cómo. (Al Mortal.) No te quedes ahí, como pasmado y exprésale lo que todavía no se me ocurre, pero no por ello, dejan de ser mis ideas.

EL MORTAL (Luego de besar al A. Seductor): La única verdad y la auténtica salvación, está envuelta en placenta. Dame tu mano, yo mismo la conduciré entre las piernas de aquella mujer. (A. Seductor se deja guiar.) Introdúcela ahora por el húmedo laberinto de virgen y siente la cabeza que está a punto de salir. Tócala con suavidad, porque aún es frágil... (En maligno susurro.) Apuesto a que no eres lo suficientemente valiente como para apretar el puño y destrozar el pequeño cráneo, igual que a un chícharo. (A. Seductor se separa aterrado.) Lo sabía, lo sabía, lo sabía, y te felicito, porque eres tú, tú, y nadie más que tú la creatura que se debate entre nacer... o morir; entre quedar idiota, o erigirte como el cerebro más lúcido.

A. SEDUCTOR: ¿Quién te ha dado tanta fuerza?

EL MORTAL (Colocándose en los brazos del A. con Arco, a quien también besa): Mi maestro, ya lo sabes.

A SEDUCTOR (Resguardándose detrás del A. de Luz): No comprendo a los mortales, en serio que no. Fueron condenados a reproducirse con tremendos dolores, y a pesar de la amenaza, su horrenda y miserable existencia se justifica con la gestación de un nuevo humano. (Al Mortal.) Ojalá pudiera destruirte. Me complacería despedazarte con lentitud.

EL MORTAL (Con súbito pánico): Le suplico que no me lastime. Juro que no era mi intención ofenderlo, pero usted mismo ha visto que mi Señor ha sido quien puso las injurias en mis labios.

A. CON ARCO: ¿Yo?

EL MORTAL: ¿Y quién más si no? Por favor, protéjanme del enojo divino.

A. SEDUCTOR (A A. con Arco): Explícame qué locura es esta a la que nos has traído.

A. CON ARCO: Tampoco entiendo qué está pasando. (Atrapa al Mortal.) Dime, qué es lo que te ha provocado tan repentino espanto.

EL MORTAL (Cayendo al suelo): Ay, me quemo, me quemo. Por favor, no permitan que el fuego me penetre. ¡Por compasión, que alguien detenga el dolor!

A. SEDUCTOR: Termina con el caos que tú mismo provocaste.

A. CON ARCO: A mí siempre me culpan de las catástrofes ajenas. ¿Acaso yo inventé el mundo? No, y no estoy dispuesto a cargar con los defectos de la humanidad.

A. SEDUCTOR: ¿Cómo puedes abandonar a quien te ha servido con fidelidad? Míralo,  es como si algún espíritu del mal se apoderara de su cuerpo.

A. CON ARCO: ¿De pronto sientes lástima por los hombres? No te creo. Sabes bien que los mortales son nuestros instrumentos de diversión; para eso fueron hechos. No hay uno que no sea el esclavo del esclavo que esclaviza al esclavo del esclavo... (Intenta salir.)

A. SEDUCTOR: Tú no eras cruel. El poder te ha transformado. Si no lo ayudas, juro que pelearé en tu contra para evitar que obtengas la monarquía de los arcángeles.

A. CON ARCO: ¿Y cómo piensas lograrlo, si ni siquiera eres capaz tú mismo de salvar una vida?

A. SEDUCTOR: Lo haré; sé que puedo sanarlo.

A. CON ARCO: Deja de luchar contra tu propio instinto; en realidad los odias. Te invité a que los conocieras aun en el huevo, cuando uno estaba a punto de nacer, y sin discreción, en tu semblante, se marcaron gestos de repudio.

A. SEDUCTOR: Mientes, eso no es cierto.

A. CON ARCO: A tus pies se encuentra una bestia imperfecta, convulsionando por causas desconocidas, ¿y qué haces para evitarlo? Nada. Los mortales son lambiscones y asesinos por naturaleza y no vale la pena protegerlos. La amistad que ellos profieren es un concepto que utilizan para engatusar al adversario. Promételes un sitio en el Edén y ya verás cómo aceptan con gratitud todas las humillaciones que se te ocurran.

A. SEDUCTOR: No te creo..

A. CON ARCO: Antes yo era como tú y por defenderlos, perdí mi preciado rostro. Ahora te pregunto: ¿Serías capaz de sacrificarte, con tal de modificar el violento destino de los mortales? (Sale.)

[El A. Seductor duda, hasta que él mismo se coloca la máscara sin facciones que se encontraba en el rostro del A. de Luz. En ese instante, se escucha el llanto de quien ha nacido. Permanecen en su lugar el A. Seductor y El Mortal.]

EL MORTAL (Riendo): Imbécil. No te imaginas cuánto me alegra tu destrucción.

 


 

 

5. EN UN ESTABLECIMIENTO PORNO [En algunas zonas observamos muñecas en posturas eróticas.]

A. CON ARCO: Bellísimo. Una obra de arte viviente. (Respira profundamente.) Cuerpos, sudores, desesperación; y junto con los excitantes cuerpos, la magnífica, la soberbia, la exquisita, la suculenta exaltación humana. Todavía no soy su gobernante, pero ya siento que el mundo me pertenece, que provoca mis exaltaciones.

A. DE LUZ: Te recuerdo que no hemos venido a divertirnos, sino a pactar.

A. CON ARCO: Pactan los perdedores.

A. DE LUZ: Concertamos tregua para evitar un combate del que todos saldremos perjudicados.

A. CON ARCO: Deja ya de fastidiar mi paciencia. (Abraza a A. Seductor, cuya máscara muestra más deformidades.) ¿O prefieres que te devuelva tu horrenda figura?

A. DE LUZ: Si eso impide que nuestra soberbia de reinar los cielos siga ofendiendo al Ser Supremo, pues bien, me entrego al sacrificio.

A. CON ALAS (Aplaudiendo): ¡Bravo! ¡Magnífico! Jamás he visto nada parecido; en verdad que me sorprende tu disposición para las causas imbéciles.

A. CON ARCO (Dirigiéndose a A. con Alas): A mí me parece que habla con demasiada ignorancia. Ocultándose detrás de los símbolos, siempre hay un manipulador. ¿O me equivoco? Las historias de mártires sólo sirven para adormilar a quienes carecen de ambiciones.

A. CON ALAS (A A. con Arco): Ignóralo, hermanito y ponle atención al espectáculo. Todas las bailarinas son encantadoras. ¡Fíjate en aquella y en esa otra! Mmm, en verdad que esto es el paraíso.

A.     CON ARCO: O por lo menos se le aproxima.

A. CON ALAS: Pobrecitos de los humanos atormentados por sus censuradores; como si al Creador Supremo lo ofendieran por utilizar los órganos y el instinto que generosamente les concedió.

A. CON ARCO: Por eso, los mojigatos y los que le temen a la vida, serán atravesados por mis flechas… Aunque debo confesar que la idea de reunirnos en este recinto de la lujuria le pertenece a nuestro hermano seductor, quien por cierto, sigue pudriéndose. Míralo, ahí lo tienes. ¿No habrá manera de arrancarle esa máscara sin que ninguno de nosotros se vea afectado por la maldición?

A. DE LUZ: Lo intentamos, pero es inútil; cada vez que alguno toca la máscara, ésta aumenta sus descomposiciones. Parece como si se tratara de un instrumento que sólo acompaña a los eternamente condenados.

A. CON ARCO: Fatalista como siempre. Por favor, lárgate o permítenos disfrutar de las variedades del placer

A. DE LUZ: Variaciones de la decadencia.

A. CON ALAS: Variaciones de la perfección.

A. DE LUZ: Variaciones de la estupidez.

A. CON ARCO: Variaciones de las que tú... eres experto. (Rompe la tensión con alegría.) Aquí entre nos, ¿recuerdan las vestiduras con las que el imaginario humano nos conceptualizaba? Usábamos unos faldones tablados, preciosos por cierto, que resaltaban el desplante del muslo, de la reluciente pierna incitadora al tacto; era una prenda que provocaba la curiosidad de quienes se preguntan si los arcángeles contamos con uno, o con ambos sexos... En fin, sigo añorando esa moda.

A. CON ALAS: ¿Incluyendo los rizos dorados que nos dieron un semblante de maricones?

A. DE LUZ: ¿Cómo es posible que un arcángel de tu jerarquía se exprese con severos complejos? No quiero pensar en el mundo que nos espera teniéndote como nuestro soberano.

A. CON ALAS: Simplemente sería un mundo ordenado.

A. CON ARCO Tensando el arco): Antes si yo te lo permito. (Los otros desenfundan sus espadas.) Caramba, tienes porte para desenvainar. (Primera arremetida, la cual esquiva con agilidad.) ¿Ese es tu mejor golpe? ¿No será que le temes a las mariconadas porque se te antojan?

A. CON ALAS: ¡Silencio! O te abriré otro culo por donde expulses tu veneno. (Hiere a A. de Luz.)

A. DE LUZ: Necios; agotando sus energías sólo conseguirán que otro se levante sobre de ustedes.

A. CON ARCO (Dispara una flecha que se coloca en el pecho del A. con Alas): Poseen brazos fuertes, musculosos, y eso me encanta. ¿Alguno sabe si entre los arcángeles se nos permite la intimidad?

A. CON ALAS (Quitándose la flecha): Ofendes con tus preguntas a la hermandad a la que pertenecemos, y por eso te destruiré; juro que el dolor será la única sensación que experimentes.

A. CON ARCO (Perverso): Perfecto. Empecemos ya; pero tortúrame tal y como las bestias lo hacen con sus hembras. Sométeme, aniquílame, poséeme, maltrátame…

A. CON ALAS (Ataca): Cállate; eres en extremo vulgar, sucio y repugnante.

A. CON ARCO (Insinuándosele con la pelvis por delante): Rico, rico, rico; no sabes cómo me excitas cuando te enfureces.

A. DE LUZ (Rotundo): Ordeno que guarden sus hostilidades para un mejor momento. (Calmando los ánimos.) Dense cuenta que todo esto es absurdo, comenzando por el sitio en el que nos encontramos; ¿rodeados de putas y de desesperados piensan gobernar a la humanidad? Cómo pretenden iniciar un combate, el más significativo de la existencia, en estos terrenos.

A. CON ARCO: Excelentes para iniciar la nueva era... ¿Ya vieron a la mulata que se contonea en aquella esquina? Mmm, si me permiten un instante, iré a colocarme en el interior de ese cuerpo voluptuoso.

A. CON ALAS: ¡Te lo prohíbo! Lo que tu pretendes es indigno de nuestra estirpe.

A. CON ARCO (Arremete contra el A. con Alas, quien es tomado por sorpresa, desarmado y acorralado): ¡Cuántas veces he de repetirte que no hay voluntad más fuerte que la mía! (Felizmente enloquecido.) Te voy a matar. Juro que te despedazaré, para luego, esparcir tus restos entre los más alejados planetas.

A. DE LUZ: ¡Basta! Me disgusta, me repugna el espectáculo que están dando: Dos arcángeles fingiendo fiera lucha y enredados entre los encajes y las lentejuelas de las meretrices.

A. CON ARCO: ¡Óyeme tú! Más respeto cuando te refieras a mis súbditos. (Recapacita.) Aunque... es verdad; de haberme atravesado con tu espada, hubiéramos ido a parar entre las piernas de la mulata.

A. CON ALAS: Perdóname, te lo suplico. No me hagas daño y prometo obedecerte en lo que sea. Tú pídelo y te complaceré.

A. CON ARCO (Acariciando el cuerpo del derrotado): "En lo que sea", es demasiado; yo me conformo con un poco de complacencia de tu parte. Como dije hace un momento, me propongo entrar en el cuerpo de esa mujer acanelada para luego restregarme sobre de ti.

A. CON ALAS: Que así sea, pero no me despojes de mis armas, de lo que me vuelve invulnerable. (Arcángel Seductor corre en defensa del sometido, pero es derribado con facilidad y sólo provoca que los contrincantes caigan al suelo.)

A. CON ARCO (Meneando las caderas una vez que gana un asiento sobre el vientre del adversario): Deberías intentarlo; no hay droga más alucinante que el orgasmo, y el de las hembras es infinitamente superior al de los machos. Yo por eso, cuando sea gobernante, me mostraré como presencia femenina.

A. DE LUZ: ¡Detente! (Golpea a A. con Arco en la cabeza logrando separarlo del A. con Alas.) Hemos sido convocados para una misión importante y ustedes ofenden la confianza del Ser Supremo con ridículas bufonerías.

A. CON ARCO (Furioso):  ¡Cómo te atreves a tocarme sin mi permiso! (Ataca, pero el A. de Luz lo esquiva.) Por tu infamia, voy a destinarte a las eternas oscuridades, a las cloacas, a los manicomios, a las prisiones. (Apunta con su arma, pero el  impulso es interrumpido por la espada del A. con Alas.)

A. CON ALAS: Primero deberás vencerme.

A. CON ARCO (Sonríe): Me agradan los retos. (Al quedar despojado de su arco, se valdrá de dos flechas para su ataque.) Antes, me gustaría que supieras que he visto el miedo en tus ojos y ahora conozco tus debilidades.

A. CON ALAS: Sin embargo, perdiste una valiosa oportunidad y para volverme a derrotar, necesitarás de más destreza. (Ataca.)

A. CON ARCO (Esquivándolo): Un momento. ¿De dónde has obtenido esa fuerza tan de súbito?

A. CON ALAS: Soy el mismo de siempre. La diferencia radica en que la energía se te ha escapado entre las piernas. (Ataca.)

A. DE LUZ: Este combate es absurdo. Nadie abdicará ante un monarca erigido en un puterío.

A. CON ARCO: Ya escuchaste a nuestro hermano. Interrumpamos las hostilidades para mejor momento.

A. CON ALAS: ¡Jamás! (Ataca. Esta vez hiere al adversario.)

A. CON ARCO (Temeroso): Comprende que yo sólo quise agradarte.

A. CON ALAS: Eres demasiado peligroso y sólo creeré en ti cuando tu rostro vuelva a perder sus facciones. ¡Traigan esa máscara al rostro al que pertenece!

A. DE LUZ (Resignado, abraza a A. Seductor): Si lo prefieren y si con ello logramos una alianza que nos fortalezca como hermandad, estoy dispuesto a ser de nuevo el sacrificado.

A. CON ALAS: No fastidies nuevamente con tus lloriqueos. Prefiero que sea él... ¿o debería decir, ella? El mejor contrincante será a quien hayas inutilizado.

A. CON ARCO: ¿Mi rostro? ¿Perder mi belleza? ¡No lo permitiré! (Ataca, pero es evidente la superioridad del adversario.) Perdóname. Si lo prefieres, despójame de mis poderes y abandóname al cuidado de los muertos inconsolables, pero no me devuelvas la máscara.

A. DE LUZ: Perdónalo. ¿Qué más quieres? Los que estamos aquí reunidos, al parecer, seríamos tus únicas amenazas, y ya nos hemos inclinado a tu soberanía.

A. CON ALAS (Retumbando el piso con su espada): Bienaventurados los arrepentidos, porque la piedad no será pronunciada por mi boca. (Entra El Mortal. Desnudo, su cuerpo parece el de un leproso; andrógino, son voluminosos sus senos y su largo pene.)

A. CON ARCO (Escudándose del A. Seductor): A ti te da lo mismo quién sea el desfigurado, pero no me pidas que yo ocupe su lugar... O si lo prefieres, ¿qué te parece si les arrojamos la peste a las prostitutas del recinto?

A. DE LUZ (Molesto,  se dirige a A. con Alas): Pactar con los débiles, con los marginados, con los enloquecidos, con los desadaptados; pactar con los abatidos, con los desalentados, con nosotros, te convertiría en el más poderoso de todos los arcángeles. (El Mortal retumba el suelo con un cayado.)

A. CON ALAS: No te escucho. He sido agraviado.

A. DE LUZ: Esta es la última vez que lo repito: Bajen sus armas.

A. CON ARCO: Observa cómo se ha transfigurado el rostro de este derrotado, quien podrías ser tú mismo, y si así fuera, mi compasión te arroparía. Míralo, ¿esto es lo que quieres para mí como eterno castigo? A cada instante, su aspecto es más y más y más horripilante... (Empuja al A. Seductor.) ¡Aléjate! Tus hedores corrompen mi dignidad, y tu aspecto me atemoriza... (Cae de rodillas.) Padre Supremo, sálvame. ¿Qué debo hacer para que me creas cuando te digo que no volveré a compararme contigo?

EL MORTAL (Rotundo y golpeando con el cayado): Una vez que un arcángel ha caído, no es recibido nuevamente al hogar. No basta con arrepentirse, porque el pecado es más fuerte que todo acto de penitencia. Cuando pruebas el mal, haces todo lo posible por experimentarlo  nuevamente; así que lo correcto es no confiar en las buenas voluntades.

A. CON ALAS: Ya escuchaste. (Guía las manos del A. con Arco hacia la máscara del A. Seductor.)

A. DE LUZ: ¡Deténganse!

A. CON ALAS: La resistencia lo hace más doloroso. Te conozco, la degradación te sublima.

A. DE LUZ (Evita que despojen a A. Seductor de la máscara): He dicho que se detengan.

A. CON ALAS (Hiriendo al A. de Luz): Nunca vuelvas a contradecir mis órdenes. (Por un momento, el A. con Arco logra escapar pero queda aterrado frente a  la máscara.)

EL MORTAL (A A. de Luz): Me alegra tu derrota; eres insignificante.

A. CON ALAS (A A. con Arco): Anda, póntela.

EL MORTAL (A A. de Luz): ¿De qué te ha valido tanto orgullo? ¿eh? Para nada. Al fin de cuentas, siempre has sido, y siempre serás, un vulgar y mediocre servidor.

A. CON ALAS: Rápido, que no tengo tu tiempo. Arcángeles, hombres y dioses esperan a un nuevo gobernante. ¡A mí!

EL MORTAL: Eres el ser más insignificante del ser más insignificante. (Escupe al suelo.) Comparándolas contigo, hasta las sucias cucarachas tienen mayor derecho a la vida. (Camina para alejarse.)

[Antes que el A. con Arco se coloque la máscara, el A. de Luz le arrebata el cayado al Mortal, y utilizándolo como arma, ataca con furia al A. con Alas. Durante un breve oscuro, se escucha un grito de dolor. Al centro, durante un instante, quedarán abandonadas un par de alas.]

 


 

 

6. EN LA MORGUE

A. DE LUZ (Aún con el cayado): Señor Todopoderoso, ¿qué ha sido de mi? Esta súbita transformación me desconcierta. No era mi intención dañar a nadie. Ni siquiera fui motivado por la necesidad de justicia. Pero al verlos pelear de manera tan absurda, sin dignidad, sentí tal vergüenza por mi especie, que en mi cabeza no hubo otro pensamiento que el de destruirlos.

EL MORTAL (Levantándose de entre los muertos. Viste igual que en el anterior cuadro): Hace rato que te esperaba. Felicidades. En verdad que te admiro; demostraste valentía y coraje, como no los había visto desde el inicio de los tiempos.

A. DE LUZ: Lárgate de mi presencia. Tú qué sabes de combates, si no eres mas que un simple mortal, menos aún, el gusano que devora a los muertos.

EL MORTAL: Todavía no has aprendido... (Descubre un cadáver, el cual, lleva puestos los harapos que El Mortal utilizó al principio.) ¿Recuerdas este cuerpo o prefieres que te limpie la memoria?

A. DE LUZ: Preferiría quedarme a solas para poner en orden mis pensamientos.

EL MORTAL (Fingiendo el tono): "Yo no tuve la culpa, yo no era responsable de tus actos, yo no te maté. Por favor, créeme." (Ríe.) ¿Le sigo? A ver, qué te parece esta actuación: "No puedo abandonar el cuerpo sin vida de mi hermano. Sería un grave pecado. Las ratas o..." En fin. El diálogo era más o menos similar.

A. DE LUZ: ¿Eres uno de los nuestros?

EL MORTAL: Tu pregunta es demasiado ambigua.

A. DE LUZ: ¿Entonces, quién eres?

EL MORTAL: Para obtener la respuesta acertada, es conveniente que no divagues. Así como lo planteas, se me permite decir que soy la masa por la velocidad de la luz al cuadrado.

A. DE LUZ: ¡Al diablo entonces! (Se aleja.)

EL MORTAL: "Al diablo." Acabas de mencionar una palabra muy interesante.

A. DE LUZ: ¿Te parece interesante? A lo mejor porque así te llaman los mortales.

EL MORTAL: Es un honor que me confundan con una personalidad con tanta jerarquía, pero discúlpame si te desilusiono. No soy quien tú te imaginas.

A. DE LUZ: Lo conoces.

EL MORTAL: ¿A quien?

A. DE LUZ: Tú sabes a quien me refiero.

EL MORTAL: ¿Y quién no lo conoce?

A. DE LUZ: Yo no lo conozco.

EL MORTAL: ¿Te parece? (Dirigiéndose al cadáver.) Estuvo junto a nosotros justo en el momento en el que llorabas mi muerte, cuando exclamabas que era a ti a quien le correspondía morir primero.

A. DE LUZ: Fue una escena conmovedora: El rencor manifiesto de un hermano que ahora sostienes entre los brazos. Si aún sientes coraje por lo que te hizo en vida, o porque abandonó tu cadáver sin sepultura, esta es la oportunidad que se te presenta para la venganza; para perdonarlo o, si así lo prefieres, para olvidar el cuerpo en cualquier Facultad de Medicina en donde lo estudiarían en partes. (Vuelve a alejarse.)

EL MORTAL (Mal intencionado): Pensé que te interesaban los asuntos del demonio.

A. DE LUZ: Lo que haga el tal demonio, diablo, Satanás, Lucifer o como él mismo desee autonombrarse, me tiene sin cuidado.

EL MORTAL: Debería importarte, ¿qué tal si te ofreciera a ti, y sólo a ti, el tan anhelado trono de los arcángeles?

A. DE LUZ: Tentador. Sólo tentador, pero no es una oferta que deba tomar en serio.

EL MORTAL: El resto de tus hermanos siguieron el impulso de sus instintos. ¿Qué tienes de especial, o quién te crees tú, para atreverte a rechazar tan digno cargo?

A. DE LUZ: Mis creencias no son asuntos que le importen a un mortal. Y ahora, continúa tu camino. No fastidies mi paciencia.

EL MORTAL: ¿Qué tiene de malo que me expliques tus verdades? Total, ya estoy muerto. Con este aspecto, es imposible que ande por el mundo, revelándoles a los vivos, cuáles son los complejos de inseguridad de quienes poseen el don de la eternidad.

A. DE LUZ: No soy tu ángel guardián. No soy el ángel de la verdad. Tampoco soy un ángel que se engrandezca con la destrucción.

EL MORTAL: Inteligente, pero nada práctico.

A. DE LUZ: Por ello, si no sirvo para ocupar un trono, tampoco seré un obstáculo para quien lo merezca.

EL MORTAL (Al cadáver): Yo lo vi, nadie me lo contó. Mientras otros alardeaban de ser los más poderosos, llegó uno, armado con tan sólo un bastón de madera, para silenciar a los necios. Un mariscal como ninguno; prudente, estudioso de las debilidades del enemigo y sabio estratega, obtuvo una hazaña como ninguno. Déjame contarte que los arcángeles poseen igualdad de fuerzas, lo que significa que en duelo parejo habría un empate. Sin embargo... (Pausa.)

A. DE LUZ: Si te enviaron para adularme, está bien, confieso que has seducido a mi vanidad. Los vencí con relativa facilidad, pero estoy dispuesto a enmendar mi falla y restauraré la salud de mis hermanos que fueron heridos por mi ceguera.

EL MORTAL (Molesto): ¡No! (Abofetea al cadáver.) Date cuenta que la compasión es el principio de la decadencia. ¡Asume tu responsabilidad!

A. DE LUZ: ¿A qué responsabilidad te refieres?

EL MORTAL: ¡Eres el elegido!

A. DE LUZ: ¡El elegido de quién y para qué!

EL MORTAL: He hablado demasiado. Tengo que irme. (Desaparece.)

A. DE LUZ: ¡Espera! Eres un heraldo, pero aún no recibo la información completa... ¿En dónde te has metido?... De acuerdo, si quieres jugar, allá tú. (Regresa El Mortal.) Pero no estoy dispuesto a ser un instrumento de burla.

EL MORTAL: Renunciar a tus obligaciones sería lamentable.

A. DE LUZ: ¿Obligaciones? ¿Qué locuras se te ocurren?

EL MORTAL: Locuras, posiblemente, pero no se las adjudiques a un mortal como yo. (Aproximándose hasta ellos el A. Seductor.) Cada arcángel es concebido para cumplir con un propósito específico; guiar a los humanos, provocar pestes, despertar a los terribles instintos o fundar imperios, entre otros asuntos, y cuando el Gran Padre se aburre de tanta monotonía, les encomienda destruir a otros arcángeles, en especial, a los que acompañan al Maligno.

A. SEDUCTOR (Sin máscara, pero con una extraña joroba que descompone su figura): Sin embargo, tú eres diferente.

A. DE LUZ: ¿Quién eres que te expresas oculto entre las sombras? Muéstrate.

A. SEDUCTOR: Si así lo prefieres... (Se descubre que la joroba es un pequeño monstruo que le ha brotado del cuerpo.) Y por favor, no digas nada de mi aspecto. Sólo he venido a convencerte de que tomes el liderazgo. Sólo tú puedes curarme.

A. DE LUZ (Encarando al Mortal): ¿Es esto una alucinación? ¿Quién la provoca? Si es verdad lo que miro: un arcángel con grotescas deformidades, dime entonces quién es el causante de este crimen.

EL MORTAL: ¡Quítame las manos de encima! Pedazo de mediocre cobarde.

A. DE LUZ: Vuelve a repetir tus insultos y enviaré tu alma a los infiernos.

EL MORTAL: Enfurécete, anda, quiero saber de lo que eres capaz.

A. DE LUZ (Alzando el cayado): No me provoques. Aunque seas un muerto, aún puedo influir en tu destino.

EL MORTAL: Inténtalo. Ahora mismo quiero ver que me arrojes a los avernos, a donde todos temen ir, excepto yo, porque todavía no salgo de esa prisión.

A. DE LUZ: Primero responde, sirviente de mierda. ¿Quién es el responsable de la devastación que ha estado enfermando a los arcángeles, y por consiguiente, a la humanidad? La figura de mi hermano es un síntoma de lo que ocurre en el mundo. Habla.

A. SEDUCTOR: Tú. Ningún otro podría ser la causa de los males. (Pausa.)

A. DE LUZ (Al Mortal): ¡Mentira! Dime que es mentira. (El Mortal ríe burlándose.)

A. SEDUCTOR: Por ti se han abierto las puertas de los dos grandes castillos y sus mejores guerreros salieron a combatir. Ignoro cuántos hayan sobrevivido, pero tú permaneces intacto.

EL MORTAL: Reconócelo, has nacido para encabezar campañas victoriosas. Demostraste nobleza al colocar sobre tu rostro el castigo impuesto a otro arcángel; escuché inteligencia cuando analizabas las soberbias palabras de tus contrincantes, y mantuviste la discreción; y en especial, surgió en ti el carácter en el momento de poner orden. Son todas, cualidades de un Emperador.

A. DE LUZ (Aturdido): No puede ser verdad lo que escucho. No puede ser verdad lo que veo. ¿para qué crear un mundo, para luego destinarlo al Apocalipsis?

A. SEDUCTOR: A uno de nosotros le dijiste que era capaz de mirar el futuro, cuando en realidad lo encaminabas hacia su propia perdición. Hermano, tú eres el dueño de las virtudes. No rechaces esa oportunidad.

A. DE LUZ (Aterrado. Las palabras del A. Seductor han sido reveladoras): Entonces, ¿eso significa que mis alucinaciones sí sucederán? ¿qué no se trataban de pesadillas, sino de revelaciones?

EL MORTAL (Con morbo): ¿Qué era lo que se te mostraba en esas alucinaciones, como tú las defines?

A. DE LUZ: Pude observar tropas de arcángeles dispuestos a demostrar su lealtad al Gran Padre, quien había convocado a los mejores, los más diestros y poderosos; a sus preferidos, porque estaban destinados para cumplir una misión, la más importante de sus existencias.

EL MORTAL: Sí, sí, continúa, no te detengas. Escucho, y ahora entiendo por qué las constelaciones mismas cambiaban de posición.

A. DE LUZ (En progresivo éxtasis): Vi, y veo, que fracasarán en su campaña, porque otro arcángel, más poderoso que todos juntos, se interpondrá en su camino.

A. SEDUCTOR (Inclinándose): Ese guerrero es usted.

A. DE LUZ: Lo ignoro... No, esperen. Hay algo más: Todavía no alcanzo a vislumbrar en qué consiste la misión por la cual combatiremos, pero lo cierto es que yo me encuentro ahí para enfrentarlos; con armadura de oro, montado en un corcel de hierro y empuñando un sable forjado con los fuegos eternos.

EL MORTAL: De eso se trata, de que tu mano sea implacable contra el adversario.

A. DE LUZ: Veo que uno, que cientos, que miles de millones caerán extinguidos, y de entre sus cenizas, mis leales soldados levantarán un templo en mi honor.

A. SEDUCTOR: ¿Un templo? Una catedral.

A. DE LUZ : Hasta mi catedral, se aproximarán los sobrevivientes para suplicar mi perdón, mi clemencia, mi piedad.

EL MORTAL: ¿ Y qué piensas hacer en ese momento ?

A. DE LUZ: Igual como fue empleado este mismo bastón de mando, mi sable cortará sus cabezas, y de cuyos cráneos, se formarán las torres de mi palacio.

EL MORTAL: Contundente, sin piedad.

 A. DE LUZ: ¡No existe la piedad para el enemigo! La piedad debilita y engrandece al adversario. (Cínico.) La compasión es un sentimiento otorgado a los pueblos y que sólo sirve para adormilarlos.

A. SEDUCTOR: Majestad, que vuestra mano guíe nuestros destinos hacia el triunfo.

A. DE LUZ: Majestad... Sí, me agrada el título... ¡Vengan todos a mí! Unámonos, para que juntos, destronemos al Gran Padre. Yo soy el nuevo y omnipotente monarca, y mi reino, lo veo claro, estará plagado de pestes, de guerras, de hambre, de miseria. (Se interrumpe a causa de una nueva revelación.)Esperen, veo algo más.

EL MORTAL: Seguramente observas la presencia de quien te acompañará en el trono. ¿De quién se trata? ¿seré yo?

A. DE LUZ: Veo otro arcángel. Pero no me acompaña, más bien llega buscando alianza.

EL MORTAL: Entonces habla, ¿qué es lo que pretende contigo?

A. DE LUZ: Retarme... y esas son todas las revelaciones.

EL MORTAL (Furioso): Imposible. Debe haber otro asunto, algo que nos indique la estrategia a seguir: Cuándo y en qué instante dará inicio el combate decisivo entre los ejércitos de arcángeles, y en especial, quién ocupará el trono de nuestras codicias. Por favor, no me decepciones, has un esfuerzo y concéntrate. Sólo tú puedes conocer el futuro.

A. DE LUZ: Olvídenlo, el futuro no existe. Lo que las visiones me han planteado es el conflicto de la libre elección. ¿No se dan cuenta? El arcángel que se me presenta en las visiones, era yo mismo... Ahora comprendo; el Gran Padre está poniendo a prueba mi temple, mi carácter...

EL MORTAL: ¡Basta! Tú eres uno de los nuestros y nos debes lealtad.

A. DE LUZ: ¿Otro juego de confusiones? Bien; si yo soy uno de los tuyos, entonces tú eres un arcángel disfrazado de mortal, o yo soy un mortal con apariencia de arcángel.

A.     SEDUCTOR (A A. de Luz): No provoque la ira del Supremo.

A. DE LUZ: Él me necesita, y la fuerza que se oculta bajo esa apariencia humana no será capaz de procurarme daño. Soy, ahora lo sabemos, una pieza estratégica, un arma secreta que utilizará en el momento oportuno, y para ello me prepara. ¿O me equivoco?

EL MORTAL: No. Excepto en un detalle. A la inteligencia infinita que mueve mis labios y que planea la cruzada que estamos por iniciar, al Ser Superior que me ha otorgado esta figura de mortal descomposición, deberías considerarlo como tu maestro, tu inventor, como tu auténtico padre. El Gran Padre, como tú lo llamas, no tiene un contrincante Maligno; el mal, es la otra parte de su personalidad. La Divinidad de protege, no cabe duda; eres su obra más perfecta, pero no lo defraudes porque podría destruirte.

A. DE LUZ: No me importa. Por un instante fui enloquecido por la seducción del poder, de un poder que me trasladaría al trono de los arcángeles, pero que rechazo.

A. SEDUCTOR: ¿Qué dices? Cualquiera se sentiría orgulloso de estar en tu sitio.

A. DE LUZ: Cualquiera que gozoso se arrastre en los chiqueros del infierno, y yo no estoy dispuesto a erigirme como el monarca de los cerdos.

A. SEDUCTOR (Horrorizado): ¡Arrepiéntete de tus palabras! Hazme caso, que tu vanidad herida no sea mayor que el perdón de nuestro Rey.

EL MORTAL (Con tranquilidad): Observa con atención la historia de la humanidad y adéntrate en sus oscuros callejones, repletos de ratas y de fétidos olores.

A. DE LUZ: ¿Debo seguir escuchando? Me aburren sus espíritus nefastos.

EL MORTAL: No hay un solo corazón que no hayamos influido; no hay un solo instante que no esté plagado de infecciones. ¿Entiendes? (Encara a A. de Luz.) Todos los hombres, sin importar la raza o fortuna, son larvas apiñonadas, atemorizadas, aferradas al mismo trozo de mierda. Siempre han sido así y no hay razón para que dejen de serlo.

A. DE LUZ: Todos los hombres, incluyendo a los arcángeles y a sus dioses.

EL MORTAL: Incluyéndolos a ustedes; yo no participo del festín, recuerda que estoy muerto. Ahora te pregunto, si esa naturaleza humana, ¿no es prueba suficiente de la existencia de un solo y auténtico imperio?

A. DE LUZ: No.

A. SEDUCTOR: Pero si usted mismo vio la miseria en las ciudades: Gente vertiendo sus infecciones sobre la gente que vierte sus rencores sobre la gente...

A. DE LUZ: Jamás se les ha ocurrido que la devastación, que los crímenes, que las plagas, que las guerras, que los traidores oportunistas, no son otra cosa que ilusiones inventadas por el Gran Padre para hacernos creer que el Mal está triunfando. (Pausa.) O para ponernos a prueba.

A. SEDUCTOR: Es verdad, no lo habíamos pensado.

EL MORTAL: Afortunadamente perteneces a nuestra hermandad. Tus ojos nos ayudarán a derrocar al Gran Padre.

A. DE LUZ: ¿De qué barbaridades me hablan? (Arroja lejos el cayado, mismo que recupera El Mortal.) Sus planes son absurdos, aunque contaran con el apoyo del mismísimo demonio. ¿Están concientes de quién es al que pretenden derrocar? Ya sucedió una vez y al estratega lo arrojaron hacia un castigo ejemplar.

A. SEDUCTOR: En esta ocasión será distinto.

A. DE LUZ: ¿Qué te hace suponerlo? ¿Qué o quién te inspira tanta confianza? (De un extremo, aparece el A. con Alas.) ¿Lo reconoces? ¿Quién asegura que no es víctima de un fanatismo ciego?

A. CON ALAS (Emite quejidos discretos. Ha sido despojado de sus alas y de la maya metálica, y en su lugar, le colocaron la máscara sin facciones, sólo que en esta ocasión, demuestra mayores deformidades. Se trata de una cabeza grotesca, con protuberancias con formas de pequeños monstruos.)

EL MORTAL: ¡Silencio! Desde mi punto de vista, lo que le ocurra a algunos arcángeles no debe preocuparnos. Preferible sacrificar al peón que a la reina, o al mismo rey. (Le ofrece el cayado a A. de Luz.) Lo importante es que permanecerás con nosotros como el estratega que requieren nuestros ejércitos.

A. DE LUZ: Imposible. Fue demasiado tentador, lo reconozco, pero no quiero, ni debo enfrentar al Gran Padre.

A. SEDUCTOR: Las consecuencias serían graves.

A. DE LUZ: Asumo mi responsabilidad.

EL MORTAL (Molesto): Más pareces una deidad que representa a los mediocres. Tú, menos que nadie, me puede engañar. El corazón te delata. (Vuelve a ofrecerle el cayado.) Toma el mando.

A. DE LUZ: Nunca.

EL MORTAL: Tu naturaleza fue inspirada por el Mal; tú eres de los nuestros. Admítelo. (Pausa.) ¡Responsabilízate del cargo que se te ha encomendado!

A. DE LUZ (Con dignidad): Guarda el cetro para otro ingenuo aventurero, que la defensa de nuestra hermandad, no me corresponde.

EL MORTAL (Con desprecio): Me lo imaginaba. Careces de agallas. (Escupe a los pies del A. de Luz.) Cobarde. (Maligno.) Y sin embargo, tienes una habitación reservada, que yo me encargaré de que confirmes con el dueño de los infiernos. (Sale empujando al A. con Alas.)

A. SEDUCTOR: Por favor, no nos abandone. (El A. con Alas también suplica.)

A. DE LUZ: No los abandono, porque nunca los he acompañado.

A. SEDUCTOR: Lo necesitamos. (Ayuda a A. con Alas a incorporarse.) Parece que usted es el único que mantiene intactas sus virtudes, bien podría emplearlas para curar la enfermedad de nuestro hermano.

A. DE LUZ: Luego. El diálogo con los muertos, seguramente motivado por el demonio, me ha resultado agotador. Quisiera un poco de descanso, hoy fue un día con demasiadas exaltaciones; hoy he visto el interior de mi propio corazón, y me atemoriza y me avergüenza el lado cobarde. Tanto como el lado noble, tanto como su parte embustera.

 


 

 

7. ENTRE CATATÓNICOS [En una aparente danza con la muerte, el A. con Alas camina, sin una dirección fija, como uno más de los catatónicos; es notoria la progresiva deformidad en la máscara, sin embargo, cualquiera supondría que es feliz por el tono de sus quejidos. El A. con Arco se integra al baile, tiene la mirada perdida. El pecho y la espalda, son abrazados por un enorme bulto, que no es otra cosa que un monstruo grotesco.]

A. CON ARCO: Escucha. Son las trompetas que anuncian al elegido, y al parecer, ninguno de nosotros fue invitado a la fiesta. (Continúa su deambular.) Observa. Sobre el océano naranja que la tarde transpira, una mujer se desnuda para recibir a su hombre. Llora, porque luego de treinta y seis años de matrimonio, ha comprendido que la vida se le ha derretido en pendejadas... Un grano de café reposa en el ombligo de la mujer y Dios comprende que ya es tiempo para morir. (Continúa su deambular.) ¿Qué fue lo que hicimos mal? Estuve tan cerca de merecer el reinado de los arcángeles, que me pareció oler las fragancias de la gloria... No cabe duda que el universo es el coño de una prostituta y no hay uno que no pretenda poseerlo, que no brame frente a la tentación. (Continúa deambulando.) Huele. Respira. Embriágate del aroma. ¿No es el sexo lo gentil que tú esperabas? Entonces prueba mi lengua humedecida por el miedo. Tócame. Yo soy la humanidad procedente del semillero de angustias divinas. Si por mi fuera, rasgaría la bolsa que protege a los hijos nonatos, para luego dejarlos a la deriva. Crearía una vía láctea de semen, libre, sin terrores, sin avaricias, sin demonios o parásitos... Pero ya es demasiado tarde para corregir los errores.

A. DE LUZ: Depende del lugar en donde te coloques.

A. CON ARCO: ¿Quién me habla? Te conozco, eres la misma voz que me trastorna cuando me inconformo por algo; la misma vocecilla que me acompaña desde mi gestación. (Reanudan su marcha.) Al fin y al cabo, este mundo no me pertenece y bien podría estallar ahora mismo con todos sus habitantes. Sólo así acabaríamos con las cucarachas. (Sentándose en el proscenio.) Con todos nosotros.

A. DE LUZ (Colocándose detrás del A. con Alas): ¿Así lo deseas? ¿Qué tal si repasamos el pasado? (Manipula, igual que a una marioneta, al A. con Alas.)

A. SEDUCTOR (Sin la joroba. Luce como al principio): "Odio este sitio. No entiendo porqué me has traído."

A. DE LUZ: "Porque es seguro; es, por excelencia, el lugar donde se obedece sin reclamos." (El A. con Alas se agita tratando de liberarse del A. de Luz.) Tranquilo, tranquilo. No luches contra mí. Yo significo la salvación, y de oponerte, el dolor seguiría invadiendo tu rostro.

A. SEDUCTOR: "Es tosco, triste, desolador, deprimente y horrendo; es la representación de la decadencia."

A. DE LUZ (A A. con Arco): ¿Estás poniendo atención?

A. CON ARCO: Completamente.

A. DE LUZ: Vine a darles una lección. Ignoraban que siempre estuve enterado de sus asambleas secretas. Cada palabra, cada gesto, cada detalle de su conspiración, se me reveló en el preciso instante en el que sucedía.

A. SEDUCTOR: "Si de conspirar se trata, prefiero que hablemos en mis territorios."

A. CON ARCO(Sin voltear a verlos): Mentiste para que cayéramos en tu trampa.

A. DE LUZ: Hacer trampa le corresponde a los perdedores. Como ustedes.

A. CON ARCO: La bondad y esa política de no participar en la contienda fue un movimiento muy inteligente para distraer nuestra atención.

A. DE LUZ: "¿Acaso mencioné la palabra conspiración? Seductor, eres un arcángel muy travieso." A diferencia de mis hermanos, mi postura es sincera.

A. CON ARCO (Voltea): Has cambiado. Incluso en tus gestos, en tu semblante, en como te paras y en como nos miras; encuentro una firmeza y una seguridad que me asustan. Será que elegiste el camino de las armas. ¿Pelearás?

A. DE LUZ: Busco alianzas.

A. CON ARCO: ¿Entre los moribundos como yo? ¿En qué te podríamos servir?

A. DE LUZ: En infundir desconfianza, miedo, incertidumbre. Ustedes serán mis promotores de la violencia, del temor, del rencor.

A. CON ARCO (Sarcástico): Habérmelo dicho antes. Acabas de revelarme mi propia imbecilidad. Jamás se me habría ocurrido la original idea de reclutar, ¿cómo dijiste?, ¿"promotores de la violencia"?

A. DE LUZ: Aún no termino de explicar. Imagínate una comunidad que vive atemorizada porque en cualquier instante asesinarlos o despojarlos de sus hijos; piensa en la humanidad, unos hambrientos y los otros columpiándose en la delgada cuerda que los sostiene de sus miserables empleos con sus miserables sueldos.

A. CON ARCO: Un mundo perfecto para el demonio de la incertidumbre. Y yo, ¿cómo encajaría en tus planes?

A. DE LUZ: Requiero de soldados que difundan el mal, y para ello, su aspecto debe distinguirlos, que al mirarlos, todos entiendan que no hay salvación.

A. CON ARCO (Parece entender y retrocede): Bastante tengo con mis propios temores como para que todavía vengas a acrecentarlos. (Es interceptado por el A. con Alas y el A. Seductor.) Tú no eras así, ¿qué te sucede? Antes escuchabas al resto de los arcángeles y los encaminabas hacia la mejor opción, pero no intervenías en sus existencias.

A.     DE LUZ: Sigo siendo el mismo arcángel, pero ahora con un propósito.

A. CON ARCO: Déjame ir, no los delataré ante el Gran Padre. Lo prometo. Soy tan insignificante que ni a la sombra de tu sombra podría aspirar. No podría servirte en nada, al contrario, soy torpe y echaría a perder tus planes.

A. DE LUZ: Eres... simplemente quien tienes que ser. Ni más ni menos. Cobarde naciste y como cobarde trabajarás para mí. Tu naturaleza me sirve para enfrentar, no al Gran Padre, como todos suponen, sino a otro adversario. Y para ello, no voy a obligarte a nada, prefiero que te unas a nosotros por voluntad propia.

A. CON ARCO: No me dejas otra opción.

A. DE LUZ: Innumerables ejércitos de arcángeles vienen en camino con el propósito de destruirme. Pero no temas, los enfrentaré solo.

A. CON ARCO: Sigo sin entender para qué quieres entonces que seamos tus promotores.

A. DE LUZ: Para que el mundo se prepare; para que los espíritus débiles esperen y anhelen mi llegada; para provocar al demonio.

A. CON ARCO: Vas a perder, lo sé, porque repites la misma fórmula que nosotros: Creerte más poderoso que el enemigo. Acepta un consejo, retírate de la contienda ahora que puedes, o acabarás con deformidades iguales, o aún peores que las nuestras.

A. DE LUZ: Eso no sucederá... He visto una guerra, y al término de la guerra, quedaremos dos contrincantes: El representante del Gran Padre... y por desgracia, yo seré el otro que continúe en pie.

A. CON ARCO: ¿Y luego? ¿Qué más viste?

A. DE LUZ: Mi triunfo ante la última esperanza del cielo...

A. CON ARCO: ¡Estupendo! Desde hace siglos esperaba oír esa noticia. El rey viejo va a morir y en su sitio, un nuevo emperador ocupará su trono. Espera a que se lo cuente a nuestro inmortal conocido, se entusiasmará como nunca. (Antes de correr, vuelven a detenerlo.) Aunque no hay prisa para dar las nuevas noticias.

A. DE LUZ: Cuando llegue el momento de enfrentar al Gran Padre, me rendiré.

A. CON ARCO: ¡Tú no puedes hacer eso!

A. DE LUZ: ¿Quién me lo prohibirá? ¿Tú? ¿O acaso el demonio? (Pausa.)

A. CON ARCO: Diles a tus sirvientes que me suelten.

A. DE LUZ (Con un  gesto ordena que lo liberen. El A. Seductor sale): Ganaré. Aunque esa parte del futuro que pretendo modificar aún no la vislumbro, estoy seguro de que ganaré.

A. CON ARCO: ¿Con alucinaciones? Confieso que el multiplicar la imagen de los arcángeles es un buen truco. Podría asegurar que en verdad me aprisionaban. Pero te hace falta una mejor estrategia para vencer al más grande de los perturbadores.

A. DE LUZ: Como por ejemplo, que un grupo de promotores del desconcierto lo distraigan anunciando mi triunfo. (Pausa.)

A. CON ARCO: Inteligente.  (El A. con Alas lo seguirá de cerca.) Anteriormente, la belleza fue una de mis cualidades, y por soñar con un trono efímero, fui humillado. Mírame. ¿Te parece digo de un arcángel llevar esta deformidad en el cuerpo?

A. DE LUZ: Cada quien tiene el aspecto que se merece; y me conviene, para mis fines, que seas más horrendo todavía.

A. CON ARCO: No me puedes obligar a nada.

A. DE LUZ: Insisto. Debes unirte por voluntad propia.

A. CON ARCO: Como tú, alguna vez estuve convencido de ser el elegido del Gran Padre, pero no fue así. A veces me gustaría saber qué hice mal.

A. DE LUZ: Continúas cegado por falsas expectativas. Te sorprendería saber que para el Gran Padre no existen los elegidos.

A. CON ARCO: Te equivocas.

A. DE LUZ: Ninguna raza, ni ciudad, ni doctrina, ni siquiera los arcángeles deberíamos considerarnos como seres de su preferencia. Es más, cuando escucha la palabra "elegido", le provoca náuseas.

A.  CON ARCO (Intenta nuevamente escapar, pero el A. con Alas se lo impide):  ¡Suéltame! (A A. de Luz.) Y tú, lo mejor será que te largues. No quiero servirte y no quiero que me vean junto a ti. Eres muy peligroso; lo percibo en el ambiente, en tus ojos, en el influjo que ejerces en los demás.

A. DE LUZ: Lloriqueas demasiado.

A. CON ARCO:  Es fácil decirlo por quien nunca fue castigado por el Gran Padre.

A. DE LUZ: Posiblemente. Pero recuerda que fui capaz de derretir mi rostro para liberarte. Ahora pondré a prueba mi propia inteligencia, y si las decisiones que he tomado no son las acertadas, aceptaré el castigo que el Gran Padre me imponga. Pero nunca seré un instrumento del mal.

A. CON ARCO: Estúpido. Antes te admiraba, pero ya no. Subestimas demasiado al demonio. ¿Acaso piensas que no está enterado de tus planes? ¿qué te hace suponer que no se lo diré? (Lo detiene el A. Seductor, quien nuevamente aparece con la joroba.) ¿Otro más de tus trucos de magia? ¿De cuántas formas puedes multiplicar la forma de un arcángel?

A. SEDUCTOR: ¿Y quién podría asegurar que somos verdaderos? ¿Cómo saber si existimos o si en realidad somos parte de una pesadilla humana? ¿y qué tal si nada de todo esto ha ocurrido? ¿Y si sólo fuéramos una vaga fantasía con la que el Gran Padre se divierte?

A. CON ARCO: Averígüenlo ustedes mismos.

A. DE LUZ: Hace falta que primero te sacrifiques, precisamente para comprobar que no hablarás demasiado y para incluirte en mi equipo. Toma la máscara que se encuentra en el arcángel despojado de sus alas y luego colócala en el rostro del que provino.

A. CON ARCO: ¡Nunca! No me puedes obligar a ponérmela. Permite que otro lo haga, o tú mismo. Una sola vez no basta para poner a prueba tu temperamento.

A. DE LUZ: "¡Basta! Tú eres uno de los nuestros y nos debes lealtad." (El A. con Arco, resignado, pretende obedecer.) ¡Un momento! Espera, no lo hagas.

A. SEDUCTOR: Majestad, permítame recordarle que ya no le queda mucho tiempo. Miles de guerreros se aproximan y nos debemos preparar para recibirlos.

A. DE LUZ: Es que, no puedo continuar con esta empresa. Las palabras que acabo de pronunciar... son mías, me son familiares y corresponden a mi pensamiento.... Sin embargo, tengo la impresión de que le pertenecen a otro.

A. SEDUCTOR: Eso es imposible. (Aparece El Mortal.)

A. DE LUZ: Presiento un raro influjo; como si mi individualidad hubiera sido invadida; como si las ideas que hago propias, surgieran de una inteligencia mayor. De repente, me he sentido como si fuera un feliz y obediente perro amaestrado, que será premiado luego de repetir el truco con eficiencia.

A. SEDUCTOR: ¿Qué hacemos entonces?

A. DE LUZ: No lo sé. Me siento desconcertado.

A. CON ARCO: Decídete pronto. Conviértenos en tus figuras monstruosas, o de lo contrario, si luchas contra una voluntad distinta a la tuya, devuélvenos nuestro original aspecto.

A. DE LUZ: Comprendo... Trataron de engañarme. Pues bien. Díganle a su amo que no prepararé la defensa, que no combatiré contra los arcángeles que vienen a destruirme. Explíquenle al Maligno que sus planes por derrocar al Gran Padre han fracasado. Menciónenle que rendiré mi espada, dispuesto a someterme a su perdón.

A. CON ARCO: ¿Y qué te hace suponer que el Gran Padre va a escucharte?

EL MORTAL (Viste con un elegante traje blanco y cuyos aditamentos, como el moño, el cintillo, las mancuernillas, los zapatos, el sombrero y el bastón, tendrán tonalidades rojas): Sí, explícanos, ¿qué te hace suponer que el Gran Padre pretenda escuchar las súplicas de un miembro de mi cónclave?

A. DE LUZ: Intuición.

A. CON ARCO: Definitivamente, eligieron a un perdedor.

A. SEDUCTOR (Con timidez, al A. de Luz): Usted perdone si me atrevo al expresar mis ocurrencias, pero, yo me pregunto, si el Maligno ha trastocado sus pensamientos, entonces, supongo, que el futuro que ha vislumbrado también es falso.

A. DE LUZ: Posiblemente.

EL MORTAL: Mentiras. Suponer que no puedes contemplar el futuro porque yo te he perturbado, es una mentira. Tú eres mi creación preferida y quién mejor que tú para representarme. Lucharás contra los soldados del cielo y recuperarás el trono que me corresponde.

A. DE LUZ: ¡Nunca! Fuiste derrotado una vez y volverás a caer. Te lo aseguro.

A. CON ARCO: Hay una membrana transparente frente a nosotros. (Tocando la invisible membrana.) De aquel lado se encuentra la humanidad, ¿los ven? No tienen ni la menor idea de lo que va a acontecer.

A. DE LUZ: Nadie lo sabe.

A. CON ARCO: ¡Tú lo sabes y prefieres ocultarnos la información!

A. DE LUZ: Es necesario para poder ayudarlos.

A. CON ARCO: ¿Y quién ha solicitado tu ayuda?

EL MORTAL (Ríe): Excelente pregunta. Lo que le sobra al mundo son caudillos sacrificados por las causas de la humanidad. Reconócelo; hasta para enfrentarme, se requiere de agallas. ¿Tú las tienes?

A. CON ARCO (Empuja al A. de Luz): Reacciona, imbécil. Has hablado de enfrentar al demonio, pero te escondes cuando te lo mencionan, o cuando se te aparece lanzándote un reto.

A. SEDUCTOR: La vanidad es su punto débil, Majestad, y seguramente le han hecho creer que posee la virtud de mirar el futuro para que equivoque su camino.

A. DE LUZ: De acuerdo, si eso es lo que quieren, pues que así sea. (Desenfunda su espada y reta al Mortal.) Asumiré mi responsabilidad y como primer acto de justicia, te ordeno que regreses a la oscuridad a la que perteneces. (Con gesto triunfal, el A. con Arco toma la máscara del A. con Alas; la muestra a los presentes, pero, inesperadamente, la coloca en el rostro del Mortal, quien emite un grito de dolor. A pesar del inesperado movimiento, el A. con Alas conserva otra máscara sin facciones, de cuyo rostro cuelgan enormes gusanos.) ¡Perfecto! Les dije que no podíamos fallar. Destruimos al emisario del mal. Ahora debemos apresurarnos para rendir nuestras espadas al Gran Padre.

A. CON ARCO: Un momento, algo raro está sucediendo, esto no es lo que habíamos planeado. Nuestro hermano no ha recuperado su rostro. (No lo escuchan, pues los entretiene una labor más urgente: El A. Seductor coloca sobre la cabeza del A. de Luz la maya metálica.)

A. DE LUZ: Tenemos el tiempo justo para recibir a los emisarios del Gran Padre. La siguiente etapa de nuestro plan es igualmente delicada.

A. SEDUCTOR: Llevas contigo nuestra confianza.

A. DE LUZ: Estoy convencido de que podemos evitar la guerra.

A. CON ARCO: Deténganse. Cómo pueden pensar en alianzas cuando uno de los nuestros ha caído en desgracia. (Sin escuchar, el siguiente paso consiste en colocarle las alas al A. de Luz.)

A. DE LUZ: ¡Estoy listo!

A. SEDUCTOR: Sabes perfectamente que nadie se te iguala. Posees una fuerza incomparable, capaz de vencer al Señor de los Avernos, y tú lo has demostrado. Ve y convéncelos. Seguramente que sólo con escuchar tu voz, te ganarás el respeto del enemigo.

A. DE LUZ: Regresaré con su amistad y con la unificación de nuestros ejércitos.

A. SEDUCTOR: O de lo contrario...

A.     DE LUZ: O de lo contrario... (Endurece el gesto.)

A.     SEDUCTOR: ¿Aceptarías ofensas, burlas o humillaciones?

A. DE LUZ: ¡Jamás!

A. SEDUCTOR: Te has tomado demasiadas molestias. Incluso, arriesgaste la vida al enfrentar al diablo. Eres un digno representante, así que no les permitas sus soberbias.

A. DE LUZ: ¡Que ni siquiera se les ocurra!

A. SEDUCTOR: Oblígalos a que reconozcan tu valentía, porque no eres ningún cobarde. Vas como arcángel de la paz, y por lo tanto, tienes derecho a ser escuchado, no a obedecer.

A. DE LUZ: Soy el arcángel que supo eliminar al Maligno, como ninguno de ellos se atrevió siquiera a intentarlo. En todo caso, ellos son los auténticos cobardes, que han vivido temerosos de Satanás. Yo no. Así que deberán asumir mis condiciones... En caso de que deseen permanecer vivos. (Sale decidido.)

[El A. con Arco detiene del hombro al A. Seductor para luego colocarle una máscara sin facciones. De igual forma, El Mortal, quien antes se debatía de dolor, ahora ríe, se incorpora y castiga al A. con Arco devolviéndole la máscara grotesca. Los arcángeles asumen una postura catatónica, confundiéndose entre los enfermos del lugar en el que se encuentran.]

EL MORTAL (Feliz): No cabe duda de que soy un maestro en el arte de encausar las debilidades ajenas. El Gran Padre deberá reconocer que jamás me rindo, que permanezco alerta para la pelea de campeonato... Indudablemente, ¡qué aburrida sería la existencia sin nuestros constantes enfrentamientos y sin la frecuente amenaza de que muy pronto, estoy seguro, ocuparé el tan codiciado trono. (Oscuro lento, acompañado por sus carcajadas, mismas que se desvanecerán por el sonido de trompetas.)

agosto de 2001

fzavar_7@hotmail.com

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