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USTED LO PASE BIEN, SEÑOR VERDUGO

de Rogelio San Luis

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

“USTED LO PASE BIEN, SEÑOR VERDUGO”

Farsa trágica de humor crítico en un acto, original de

Rogelio San Luis

 rogeliosanluis@yahoo.es  

PERSONAJES

(Por orden de aparición)

JUEZ

VERDUGO

REA

SACERDOTE

__________________

La acción, en un patíbulo.

Época, intemporal.

Lados, los del espectador.

__________________

 

 

ESCENARIO

Elegante y distinguido patíbulo.

Entradas en los laterales.

Al foro, telón negro.

En el centro del segundo término, un gran entarimado.

Demás cosas que exija la acción.


 

ACTO ÚNICO

(Se oye baja la Marcha fúnebre de Chopin. Se alza lentamente el telón. La escena está vacía. Se va iluminando un gran cepo en el entarimado del patíbulo. Se escucha fuerte la música. UN MOMENTO. SILENCIO. La luz ilumina todo el escenario. Tarde triste de invierno. Por el segundo izquierdo entra solemne JUEZ. Cincuenta años. Serio, frío, alto y fuerte. Viste una toga actual. Al frente sin dirigirse al público.)

JUEZ.-El ser humano no es bueno. Desea devorar a su presa. Los poderosos legislaron protegerse. ¡Habíamos surgido los jueces!

(Pasea a lo ancho de la escena.)

Los que privamos de libertad a los peligrosos. Los que llegamos a asesinarlos para que la vida sea más hermosa. Nosotros... ¡Somos criados del gran capital!

(Se para, como antes, en el segundo derecho.)

El fuerte invade países prósperos en minas de oro o pozos de petróleo. Anuncia, en el planeta, el producto que sale de sus fábricas. El débil compra armas a los que pronto serán sus invasores. Nosotros... ¡Legalizamos  territorios sin lógica y regados de sangre!

(Va al centro del segundo derecho.)

Las páginas de la historia se abren y suena idéntica marcha fúnebre. ¡Hojas rotas por el mismo verdugo!

(Por el segundo derecho entra VERDUGO. Treinta y cinco años. Triste, sensible, estatura normal y corpulento. Viste ropa corriente y actual. Lleva una capucha negra. Le da la mano.)

VERDUGO.-Admirado señor juez...

JUEZ.-Distinguido señor verdugo...

VERDUGO.-Usted lucha por un mundo más justo.

JUEZ.-Y usted se encarga de limpiarlo.

VERDUGO.-Trabajo no me falta, llego a casa cansado. Soy un hombre útil. ¡Gano mi sueldo honestamente!

JUEZ.-¡Qué gran ejemplo el suyo! ¡Solicitaré para usted la Medalla del Trabajo!

(Se miran. PAUSA.)

VERDUGO.-¿Se imagina una sociedad sin verdugos? ¡Sería perfecta!

JUEZ.-Un verdugo tan sentimental... Así no llegará muy lejos. ¡Trabaje! ¡¡Produzca con ilusión!!

VERDUGO.-¡Ninguna mujer trabajaría en lo mío! Ellas dan a luz y... ¡nosotros la enterramos en las sombras!

(Mutis por el segundo derecho. Mira al cepo.)

JUEZ.-La almohada para dormir el más profundo de los sueños. ¡El cepo! Aguarda a su inseparable amiga...

(Por el segundo derecho entra VERDUGO. Trae una gran hacha y la exhibe.)

VERDUGO.- ¡¡El hacha!!

JUEZ.-¡¡Una obra de arte!!  ¿Está bien afilada? El tiempo es tan importante...

VERDUGO.-Fue una tarde de invierno como hoy. La hoja no se encontraba en condiciones...

(Da muy fuerte y rápidamente con el hacha en el cepo.)

¡¡Tranquilo!! ¡¡Ahora!! ¡¡No se desespere!! ¡¡Acabo inmediatamente!! ¡¡Un poco de paciencia!! Tres días...

(Deja el hacha sobre el cepo.)

JUEZ.-¡Un éxito!

(Mutis por el segundo izquierdo. Se vuelve hacia el público y llora.)

VERDUGO.-¡Ay! ¡Qué pena tan grande! ¡Gano la vida suprimiendo la de los demás! ¡Lloro por mis clientes!

(Se comienzan a oír voces y coge el hacha. Por el segundo izquierdo entra JUEZ. SILENCIO. Por el primero derecho, atadas sus manos, entra REA. Veintiocho años. Alta, rubia, gran melena. Muy guapa y fina. Viste un elegante traje de la Edad Media. Avanza lenta hacia el patíbulo. Para sí.)

REA.-El pueblo se alegra con las ejecuciones. Ya veo el patíbulo que cerrará mis ojos para siempre.

JUEZ.-¿Por qué mató a su pobre marido con un cuchillo? ¿Tiene algo que alegar en su defensa la rea?

(Se para. Cesan las voces.)

REA.-¡Sí! Me pegaba, maltrataba, humillaba. Vivir con él era un infierno. ¡Fue un buen trabajo!

JUEZ.-Sólo era una paliza diaria... ¿Es eso un motivo? ¡La vida sólo nos la puede quitar Dios!

REA.-Tiene usted razón, señor juez. ¡Cuántos crímenes se cometen en su nombre!

(Avanza decidida hasta el patíbulo)

VERDUGO.-Bienvenida, señorita.

REA.-¿Señorita...? ¡Yo soy viuda!  Entre nosotros... ¿Usted cómo va a hacer? ¡Tengo derecho a informarme!

(Le da el hacha y ella la coge.)

VERDUGO.-Coja esto, por favor. ¡Sencillísimo! Únicamente consiste...

(Pone la cabeza en el cepo.)

Poner relajada la cabeza aquí. Mostrar el cuello con la mayor sencillez. Y luego con el hacha...

(Alza decidida el hacha.)

REA.-Me recuerda tanto a mi difunto esposo...

(Se incorpora rápido y muy asustado.)

VERDUGO.-¡¡No!!

(Le coge el hacha. Por el primero izquierdo entra SACERDOTE. Sesenta años. Alto, delgado, pelo blanco y muy agradable. Viste una sotana actual y trae un breviario. Se dan la mano.)

JUEZ.-¡Padre! ¡Siempre tan puntual!              

SACERDOTE.-¡Qué alegría, señor juez!

(Van hasta el patíbulo. Presentaciones. Se dan la mano.)

JUEZ.-Aquí la que vamos a ajusticiar.

SACERDOTE.-Es un placer, hermana.

REA.-Me encanta su galantería.

JUEZ.-Aquí el señor verdugo.

SACERDOTE.-He oído hablar mucho de usted.

VERDUGO.-Coincidimos con tanta frecuencia...

(Mutis JUEZ por el segundo izquierdo y VERDUGO, con el hacha, por el segundo derecho.)

SACERDOTE.-¡¡Enhorabuena!! ¡¡Esto se llama ser afortunada!

REA.-Un poco de seriedad... ¿Los curas se visten de payasos en los patíbulos?

SACERDOTE.-¡Vas a ver al Altísimo! ¡¡A gozar de la vida eterna!! Una económica confesión...

(Ella se arrodilla y entrelaza sus manos. El pone una estola morada y junta sus manos.)

REA.-Ave María Purísima.

SACERDOTE.-Sin pecado concebida.

REA.-¡He matado a mi marido!

SACERDOTE.-¡Qué horror! ¡No lo vuelvas a hacer más!

REA.-¿Piensa que estoy arrepentida? Qué poco me conoce. ¡Lo mataría nuevamente!

SACERDOTE.-En ese caso, y sintiéndolo por tu brillante futuro, no puedo darte la absolución.

(Se levanta mientras él quita la estola.)

REA.-¡Las bendiciones de ustedes son como las de los mancos!

(Por el segundo izquierdo entra JUEZ.)

SACERDOTE.-Se niega a arrepentirse, señor juez. ¡No puedo ser cómplice de este asesinato!

(Mutis por el segundo izquierdo.)

JUEZ.-¡¡Cúmplase la sentencia!!

(Mutis por el segundo izquierdo. Por el segundo derecho entra VERDUGO con el hacha. Va hasta el patíbulo mientras se escuchan voces entusiasmadas. Los personajes se miran serios. GRAN SILENCIO.)

VERDUGO.-Señora... Tengo que decapitarla. ¿ Me guardará rencor?

REA.-No...  Cumple honradamente con su deber. ¡Todos los verdugos duermen con la conciencia tranquila!

(Deja el hacha en el suelo.)

VERDUGO.-No sirvo para esto. ¡No cuente conmigo para cortarle la cabeza!

REA.-Se está comportando como un niño. No pierda su venturoso porvenir... ¡Qué decepción!

(Pone la cabeza en el cepo. Coge el hacha y se dispone fuertemente  a decapitarla.)

VERDUGO.-¡¡Va a salir un pajarito!!

REA.-¡¡Animo!!

(Deja caer derrotado el hacha.)

VERDUGO.-No puedo.

(Se levanta confusa.)

REA.-Usted es un vago...

(Se miran serios. UN MOMENTO.)

VERDUGO.-Desde que la vi por primera vez... Algo nuevo y maravilloso brotó en mí.

REA.-Tiene un gusto para elegir...

(Rodilla derecha en el suelo y las manos en el corazón.)

VERDUGO.-Condenada mía... ¡Estoy enamorado de ti!

(Se vuelve.)

REA.-¡Calla! Nuestro amor es imposible.

(Se levanta y deja caer los brazos.)

VERDUGO.-¡Te quiero, corazón mío! ¡No puedo vivir sin ti!

(Lo mira.)

REA.-Yo... ¡No puedo vivir contigo!

(Se abrazan y besan fuertemente. UN MOMENTO. Por el segundo izquierdo entra asombrado JUEZ.)

JUEZ.-¡¡Sean responsables!! ¡¡Está prohibido amar en un cadalso!!

(Se separan y corren hasta él.)

VERDUGO y REA.-¡¡Señor juez!!

VERDUGO.-¡¡Queremos casarnos!!

REA.-¡¡Es mi última voluntad!!

JUEZ.-Como juez y en virtud de mi cargo, declaro unidos en matrimonio al verdugo y la rea. ¡Suerte!

(Por el segundo izquierdo entra SACERDOTE con el breviario.)

SACERDOTE.-¡No debéis vivir amancebados! ¡Recapacitad! ¡Las bodas por la Iglesia son más duraderas!

REA.-Si vamos a permanecer más tiempo unidos...

VERDUGO.-Lo pensaremos antes de decidirnos.

(VERDUGO y REA, cogidos de la mano, hacen rápidos mutis por el segundo derecho. JUEZ y SACERDOTE se miran serios. La luz del anochecer va oscureciendo la escena. UN MOMENTO.)

JUEZ.-Está anocheciendo. Tardan mucho. ¡No vienen!

SACERDOTE.-Tranquilícese. Estos jóvenes...

JUEZ.-¿Y si se fugasen? Los encontraremos. ¡Serán ejecutados! Tal vez usted...

SACERDOTE.-¡Nunca! Murmurarían los fieles. ¡Un verdugo con sotana!

(Por el segundo derecho entra triste VERDUGO. Viste de lujosa y actual etiqueta. Lleva puesta la capucha.)

VERDUGO.-¡Nos ha engañado a todos! ¡Me aceptó como marido para abandonar el patíbulo!

(Sube al patíbulo y se sienta desolado en el cepo.)

JUEZ.-¡Se ha reído de nosotros! ¡Este es el final de mi carrera!

SACERDOTE.-¡Qué pocas aspiraciones! ¡Renuncia a la vida que nunca muere!

(Se levanta.)

VERDUGO.-No he perdido la ilusión de mi existencia. Estoy sufriendo la más cruel de la pesadillas. Y sueño, sigo soñando, de que ella vendrá a mí.

(Por el segundo derecho entra seria y solemne REA. Viste de novia, sus manos continúan atadas y lleva un ramo de azahar.)

¡¡Cariño!!

(REA camina lenta, y ajena a todo, hacia el patíbulo.)

JUEZ.-¡Qué inmensa dicha! ¡¡No se ha fugado!!

SACERDOTE.-¿Ha conocido alguna que desprecie este momento?

(REA sube al patíbulo.)

VERDUGO.-¡La rea de mi vida!

REA.-¡Mi verdugo ideal!

(Ella se sitúa a la izquierda de él y miran felices al público. UN MOMENTO. SACERDOTE sube al patíbulo y se pone delante de ellos y de espaldas al público. Entre ellos.)

VERDUGO.-Yo, el verdugo, te deseo rea mía como esposa y me entrego a ti en lo grato e ingrato.

REA.-Yo, la rea, te deseo verdugo mío como esposo y me entrego a ti hasta que la muerte nos separe.

(Se ponen, al unísono, de rodillas. Los bendice.)

SACERDOTE.-Yo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo os declaro marido y mujer.

(La pareja se levanta y él le baja el velo a ella. Dándoles la mano.)

¡Que sea para bien!

REA.-Muchísimas gracias.

VERDUGO.-No sé cómo agradecerlo.

(JUEZ sube al patíbulo y les da la mano a la pareja.)

JUEZ.-Mi más sincera enhorabuena.

VERDUGO.-Me emocionan sus palabras.

REA.-¡Mi nuevo marido me tratará mejor que el primero!

(JUEZ y SACERDOTE bajan del patíbulo y hacen mutis rápido por el primero derecho. Se miran ilusionados. UN MOMENTO.)

VERDUGO.-Ya eres mi mujer.

(Deja caer el ramo de azahar.)

REA.-¡Y tú mi esposo!

(Pone la espalda sobre el cepo. Una luz muy débil ilumina a los personajes. El se sitúa sobre ella.)

VERDUGO.-La vida es el mejor invento en el registro de la naturaleza.

REA.-Por eso la pena capital no tiene pies ni cabeza.

VERDUGO.-Los suicidas son unos desertores de la única guerra sin muertos.

REA.-Las batallas deberían suspenderse en señal de duelo.

VERDUGO y REA.-Ahora... ¡En este instante! ¡¡Suena en nosotros la música del universo!!

(Se ponen de pie mientras desaparece la luz débil y sigue anocheciendo. Por el primero derecho entran JUEZ y SACERDOTE con el breviario. VERDUGO coge el hacha. Muy triste.)

REA.-¡Qué pronto se destruye un matrimonio!

VERDUGO.-¡¡Me niego, señor juez!! ¡¡Yo no la decapito!!

JUEZ.-¡¡Tiene la obligación!! ¡¡No va a manchar su esplendoroso currículum!!

(Pone la cabeza sobre el cepo.)

REA.-¡Soy toda tuya!

(SACERDOTE sube al patíbulo, abre el breviario y se dirige a ella.)

SACERDOTE.-¡Hoy es un día que nunca olvidarás! ¡La puertas del cielo se abren para ti!

(VERDUGO se decide a cumplir con su deber.)

REA.-¡Te quiero, verdugo!

VERDUGO.-¡Mi rea idolatrada!

(Va bajando mucho la luz.)

REA.-El día va muriendo como yo. Mi corazón se sumerge entre las sombras. ¡Muy pronto nos veremos!

(Se dispone a darle muy fuerte con el hacha.)

VERDUGO.-¡¡Me voy a quedar viudo!!

(Va a decapitarla.

OSCURO

(Se hace la luz. La escena representa un cementerio. En el centro del segundo término, un lujoso panteón. Cipreses esparcidos por la escena. Mañana soleada de invierno. Días después. SILENCIO. Por el primero izquierdo entra VERDUGO. Viste de negro y trae unas flores en la mano. Capucha.)

VERDUGO.-Me dijeron que vivía por aquí... Hay tantos panteones... ¡¡Eh!! ¿¿Dónde estás, cielo?? ¡¡Soy yo!! ¡¡Tu verdugo!! No responde. ¡Qué falta de cortesía! Esta mujer debió de perder la cabeza.

(Por la puerta del panteón entra REA. No tiene atada las manos. Viste su traje de novia que ahora está ensangrentado. Su cara y sus manos están muy blancas.)

REA.-¡¡Mi tesoro!!

VERDUGO.-¡¡Amor mío!!

(Se abrazan y besan fuertemente. UN MOMENTO. Se separan.)

Te encuentro muy bien. ¡Estás muy guapa! Te creció la cabeza.

REA.-Nunca me las has querido cortar.

VERDUGO.-Tu traje de novia... ¡Hay sangre!

REA.-Te culpas. ¡Yo no la veo! Pero... ¿Te has puesto de luto por mí?

VERDUGO.-¡Eras mi esposa! ¡No he podido olvidarte!

REA.-Nadie que ama pierde a su ser querido. Por eso volvemos a estar juntos.

(Se las entrega.)

VERDUGO.-Te traigo estas flores. Hacerte una visita sin un obsequio...

REA.-¡Oh! Son preciosas. Voy a ponérmelas a mí misma.

(Las deja encima del panteón.)

VERDUGO.-Pensar que cambiaste de domicilio por mi gran hachazo...

REA.-No me dolió nada...  Fue como una dulce caricia. Ay, siempre lo recordaré.

VERDUGO.-¿Lo pasas bien aquí? ¿Qué es de tu vida?

REA.-Los cementerios son muy divertidos. ¡No tienes tiempo para nada!

(Suena el vals “Voces de primavera” de Strauss. La saca a bailar.)

VERDUGO.-¿Me concedes esta pieza?

REA.-Encantada.

(Bailan felices por todo el escenario. UN MOMENTO.)

VERDUGO.-Estás bellísima. ¡Cómo te favorece la muerte!

REA.-Mira que me lo voy a creer...

VERDUGO.-Eres la ilusión de mi existencia. ¡Sólo pienso en venir a verte cada día!

REA.-Y yo te esperaré. ¡Me has hecho sentirme viva!

(Bailan lentos sin dejar de mirarse. UN MOMENTO.)

VERDUGO.-¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Coincidimos en aquel hermoso patíbulo. Yo era el verdugo.

REA.-Y yo la rea. Nos miramos... ¡Y creamos la más hermosa historia de amor!

VERDUGO.-Somos felices, en esta soleada mañana de invierno, con la sonrisa de todos los relojes.

REA.-Pasan los días, las semanas, los meses... ¡Arrancamos las hojas de nuestros calendarios!

(Suena fuertemente la música y bailan rápidos y dichosos. UN INSTANTE. Se separa dolorida mientras cesa la música. La suelta sorprendido.)

VERDUGO.-¿¿Qué te sucede?? ¿¿Te encuentras mal?? ¡¡Llamaré al médico de guardia!!

REA.-No te asustes, cariño. ¡Unas ligeras molestias! ¡¡No son síntomas de muerte!!

(La lleva con cuidado hasta el panteón.)

VERDUGO.-Así... Despacito... Muy serena... ¡Conoceré tu hogar!

REA.-¡Un manantial de vida!

(Mutis de los dos por el panteón. Se escucha el llanto de un bebé.)

VOZ REA.-¡Niño! ¡¡Hijo mío!! ¡¡Cómo se parece a ti!!

VOZ VERDUGO.-Tus padres ya han muerto. ¡Sigues creciendo! ¿¿Qué serás de mayor??

(Por el panteón entra VERDUGO. Viste como al principio. Capucha. Mira al frente.)

VERDUGO.-Todos los verdugos nacemos en un cementerio. Somos hijos de otro verdugo y de una condenada a muerte. El fruto de un amor en un cadalso. Cada época presenta el último modelo para las ejecuciones. Me llaman... ¡Un verdugo siempre es puntual en el empleo de una fábrica de cadáveres!

(Se dirige decidido al primero izquierdo.

OSCURO

(Se hace la luz. Entarimado del principio. Sobre él, un montón de leña. Detrás un palo largo y una cuerda. Tarde de invierno. La escena vacía. UN MOMENTO. Por el primero izquierdo entra JUEZ. Viste como antes. Mira ausente al público.)

JUEZ.-En esta tarde de invierno, el juez va a hacer realidad su sentencia. La pena de muerte es tan antigua como el hombre. Los años, los siglos, el tiempo pasa. ¡La historia continúa!

(Por el segundo derecho entra VERDUGO. Viste como antes.)

VERDUGO.-Siempre en mi puesto, señor juez.

JUEZ.-Su actitud le ennoblece, señor verdugo.

(Frotándose las manos.)

VERDUGO.-Hace un frío...

(Sube al patíbulo.)

JUEZ.-Pronto habrá calor en el patíbulo.

(Por el primero derecho entra REA. Es la misma de antes. Viste ropa del siglo XIII. Viene seria y derrotada. Avanza, sin fuerzas y atadas sus manos, hacia el patíbulo. Voces complacidas de la muchedumbre.)

JUEZ.-Bienvenida a este lugar confortable. Se le acusa de un delito de brujería. ¿Tiene algo que alegar?

(Se para. Cesan las voces.)

REA.-Mi inocencia. Que se me condene por una herejía insignificante... ¡Es demencial!

JUEZ.-¿Acaso no es la peor de todas las herejías negar la existencia de Dios?

REA.-¡No me lo han presentado! Si lo conociese, lo hubiese traído hasta aquí...

JUEZ.-Usted carece de toda lógica. ¿Quién creó el mundo?

REA.-¡Eso me pregunto! ¿Lo sabe usted?

JUEZ.-¡Diga Dios que puede acertar!

REA.-¿Para tolerar la pena de muerte? ¡Somos hijos de la diosa naturaleza y en ella nos destruiremos!

JUEZ.-¡Cuánta incultura! Dios, que le gustaba este mundo, se hizo hombre para salvarnos.

REA.-¿¿De qué?? Si nos crease para ser felices como Él... ¡No se hacen experimentos en su laboratorio!

(Por el primero izquierdo entra rápido y agresivo SACERDOTE. Viste como antes. No trae el breviario.)

SACERDOTE.-¿Qué dice este ser maldito?

JUEZ.-¡No abjura de sus pobres ideas!

SACERDOTE.-Cuánta necedad. ¡Y Cristo que se dejó morir pensando en ella!

REA.-Si yo aún no había nacido...

(JUEZ y SACERDOTE la acusan airados con sus índices.)

JUEZ.-¡¡A la hoguera!!

SACERDOTE.-¡¡Muerte en la hoguera!!

REA.-¿¿Por ver la evidencia??

JUEZ.-¡¡Bruja!!

SACERDOTE.-¡¡Limpiemos el mundo de brujas!!

(REA sube serena al patíbulo. Le da la mano.)

REA.-Señor verdugo... Le deseo larga vida.

VERDUGO.-Lo mismo digo, señora condenada. Con su permiso y siempre que no le parezca mal...

(La coge y la ata al palo, quedando delante de la leña.)

REA.-¡Su hacha acabó cortando la leña!

(Se dispone a encender la leña.)

VERDUGO.-No se ponga nerviosa. Este invierno es muy frío. Gozará de la temperatura ideal.

REA.-Siento, sin ánimo de ofenderle, un poco de calor.

(Mofándose.)

JUEZ.-¡¡Arde!! ¡¡Quémate con tus irreverentes ideas!! ¡¡Bruja asquerosa!!

SACERDOTE.-¡¡Es el final que mereces!! ¿¿Dónde está tu errónea sabiduría?? ¡¡No te salvarán tus brujerías!!

(Comienza a llover intensamente. Se apaga el fuego. Gran sorpresa.)

VERDUGO.-¡¡Qué contrariedad!!

REA.-¡¡Van a elegir el momento!!

JUEZ.-¡¡Esta lloviendo torrencialmente!! ¡¡Es imposible ejecutarla!!

SACERDOTE.-¡¡Ella es la culpable!! ¡¡El diablo nos manda este diluvio!!

REA.-¡¡Hipócritas como ustedes deberían estar en mi lugar!!

VERDUGO.-¿Qué hacemos? Saben que quemo muy bien. ¡Es la primera vez que me sucede!

JUEZ.-Un poco de paciencia. ¡No se alteren! Pronto escampará.

(Se pone de rodillas y reza.)

SACERDOTE.-Señor, no permitas que llueva para que podamos quemar a esta desgraciada.

(Se levanta rápido y deja de llover. Alegría en todos excepto en REA.)

¡¡Milagro!! ¡¡Ha dejado de llover!! ¡¡Mis oraciones han llegado al cielo!!

JUEZ.-¡¡Dios quiere que se cumpla la sentencia!! ¡¡Adelante verdugo!! ¡¡Puede volverse atrás!!

VERDUGO.-¡¡Me esmeraré!!

(Enciende la leña mientras se escuchan gritos de felicidad. UN MOMENTO. JUEZ y SACERDOTE avanzan dichosos hasta el patíbulo. SILENCIO. La luz desaparece y sólo se ve una luz muy roja en el cuerpo de REA. UN MOMENTO. Entregada.)

REA.-¡Mi cuerpo es una llama! Me estoy convirtiendo en ceniza... Ay... Qué dolor tan cruel. Vuelvo a la nada que me convirtió en vida. Me muero... ¿Qué delito... he... cometido...? Solamente... pensar.

CORTINAS

(Se descorren las cortinas y la luz inunda la escena. Mismo escenario y una tarde de invierno. Sobre el entarimado, y frente al público, hay una guillotina. La escena vacía. Por el segundo derecho entra VERDUGO. Viste como antes. Capucha. Sube al patíbulo y acaricia la guillotina.)

VERDUGO.-¡Qué gran invento la guillotina! ¡¡Es preciosa!! Pobres... Cómo trabajaban antes mis compañeros. ¡Unos abnegados! Ahora, gracias al progreso, se le da aquí y... ¡no hay que mancharse las manos!

(Por el segundo izquierdo entra JUEZ. Viste como antes. Mira ausente al público.)

JUEZ.-¡Ha llegado la Revolución francesa! ¡Igualdad, libertad y fraternidad! ¡Se ha acabado el poder de la aristocracia y de la Iglesia! ¡Despierta pueblo dormido! ¡¡Ha nacido un mundo nuevo!!

(Por el primero derecho entra REA. Viste un elegante vestido de aristócrata del Siglo XVIII. Sus manos están atadas. Va majestuosa al patíbulo. Voces jubilosas. VERDUGO besa su mano. Cesan las voces.)

VERDUGO.-A sus pies, aristocrática dama.

REA.-Mi plebeyo verdugo. ¡Qué placer conversar con un ser inferior!

JUEZ.-¡Acabe pronto, verdugo! ¡Los que esperan son amantes de la puntualidad!

VERDUGO.-Señora... ¿Tiene la bondad de poner aquí su cabeza? Es un momento. Ya lo comprobará.

REA.-Despreciables lacayos... Están ahí  por nosotros. ¿De qué nos acusan?

JUEZ.-¡¡De oprimir al pueblo!! ¡¡De no dejarlo respirar!!

REA.-¡Qué atrocidad! Creamos verdugos para ser sus víctimas.

(Ceremoniosos.)

VERDUGO.-Refinada aristócrata.

REA.-Mi galante verdugo.

VERDUGO.-La gentil guillotina la aguarda.

REA.-No puedo negarme a sus exquisitos deseos.

(Va por detrás de la guillotina y pone su cabeza en ella.)

VERDUGO.-Su faz embellece esta maravillosa tarde de invierno.

JUEZ.-¡Cúmplase la sentencia!

(Se incorpora rápida.)

REA.-¡¡Me niego a perder la vida!!

(Avanzando hasta el entarimado.)

JUEZ.-¡¡Cuánta ostentación!!

VERDUGO.-Colabore para que pueda vivir.

(Va hasta delante de la guillotina.)

REA.-¡¡No me ejecutarán hasta que hable con mi confesor!!

(Por el primero izquierdo entra SACERDOTE. Viste igual. No trae el breviario.)

SACERDOTE.-¡¡Señora!!

REA.-¡¡Reverendo Padre!!

(Le da la mano.)

JUEZ.-Encantado, señor cura. Sea usted breve.

SACERDOTE.-Enseguida acabo, señor juez. ¿Qué pecados va a tener? ¡Es muy virtuosa!

(Sube al patíbulo. Le besa la mano a él.)

REA.-Mi santo confesor.

SACERDOTE.-Elegida del Señor.

(Presentando.)

REA.-Este miserable va a ser mi verdugo.

(Le da la mano.)

SACERDOTE.-Mucho gusto, estudioso de la guillotina.

VERDUGO.-Sus palabras me engrandecen.

REA.-Padre... Antes de morir, preciso confesarme.

(Va hacia la derecha del patíbulo.)

SACERDOTE.-Un ángel como usted no lo precisa.

(Va solemne hacia él y se pone de rodillas. Voces bajas.)

REA.-Me acuso de engañar al noble de mi esposo.

SACERDOTE.-¡Qué sorpresa! Lo que menos esperaba... ¿Cuántas veces?

REA.-Lo sabrá usted. ¿O es que ya lo ha olvidado?

SACERDOTE.-No... Si sólo fue conmigo...

REA.-Se atribuye una exclusiva... Un poco de humildad. Si le contase...

SACERDOTE.-¿El marqués...?

REA.-Puede...

SACERDOTE.-¿El duque...?

REA.-Es posible...

SACERDOTE.-¿Alguno más?

REA.-¡Toda la corte!

SACERDOTE.-¡Me ha engañado! ¿Se da cuenta? ¡Me niego a darle la absolución!

(Se levanta.)

REA.-Padre... Somos humanos. Un desliz lo puede tener cualquiera. ¡No es para tanto!

SACERDOTE.-¡Sólo me ha sido fiel con su marido! Me siento tan disgustado...

REA.-¿Y la condesa?

SACERDOTE.-Soy tan caritativo...

REA.-¿La baronesa?

SACERDOTE.-Hacerle un desprecio...

REA.-¿He omitido alguna?

SACERDOTE.-¡No tengo tan buena memoria!

(Se miran. PAUSA.)

REA.-Señor juez... Mi confesor reúne tan grandes virtudes...

JUEZ.-Indudablemente. ¡Está a favor de la revolución!

REA.-¿¿Él?? ¡No sea usted ingenuo! Si conociese lo que piensa...

(JUEZ observa fijamente a SACERDOTE. PAUSA LARGA.)

SACERDOTE.-¿De qué es usted juez? ¿Qué poderes le otorga el populacho? La Iglesia y los aristócratas somos los únicos seres decentes para gobernar. ¡Asesinos! ¡¡Muera vuestra pestilente revolución!!

JUEZ.-¿Cómo se atreve? ¡Tendrá su merecido! Señor verdugo... ¡¡Este cura a la guillotina!! Y van...

(A SACERDOTE y REA.)

VERDUGO.-¿Tienen la amabilidad? Hoy me consagro.

(SACERDOTE y REA van hasta detrás de la guillotina.)

JUEZ.-¡¡Ese par de cabezas!!

VERDUGO.-¿Quién va a ser el primero o procede sortear?

(Muy ceremoniosos y señalando la guillotina.)

SACERDOTE.-Distinguida aristócrata.

REA.-Reverendo Padre.

SACERDOTE.-Usted primero.

REA.-No lo puedo consentir.

SACERDOTE.-Tiene preferencia una dama como usted.

REA.-Un sacerdote es muy superior.

(Se miran. PAUSA.)

SACERDOTE.-En ese caso...

REA.-Para no hacerles esperar...

(SACERDOTE y REA ponen, al unísono, sus cabezas en la guillotina y miran ausentes al público.)

JUEZ.-¡Eso se llama emplear bien la cabeza!

(Voces ilusionadas. UN MOMENTO. SILENCIO. VERDUGO se dispone a accionar la guillotina.)

VERDUGO.-¡Algún día el exterminio será con el mínimo esfuerzo!

CORTINAS

(Se descorren las cortinas. Mismo escenario y misma hora en primavera. Sobre el entarimado, y frente al público, una horca. Delante un pequeño banco. La escena vacía. Por el segundo izquierdo entra JUEZ. Se queda mirando feliz a la horca.)

JUEZ.-La horca... ¡Qué bonita es! Un invento extraordinario. Ay, no me canso de mirarla. ¡Dan ganas de llevarla a casa! Por eso yo, juez, me disponga a ordenar que la utilicen en esta alegre tarde de primavera.

(Por el segundo derecha entra VERDUGO. Viste como antes. Capucha.)

VERDUGO.-Buenas tardes, señor juez.

JUEZ.-Me alegro de saludarle, honorable verdugo.

(VERDUGO sube al patíbulo y se coloca al lado de la horca.)

VERDUGO.-La horca la estrenamos hoy. ¡Qué honor ser el primero! ¿Quién es la persona afortunada?

JUEZ.-¡Alguien que lo recordará toda la vida!

(Por el primero izquierdo entra REA. Viste ropa de una trabajadora del Siglo XIX. Las manos atadas. Se dirige airada hasta el entarimado. Se oyen voces entusiasmadas. SILENCIO.)

REA.-¡Oh, mundo burgués y sin escrúpulos! ¿Qué hizo esta mujer trabajadora para ser condenada a muerte?

JUEZ.-¿Se acuerda del primero de mayo? ¡Le han cambiado la mente con ideas despreciables!

REA.-¿Un trabajador va a ser esclavo del patrón mientras él se lucra con el sudor de nuestro esfuerzo?

JUEZ.-El empresario no quieren que mueran de hambre. Les regala un buen salario para que vivan dignamente.

REA.-¡Una limosna! Trabajamos día y noche. ¡Nos hemos olvidado de dormir! ¡¡Pedimos una jornada laboral de ocho horas!!

JUEZ.-¡Qué vicio tan grande! Y quieren dormir... ¡Pretenden edificar una sociedad de parásitos!

REA.-¡¡Nuestra muerte no será estéril!! ¡¡Daremos la vida por un mundo en el que se repartan los beneficios!!

JUEZ.-¡Qué equivocada está! ¡¡Están hundiendo el progreso!! ¡¡Viven por la caridad de los acaudalados!!

REA.-¡¡Sin nosotros no medrarían!! ¡¡Somos iguales que ellos!!

(Se miran. PAUSA.)

JUEZ.-¡¡No son nada!! Pronto, muy pronto, las máquinas reemplazarán al hombre. ¡No serán necesarios!

REA.-¡Una máquina no piensa!

JUEZ.-Una máquina trabaja mejor que ustedes. ¡No pide la baja por gripe! ¡No se equivoca! Puede trabajar día y noche sin cansarse, no precisa domingos, vacaciones, ir a una huelga.

REA.-¡Ese día se habrá terminado el ser humano!

JUEZ.-¡¡Señor verdugo!! ¡¡Esta mujer estrenará la horca!! ¡¡Espero mucho de usted!!

(REA sube seria y lenta al patíbulo. Le extiende la mano.)

VERDUGO.-Encantado, señora condenada.

REA.-Tutéame. Los dos somos trabajadores.

VERDUGO.-¿Haces el favor de subirte a este banco?

(Se sube al banco y queda frente al público.)

REA.-No quiero crearte problemas en tu oficio.

(Rodea su cuello con una soga.)

VERDUGO.-Ahora esta soga tan eficaz...

(Voces bajas.)

REA.-Pero a ti... ¿Cuánto te pagan por matar?

VERDUGO.-Nada, una mezquindad.

REA.-¿No cobras una comisión por cada muerto? ¿Te llega para vivir? ¿Puedes mantener a tu familia?

VERDUGO.-¡Qué va! A veces tengo que matar a otros para comerlos.

REA.-¿Cuántas horas al día empleas para cumplir con tu deber?

VERDUGO.-¡Muchísimas! Ni disfruto de unas vacaciones... ¡Estoy extenuado!

REA.-¡¡Te están explotando!! ¡¡Rebélate!! ¡¡No ejecutes más sin que te remuneren bien!!

VERDUGO.-¡Me quedaría sin este empleo digno y seguro! ¡Otros lo harían por la mitad!

REA.-¡Los verdugos sois los siervos de los ricos! ¡Los asesinos para que ellos gocen de una gran reputación!

(Se miran serios. SILENCIO. Voces normales.)

VERDUGO.-Señor juez... ¡Me niego a matar a esta señora tan barato!

JUEZ.-Ah... ¿Sí? Está en su perfecto derecho. ¿Le hace el favor de quitar la soga del cuello?

(Se la quita.)

VERDUGO.-Me tenías preocupado.

(Baja del banco.)

REA.-¡Te ascenderán!

JUEZ.-Por favor, señor verdugo, ¿quiere subir al banco y poner la soga a su cuello?

VERDUGO.-¿¿Yo...?? Sólo pedía un aumento de sueldo. Está la vida tan cara...

(Sube resignado al banco y pone la soga al cuello.)

JUEZ.-Ahora y si es tan amable, dígnese separar el banco...

(Yendo hasta VERDUGO.)

REA.-¡¡No!! ¡¡ Nunca!! ¡¡Desiste!! ¡¡Quieren hacer la reconversión de verdugos!!

(VERDUGO retira rápido la soga del cuello y baja del banco.)

VERDUGO.-Perdona... Tienes que comprenderlo. No voy a perecer en un accidente laboral.

REA.-¡No mates más de ocho horas!

(Sube al banco y pone la soga al cuello. VERDUGO se la coloca bien. Por el primero izquierdo entra SACERDOTE. Viste como antes. Trae el breviario y va al patíbulo. A REA.)

SACERDOTE.-¿Te vas a marchar de este valle de lágrimas sin pedirle perdón a Dios?

REA.-¡No creo en seres inexistentes! ¡En los que son incapaces de suprimir las clases sociales!

SACERDOTE.-Confiésate, arrepiéntete de sus pecados. ¡Él cree en ti!

REA.-¡Sustituimos al gran ausente! ¡Al que sacaron de la nada para dominar a los ignorantes!

(Se oyen gritos de júbilo.)

JUEZ.-¡¡Cúmplase la sentencia!!

(Dejan de escucharse los gritos. SILENCIO. Accionado ante la indiferencia y seriedad de REA.)

SACERDOTE.-Proletaria... Yo te perdono en el nombre de los propietarios del paraíso. Padre... Hijo y Espíritu Santo...

(A ella mientras se dispone a retirarle el banco.)

VERDUGO.-¡Qué gran dignidad! Mueres sin burlarte de una sociedad injusta.

(REA muestra rápida y agresiva su lengua.

CORTINAS

(Se descorren las cortinas. Mismo escenario. En el patíbulo y en el lugar de la horca, dentro de una cabina sin estar cerrada la parte delantera y frente al público, hay una silla eléctrica. Tarde de invierno. La escena vacía. Por el segundo derecho entra VERDUGO. Viste como antes. Capucha. Va a la silla y se sienta. UN MOMENTO.)

VERDUGO.-La silla eléctrica. ¡Una gran condescendencia con el condenado! Se sienta aquí y es como si falleciese tranquilamente en un sillón de su casa. Si quiere enterarse de la actualidad, puede leer el periódico.

(Por el primero izquierdo entra JUEZ. Viste como antes. VERDUGO se levanta y sale de la cabina.)

JUEZ.-¿Se encuentra bien en la silla en esta tarde de invierno? Hoy la labor de los verdugos es un divertimento. Así da gusto matar.

VERDUGO.-Tanto como eso... Esperábamos nuestra redención... ¡Hemos sido los más trabajadores!

JUEZ.-Las ejecuciones se han convertido en un arte. ¡Todos se sienten felices! Hasta el ajusticiado.

VERDUGO.-¡Nunca ha soñado una muerte tan confortable! Pero que nos pague el favor...

(Por el primero derecho entra REA. Es una anciana. Viste ropa del Siglo XX. Está ciega y camina torpemente. Se apoya en un bastón blanco y avanza muy lenta hacia el entarimado. Se escuchan voces alegres. UN MOMENTO. SILENCIO.)

REA.-¡¡Quiero vivir!! ¡¡No me maten!! ¡¡Acierte alguna vez, señor, juez!! ¡¡Soy inocente!!

(Se para.)

JUEZ.-¿Quién robó el coche, atropelló y mató a ocho transeúntes que disfrutaban felices de la vida?

REA.-¿Una anciana como yo? No tengo el carné de conducir. ¡Sería una locura! ¡¡Soy ciega!!

JUEZ.-Eso no la exime de culpa. ¡Es una agravante! ¡¡Diríjase al patíbulo!!

(Va caminando cada vez más torpe y apoyada en su bastón.)

VERDUGO.-¡Ánimo! ¡Se está comportando muy bien! Parece que ya hizo más veces esta excursión.

(Se para derrotada.)

REA.-¡Me es imposible! ¡Me fallan las fuerzas! ¡Siempre inventan un acusado para seguir siendo poderosos!

(VERDUGO, que baja del patíbulo y agarra por su brazo derecho al mismo tiempo que JUEZ la ayuda y coge por el brazo izquierdo.)

JUEZ.-Así se sentirá más segura. ¡Falta poco! Cualquier cosa que necesite...

REA.-¿Cuántos han sido condenados erróneamente? Oh, Justicia, tapas tus ojos como mi ceguera los míos.

(JUEZ y VERDUGO la llevan lentamente hasta el entarimado.)

VERDUGO.-Tranquila... Camina muy bien... Otros llegan en una ambulancia...

(Se para rebelde y se resiste.)

REA.-¡¡No quiero!! ¡¡Desistan de quitarme la vida!! ¡¡Deseo disfrutarla!! ¡¡Estoy en la mejor edad!!

(JUEZ y VERDUGO la llevan rápida hasta el patíbulo.)

JUEZ.-¡¡Olvídese de ver el mundo!! Es siempre lo mismo... ¡¡Algún día nos lo agradecerá!!

(Le cae el bastón al suelo.)

REA.-¡¡Déjenme respirar el último oxígeno que me queda!!

(La sientan en la silla eléctrica.)

VERDUGO.-Siéntese cómodamente en esta silla. Si la viese... ¡Cómo presumiría! ¡¡Es eléctrica!!

(Se levanta rápida e indignada.)

REA.-¡¡No me suprimirán la vida!! ¡¡Es mi única riqueza!! ¡¡La heredé de mis progenitores!!

(JUEZ baja del patíbulo mientras VERDUGO la sienta y le ata las manos a los brazos de la silla con unos cables.)

JUEZ.-¡Rápido, señor verdugo!

(Suena un timbre y JUEZ utiliza su teléfono móvil.)

¿Diga...? Sí, claro. ¡Inmediatamente! La han indultado... Tienen que revisar la causa.

(Guarda el teléfono. JUEZ y VERDUGO se tornan inmóviles. SILENCIO.)

REA.-El tiempo pasa y yo envejezco, continúo envejeciendo en el corredor de la muerte. Mi esperanza de luz...

(Suena el timbre. JUEZ y VERDUGO recobran vida. Al teléfono móvil.)

JUEZ.-¿Diga...? Sí... ¡La condenan!

(REA intenta levantarse, pero no puede.)

REA.-¡¡No!!

(Por el primero derecha entra SACERDOTE. Viste como antes. Trae el breviario. Va rápido al patíbulo.)

SACERDOTE.-Hermana... Soy un sacerdote. Vengo a ayudarte a morir.

REA.-¿Con... el verdugo?

SACERDOTE.-Por favor... El lo sabe hacer muy bien.

REA.-¡Todos me matan!

JUEZ.-¡¡Cúmplase la sentencia!!

(Se escuchan gritos de felicidad. UN MOMENTO. SILENCIO. VERDUGO va a accionar decidido el mando. OSCURO en la cabina.)

VERDUGO.-Lo que faltaba... ¡Restricción de la electricidad!

JUEZ.-Tantos adelantos... Perdone, señora condenada. Espere a que vuelva la luz.

REA.-¡Un poco de seriedad! Yo veo como antes.

SACERDOTE.-¡Arrepiéntete, hija! ¡En el cielo es imposible que haya restricciones!

(LUZ en la cabina. JUEZ, VERDUGO y SACERDOTE alzan, al unísono, felices los brazos.)

VERDUGO.-¡Hay que aprovechar el tiempo! ¡Puede volver a acontecer!

(Se dispone a accionar el mando. Suena el timbre. Al teléfono móvil.)

JUEZ.-¿Diga? Entiendo... ¡Vuelven a revisar la causa!

(Guarda el teléfono. VERDUGO abandona el mando. Desata los cables de sus manos y los deja al lado.)

VERDUGO.-Así se encontrará menos oprimida. ¡El mundo es suyo!

(Se levanta dificultosa y sin fuerzas.)

REA.-¡Esto es peor que morir! ¡¡Una humillación tratar así a un ser humano!! ¡Qué martirio! ¿Qué me sucede? Ay... Me encuentro mal... ¡Muy mal! Por caridad... ¡¡Tengan compasión de mí!!

(JUEZ, VERDUGO y SACERDOTE la cogen y la sientan en la silla eléctrica.)

SACERDOTE.-Repose aquí, relájese. Se sentirá mejor en la silla eléctrica.

REA.-Es todo tan extraño... Me gustaría... No... Ya... es... tarde.

(Muere y dejar caer un poco su cabeza. Asombro en los demás.)

VERDUGO.-¡Ha muerto!

SACERDOTE.-¡Y sin confesión!

JUEZ.-Tendré que telefonear.

(Saca el móvil y se dispone a marcar en el mismo instante en que se oye el timbre. Lo lleva al oído.)

¿Quién me llama? De acuerdo.

(Guarda el móvil.)

Era... inocente.

(Los tres se miran muy graves. GRAN SILENCIO.

CORTINAS

(Se descorren las cortinas. Mismo escenario. En el patíbulo y en el lugar de la silla eléctrica, dentro de una cabina sin estar cerrada la parte delantera y frente al público, hay una cámara de gas. Tarde de invierno. La escena vacía. Por el segundo izquierdo, entra JUEZ. Viste como antes. Mira ausente al público.)

JUEZ.-Los jueces, avalados por las leyes, estudiamos para matar. ¡La sensibilidad tan sólo es un recuerdo en un museo! El progreso sigue y el hombre no deja de inventar... el último grito en ejecuciones.

(Por el segundo derecho, entra VERDUGO. Viste como antes. Capucha.)

VERDUGO.-Señor juez, acudo puntual a mi trabajo en esta tarde de invierno. Está la vida tan cara...

JUEZ.-¡Cuántos lo envidian! Pocos pueden presumir de tener un trabajo tan seguro.

(Mira fascinado la cámara de gas.)

VERDUGO.-¡No me canso de contemplarla! ¡Es preciosa!

JUEZ.-¡¡La cámara de gas!! ¡¡Una de las maravillas del mundo!!

(Sube al patíbulo, entra en la cámara de gas y se dispone a encender un cigarrillo.)

¡¡Verdugo!! ¡¡Está prohibido fumar ahí!!

VERDUGO.-Oh, perdone. Me había olvidado. El tabaco produce asfixia.

(Guarda el cigarrillo y el encendedor. Se miran. PAUSA.)

JUEZ.-Morir aquí resulta placentero. ¡El reo no sufre! Esto es tan agradable como darse una ducha.

VERDUGO.-Así lo comentaban los judíos.

(Por el primero derecho, entra REA. Vuelve a ser la misma mujer joven. Las manos atadas. Viste ropa humilde del Siglo XX. Trae en bebé en brazos. Avanza decidida hacia el entarimado. Se escucha voces felices. UN MOMENTO. SILENCIO.)

REA.-Hacerme esto a mí... ¡Una injusticia! ¡¡No hay derecho!! ¿¿Verdad, hijo mío??

(El bebé comienza a llorar. Se para. Acaricia al bebé.)

JUEZ.-No llores aquí. Los que esperan van a pensar que este lugar no es grato.

(El bebe llora con más fuerza.)

REA.-¡Lo asusta!

(Acaricia al bebé.)

VERDUGO.-No llores, mi niño. Te lo pide un amigo de grandes sentimientos.

(El bebé deja de llorar)

REA.-¡Algunos logran que los niños no lloren jamás!

JUEZ.-Señora... Usted, con el niño, entró a robar en un comercio... ¡Y mató a la dueña del establecimiento!

REA.-Porque se oponía al robo. Prefería que mi hijo se muriese de hambre. En mi cuerpo surgió una ira...

JUEZ.-¡Qué horror! ¡Qué falta de civismo! Si a una persona no le gusta que le roben..., ¡hay que respetarla!

REA.-Admito mi crimen. Pero que ajusticien también a mi hijo... ¡Es difícil de entender!

JUEZ.-¡Un irresponsable! Su pecho era suficiente para calmar su hambre. ¡No lo iba a llevar a un restaurante!

REA.-Tiene un apetito... Los descendientes de los ricos no se privan. ¿Es que mi hijo merece la pena capital?

JUEZ.-¡Sin lugar a dudas! El egoísmo del niño la indujo al robo y asesinato. ¡Es cómplice!

(Va hasta el patíbulo.)

REA.-¿Te gusta, mi niño? ¡Es la cámara de gas! Cuando seas mayor... ¡Cómo vas a presumir de que la viste!

VERDUGO.-Encantado de recibirla, señora.

REA.-Muchas gracias, señor. Sólo es una breve visita.

(Acaricia al bebé.)

VERDUGO.-Qué bebé tan precoz... ¡Un auténtico niño prodigio! Acaba de nacer y ya es un condenado.

JUEZ.-La sociedad actual hace que aprendan con una facilidad...

VERDUGO.-Siéntense en esta silla. No me hagan ese desprecio...

(Se sienta con el bebé.)

REA.-Es usted muy galante. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

VERDUGO.-Para servir a ustedes y modestia aparte... Soy el verdugo.

(Se levanta asustada.)

REA.-¡Qué miedo!

JUEZ.-No se asuste. ¡Pocos quedan como él!

(Se sienta.)

REA.-¡Su capucha es el espejo del alma!

(Ata sus piernas a la silla con una cuerda.)

VERDUGO.-Así se encontrará más segura en este ambicioso viaje...

(Por el primero izquierdo, entra SACERDOTE. Viste como antes. Trae el breviario. Va rápido a la cabina.)

SACERDOTE.-Hija... Es el momento de pedir ayuda a Dios.

REA.-¡Lo hago todos los días, señor cura! ¿Para qué? No sé cuándo regresará de vacaciones...

SACERDOTE.-Reza y te escuchará. ¡Sois sus preferidos en la vida eterna!

REA.-Pero en ésta... ¡Qué manera de marginarnos!¡¡Es sordo con los pobres!!

SACERDOTE.-Necesita tanto dinero para conservar su obra... ¡Sostener el mundo es muy costoso!

REA.-Si existiese... ¡Sería muy cruel con los indigentes! Qué aires de grandeza. ¡Sólo alterna con los ricos!

SACERDOTE.-¡Extiéndele su mano!

REA.-Lo hice tantas veces... Y mi mano seguía vacía. ¡Jamás me ponía una limosna! Es de un egoísmo...

SACERDOTE.-Eres millonaria, nadas en pecados. ¡Confiésalos!

REA.-¡¡La mendicidad no paga impuesto de lujo!!

(Se miran. PAUSA.)

SACERDOTE.-Y el niño... ¡Este bellísimo ángel! ¿Está bautizado?

REA.-¡¡No!! ¡¡Es absurdo imponer la fe a un ser que aún no tiene razón para abrazarse a ella!

SACERDOTE.-Tranquilízate. Lo bautizaré ahora. Es lo menos que puedo hacer por él.

(Saca de su bolsillo un pequeño frasco de agua.)

Aquí tengo el agua. Lo malo...

REA.-¿Quiere que lo invite al bautizo?

(Guarda el frasco.)

SACERDOTE.-Un sacramento sin cobrar... ¡No causa efecto!

(Mutis rápido por el primero izquierdo. VERDUGO coloca un altavoz  en el centro de la cámara de gas.)

VERDUGO.-Con este altavoz podrá pasar el gas.

(Sale y va a la derecha de la cámara de gas. Se prepara para accionar un mando.)

JUEZ.-¡¡Cúmplase la sentencia!!

(Se escuchan voces alegres. UN MOMENTO. SILENCIO. VERDUGO se dispone a accionar el mando. El bebé comienza a llorar. REA lo mira desolada. VERDUGO retira su mano del mando. UN MOMENTO.)

REA.-Hijo mío... ¿Qué te pasa? No acabo de comprenderlo... ¡Tener hambre en el instante de tu ejecución...!

(Saca un pecho, le da de mamar y deja de oírse el llanto del bebé. UN MOMENTO.)

JUEZ.-¡¡Ahora, verdugo!!

(Pone una mano en el mando.)

VERDUGO.-¡Siempre a sus órdenes, señor juez!

(Acciona el mando. Se oye, a través del altavoz, una voz con inequívoco tono americano. JUEZ y VERDUGO se ponen firmes y miran a la cabina como si escuchasen a un superior.)

VOZ.-Nuestra nación es la más fuerte y avanzada. Y tan moral... Por eso ejecutamos a los que no siguen nuestros pasos. ¡Lo hacemos por un mundo mejor!

(REA, que comienza a marearse, y el bebé se aparta algo del pecho.)

Nuestra legislación resplandece como la más humana. La muerte de los condenados es un acto patriótico. ¡Ellos dan la vida por una civilización ejemplar!

(El bebé cae muerto al suelo. REA, sin fuerzas y perdiendo la conciencia no sabe cómo reaccionar y lucha por no ahogarse. No guarda su pecho.)

REA.-Hijo...

VOZ.-Nos apropiamos de países ricos con argumentos infantiles. Reconstruiremos lo que asoló la guerra. Y su suelo, su fértil suelo, lo impedirá con una alfombra de cadáveres.

(REA baja la cabeza y muere. JUEZ y VERDUGO continúan igual.

CORTINAS

(Se descorren las cortinas. Mismo escenario. En el patíbulo y en el lugar de la silla eléctrica, hay una silla y delante un garrote vil. Tarde de invierno. La escena vacía. Por el segundo derecho, entra VERDUGO. Viste como antes. Capucha. Mira el garrote vil.)

VERDUGO.-El garrote vil descansa en esta tarde de invierno. ¡Ha trabajado tanto...! Limpia nuestro imperio de enemigos. ¡Estoy politizado! Me obligan, para matar ideológicamente, a tener el carné del partido.

(Por segundo izquierdo entra JUEZ y le alza el brazo con un saludo fascista.)

JUEZ.-Buenas tardes, camarada verdugo.

(Le alza igualmente el brazo.)

VERDUGO.-¡Todo por la patria, camarada juez!

JUEZ.-¡Sanearemos el pueblo de rojos! Hemos sido justos. ¡Los sentamos antes en el banquillo!

VERDUGO.-Pero les metían un pañuelo en la boca para que no hablaran.

JUEZ.-¿Van a gozar de libertad de expresión sin saber razonar? ¡Tenían un gran abogado!

VERDUGO.-¡Era un cocinero de los nuestros! Y lo que se dice defenderlos...

JUEZ.-¿Cómo iba a defenderlos si no había estudiado leyes?

(Por el primero izquierdo entra REA. Las manos atadas. Viste ropa de trabajo del Siglo XX. Voces de alegría. UN MOMENTO. SILENCIO. Avanza lenta.)

REA.-¿Se puede...?

JUEZ.-¿¿Es así cómo se saluda, condenada??

REA.-Me ataron las manos. ¡Nos anulan totalmente!

(VERDUGO va hacia ella y la desata.)

VERDUGO.-¡Sea libre!

(REA alza el brazo.)

REA.-¡Ave, César! Los que vamos a morir te saludamos.

(JUEZ y VERDUGO alzan, al unísono, sus brazos.)

JUEZ.-¡¡Arriba, primavera soñada!!

VERDUGO.-¡¡Que no se atrofie nunca el brazo!!

(Vuelve a atarle las manos y va hasta el patíbulo.)

JUEZ.-Se le acusa de haber luchado contra nosotros. ¿A cuántos mató? Tiene una cara de haber disfrutado...

REA.-En la guerra sucede como con los cazadores. Hay días... ¡Magníficos! Pero existen otros... ¡Un desastre! ¡¡No matas ni uno!! Tienes que comprar unos difuntos para que tus compañeros no se rían de ti.

JUEZ.-Así que acabó la guerra, con nuestra victoria, huyó al monte y se escondió en un ataúd bajo tierra.

REA.-¡Era lo mismo! Estábamos muertos todos...

JUEZ.-¡Cómo acertaban disparando! Con estos mártires, hemos creado una artística residencia de caídos.

REA.-¡¡Qué triste es irse al puesto que tenían allí!!

(Se miran. PAUSA.)

JUEZ.-Un día, y aprovechando que llegaba a una ciudad próxima nuestro Jefe Nacional, salió de su ataúd, preparó la escopeta y se puso delante de todos para verlo pasar en su desfile triunfal.

REA.-Los policías me preguntaban: ¿Qué hace aquí con esa escopeta? No digan nada..., pero vengo a matarlo. ¡Qué carcajadas! Creían que no les hablaba en serio. Con la escolta que llevaba... ¡Es fácil morir en pijama!

(Sube al patíbulo.)

VERDUGO.-¿Nerviosa? Si quiere una tila...

REA.-¿Ahora...? ¡Han convertido el progreso en un cementerio! ¡¡Ya no es mi país!! ¡¡No puedo vivir en él!!

(Por el segundo izquierda entra SACERDOTE. Viste igual que antes. Trae el breviario. Alza el brazo.)

SACERDOTE.-¡¡Arriba nuestra piadosa revolución!!

(JUEZ y VERDUGO alzan sus brazos.)

JUEZ.-¡¡Arriba siempre!!

VERDUGO.-¡¡Arriba hasta alcanzar los luceros!!

(Sube hasta el patíbulo. A REA.)

SACERDOTE.-Dios estuvo siempre con nosotros. Lucía nuestra camisa, nuestros distintivos, saludaba brazo en alto. Gracias a Él vencimos en nuestra cruzada de liberación. ¡Lo hemos nombrado Jefe Nacional del cielo!

REA.-¡Es un ser inexistente creado por el poder!

SACERDOTE.-Eres una privilegiada. Durante la guerra, vuestros muertos se condenaban. Ahora os perdonamos y ejecutamos para que disfrutéis del régimen en el paraíso. ¡Los santos usan nuestro uniforme!

REA.-Matar en nombre de Dios... ¡¡Son unos asesinos!!

SACERDOTE.-Dios, has de saber, no está fichado. ¡Es de derechas de toda la vida! ¡¡Confiésate!!

REA.-¡¡No quiero!!

(Le da un puñetazo en la cara y la tira al suelo.)

SACERDOTE.-¡¡Obedece!!

REA.-¡¡Jamás!!

(Le da patadas por todo su cuerpo y ella va rodando por el suelo.)

SACERDOTE.-¡¡Miserable!! ¡¡Conviértete!! ¡¡Quiero salvarte!!

REA.-¡¡Jesuita vendido al vencedor!!

(SACERDOTE y JUEZ se miran mientras REA se va levantando con dificultad. UN MOMENTO.)

SACERDOTE.-Camarada juez, es inútil convencer a esta roja.

JUEZ.-No te preocupes, camarada sacerdote. Camarada verdugo... ¡Tu especialidad!

(Va hacia ella.)

VERDUGO.-¿Tiene la amabilidad de sentarse aquí? Hay sitios peores...

REA.-Muchas gracias, señor verdugo. No sé cómo agradecérselo.

(Se sienta y él le pone un collar de hierro. Se dispone a ejecutarla.)

VERDUGO.-A ver... ¡Un momento! Sonría.

(Sonríe.)

JUEZ.-¡Qué cabeza la mía! ¡¡Me había olvidado!!

(VERDUGO se para y REA se sorprende. Coge el auricular de un teléfono por el lateral izquierdo y simula marcar. Habla.)

¡Camarada Jefe Nacional!

(Alza el brazo.)

¡¡Arriba la revolución!! Soy el camarada juez. Tenemos una roja para un obsequio. ¿Procede...? Sí... ¡Comprendo tu limpia conciencia!

(Alza el brazo.)

¡¡Arriba a todas horas!!

SACERDOTE.-¡La perdona!

(Contentos.)

REA.-¡Oh!

VERDUGO.-¡Qué bueno es!

(Simula marcar. Habla.)

JUEZ.-¿Camarada Pío XII? Soy el juez de nuestra religiosa revolución. Nuestro Jefe Nacional le pide clemencia para una roja. Comprendido, Santo Padre. Disculpe que haya interrumpido sus oraciones.

(Pasa el auricular por el lateral izquierdo y desaparece.)

SACERDOTE.-Lo que no consiga Su Santidad...

JUEZ.-¡¡Cumple con tu deber, camarada verdugo!!

(VERDUGO y REA se entristecen. VERDUGO se dispone a ejecutarla. Se oyen voces alegres. UN MOMENTO. SILENCIO. Lucha dificultosamente para accionar el garrote vil.)

VERDUGO.-Así... Ahora... No sé. ¡Me he olvidado!

(Mutis rápido por el segundo derecho.)

REA.-¡¡Cuánta crueldad!! ¡¡No hay derecho!!

(Por el segundo izquierdo entra VERDUGO con un libro grueso. Lo abre y lee.)

VERDUGO.-Una vez que se le ponga al condenado el collar de hierro, acciónese con el tornillo.

(Cierra el libro y lo deja en el suelo. Se dispone decidido a ejecutarla. Ahogándose.)

REA.-Me... duele. No... puedo... más. ¡Me está descuartizando viva!

VERDUGO.-¡Qué exagerada! Todo lleva su tiempo... ¡Voy a acertar!

(Abre el breviario y lee.)

SACERDOTE.-Señor, Tú que dijiste a tus Apóstoles: La paz os doy...

JUEZ.-Camarada verdugo... ¡No vamos a estar así toda la vida de la condenada!

REA.-Pasó un año... Otro... ¡Ay, cómo me oprimen! Cinco... Diez... ¡Una tortura...! Veinte... Treinta... ¡Cuánto dolor! Cuarenta años. Los que pensamos distinto... Nos ejecutan, sin morirnos, en esta dictadura.

CORTINAS

(Se descorren las cortinas. Mismo escenario. En el patíbulo y en el lugar del garrote vil, hay una mesa de operaciones de un quirófano situada frente al público. Tarde de invierno. La escena vacía. Por el segundo izquierdo, entra JUEZ. Viste como antes. Mira ausente al público.)

JUEZ.-Ahora, en nuestros días, existe el adelanto menos doloroso: ¡La inyección letal! ¡¡No martirizamos!!

(Mira al patíbulo.)

Échese, por favor. Un grato pinchazo en esta tarde de invierno... Y soñará primaveras que nunca nacerán.

 (Por segundo derecho, entra VERDUGO. Viste como antes. Capucha.)

VERDUGO.-Buenas tardes, señor juez. Un frío... ¡Preciso trabajar para entrar en calor!

JUEZ.-Señor verdugo... Sus colegas antes morían con la conciencia tranquila. Su labor actual es tan cómoda...

VERDUGO.-La mujer, qué extraño, sigue sin querer ocupar este puesto. ¡Existen igualdad de oportunidades!

JUEZ.-No es una deshonra ejecutar estando embarazada. ¡Se les concede permiso para el parto!

VERDUGO.-Si no tiene con quién dejarlo... ¡No van a venir con el niño al patíbulo! Le daría un ejemplo...

(Sube al patíbulo.)

JUEZ.-¡¡Qué pase el siguiente!!

(Por el primero derecho entra REA. Manos atadas. Viste ropa deportiva del Siglo XXI. Se escuchan voces dichosas. UN MOMENTO. SILENCIO. Avanza decidida.)

REA.-¿Qué tal? Una por aquí...

(Se para.)

JUEZ.-Su delito es muy grave. ¡Ha matado un hombre!

REA.-¡Quería violarme, señor juez! Se acercó en el campo. Empezó suavemente... ¡Y una cara de deseo...!

JUEZ.-¡Ah...! ¿De verdad? ¡No se inhiba! ¡Cuente! ¡Cuéntelo todo!

REA.-¿Pretende deleitarse? Cogí una piedra y destrocé su cráneo. No había nada en él. ¡Ni los impulsos!

(Se miran. PAUSA.)

JUEZ.-Imposible comprobar su inocencia. ¿Se arrepiente de tan terrible crimen? ¿¿Lo volvería a cometer??

REA.-¡¡Siempre!! No permitiremos ser asesinadas y después decirle a un guardia: ¡Deténgalo! ¡Fue ése!

JUEZ.- Por intentar violarla sólo una vez... ¡ Cuánto puritanismo! ¡¡Suba al patíbulo!!

(REA sube al patíbulo. Le da la mano.)

VERDUGO.-Señorita... Yo, le hablo en serio, soy el verdugo. Me disgusta matarla. ¡Ser un homicida!

(Llora y se enjuga las lágrimas con un pañuelo. Dándole ánimos.)

REA.-Tranquilícese. Pueden hacerle un expediente y expulsarlo de su trabajo. No llore... ¡Me parte el corazón!

(Guarda el pañuelo.)

VERDUGO.-Oh... Ahora ya estoy más calmado. ¡Sus palabras me sosiegan!

REA.-Si usted no tiene la culpa... ¡Detrás de una capucha de verdugo siempre hay un rostro humano!

(Por el primero izquierdo entra SACERDOTE. Viste como antes. Trae el breviario.)

SACERDOTE.-Señorita...

(Sorprendida.)

REA.-¡Un cura!

(Sube al patíbulo.)

SACERDOTE.-Hija... Estoy aquí para salvarte. ¡Dios te espera! ¡El cielo al alcance de todos los bolsillos!

REA.-¿Está usted seguro?

SACERDOTE.-Tanto como seguro... Pero yo vivo de esto.

REA.-Siento no poder complacerle. No voy a perder ni ganar nada. Con personas como yo... ¡cierra la tienda!

JUEZ.-¡¡Cúmplase la sentencia!!

(Mutis de JUEZ y SACERDOTE por el segundo izquierdo. A REA.)

VERDUGO.-¿Hace el favor de echarse en la mesa de operaciones? Mis clientes dicen que no es doloroso.

(Llena una exagerada jeringuilla. Se echa.)

REA.-Con sumo gusto. Le aseguro que es la primera vez. Ay... ¡Esto es vida!

(Deja la jeringuilla. Por las cuerdas que hay en la mesa de operaciones.)

VERDUGO.-Tengo que atarla. Ya sabe... Un pequeño trámite. Cosas de esta burocracia.

REA.-Si no me voy a escapar. Debe confiar en mí. ¡Nadie es capaz de huir de su propia muerte!

(Se miran. PAUSA.)

VERDUGO.-Se comenta que la inyección letal puede producir sufrimiento y se aplazan algunas ejecuciones.

REA.-Hombre... Me viene usted con una conversación tan amena...

VERDUGO.-No quiero que padezca. ¡Eres muy bella! Me gustas, condenada mía.

(Se sienta rápida en la mesa de operaciones.)

REA.-Tú también eres muy atractivo, verdugo de mi corazón. ¡No puedo vivir sin ti!

(Rodilla derecha en el suelo y las manos en el corazón.)

VERDUGO.-Desde que te vi en el cadalso...   ¡Te deseo con toda mi alma! ¡¡Estoy enamorado de ti!!

(Se levanta. Salta de la mesa y se abrazan.)

REA.-¡Yo también te amo! Oh, al verte con esa capucha... ¡Sentí que eras el hombre de mis sueños!

(Se abrazan fuertemente. UN MOMENTO. Se separan.)

VERDUGO.-Hoy es el día más feliz de mi existencia. ¿Te agrada que sea verdugo?

REA.-Es una profesión muy bonita y segura. ¡Qué bien viviremos!

(Se echa risueña en la mesa y VERDUGO se pone encima de ella. OSCURO. Una luz muy débil deja ver las caras de los personajes. Extasiados.)

VERDUGO.-Una inyección igual que una caricia.

REA.-La química va a llegar a mi sangre...

VERDUGO.-El placer de crear la luz en un patíbulo.

REA.-¡Oh...! ¡Los dos nos sentimos vivos!

(Vuelve la luz de antes y salen de la mesa de operaciones. Se miran felices. UN MOMENTO.)

VERDUGO.-Nuestra pasión jamás morirá, nunca se convertirá en ceniza.

REA.-¡El gran amor de la rea y su verdugo!

(Se miran risueños. PAUSA.)

VERDUGO.-Paseemos por el campo.

REA.-Tenía tan malos recuerdos... Era una terrible obsesión.

(La coge de la mano.)

VERDUGO.-¿Y en este instante?

REA.-¡Han huido de mi mente!

(Mutis de los dos por el segundo derecho. Por el segundo izquierdo entran JUEZ y SACERDOTE, que sigue con el breviario.)

JUEZ.-¡Ahí están! ¡Continúan en el mismo sitio! ¡Protagonizan un idéntico sueño!

SACERDOTE.-¡La imaginación inventa una nube de esperanza!

(Se miran confusos. PAUSA.)

JUEZ.-Ahora no los veo...

SACERDOTE.-No... Yo tampoco.

(Por el segundo derecho, entran VERDUGO, que viste de etiqueta y con capucha y REA, que viste de novia y trae un ramo de azahar en sus manos.)

VERDUGO.-¡¡Estamos aquí!! ¡¡Nunca nos hemos escapado del cadalso!!

REA.-¡Nos queremos casar! ¡No podemos vivir el uno sin el otro!

SACERDOTE.-En este caso y si es vuestro deseo... ¡Os haré marido y mujer!

VERDUGO.-Señor cura... Yo por la Iglesia, y no lo tome como un desprecio, no me caso.

REA.-¡Lo haremos por lo civil!

(Lleva las manos a la cabeza.)

SACERDOTE.-¡Qué horror! ¡Vivirán siempre en pecado!

(VERDUGO y REA suben al patíbulo. Miran felices al público. UN MOMENTO. JUEZ sube solemne al patíbulo.)

VERDUGO.-Yo verdugo te deseo como esposa, rea, y me entrego a ti en la salud y la enfermedad.

REA.-Yo rea te deseo como esposo, verdugo, y me entrego eternamente a ti.

JUEZ.-Yo, como juez, os declaro marido y mujer y os deseo que seáis muy felices.

(Les da la mano.)

Felicidades, rea. Mi más sincera enhorabuena, verdugo. El futuro es vuestro. ¡Ese beso!

(Se miran entusiasmados.)

VERDUGO.-Mi adorada rea...

REA.-¡El verdugo de mi vida!

(Se abrazan y besan fuertemente. JUEZ baja sigiloso y de puntillas hasta SACERDOTE. UN MOMENTO. La pareja se suelta triste.)

VERDUGO.-Ahora, amada mía, el reloj no se detiene. Hemos cambiado la ropa del ejecutado anterior.

(Deja caer el ramo y se echa en la mesa.)

REA.-¡Oh! ¡Qué limpios!

(Con las cuerdas que hay en la mesa y haciéndolo.)

VERDUGO..-Te voy a atar un poquito.

(Sube al patíbulo. A REA.)

SACERDOTE.-¡¡Arrepiéntete de este concubinato!!

REA.-¡Usted quiere destruir un matrimonio!

(Termina de atarla. Coge la jeringuilla. La besa.)

VERDUGO.-Sólo es un pequeño pinchazo. Extiende el brazo izquierdo.

(Lo hace.)

REA.-Es todo tuyo.

JUEZ.-¡Ejecútela, verdugo!

(Se dispone a inyectarla. Se oyen alegres voces. UN MOMENTO. SILENCIO.)

SACERDOTE.-¡Todavía estás a tiempo! ¡Confiésate mientras vas dejando el mundo!

VERDUGO.-Haga el favor de no molestar a mi esposa. ¡Esto, señor cura, es una cosa seria!

(La pincha.)

VERDUGO.-No puedo cogerte la vena.

REA.-Inténtalo otra vez. Con un poco de suerte...

(Lo va haciendo.)

VERDUGO.-Nada.

REA.-No te desanimes. Eres un marido que mata muy bien. ¡Suerte!

VERDUGO.-Ahora... ¡Tampoco!

SACERDOTE.-¿Me permite? La pena de muerte es algo normal. No podemos decir lo mismo del aborto.

(A SACERDOTE.)

VERDUGO.-¡No me va a dejar mal! Tengo que conseguirlo. ¡¡Lo he hecho!!

REA.-¡¡Sí!! ¡¡Mi más sincera felicitación!!

(Se miran felices. UN MOMENTO. Inyectando.)

VERDUGO,.Y el líquido, en esta noche de bodas, va entrando en el cuerpo de mi amada...

(Sin fuerzas y agonizando.)

REA.-Y... yo..., amor... mío..., descubro..., de... tu... mano..., la... primavera.

OSCURO

(Se hace la luz. El escenario representa un cementerio. Nichos en los laterales y foro. Lápidas y flores. Algún ciprés. Entradas por los primeros izquierdo y derecho. Un par de días después. Mañana soleada. La escena vacía. Por el primero derecho entra VERDUGO. Capucha. Viste de luto y trae unas flores en la mano. Se dirige a un nicho del centro derecho situado en la fila más alta. Se queda mirando el nicho. SILENCIO.)

VERDUGO.-Mi amor... Estoy tan arrepentido de matarte... ¿Me perdonas?

VOZ REA.-Sí. Tú eres inocente.

VERDUGO.-¡Qué buena eres!  Tu verdugo se ha puesto de luto por su rea. ¡Y moriré con él! Espera.

(Mutis de él por el primero izquierdo. UN MOMENTO. Vuelve a entrar por el mismo término. Trae una escalera y la coloca delante del nicho de ella. Comienza a subir lento.)

VERDUGO.-Te he traído... Es un obsequio insignificante. Cuando se va a una casa de visita...

(Se abre la puerta del nicho y aparece ella sin ataduras. Está muy blanca. Viste de novia y su traje está ensangrentado.)

REA.-¡Buenos días!

(Él baja asustado las escaleras.)

VERDUGO.-¡No! ¡Una muerta escapa de su nicho!

(Se cierra la puerta del nicho. Ella baja rápida las escaleras.)

REA.-¡No me temas! ¡Esto en el cementerio es de lo más corriente! ¡Piensa que soy tu esposa!

(Se miran serios en el suelo. PAUSA.)

VERDUGO.-Ahora... eres mi viuda.

REA.-¡No mates nuestro amor!

(Se miran felices. PAUSA. Se las entrega.)

VERDUGO.-Te traigo estas flores.

(Deshoja una.)

REA.-Me quiere... No me quiere... ¡¡Me quiere!!

(Lanza feliz las flores al aire.)

VERDUGO.-Vida mía...

(Se abrazan y besan fuertemente.)

REA.-¡Eres todo para mí!

(UN MOMENTO. Se separan.)

VERDUGO.-¿Y ese traje de novia ensangrentado? ¡Debiste llevarlo a la tintorería!

REA.-Por más que intenté... ¡No se puede quitar la sangre!

VERDUGO.-El mismo con el que te casaste. Fue una boda muy hermosa. Sólo nos faltó... ¡Bailar el vals!

(Se escucha lento el vals “Cuentos de los bosques de Viena” de Strauss.)

REA.-¡Nuestro vals!

(Crece muy fuerte la música y bailan rápidos por todo el escenario. UN MOMENTO. Va bajando la música y bailan lentos.)

VERDUGO.-¡Eres la novia más guapa del mundo!

REA.-¡No te cambio por ningún novio! ¡He tenido mucha suerte!

VERDUGO.-¡Fíjate! Son unos invitados muy alegres. ¡Todos los cadáveres nos miran felices!

REA.-¡Han entrado en la pista! Nos acompañan en nuestra fiesta nupcial. ¡Qué bien bailan!

(Simulan hablar con personajes imaginarios.)

VERDUGO.-¡Gracias! ¡Muchas gracias, señor difunto! Sé que su enhorabuena es de corazón.

REA.-¡Muy agradecida, distinguida muerta! ¡Mi marido está vivo y es un verdugo encantador!

(Cesa la música y se sueltan. Se miran. PAUSA.)

VERDUGO.-¿Qué tal lo pasas aquí? ¿Te diviertes mucho? Hay un ambiente...

REA.-Me encuentro tan sola... Los finados son muy extraños. A veces... No hablan. Si vivieses conmigo...

VERDUGO.-¡Me es imposible! Cuando llegue el momento... Llegaré aquí con mi maleta y estaré a tu lado.

REA.-¡Que sea pronto!

VERDUGO.-Mujer...

(Se miran serios. PAUSA.)

Únicamente... ¡Me quitaré la vida por ti!

REA.-Un hombre se quita la vida cuando una mujer no le hace caso. Pero cuando lo ama...

VERDUGO.-Si fuese un viejecito que entra encorvado y con un bastón a tu tumba... ¡Me despreciarías!

(Coge una cuerda próxima al primero izquierdo, la coloca en un ciprés de la derecha y hace una horca.)

VERDUGO.-¡¡Lo conseguiré!! ¡¡Te veré siempre joven y bella!!

(Se acerca.)

REA.-¿¿Qué vas a hacer??

VERDUGO.-¡¡Ahorcarme!! No vamos a saltar a la cuerda...

REA.-¡Es la primera vez que un verdugo se suicida por su rea!

(Mete la cabeza en la horca. Se miran felices. PAUSA.)

Oh... Pronto estarás conmigo.

(Le extiende las manos.)

REA.-¡¡Ven!!

(Se dispone a colgarse.)

VERDUGO.-¡¡Recíbeme en tus brazos!!

(Lucha para quitarlo de la horca y tira la cuerda por el primero derecho.)

REA.-Los reos somos más humanos. ¡Jamás alentaremos la muerte de nuestros verdugos!

(Se miran serios. PAUSA.)

VERDUGO.-Está una mañana muy soleada, esposa mía. Da gusto encontrarse en este paraíso.

(Lo coge del brazo.)

REA.-Mi querido marido... Vamos a dar un paseo por esta urbanización para muertos.

(Mutis de los dos por el primero izquierdo. La escena permanece vacía. UN MOMENTO. Vuelven a entrar por el mismo sitio. El viste igual. Ella, como en el cuadro anterior, con la misma ropa deportiva. Vienen sueltos y cado uno trae unos paquetes. Van hasta delante de la escalera.)

VERDUGO.-¡Cuánta paz! Me iré y quedarás sola... Tendrás tantos admiradores... ¡Me siento muy celoso!

REA.-¿Acaso dudas de mi reputación? Si estoy aquí... ¡es por ser decente!

(Van abriendo los paquetes y dejando en el suelo: Mantel, servilletas, platos, cubiertos, vasos, una botella de vino, pan y bistés.)

¡Anímate! ¡Hoy comemos en este hermoso campo!

(Se sientan, en el suelo, el uno frente al otro.)

VERDUGO.-Y pensar que aquí hay gente que no come...

REA.-¡No podemos remediarlo! Siempre habrá injusticias sociales.

(Comen dichosos.)

VERDUGO.-Riquísimo este vino. ¿Y esta carne...?

REA.-Pues...

VERDUGO.-No me vas a decir...

(Se levanta asustado.)

¡Ay...! ¡Que veo a un inquilino sin una pierna!

REA.-No es para alarmarse... Ya te irás acostumbrando. Es... de las que amputan de vivo.

(Se sienta tranquilo. Comen y beben muy rápidos.)

VERDUGO.-¡Delicioso! ¡Exquisito!

REA.-¡Un suculento banquete!

VERDUGO.-Ah... ¡He quedado satisfecho! ¡Qué carne tan tierna!

REA.-La señora andaba en bicicleta.

(Terminan de comer. Muestran síntomas de sueño.)

VERDUGO.-Te digo que siento unas ganas de dormir... ¿Será este lugar contagioso?

REA.-¡Tonterías! Desde que tengo la tensión baja, me invade un sueño...

(Se quedan profundamente dormidos, quedando frente al público y ella a la derecha de él. UN MOMENTO. Comienza a bajar paulatinamente la luz. UN MOMENTO. Ella despierta.)

¡Qué bien he dormido! ¡Y sin ningún hipnótico! ¿Y éste? Ah... Es mi marido. Parece como si estuviese...

(Durmiendo.)

VERDUGO.-¡Muerto! ¡Ja, ja, ja! ¡Estoy muerto!

(Se vuelve e intenta abrazarla.)

VERDUGO.-¡¡Ven, amor mío!! ¡¡Entrégate a mí!!

(Se levanta asombrada.)

REA.-¡¡No!!

(Se levanta decidido.)

VERDUGO.-¡¡Eres mi mujer!!

REA.-¡Aquí no! ¡Nos ve mucha gente!

(Despertando confuso.)

VERDUGO.-Pero yo... ¿Qué me ocurre? ¿Estoy vivo o muerto?

REA.-Si me tenía que pasar a mí... Qué mala suerte la mía. Ahora resulta... ¡Que mi marido es sonámbulo!

(Se miran serios mientras la oscuridad inunda la escena. PAUSA.)

Ya es de noche. Todos se han retirado a descansar. Son personas de muy buenas costumbres.

VERDUGO.-Lo he pasado muy bien. Mañana, tan pronto termine el trabajo, volveré.

REA.-Te estaré esperando. Lava antes las manos.

VERDUGO.-¿Y tú...? ¿Qué vas a hacer ahora?

REA.-Pensaré en ti, me acostaré y dormiré profundamente.

VERDUGO.-Yo también pensaré en ti, amor mío. No se te ocurra salir.

REA.-¿Por quién me has tomado? ¡No soy una muerta cualquiera!

(La besa cariñoso.)

VERDUGO.-Hasta mañana mi vida.

REA.-Hasta mañana, mi amor.

(Se miran serios. PAUSA. REA comienza a subir lenta las escaleras.)

VERDUGO.-¿Adónde vas?

REA.-A mi dormitorio. Es tan bonito...

(Se para en la mitad de las escaleras.)

¿Vienes...? Resultará todo tan maravilloso..

VERDUGO.-¿Qué vamos a hacer?

REA.-Hombre... Lo normal en este sitio.

VERDUGO.-Yo aquí es la primera vez. ¡Te lo juro!

REA.-¡Y yo! Pero si no gritamos mucho...

VERDUGO.-¡¡Te seguiré siempre!!

(Se dispone decidido a subir por la escalera. Ella sube corriendo.)

REA.-¡A ver si me coges! ¡Ja, ja, ja! ¡A ver si me coges!

(Sube corriendo.)

VERDUGO.-¡¡Vas a ser mía!!

(Ella llega delante de su nicho y se abre la puerta. Se para asustado.)

¡¡No!!

REA.-¿Por qué reaccionas así?

(Baja rápido hasta el suelo.)

VERDUGO.-¡Es tarde! ¡Cerrarán la puerta del cementerio! Preciso descansar. ¡Mañana tengo cuarenta y ocho!

REA.-¡Pobres! Ya están en capilla. Es su última noche. ¿Te parece honesto que los aniquiles?

VERDUGO.-¡Es mi obligación! Deberías estar contenta de que tu marido no fuese un parásito.

REA.-¡Eres mucho peor! ¡¡Un asesino!! ¿Voy a seguir siendo tu esposa? ¡¡No quiero un marido verdugo!!

VERDUGO.-¡¡Me estás ofendiendo!! Algún día me jubilaré... ¡Nadie es imprescindible!

REA.-¡Trae al juez cuanto antes! ¡¡Deseo divorciarme!!

(Se pone rápido de rodillas y le suplica con las manos juntas.)

VERDUGO.-¡¡No!! ¡¡No lo hagas!! ¡¡Te quiero!! ¡¡Eres el amor de mi vida!!

REA.-Sólo accedería si tú...

(Se va levantando.)

VERDUGO.-¿Qué?

REA.-¡Dejases de matar! ¡¡Ya es hora de arreglar el mundo!!

VERDUGO.-Tengo un contrato laboral. ¡No puedo dejar de cumplirlo!

REA.-Ya sabes donde vivo. El día que vuelvas a verme, lo harás después de haberme obedecido.

(Llora amargamente.)

VERDUGO.-¡¡Qué pena!! ¡¡Mi desgracia es muy grande!! ¡¡Me siento desolado!! ¡¡Mis lágrimas anegan todos los cementerios del mundo!!

REA.-Estoy sorprendida. ¡No sabía que los verdugos llorasen!

(Muy triste.)

VERDUGO.-Me gustaría... poder complacerte, pero es tan difícil...

REA.-¡¡Hazlo!!

VERDUGO.-No sé... Mi mente se ahoga en un mar de dudas.

REA.-Hay más trabajos. ¡Conviértete en un ser honrado! ¡Quiero estar orgullosa de ti!

VERDUGO.-¡No puedo prometértelo! Y venir aquí con el juez...

REA.-¿Me has olvidado tan pronto? ¡Qué rápido se desvanece el recuerdo de una difunta!

(Se dirige triste y derrotado hasta el primero derecho. Ella lo mira disgustada. Se vuelve y se echan besos.)

VERDUGO.-Hasta cualquier día, amor mío.

REA.-Hasta cuando tú quieras, mi amor.

OSCURO

(Se hace la luz. El escenario vuelve a ser el mismo patíbulo de antes. Sobre el entarimado se encuentran de izquierda a derecha y frente al público: El cepo y encima el hacha, la leña de la hoguera y detrás un palo largo, la guillotina, la horca, la silla eléctrica en su cabina, la cámara de gas en su cabina, el garrote vil y la mesa de la inyección letal con la jeringuilla exagerada encima. Una mañana de primavera. La escena vacía. Por el segundo izquierdo entra JUEZ. Viste como antes. Mira embelesado todo esto.)

JUEZ.-Qué hermosa es esta mañana de primavera en la que nos ofrece... ¡Toda la historia de la humanidad!

(Por el segundo izquierdo entra SACERDOTE. Viste como antes. No trae el breviario.)

SACERDOTE.-¡¡Señor juez!!

JUEZ.-¡¡Mi dilecto sacerdote!!

(Se abrazan efusivamente. Se separan.)

¿Viene a deleitarse con esta extraordinaria exposición?

SACERDOTE.-¡Qué horror! Uno siente vergüenza de sentirse humano.

JUEZ.-No me negará que ustedes... ¡También colaboraron!

SACERDOTE.-Nosotros predicábamos un inexistente infierno en el más allá y ustedes lo hacían realidad aquí.

(Se miran serios. PAUSA.)

JUEZ.-Nadie asesina al amparo de las leyes. ¡En el mayor de los Estados de la Tierra existe la pena de muerte!

SACERDOTE.-¡¡Temen a los poderosos mientras sus habitantes puritanos asisten a cultos religiosos!!

JUEZ.-¡Unos demócratas! ¡Están muy lejos de todos los que matan en sus pequeñas dictaduras!

SACERDOTE.-¡Son sus colonias! ¡En las que se asesina y se engaña al pueblo con cantos de creerse libres! Si la Estatua de la Libertad se rebelase, ¡¡sería fusilada por un pelotón de militares!!

JUEZ.-Crear un mundo de delincuentes... ¡Cuánta ruina! ¡¡Lo que gastaríamos alimentándoles en los presidios!

SACERDOTE.-¡¡Lo que ahorraron por no enseñarles en las escuelas!!

(SILENCIO. Se aproximan hasta el patíbulo.)

JUEZ.-¡¡Erijamos un monumento a todos los que idearon una nueva forma de ajusticiamiento!! ¡Calles, con sus nombres, en todos los lugares del mundo! ¡¡La gran deuda de la humanidad!! ¡¡Aquí el inventor de la horca!!

(Lleva las manos a la cabeza.)

SACERDOTE.-¡¡Hemos destruido el progreso!!

JUEZ.-Y en cada Plaza Mayor, una estatua al verdugo. ¡¡El ser más perfecto de la creación!!

SACERDOTE.-¡¡Un pobre desgraciado vendido al poder!! ¡¡El que come por matar a la paloma de la paz!!

(Por el segundo derecho, entra VERDUGO. Quitó el luto. Viste como en la última ejecución. Capucha.)

VERDUGO.-Buenos días, señor juez. ¿Cómo está usted, señor cura.

JUEZ.-Muy bien, distinguido verdugo. Tan señorial... ¡Todas las madres deberían parir verdugos!

SACERDOTE.-Me alegro de verle, laborioso verdugo.

VERDUGO.-Observo esta exposición y recuerdo a mis antepasados. ¡Quise ser el mejor de la saga familiar!

SACERDOTE.-¡Qué árbol genealógico!

VERDUGO.-Ahora soy la oveja negra. ¡Me enamoré perdidamente de una rea a la que tuve que ejecutar!

JUEZ.-Hay amores que matan.

VERDUGO.-¡Nadie de mi sangre sentía amor por la sangre de otros! ¡¡Aniquilaré esta asquerosa colección!!

(Va agresivo a destrozar todo. Los demás lo agarran.)

JUEZ.-¡¡No!! ¡¡Desista!! ¡¡No lo haga!!

SACERDOTE.-¡¡Debe servirnos para no caer en nuestros errores anteriores!!

(Se suelta. Señalando muy seguro.)

VERDUGO.-¡Usted, juez! ¡Usted, sacerdote! ¡Yo...! ¡¡Todos somos culpables!! ¡¡Me niego a ser verdugo!!

(Le da la mano.)

SACERDOTE.-Cuente conmigo, noble funcionario.

JUEZ.-¡¡Yo me opongo!! ¡¡No se puede ir contra el poder establecido!! ¡¡No me harán cambiar!!

(Lo cogen y llevan hasta el entarimado. SACERDOTE le pone a JUEZ la cabeza en el cepo.)

SACERDOTE.-Su cabecita en el cepo...

(VERDUGO simula darle con el hacha en el cuello.)

VERDUGO.-Y yo con el hacha...

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡Ay...!!

(SACERDOTE ata a JUEZ ante la hoguera.)

SACERDOTE.-Un poco de calor le vendrá tan bien...

(VERDUGO, que dejó el hacha, simula encender la leña.)

VERDUGO.-Se convertirá en una extensa llama.

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡No...!!

(SACERDOTE pone a JUEZ en la guillotina.)

SACERDOTE.-Se despide de su cabeza...

(VERDUGO simula accionar la guillotina.)

VERDEUGO.-Y después se dedica a buscarla.

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡Oh...!!

(SACERDOTE pone a JUEZ en la horca.)

SACERDOTE.-Avise si siente que se ahoga.

(VERDUGO simula apartar el banco.)

VERDUGO.-Acudiremos en su ayuda.

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡Desistan...!!

(SACERDOTE sienta a JUEZ en la silla eléctrica.)

SACERDOTE.-Un poco de electricidad...

(VERDUGO simula accionar un mando.)

VERDUGO.-Y quedará frito.

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡Caridad...!!

(SACERDOTE sienta a JUEZ en la cámara de gas.)

SACERDOTE.-Aspirará oxígeno en esta cámara de gas...

(VERDUGO simula accionar un mando.)

VERDUGO.-Y la vida entrará en sus pulmones.

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡Cuánta crueldad...!!

(SACERDOTE sienta a JUEZ ante el garrote vil y le pone el collar de hierro.)

SACERDOTE.-Una pequeña caricia en el cuello...

(VERDUGO simula que va a ejecutarlo.)

VERDUGO.-Para recibir la visita de este tornillo.

(Atormentado.)

JUEZ.-¡¡Terrible...!!

(SACERDOTE pone a JUEZ en la mesa de operaciones.)

SACERDOTE.-Se estira en la mesa de este lujoso quirófano...

(VERDUGO coge la jeringuilla exagerada y se dispone a pincharle en el brazo izquierdo.)

VERDUGO.-Para dormir con esta anestesia sin contraindicaciones.

(Se levanta rápido mientras VERDUGO deja la jeringuilla.)

JUEZ.-¡¡Me rebelo, señores!! ¡No suprimiremos la vida en un envidiable país libre, en otro que se vive atemorizado o en la esclavitud del Tercer Mundo! ¡¡Jamás enterraremos la razón!!

(Coge lo que utilizaba para la hoguera y planta fuego a la exposición, dejando lo utilizado.)

VERDUGO.-¡Ahí quedan los restos de una civilización que ha muerto! ¡¡Pronto será ceniza!!

(Una fuerte luz roja oculta la exposición. Bajan del entarimado y huyen hasta el centro de la escena.)

SACERDOTE.-¡¡Cómo arde todo!! ¡Las llamas más maravillosas...! ¡¡Están purificando el mundo!!

(Suena su teléfono móvil y lo utiliza ante el pánico que los invade. Crece la luz roja.)

JUEZ.-¿Diga? Soy el juez. ¿Un juicio para un merecedor de la pena capital? ¡¡Nunca!!

OSCURO

(Se hace la luz. Un telón en el foro que representa una calle. Tarde del mismo día. La escena vacía. UN MOMENTO. Por la derecha entran VERDUGO, JUEZ y SACERDOTE. Visten como antes y los tres llevan capucha. Traen una pancarta en la que se lee con letra roja: MUERA LA PENA DE MUERTE. Se paran. Gran ruido. Es como si fuese una manifestación. )

VERDUGO.-No estamos solos en nuestra lucha, compañeros.

JUEZ.-Han venido de todos los lugares del mundo. ¡Verdugos, jueces, sacerdotes!

SACERDOTE.-¡La mayor manifestación de la historia!

VERDUGO, JUEZ y SACERDOTE.-¡¡Quemaremos todos los cadalsos!!

(Avanzan hacia el centro con la pancarta, se paran y la muestran al público.)

VERDUGO.-¡¡Leed!!

SACERDOTE.-¡¡Muera la pena de muerte!!

JUEZ.-¡¡Únete a nosotros!!

SACERDOTE.-¡¡Ésta!!

JUEZ.-¡¡Es!!

VERDUGO.-¡¡La rebelión de los verdugos!!

(Dejan la pancarta en el suelo. A la izquierda.)

VERDUGO.-¡¡Escoria que movéis el mundo como si fuésemos marionetas!! ¡¡Escuchadnos!! ¡¡Destapad vuestros sucios oídos y abrid vuestros corazones inhumanos!! ¿¿Creéis que habéis obrado rectamente?? ¡¡Qué equivocados estáis!! ¿¿Podéis presumir de alguna cosa?? ¿¿Habéis hecho algo por el progreso?? ¡¡Nada!! ¡¡Absolutamente nada!! ¡¡Sólo habéis dominado con el miedo!! ¡¡Con vuestras hipócritas leyes!! ¡¡Con vuestras asquerosas guerras!! ¡¡Sangre!! ¡¡Mucha sangre!! ¡¡Habéis inundado la tierra de sangre!! ¡¡Los ríos llevan sangre!! ¡¡Los mares llevan sangre!! ¡¡No sois los propietarios del mundo!! ¡¡El mundo es de todos!!

(Le aplauden.)

SACERDOTE.-¡¡Bravo!! ¡¡Muy bien!!

JUEZ.-¡¡Que el poder se entere!! ¡¡Así se habla!!

VERDUGO.-¡¡Os exigimos que borréis la pena de muerte de vuestras sucias leyes!!  ¡¡Nos apoderaremos de todos los códigos, arrancaremos las asesinas hojas y haremos con ellas una gran hoguera!! ¡¡Adelante!! ¡¡Seguidme!! ¡¡Construyamos un mundo del que no tengamos que avergonzarnos!!

(Corren ilusionados hacia la izquierda.)

SACERDOTE.-¡¡Erradicaremos la pena capital!!

JUEZ.-¡¡Desaparecerán todos los patíbulos!!

VERDUGO.-¡¡No existirá ningún verdugo!!

(Por el lateral izquierdo, y al mismo tiempo, aparecen tres fusiles que los apuntan. Se paran y levantan aterrorizados, y al unísono, sus manos. Voces bajas.)

JUEZ.-¡No! ¡Qué oprobio!

VERDUGO.-¡Es inútil seguir!

SACERDOTE.-¡Hemos sido derrotados!

(Van retrocediendo lentos y se paran en el lateral derecho. Voces normales.)

VERDUGO.-No se puede cambiar el mundo.

SACERDOTE.-Todos perecen al intentarlo.

JUEZ.-Debemos ser respetuosos con lo establecido.

(Se miran serios. UN MOMENTO. Van bajando, al unísono, sus manos. Desaparecen, al mismo tiempo, los tres fusiles por el término. Se miran. PAUSA. Voces bajas.)

VERDUGO.-Nos hemos vendido.

SACERDOTE.-Ha sido una claudicación.

JUEZ.-¿Vamos...? ¿A tolerarlo...?

(Voces muy fuertes.)

VERDUGO, JUEZ y SACERDOTE.-¡¡Jamás!!

(Corren hasta la izquierda.)

SACERDOTE.-¡¡Ahora!!

JUEZ.-¡¡Es el momento!!

VERDUGO.-¡¡No somos vigilados!!

(Por el lateral izquierdo, y al mismo tiempo, aparecen los tres fusiles y disparan. Los personajes, al unísono y llevando las manos a sus corazones, se caen al suelo mientras desparecen, también al mismo tiempo, los fusiles.)

JUEZ.-¡¡Ay!!

SACERDOTE.-¡¡Indeseables!!

VERDUGO.-¡¡Vosotros sois los verdugos!!

(Intentan inútilmente levantarse. Voces débiles.)

JUEZ.-Firmé tantas penas de muerte...

SACERDOTE.-Alivié a muchos en su último instante.

VERDUGO.-Y yo... Sólo sabía ajusticiar.

(SILENCIO LARGO. Voces muy bajas.)

SACERDOTE.-Nos... sublevamos...

JUEZ.-Quisimos... lavar... las... manos...

VERDUGO.-Y... aquella... tarde... de... primavera... ¡Se... suicidaron... los... rebeldes... verdugos...!

(Mueren al unísono.

OSCURO

(Se hace la luz. El escenario representa el cementerio de antes. Continúa la escalera y el nicho está cerrado. Mañana del día siguiente. La escena vacía. UN MOMENTO. Por el primero derecho entra VERDUGO. Está muy blanco. Viste de luto. Capucha. En la mano derecha porta una maleta negra. Camina lento e ilusionado.)

VERDUGO.-Estoy muerto y parece que fue ayer cuando vivía. ¡Sí, ayer! Acabo de hacer, con esta maleta, el viaje más largo para poder reunirme con mi esposa. Nos enamoramos, casamos y tuve que ejecutarla. La última vez que estuve aquí me dijo que quería divorciarse si seguía siendo verdugo. ¡Ya no lo soy! Y ahora vengo a reunirme con ella por toda la eternidad. Se pondrá tan contenta al verme... Ahí está su nicho. ¡Le voy a dar una sorpresa!

(Va hasta delante del nicho.)

¡¡Cariño!! ¡¡Amor mío!! ¡¡Soy yo!! ¡¡Tu marido!! ¡¡El que trabajaba de verdugo!! He cumplido lo que me pediste. Ya no mato a nadie y, en la tarde ayer, morí por obedecerte. ¡Me rebelé en mi profesión y ahora estoy muerto! Ya soy un difunto, ya somos iguales. Esta mañana desperté temprano para poder verte. ¡Te quiero mucho, mi vida! ¡¡Eh!! ¿¿Continúas durmiendo?? ¿¿Dónde estás?? ¿¿Te mudaste de domicilio?? ¡¡Despierta!! Te deseo tanto...

(Comienza a subir lento la escalera.)

¡Ya falta poco para estar a tu lado! Pero habla... ¡Parece que todas las muertas sois mudas! ¿Me invitas a tu casa?

(Se abre la puerta del nicho.)

¡¡Oh!! ¡¡Me abres la puerta de tu hogar!! ¡¡Pronto te veré!!

(Sube rápido y REA sale del nicho. Está muy blanca. Su mirada es ausente como si no conociese a nadie. Viste de negro.)

¡¡Cielo mío!! ¡¡Qué bella estás!! Pero... ¿Qué te sucede? ¿Qué te pasa? Tu mirada está ausente como si te hubieses olvidado de todo. ¿Es que no me conoces? ¿Te has olvidado de que eres mi mujer?

(Se cierra la puerta del nicho. Baja confuso.)

No te entiendo... He soñado siempre este momento. ¡Ahora soy un marido honrado!

(Llega al suelo y REA, como antes, comienza a bajar lenta por la escalera.)

¿Me recuerdas? No puedo comprenderlo. Me querías tanto... ¡Eres el amor de mi vida!

(REA, que sigue igual, ya está en el suelo y va lenta hacia el primero izquierdo. Se pone a su lado.)

Por favor... ¡Mírame! No me hagas sufrir. ¿Adónde vas? Pensaba que al verme... Te alegraría, te echarías en mis brazos. Y tu amor... ¡Sólo es silencio!

(Mutis de REA por el primero izquierdo.)

Me dejas... ¡Me abandonas! Quién comprende a las muertas.

(Mutis por el primero izquierdo. SILENCIO. UN MOMENTO. Por el primero izquierdo entra VERDUGO. Sigue con la maleta. Se para.)

Ha desparecido de mi vista. ¡Me he quedado solo! Sólo veo tumbas, muchas tumbas. ¡Estoy rodeado de muertos! El verdugo ha caído en su propia ratonera.

(Va lento hasta el foro.)

Cadáveres... Sólo se encuentran aquí, en este cementerio, los cadáveres que un día ejecuté. No hablan. Están silenciosos como habían quedado cuando acabé con sus vidas. Y yo... soy un muerto más entre ellos. ¡Un cadáver atormentado! Les hablo, me gustaría pedirles perdón. Pero no hay palabras en sus labios. ¡Qué triste es vivir siendo verdugo! ¡Qué terrible es no ser comprendido como muerto! Ella... Era mi única esperanza. ¡La amaba tanto...! ¡Fue muy bello el amor de la rea y el verdugo! Un amor... ¡que he destruido con las manos!

(Va lento hasta el primer término.)

¡Oh, poderosos, que convertís en sombras la luz! Matáis... Sólo sabéis hacer eso. El poder se fortalece con los que lo tememos. ¡Asquerosa civilización! ¡¡La Casa Blanca está pintada de rojo con la sangre de los que condenáis a muerte!! ¿Es esto humanidad? No... ¡Todos somos verdugos en la misma noche!

(Comienza a bajar la luz mientras se escucha baja la Marcha fúnebre de Chopin. Va creciendo la música hasta oírse fuerte. UN MOMENTO.

Lentamente baja el

TELÓN

La Coruña, 21 de agosto de 2.006

FINAL DE “USTED LO PASE BIEN, SEÑOR VERDUGO”.

  

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